78 Lo sagrado a mano

                    


           LA HUELLA DEL ALFARERO


 
Todo tiene la huella del Divino Alfarero que fabricó este nuestro Universo de barro, agua y polvo. Es un regalo del Cielo el acertar a verla y no quedarse o resbalar sobre la piel de arcilla de las cosas.
¡Ojo! La yema de los Dedos de Dios que iba haciendo cuanto existe y lo mantiene en su ser, se condensa y estalla honda y clara, como a fuego, en algunos lugares y tiempos. Se trata de tiempos y de lugares sagrados, que el hombre tiene por sacros.
Al hombre primitivo le asustaba lo desconocido. ¿Cómo será lo que desconozco? ¿Qué fuerza tendrá? ¿Se echará sobre mí y los míos? Por eso no es de extrañar que antes que nómada fuera sedentario. La cueva que habitaba era su espacio sagrado, de plenitud, de alta seguridad. En ella se había modelado como hombre o mujer con sus padres y abuelos y ahora se iniciaban sus hijos en el “epos” de la tribu, la sagrada tradición que habían destilado varias generaciones, quizá siglos. La cueva y su entorno inmediato era para él un espacio hierofánico. Un misterio sobrecogedor, misterium tremendum, había ido cayendo sobre determinados espacios para el hombre primitivo.
Sentía una plenitud “divina” pisando su suelo y un respeto imponente, casi terror, le llevaba a plegarse a sus imperativos. Si no iba descalzo, descalzarse era su impulso. Como Moisés ante la zarza que ardía sin consumirse, en el monte Horeb o Sinaí.
A través de elementos visibles, el hombre primitivo barruntaba lo invisible, que sentía gravitar sobre sí: la fuerza misteriosa de la cueva, la sorprendente maravilla del entorno, el peso entrañable de la tribu... Cierto: Lo religioso aparecía ante el hombre de las cavernas conformado por múltiples y ricas hierofanías como conjunto de creencias acerca del paso de lo divino entre lo humano.
Hoy no ha cambiado la “cueva” del mundo, que mantiene la huella del divino Alfarero, pero el hombre parece haber perdido vista y que no acierta a saltar de lo visible a lo invisible, paso a lo divino, para postrarse sobrecogido ante lugares y espacios geográficos y culturales sagrados.
CUR





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