79 Lo sagrado a mano












LOS SALMOS, LLUVIA DE DIOS
                                 
                        

El salterio es un precioso libro sagrado de alabanzas de los 72 que integran la Sagrada Escritura. Su lenguaje sigue sonando como una cascada de truenos bíblicos. No pueden recitarse como meros cantos de preces compuestos por voces del lenguaje al día. Son densos como siglos de historia heroica. Los hondos anhelos del pueblo elegido de Dios, a través del desierto y de los tiempos de Tierra Prometida, a los que añadir veinte siglos de Cristianismo resuenan en sus versículos. Cada uno de ellos porta honda y fresca el agua de cangilones de anhelos profundos, que no sabríamos formular y lo son. Recitándolos y cantándolos, recitamos y cantamos muchos más de lo que pretendemos. Todo un pueblo, toda una Humanidad, se expresa por nosotros cuando los recitamos. Se articulan en palabras, pero cada una es mucho más que una voz, la pieza de un símbolo o un complejo de símbolos. El alma religiosa de la Humanidad, en lo que tiene de no mutilada por la culpa, le habla a Dios por los Salmos. Las más inefables experiencias, las más hondas y profundas, están dichas para siempre en los salmos.
Al pasar por los labios y el corazón de Cristo, también al cantarlos con su voz de plata su Santa Madre, subieron en su condición de oraciones sagradas.
Siendo palabra de Dios, desde tan lejos, lo son también con mayor densidad al repetirse milenariamente en santos lugares: en los coros catedralicios, en los mil monasterios de la Cristiandad y en las modestas iglesias domésticas, las familias cristianas.

Aquí viene que ni pintada la parábola de Santa Teresa de los cuatro labriegos: el primero riega su huerta con el agua que saca a baldes y soga del pozo, el segundo la riega haciendo funcionar una noria, el tercero aprovecha las aguas del río que marcha hacia la mar y el cuarto tiene a tiempo el agua que le dan las nubes del cielo.
Y es que en los salmos, para sintetizar, Dios se hace lluvia. 
CUR

              No en vano los monjes del Medievo acunaron sus sueños de eternidad zambullidos en el recitado del Salterio (salmodia que recita), algo que tiene de nana mística. Vivían inmersos en la Sagrada Escritura, palabra de Dios y de los hombres que le claman con un “de profundis” que ni ellos saben su hondura. 


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