80 Lo sagrado a mano. Ermitas



         

ERMITAS


Dentro del mundo cristiano difícilmente se encontrará jovencita que en su preadolescencia no haya soñado con ser monja como Santa Teresa o misionera como miles de heroicas mujeres en África.
Entre los cristianos adultos tampoco es infrecuente el caso de quien ha imaginado su vida transcurrida en paz y devoción al cuidado de una ermita, como ermitaño de la Virgen o de un santo en olor de multitud, lejos de poblado, en la soledad del campo. Un tenue deseo o una santa admiración y envidia del solitario ermitaño, hijo del desierto de la Tebaida o émulo de la vida de San Antonio Abad, (Antonio de Egipto, siglo IV, “padre del desierto”), del legionario San Pacomio, de Santa María Egipcíaca, del gran Casiano…
La ermita fue y sigue siendo un lugar sagrado, un santuario. Un espacio de majestuoso respeto. Un surtidor de vida en pleno campo de labor, escondido entre las breñas de la selva o cerca del cielo en lo alto de una sierra. Durante siglos uno se podía acoger en ella a sagrado y era de alguna forma intocable porque le cubría con su techo sacro un recinto religioso, propiedad de Dios, de la Cruz de Cristo, de la Gloriosa Madre de Jesús o de alguno de sus Santos.
No hay ermita que no sea un manantial más o menos borbolleante de milagros, algunos recientes. Son la debilidad del Cielo. En ellas parece que tiene su despacho de casos perdidos y de urgencias que apremian la Gloriosa o el Santo que allí puso una mansión de urgencia y consentida. En el descampado o en el rincón perdido en que se encuentra la ermita, no parece sino que el Cielo oye mejor los anhelos que se susurran o los desgarros del alma que se rinde ante lo sagrado.
Penetremos en la que nos sea más familiar. Dentro de su recinto de piedra o ladrillo pisamos un suelo santo y adivinamos otra ermita que no vemos, razón de ser de la primera. La mantienen en pie nuestros antepasados. Si algún día rodara por los suelos el edificio material en el que estamos, permanecería en pie el otro más sutil de anhelos humanos, más aéreo y a la vez más luminoso y sólido. Sobrecoge el alma pensar en las rodillas dobladas en adoración sobre estas losas frías, en las oraciones musitadas por antepasados nuestros, en los suspiros allí exhalados que sólo Dios escuchó, los anhelos profundos, las quejas de animal herido, las peticiones urgentes al Santo Patrono... Hombres y mujeres, con nuestros mismos apellidos, niños, adultos y ancianos durante siglos han ido desfilando por el silencio de aquel recinto. Nosotros somos los últimos.
¡Benditos lugares sagrados en los que se toca el Cielo!
CUR

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