58. AFDA

   
ENERO, 2017

ÍNDICE PRINCIPAL
 
Pregón: El Ejército.
Nuestra Escuela reflexiona: “Nuestro Señor de armas”. CUR
Nuestra Escuela se sumerge en la Biblia: El diluvio universal. Zereutes
Dios es amor: Creo en Jesucristo, su único Hijo (IV). E. Malvido
Nuestra Escuela celebra aniversarios: La Colmena. Á. Hernández
Alta política con estilo: Relativismo, Metafísica e Historia. Ramiro D. de Aza
Nuestros maestros: “El descubrimiento de Guadarrama”. Á. Gómez Moreno
Rincón de Apuleyo: A cada cual por sus obras.
Nuestros poetas: Romance del gitanillo... A. Montero S.
Soneto desde el sentimiento: Nochevieja. Noche feliz. Á.H.
Estación Términi. Apuleyo
Afderías: El ave por averías. CUR
Sin echar el ancla: Aquellos entrañables lugares. Teódulo G. Regidor

Educación física: El estado de forma física. F. Sáez



            EL EJÉRCITO

La sección que durante este curso mantiene con todo rigor histórico  AFDA sobre los Tercios Viejos, primeros y ejemplares ejércitos modernos de Europa, nos lleva, en nuestro empeño por saltar de la anécdota a la categoría, a valorar en su justa medida la  realidad histórica de los ejércitos en nuestro pregón editorial.   
La Historia no es mero pasado efímero, sino fuerza que gravita hacia adelante, y no puede dejar de ser en cuanto tuvo de grande y noble –también de mezquino y ruin. Por ello, el ejército de la nación medirá en el presente con asombrosa precisión los quilates de moralidad y de vitalidad de la patria a la que sirve en el transcurso de la Historia.
La nación, constituida en patria de gentes que no sólo se juntan en algo, sino para algo, aquello que Ortega llamaba “un programa sugestivo de vida en común”, tiene en el ejército un símbolo y una ejemplar razón de vertebración y estilo.
El ejército practica la ética del militar, frente a la ética industrial del político y del dinero. Le rebosa el entusiasmo; no ocurre así con la actividad del industrial y del político, a quienes les va el contrato parcial y el cálculo del propio provecho. El ejército es de una pieza en el honor y en el servicio, dos actitudes supremas, para él intrínsecas. Es generoso, altruista, disciplinado. También es heroico, callado, sufrido.
Es para detenerse a pensar en la cantidad de ardores, de altísimas virtudes, de genialidad, de vital energía que es preciso para poner en pie de existencia un buen ejército. Toda una columna vertebral de estilo y ejemplaridad para el resto de los individuos que integran la nación.

                             
 “Nuestro Señor de armas”

A los primeros cristianos les deslumbró la grandeza de militar al servicio de Cristo Rey de los judíos y de todo el universo de sus criaturas. Solamente una fascinación tan grande explica la fuerza con la que se impuso la diminuta y perseguida Comunidad de Pedro crucificado y de Pablo decapitado, en Roma y fuera de Roma.

Sin terminarse el siglo de Jesús, el año 96, se dirigía el papa Clemente a los fieles cristianos -a quienes nombró por primera vez en la historia, como católicos, es decir, como universales- con estas palabras:

Prestad, varones y hermanas, un servicio de milicia,
con toda constancia, bajo las leyes intachables de Cristo.


El formidable obispo de Antioquía, Ignacio, Padre de la Iglesia, dibujaba por aquellos mismos años el perfil del soldado de Cristo y su hermoso horizonte:
“¡Ganaos el favor y contento de vuestro señor de armas, pues de él recibís la soldada! ¡No desertéis de él! Que el bautismo sea vuestra armadura; vuestra fe, el yelmo; el amor, la lanza; la paciencia, la armadura!” 
San Ignacio de Antioquía, Padre de la Iglesia.
En aquellos tiempos primeros, en la ceremonia de su ingreso en la Comunidad de los cristianos, el bautizado se volvía hacia el Oriente, por donde nace la luz, y juraba solemnemente Syntassomai soi, Christe: me alisto en tu milicia, oh Cristo, para cumplir tus órdenes. Luego, vuelto hacia Occidente, a la región de las tinieblas, se obligaba: Apotassomai soi, Satana, deserto de tu milicia, Satanás. Esto lo llamaron los griegos Syntassesthai Christo, entregar la vida al control de Cristo.
Mencionando su bautismo, exclamaba Clemente de Alejandría lo heroico de esta militancia:
“¡Qué riesgo tan sublime el de pasarse al frente de Dios!”
 CUR
                         



EL DILUVIO UNIVERSAL (IV)

Miguel Ángel. Capilla Sixtina. 

Miles y miles de artistas han pintado el Diluvio universal. Los copistas del Medievo lo pintaron con detalle en miniaturas preciosas en códices que guardamos con mucho cuidado en las bibliotecas nacionales. En Venecia hay un espléndido mosaico veneciano en la grandiosa basílica de San Marcos. En Roma pintó el Diluvio universal el gran Miguel Ángel, en la capilla Sixtina: un diluvio violento, que angustia con solo verlo. Los dramaturgos han subido a los escenarios la tragedia del Diluvio y los músicos han compuesto obras musicales que imitan el ruido de la lluvia que cayó sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches, sin parar, el enfado, de tormenta con truenos, de Dios porque los hombres eran malísimos y no merecían vivir sobre la tierra, los gritos y la desesperación de los que buscaban una altura a la que subirse o una tabla a la que agarrarse para que no se los tragaran las aguas que no dejaban de subir.
Bueno, pues la cosa empieza porque los hombres eran muy malos, malísimos, todo lo que se diga es poco.
Dios se fija en Noé, que es bueno, justo y recto, entre aquellos hombres malísimos. Le dice Dios que tiene que hacer un arca muy grande, grandísima. Incluso, le da las medidas que ha de tener aquel barco que no sería un barco sino un arca gigante de tres pisos y 150 m de larga, que flote en las aguas. Y le dice a Noé que calafatee con betún por fuera y por dentro el arca, para que el agua no dañe la madera ni se cuele al interior.
En el arca puede salvar Noé a sus hijos y nueras y parejas de animales, macho y hembra, para que vuelva a haber hombres y animales sobre la tierra tras el diluvio.
Noé monta todo un astillero. Troncos de robles y de cipreses, sierras en movimiento, obreros que cepillan y ensamblan los tablones… La gente se ríe de él. Se pregunta que para qué quiere un arca de madera tan grande. Noé, mientras, les da ejemplo de ser buena persona: respeta a Dios y hace bien a todos. Les aconseja bien ante lo que se avecina.
Terminada el arca, entran en ella Noé, su familia y los animales por parejas. Va a empezar el diluvio.
Como si el cielo tuviera unas compuertas que sujetaran un mar instalado tras las nubes…
De pronto se abren las compuertas. Trombas y trombas de agua. Aquello es un diluvio, el diluvio que empieza. Agua a mares. Y detrás del agua, más agua, agua sin parar, llueve que llueve. Cuarenta días y cuarenta noches, es decir, ni se sabe el tiempo, mucho tiempo, día y noche, día y noche… Llueve si tiene que llover. Repiquetean los goterones de la lluvia sobre la cubierta del arca hasta convertirse en un monótono ruido de fondo. Que ya ni se oye. Tarda el arca en flotar. Pesa mucho. Se desbordan los mares y los océanos. El agua es tanta que ya no se ven las montañas, sólo agua y agua y el arca de Noé flotando en las aguas. Y sigue lloviendo hasta que, al cabo de meses, para de llover.
Mosaico de la basílica de San Marcos, Venecia.
Sopla un viento fuerte, se vuelven al mar las aguas del mar. Pasan meses y meses. Noé, sus hijos y los animales del arca comen porque han almacenado alimentos y forraje en el arca para mucho tiempo. Cuando asoman las cimas más altas de las montañas han pasado ciento cincuenta días. Sigue descendiendo el agua. Cada vez, poco a poco, paulatinamente, hay menos agua sobre la Tierra. Noé no va a salir del arca hasta que puedan pisar tierra seca él, su mujer, sus hijos y nueras y los animales.
Al tiempo pasado ya en el arca, Noé le añade todavía cuarenta días. Entonces, Noé suelta un cuervo por ver qué hará. El cuervo, que es muy sufrido, vuela lejos y se vuelve a posar en el arca, el único lugar seco. Hasta que un día ya no vuelve. Ya tiene dónde posarse.
 La vuelve a soltar a la semana. Esta vez, a la caída de la tarde, la paloma se posa en el arca. Las palomas no hablan. Pero Noé entiende que si la paloma trae en el pico un ramito verde de olivo, es porque el sol evapora el agua de la tierra y la tierra sigue secándose. Aguarda todavía Noé una semana para soltar de nuevo la paloma. A la semana, la suelta. La paloma ya no vuelve.Entonces Noé suelta una paloma, que es ave más delicada que el cuervo. “La paloma, no hallando donde posar el pie, se volvió al arca, porque aún había agua sobre la superficie de la tierra; y alargando Noé su mano, la asió y la metió consigo en el arca”.
Una de las antiguas representaciones del Diluvio.
 Entonces Noé, con la ayuda de sus hijos, “retira la cubierta del arca, mira y he aquí que ve que está seca la superficie del suelo”. Es el momento de organizar la salida del arca y esperar a que Dios le hable de nuevo. Dios habla de nuevo a Noé, repitiendo las bendiciones que había pronunciado en los inicios de la Creación. Le dice: «Sal del arca tú, y contigo tu mujer, tus hijos y las mujeres de tus hijos. Saca contigo todos los animales de toda especie que te acompañan, aves, ganados y todas las sierpes que reptan sobre la tierra. Que pululen sobre la tierra y sean fecundos y se multipliquen sobre la tierra.»


¡Es de ver el desfile de los animales y su contento por dejar el arca y  regresar al campo y a la selva,  a volar las aves por el cielo y a deslizarse los reptiles a ras de rocas y tierra dura!
Empieza un tiempo nuevo. Todo vuelve a ser hermoso, como al principio de la Creación. Todo es como nuevo. Hay sol, luna, estrellas en el cielo, plantas sobre la tierra, montañas, valles, nubes blancas avanzando silenciosas sobre el cielo, un airecillo suave y… un arco de colores, el arco iris. Pero lo del arco iris, después.
A Noé, que no sabe cómo agradecerle a Dios cuanto ha hecho por él y los suyos y por los animales del arca, se le ocurre levantar un altar. Una piedra sobre otra, un altar. Leña encima de las piedras. Como se hacían en la Antigüedad los sacrificios. Mata unos animales, pone encima de la leña los animales que va a sacrificar en ofrenda a Dios, prende fuego, arde la leña y sube hacia el cielo el humo agradecido y sagrado de un sacrificio de animales que hace feliz a Dios. El sacrificio de animales en la mente de Noé es como un alimento del que Noé se priva para pasárselo a Dios. El humo del sacrificio de este Noé, que no es ni cristiano ni judío ni musulmán, sino un pagano, le encanta a Dios.
Así que Dios le da una buena noticia a Noé: Se acabaron los diluvios para siempre. Ya no habrá más diluvios. Palabra de Dios: ”Pondré mi arco en el cielo como señal de mi pacto con la tierra”. Desde entonces, el arco iris es una señal cósmica que nos deja Dios en el cielo por la que se obliga a estar de nuestra parte, a ser nuestro aliado. Es como la firma de Dios –que rasga y cruza el cielo- de una Alianza Definitiva con el hombre. Es un arco de colores, de siete colores, precioso, sereno, luminoso, una escalera bien pintada por la que baja Dios a la tierra. A los chinos les parece más bien una serpiente de colores fluorescentes que se enrosca en el cielo al asomarse el sol tras la lluvia.

“Los hijos de Noé que salieron del arca eran Sem, Cam y Jafet. Estos tres fueron los hijos de Noé, y a partir de ellos se  pobló toda la tierra. Noé se dedicó a la labranza y plantó una viña”.

    QerhuteV
Ancien élève de Évode Beaucamp 
y de Francesco Spadafora



                    


“CREO EN JESUCRISTO, SU ÚNICO HIJO”

IV Dios es más Amor que Poder en el anuncio de Jesús del “reino de Dios”
En la encarnación del Hijo unigénito del Padre no todo fue despojamiento, vaciamiento de los clásicos atributos divinos, sino que el Hijo sempiterno, al hacerse un ser humano concreto, Jesús de Nazaret, adquirió la forma humana de ser y de vivir,  y con ella una nueva forma de amar para el Ser divino, la de amar solidariamente.

“Un profeta poderoso en obras y palabras” (Lc 24,19)
Fue en el amor solidario,  en su etapa de evangelizador del “reino de Dios”, donde Jesús destacó sobre los demás seres humanos en hacer presente y actual el Amor del Padre y del Espíritu Santo para con las personas necesitadas de gestos misericordiosos de amor gratuito e incondicional.
Del Mesías tradicional judío, los dos discípulos de Emaús, como el resto de los discípulos, esperaban grandiosos signos de poder histórico,  de modo que libraran  al pueblo israelita de la dominación del imperio de turno y pusieran  a Israel al frente de todas las naciones de la tierra. Pero  la verdad es que el verdadero Mesías, Jesús, reconocido como tal cuando fue resucitado de entre los muertos,  con su irrupción pública en los pueblos de Galilea y de Judea había inaugurado un nuevo modo de entender el reino de Dios y al Dios de ese reino.
Los Evangelios anteponen al comienzo de la actividad pública de Jesús el relato de su bautismo en el Jordán. Jesús no emprendió en solitario su historia evangelizadora, sino trinitariamente. Según los Evangelios, Jesús recibió del Padre en su bautismo el don del Espíritu Santo. Desde entonces Jesús escuchará al Padre salvador y realizará su voluntad en la historia guiado y animado por el Espíritu del Padre.
Comencemos por presentar alguna acción  poderosa  de amor solidario de Jesús  que puso  de manifiesto que el reino de Dios había irrumpido ocasionalmente con victoria en la vida de Jesús gracias al poder del Espíritu Santo recibido en el bautismo.
Me refiero concretamente a las curaciones llevadas a cabo por Jesús. Son tantas las narraciones de curaciones registradas en los Evangelios (alrededor de 23 relatos: 17 son de enfermos corrientes y 6 de enfermos poseídos por demonios) y tantas las menciones genéricas del NT referentes a la actividad taumatúrgica de Jesús (cf Mc 1,32-34; Hech 2,22), que se puede afirmar con seguridad que Jesús, gracias sobre todo a su inmensa capacidad de compadecerse con los que sufren, curó a enfermos. Una prueba más de que Jesús ejerció históricamente su poder curativo la tenemos en que los enemigos de Jesús le acusan no de falso sanador, sino de realizar las curaciones  en nombre del diablo (cf Mc 3,22-30). Otra cosa muy distinta es determinar qué relatos evangélicos de curación son más verosímiles desde el punto de vista histórico, cuáles responden a la crónica de los hechos y cuáles a la fe de los creyentes cristianos postpascuales en el poder de Jesús.
En su experiencia taumatúrgica (=portentosa), Jesús tuvo que comprobar realmente que el Espíritu que actuaba en él con tanto poder no era, sin embargo, todavía el Espíritu de la futura resurrección o glorificación. Se trataba de un poder extraordinario pero limitado. La primera limitación tenía que ver con el alcance del poder recibido del Espíritu en el bautismo: dicho poder no iba más allá de curar enfermedades no mortales (ceguera, lepra, epilepsia…). La victoria sobre la muerte no estaba al alcance del poder mesiánico que el Espíritu había derramado sobre el Jesús de la historia. Para vencer a la muerte personal y ajena, era preciso que Jesús fuese resucitado por el Padre con el poder escatológico pleno e invencible del Espíritu Santo.
Además de no poder con la muerte ni con las enfermedades mortales, el sanador  Jesús tuvo que experimentar una segunda limitación respecto de la energía curativa que le provenía a él del Espíritu, a saber, que no bastaba con el poder recibido del Espíritu para curar, sino que había que contar con la colaboración (fe o confianza) del enfermo hacia él (cf Mc 10,51; 5,34).
Podríamos  extender el amor solidario de Jesús a otras acciones, como a sus comidas con publicanos y pecadores, o a otras afirmaciones originales suyas sobre el “reino de Dios” (“Si echo los demonios en virtud del Espíritu de Dios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios” (Mt 12,28; cf  Lc 11,20: “con el dedo de Dios”), o a alguna de sus parábolas que muestran la novedosa imagen del Dios del reino (como su parábola del “padre que tenía dos hijos”, cf  Lc 15,11-32). En estas y en otras acciones y palabras de Jesús, no debe extrañarnos que los Apóstoles y demás discípulos no hayan reconocido ni identificado en el amor solidario de Jesús el amor solidario del mismo Dios Padre y Espíritu Santo. Únicamente la infusión del Espíritu Santo después de la resurrección de Jesús les hará conocer en la manera de amar del Jesús de la historia la manera de amar del mismo Padre. El Espíritu Santo que en el bautismo de Jesús aparece en forma de pequeña y vulnerable paloma, en Pentecostés se torna en viento impetuoso y en fuego expansivo de la plenitud escatológica del Resucitado.
En el anuncio de Jesús del reino de Dios, Dios es más Amor que Poder
Pienso que en el caso de la historia conocida de Jesús los atributos de eminencia (Omnipotencia, Omnisciencia y Omnipresencia) son los más “tocados”. No se puede hablar de la Omnipotencia de Jesús si todo su poder se traducía en curar cierto tipo de enfermedades, pero en modo alguno podía con la muerte (en el mejor de los supuestos, Lázaro fue “revivificado” por Jesús, que es muy distinto de haber sido “resucitado”). Tampoco se puede calificar de Omnisciente al Hijo del que se dice que ignora el día y la hora del final de los tiempos históricos y del comienzo de la era escatológica definitiva (Mc 13,32: “Mas de aquel día y hora nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre”). La Omnipresencia hay que negársela por principio a quien como Jesús se halla ubicado en un punto concreto de las coordenadas espaciotemporales…
Los atributos mencionados se tornan, en cambio, compatibles con el Amor de solidariedad de Jesús, que coincide con el Amor de solidariedad del Padre y del Espíritu Santo. El Amor de solidariedad de Jesús se hizo Omnipotente, Omnisciente y Omnipresente en el Amor de solidariedad del Padre y del Espíritu Santo. El tema de los atributos divinos debe plantearse no en la confrontación de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en Jesucristo, sino en su dimensión trinitaria, en su relación con el Padre y el Espíritu Santo. Planteándolo, por ejemplo, así:

Respecto de la Omnipotencia, el Amor solidario de Jesús, impulsado por el Espíritu Santo, confió de tal modo en el Padre omnipotente que estaba seguro de que Dios Padre acabaría con el poder de la muerte resucitándolo. En cuanto a la Omnisciencia, el “summum” del saber de Jesús consistió en creer que el Amor de solidariedad del Padre le aseguraría la venida como Hijo glorificado, la manifestación  gloriosa definitiva, aun cuando su conciencia filial no llegara en vida histórica a conocer la fecha exacta de dicho evento escatológico (el dato clave era la muerte y resurrección de Jesús, donde, según Óscar Cullmann, se había dado la batalla decisiva: lo irrelevante era la celebración del “día de la victoria”). Por último, en relación con la Omnipresencia, Jesús estaba tan unido al Padre y al Espíritu Santo en el Amor apasionado por el reino de Dios que “se salía” de las coordenadas espaciotemporales de su estrecho presente histórico, de modo que su corazón solidario abarcaba, en el Padre y en el Espíritu Santo, a los hombres de todos los tiempos.
EDUARDO MALVIDO
Maestro, catequista y teólogo
                         


   
  LA COLMENA
Dentro de la serie de artículos que sobre la producción literaria de Cela y con ocasión de su primer centenario venimos ofreciendo en AFDA, abordamos en este número algunos comentarios sobre La Colmena, cronológicamente su cuarta gran novela, pero muy posiblemente la primera que nos viene a la mente cuando a la obra literaria de nuestro nobel hacemos referencia.

Aunque hemos procurado ser lo más sintéticos posible y limitar al máximo la extensión de nuestro comentario, consideramos oportuno dar simplemente noticia del artículo en esta página principal y remitir a la adenda al lector interesado que desee satisfacer su curiosidad y contrastar alguna información  –que confiamos pueda resultar interesante- acerca de esta singular obra celiana.

 ÁNGEL HERNÁNDEZ EXPÓSITO
(estracto del artículo que se recoge en la Addenda)

                             


    
 RELATIVISMO, METAFÍSICA E HISTORIA
Puestos a buscarle partida de nacimiento al relativismo en triunfo, raíz profunda de los males presentes de España, de Europa y de la Humanidad, podríamos ir lejísimos. Entre nosotros, en Europa, señalaríamos como hito decisivo en este triunfo a  Erasmo de Rotterdam, siglo XVII.

En la Historia de la Iglesia que estudiamos, la de Lortz –notable por su rigor y enorme autoridad-, leíamos a propósito de la Philosophia Christi: “Erasmo era un relativista à tous le points de vue, en cuanto a conocimientos, a la fe y a la moral. En nada suyo se encuentra el absoluto. Sin embargo, frente a tantos príncipes de la Iglesia que vivían fascinados por el humanismo y frente al relativismo muelle que se había instalado en la misma Iglesia, ésta, entonces, no hizo nada ante la amenaza de peligro semejante. La degradación interior y total era su mayor peligro”.
Hoy se nos ha puesto en guardia frente al triunfo final del relativismo. La decadencia de Occidente en la que andamos facilita su avance. Los espíritus más  propensos al desaliento se baten en retirada.
Pero, si nosotros afirmamos nuestra Cultura –raíces, tronco y copa del árbol- una segura esperanza iluminará nuestro Firmamento.
En torno al Meditarráneo seguimos teniendo a Jerusalén, a Grecia y a la Roma de siglos. Siempre podremos contar, también, con la retaguardia de la inmortal España, con su Camino de Santiago y su Covadonga.
En Jerusalén tenemos la cuna de nuestra Verdad universal, en Roma la cuna del Derecho y de la Fuerza legionaria de Europa y en Atenas la cuna del Pensamiento europeo.
En la cruz del Calvario, Jerusalén, como decía un personaje del teatro de Calderón de la Barca, “vive todo el Universo”; en las columnas pensativas del Partenón está toda la filosofía griega y hasta la de Santo Tomás y de Suárez, de Kant, de Descartes y de Zubiri; junto al Foro romano, la columna de Trajano y el Arco de Tito, la cúpula de San Pedro es un Escorial en piedra y eternidad de celeste armonía católica, es decir, universal, diminuto punto centro del Cosmos (allí reside quien hace las veces de Dios sobre la Tierra, un pelele más de hombre, pero vicario de Cristo, Hijo de Dios).
Con estas raíces y sobre estos cimientos, la Cultura europea es un tesoro de peso en oro de valores eternos. Spengler hablaba de culturas plurales que nacen, florecen, viven, desaparecen, se remplazan… Debería haberse limitado a llamarlas civilizaciones, siempre diversas. No se da esa relatividad de la Cultura sino en mentes a lo Erasmo. La realidad es que disponemos de una Cultura una, en esencia una (accidentes, las hojas perennes de su árbol), en la que, si hoy se adelgazan las raíces, constatamos que se curva su tronco y que su copa se desmaya en hojas muertas, este invierno que padecemos no deja de ser la segura esperanza de la primavera que vuelve y ríe ya desde las entrañas de Jerusalén, de Atenas y de Roma.

Tenemos una Metafísica, arrinconada, pero Metafísica, una. Y una Historia que nos cimienta, una. Es decir, una Cultura que no puede morir por más que nos la desmayen. En nuestras manos está que vuelva a reír en nueva primavera.

RAMIRO DUQUE DE AZA
Maestro. Profesor de Teoría del conocimiento
Bachillerato Internacional


     


 “EL DESCUBRIMIENTO 

              DE GUADARRAMA”




Desde Madrid, la Sierra de Guadarrama tiene excelentes miradores. En concreto, hay verdaderas atalayas desde las que la vista recorre la totalidad de su cadena montañosa: entre la Peña de Cenicientos o la Peña de Cadalso de los Vidrios (jalones que, indistintamente, separan Guadarrama de Gredos) y Somosierra; es más, incluso divisamos las Sierras de la Buitrera y la Quesera, con el Ocejón como referencia. El Puerto de Tablada, también llamado Alto del León o Alto de los Leones, y el Puerto de la Fuenfría, que adivinamos en el extremo occidental de los Siete Picos, nos recuerdan las aventuras serranas del Arcipreste de Hita. Como se cubre la totalidad de La Pedriza, alta y baja, también se nos vienen a la memoria las andanzas de don Íñigo López de Mendoza, primer Marqués de Santillana.

 Dejo, no obstante, sus encuentros con las serranas porque ni uno ni otro se sienten atraídos por la alta montaña. Ciertamente, ni Guadarrama ni ninguna otra elevación o cadena montañosa despierta pasiones antes del siglo XIX (para ser más precisos, habría que remitirse a la segunda mitad del siglo XVIII, aunque se trate de casos aislados y dispersos por todo Occidente). Con carácter general, podemos afirmar que, durante un siglo largo, la querencia respecto del paisaje montano irá a más; en el caso concreto de Guadarrama, su dimensión paisajística se enriquecerá gracias al movimiento higienista, a los recién nacidos alpinismo y excursionismo, a la espiritualidad inherente al ascenso a las cumbres, y la pura épica, pues las unidades nacionales y republicanas dieron prueba de su heroísmo tanto en Somosierra como en el recién citado Puerto de Tablada.

Guadarrama será mucho más que un simple accidente geográfico entre las dos Mesetas (que, además de las citadas, anima páginas memorables, como las de El Buscón de Quevedo); en atención a su potencial plástico, no sólo pondrá el paisaje de fondo en algunos lienzos de Velázquez (El príncipe Baltasar Carlos a caballo, 1635, Museo del Prado) y Goya (La gallina ciega (1788, Museo del Prado): dentro de la cronología señalada, Guadarrama se convertirá en asunto primordial, en tema per se. En definitiva, la sierra madrileña deviene pasión en las artes plásticas, la literatura y el pensamiento. La adición del tercer miembro es obligada, ya que Guadarrama es clave en el desarrollo urbanístico de Madrid, en la labor de los naturalistas (fundamentalmente, botánicos y entomólogos), en el ideario básico de pedagogos y médicos, y en el diseño de un gran campus universitario.

Las aportaciones del Romanticismo al arte occidental fueron formidables. Al hacer esta afirmación, pienso en unos referentes estéticos como el orientalismo, el medievalismo o el regionalismo, que perduraron a lo largo de la centuria para penetrar decididamente en el siglo XX. La pintura de paisaje no nació con el movimiento romántico, pero se potenció con él. ¡Y de qué manera! Al igual que esas y otras tendencias estimuladas por el Romanticismo, el terminus a quo de que debemos partir hay que situarlo, como ya se ha dicho, en las décadas finales del siglo XVIII. Para esa época, el paisaje de montaña había logrado hacerse un hueco en las artes plásticas; no obstante, fueron los artistas alemanes de inicios del siglo XIX los que inocularon la pasión morbosa por una naturaleza que empequeñece al hombre, que queda enteramente a ella sometido.

El paisaje romántico, ya lo sabemos, apuesta por una naturaleza fuerte y no amable: prefiere el mar embravecido a la suave marina; se deleita con el sobrecogedor perfil de la alta montaña (en que, al igual que en los acantilados, sobresalen las aristas de las rocas) antes que con el amable bucolismo clásico, renacentista y dieciochesco (o neoclásico). Para sustentar esta afirmación, basta recordar un cuadro que podríamos elevar a la categoría de proclama: el de Caspar D. Friedrich, Wanderer über dem Nebelmeer, ‘Caminante sobre el mar de niebla’ (1818, Hamburgo, Kunsthalle); no obstante, los intereses que ahora nos mueven dirigen nuestra atención a otro título suyo, Riesengebirge, ‘Alta montaña’ (1835, Hermitage, San Petersburgo). Otra cita obligada es Carl Blechen, Der Bau der Teufelsbrücke, ‘Construcción del puente del demonio’ (1830-32, Neue Pinakothek de Múnich).

Las prospecciones resultan igualmente fructíferas en el arte británico, que cuenta con manifestaciones tan tempranas como la de William Pars, en The Rhone Glacier and the Source of the Rhone, ‘El glaciar del Ródano y la fuente del Ródano’ (1770, British Museum, Londres).

Ahora bien, el nombre por excelencia es el de Joseph Mallord William Turner, con piezas tan afamadas como The passage of the St. Gothard, ‘El desfiladero del monte St. Gothard’ (1804, Abbot Hall Art Gallery, Kendal, Cumbria), y Snow Storm: Hannibal and his Army Crossing the Alps, ‘Tormenta de nieve: Aníbal y su ejército atravesando los Alpes’ (1812, Tate Gallery de Londres). Aquí, el dramatismo de la composición aleja a Turner de la fórmula que aplica en otras ocasiones, como en sus puestas de sol en un puerto de mar, que tanto nos recuerdan a Claudio de Lorena (1600-1682).

            En el arte francés, los ejemplos abundan y, además, en fechas sorprendentemente tempranas, como es el caso de Claude-Joseph Vernet, adelantado del Romanticismo en su obsesión por pintar tempestades marinas; por el contrario, cuando se trata del paisaje alpino, sobre él pesa el patrón amable de la Arcadia, quintaesencia del arte bucólico del Renacimiento, reivindicado plenamente por los artistas neoclásicos. Esto es lo que vemos en la suavísima estampa de La bergère des Alpes (ca. 1750, Musée des Beaux-Arts de Tours). Mucho más cercano a los gustos propiamente románticos queda otro autor del siglo XVIII: el suizo Caspar Wolf, famoso por Die Teufelsbrücke bei Schöllenen, ‘El Puente del Demonio en Schöllenen’ (1777, Aarauer Kunsthaus, de Aarau). No me he equivocado ni en el título ni en la fecha: con este cuadro y con este tema, Wolf se adelanta en más de medio siglo a Blechen. Tras Wolf, las muestras del fenómeno que aquí interesa no tienen número, algunas tan representativas como cierta escena del franco-británico Philippe Jacques de Loutherbourg, An Avalanche in the Alps, ‘Una avalancha en los Alpes’ (1803, Tate Gallery de Londres).

            El austriaco Joseph Anton Koch se ocupó también del paisaje de alta montaña, oscilando una vez más entre la quietud bucólica y un dramatismo que cultivará decididamente la generación posterior. Ambos universos conviven en difícil armonía, como se revela, por ejemplo, en Der Schmadribachfall, ‘La cascada Schmadribach’ (1821-1822, Neue Pinakothek de Múnich). Por cierto, este preciso motivo, que hermana el poder y plasticidad del agua con la fortaleza consustancial de la roca, está entre los predilectos de la pintura de montaña, como en varios de los ejemplos aducidos. Wolf, por méritos propios, va delante de todos ellos.
            En paralelo, el prerromanticismo literario ya había abundado en paisajes de montaña, con hitos como Die Alpen (1729), poema del gran fisiólogo suizo Albrecht von Haller, que desarrolló una valiosa labor de taxonomía botánica con la flora alpina. Adentrados en el siglo XIX, el paisaje de montaña aparece ya por doquier: lo encontramos en Goethe, en Schiller, en lord Byron, en Dumas, en Ruskin… De poner un par de nombres norteamericanos, son paradigmáticos los de John Muir, que descubrió la magia de Yosemite y puso nombre a un bosque de secuoyas cercano a San Francisco, y Mark Twain, que conoció por igual la montaña de Europa y Estados Unidos.

El tema montano avanza implacablemente desde el siglo XVIII por toda Europa, España incluida. Así, Guadarrama nos hace guiños fugaces en Nicolás Fernández de Moratín o Gaspar Melchor de Jovellanos (con su Epístola del Paular). Los montes se insertan en el arte puramente romántico o se tiñen del color del naturalismo, regionalismo y folclorismo de unos cuantos eruditos. Así ocurre cuando Juan Menéndez Pidal (1861-1915) glosa en clave poética la célebre canción popular de trashumancia bajo un título de los más revelador, “Cantiga serrana”; con ella, este notable historiador (hermano de don Ramón, el gran filólogo) trae aromas de los cancioneros medievales, entre el poemario de Juan Ruiz y las serranas del Cuatrocientos:

          Ya se van los ganados
          a Extremadura;
          ya se queda la sierra
          triste y oscura.

            El Arcipreste de Hita y el Marqués de Santillana están tras varios experimentos poéticos de autores ligados emocional y estéticamente a Guadarrama. A don Íñigo López de Mendoza, en sus Serranillas, lo sigue otro intelectual de Fin de Siglo, el político, poeta y folklorista Juan Antonio Cavestany (1861-1924), en la que titula “Serranilla inspirada en Santillana”. Por su parte, Carlos Fernández Shaw (1865-1911) encuentra en Guadarrama un tema recurrente; así, en varios de sus poemas retrata el paisaje del puerto de la Fuenfría, antaño paso obligado para ir de Madrid al Real Sitio de la Granja de San Ildefonso (luego, con ese fin, se abriría el puerto de Navacerrada). Particularmente, al leer “La sierra al sol”, se nos viene a la memoria la segunda serrana del Libro de Buen Amor: por una parte, está la alusión a la Fuenfría de Juan Ruiz (“coidé tomar el puerto que es de la Fuentfría, / erré todo el camino como el que no sabía”); por otra, es revelador el uso del alejandrino:

          Bajo un sol que sus rayos más ardientes envía,
          sobre un cielo que el brillo de sus luces inflama,
          se recortan los montes del audaz Guadarrama,
          se perfilan los picos del riscoso Fuenfría.

            En otros momentos, el paisaje lo ponen los impactantes riscos de la Maliciosa, los Siete Picos o Peñalara, si es que no el Alto del León (luego, tras la Guerra Civil, llamado Alto de los Leones de Castilla, por luchar allí bravamente, y durante los tres años que duró el litigio, el Ejército del Norte), puerta de Castilla la Vieja. Son los mismos paisajes de que se ocupa, por esos años, Aureliano de Beruete y Moret (1845-1912), de quien he seleccionado El Guadarrama desde la Moncloa (1893, Museo Sorolla de Madrid).

 Guadarrama desde el Plantío de los Infantes (s. d., Museo Sorolla de Madrid).

 

Menos conocido es el catalán Jaume Morera i Galícia (1854-1927), a quien debemos un cuadro titulado Valle de Chozas. Guadarrama (Museu d’Art Jaume Morera, Lérida, 1891-1892).  A ambos, a Beruete y a Morera, les había marcado el camino el belga-español Carlos de Haes (1829-1898), aunque éste se ocupase preferentemente de la Cordillera Cantábrica, con unos Picos de Europa (1860, Museo del Prado), sobre los que volvió en reiteradas ocasiones. Cabe añadir lo obvio: el hecho de que Haes es a las artes plásticas lo que José María de Pereda es a la literatura.

            La larga cuerda que une el Puerto de Cotos con el de Somosierra cae en la provincia de Madrid, con los puertos de Navafría, San Mamés y Malagosto, pero es menos madrileña en tanto en cuanto no puede verse desde la capital. Ajena por completo al espíritu del Guadarrama queda toda la fachada segoviana. Este paisaje pertenece ya, propiamente, a Castilla la Vieja y a la literatura y la pintura del 98, como la denomina también certeramente Francisco Calvo Serraller (Paisajes de luz y muerte: la pintura española del 98, 1998). Cuando esto digo, pienso particularmente en Ignacio Zuloaga y en los paisajes contemplados desde su casa-palacio-fortaleza de la villa segoviana de Pedraza; con todo, Zuloaga también tuvo tiempo para ofrecernos su particular visión de El Escorial en Vista del Escorial (ca. 1905, Tate Gallery de Londres). Momento es de atender a la literatura guadarrameña.

            Y comenzaré diciendo que no es Fernández Shaw el poeta de Guadarrama por excelencia. Si a alguien le cuadra dicha etiqueta es a Enrique de Mesa (1878-1930), un noventayochista menor (a veces etiquetado despectivamente como tardomodernista) que tuvo mejores tiempos, pues fue admirado por Ramón Menéndez Pidal y sus discípulos de la Escuela Española de Filología. Compañero de fatigas de don Ramón, en sus poemas guadarrameños Mesa retrató la colonia infantil de El Paular, en pleno valle del río Lozoya. Los versos que siguen, correspondientes al final de “La alegre carreta”, comportan la tristeza de quien sabe lo que pasó después: el Moncho a que se refiere es el hijo mayor de don Ramón, muerto en aquel lugar, lejos de los cuidados médicos que lo habrían sacado, acaso, de la pulmonía que acabó con su vida:

     Fresca risa ilumina la mañana serena.
     Ríen Carmen, Dolores, Ana, Moncho, Jimena.

Jimena, hija también de Menéndez Pidal, aparece de nuevo en “Dime la copla, Jimena”, una glosa más al ya citado poema tradicional de trashumancia:

     Dime la copla, Jimena…
     aroma la cantilena
     su voz armoniosa y pura:
     ‘Ya se van los ganados
     a Extremadura’.

            En “Camino de Navafría”, Mesa tiene presentes al Arcipreste (a quien cita, junto a la brava y rijosa serrana del puerto de Malangosto: la chata recia) y al Marqués de Santillana (que pesa lo suyo sobre el tono de la composición). Su poema más famoso es la “Voz del agua. Madrigal” (erróneamente atribuido a Antonio Machado en la antología recopilada por el periodista y literato José García Mercadal [1883-1975], titulada Los cantores de la sierra y publicada en mayo de 1936, dos meses antes de iniciarse la Guerra Civil española). Gustó tanto en el pasado que fue, precisamente, el escogido por Rafael Lapesa al evocar a su difunta esposa en el apunte biográfico de un libro bello como pocos, Generaciones y semblanzas de filólogos españoles (1998). Harán bien si siguen mi consejo y se hacen con un ejemplar de este libro, que habrán de leer con verdadera pasión.

            Al corregir un dato, he aludido al “rey del noventayocho”: a Antonio Machado. Pues bien, Machado es otro apasionado de Guadarrama, cuyo paisaje aparece de continuo en su poemario. De entre todos esos testigos, acaso el más famoso sea “Camino de Valsaín” (1911), que por su brevedad cito íntegro:

           ¿Eres tú, Guadarrama, viejo amigo,
           la sierra gris y blanca,
           la sierra de mis tardes madrileñas
           que yo veía en el azul pintada?
           Por tus barrancos hondos
           y por tus cumbres agrias,
           mil Guadarramas y mil soles vienen
           cabalgando conmigo, a tus entrañas.

            Al cambio de siglo, todos miran hacia la sierra de Guadarrama: los creadores literarios, los eruditos y los artistas plásticos. El paradigma de intelectual guadarrameño lo tenemos en don Ramón Menéndez Pidal, cuya vida discurrió entre su residencia estival de El Paular, el hotelito adquirido en San Rafael y su casa en el madrileño barrio de Chamartín, en la que, además de olivos, plantó romeros, jaras, cantuesos y otras especies serranas. La llama estaba prendida y a todos alcanzaba. Por ello, Ortega y Gasset, en un discurso de 1917, “En el banquete a la revista Hermes”, recogido luego en Vieja y nueva política (1963), afirma (en la alusión, hay que descubrir a Jesús de Sarría director de la revista, nacida ese mismo año): “Si no fuera excesivo, señor Sarriá, yo quisiera que de retorno a su ciudad comunicase usted a los redactores de Hermes estos motivos de viva simpatía a su revista que siente un oscuro meditador del Guadarrama”. No extraña que el poeta Luis Fernández Ardavín (1891-1962), al escribir su guadarrameño “El Escorial” añada la dedicatoria: “A don José Ortega y Gasset”.

            Continuarán siendo frecuentes los poemas a Guadarrama, algunos tan grandiosos como “Pacto primero”, de Juan Ramón Jiménez, en Estación total (1923-1936): “El Guadarrama sale de la noche, / de azul mejor, de más gran rosa”. También José del Río Sainz (1884-1964), en algunos de sus poemas, se ocupa de varios lugares del Guadarrama, como también de los tres montes que forman La Mujer Muerta, que constituyen la fachada montana de Segovia, aunque no se ven desde Madrid. Igualmente segovianos son los poemas de la sierra de Juan de Contreras, Marqués de Lozoya.

            Guadarrama sólo dejó relativamente insensibles a unos pocos: a Valle-Inclán, atrapado por el recuerdo de las fragas de su tierra, o a Baroja, que gustó mucho más de las brumas prepirenaicas y del misterio de los hayedos; no obstante, don Pío relata el ascenso al Peñalara en el capítulo “El cementerio del Paular”, en Camino de perfección). Más tajante en ese repudio fue su sobrino Julio Caro Baroja (en ese fascinante libro que tituló Los Baroja. Memorias familiares, 2006), cuando recuerda los largos veranos en Vera de Bidasoa y los contrapone al tedioso mes de julio con que, en su juventud, hubo de pelear en Los Molinos, cerca de la insoportable colonia de veraneantes madrileños. Sus razones las introduce del modo siguiente:

Sí, yo he vivido fascinado, acaso embobado, dentro de este mundo novelesco de la aldea. Y cuando tenía que abandonarlo sentía reacciones violentas, excesivas, que me han dejado huella. Por ejemplo, uno de los sitios de España por los que tengo mayor antipatía es la sierra de Guadarrama.

            Afortunados los habitantes del imponente Pirineo, a quienes Guadarrama sabe a poco. Para cuantos recalaban en Madrid, no obstante, Guadarrama lo era todo (y creo que con razón). De entrada, de Guadarrama les venía la mejor agua, gracias a la obra hidráulica del Canal de Isabel II, y también el mejor aire, como se ponía de manifiesto en obras tan madrugadoras como las de Carlos María de Castro (Plan de Ensanche de Madrid, 1860) e Ildefonso Cerdá (Teoría de la viabilidad urbana y reforma de Madrid, 1861). No es de extrañar que, al nacer la Institución Libre de Enseñanza (1871), recoja ese espíritu, como muy bien ha demostrado Nicolás Ortega Cantero (Paisajes y excursiones. Francisco Giner de los Ríos, la Institución Libre de Enseñanza y la Sierra de Guadarrama, 2001).

            Pero Guadarrama había tenido una especie de padre, un gran valedor: el geógrafo Casiano del Prado (1797-1886). De ahí en adelante, Guadarrama se convierte en un imán para los intelectuales de Madrid. Un verdadero hito es el descubrimiento de la mariposa isabelina en los bosques guadarrameños por parte del entomólogo Mariano de la Paz Graells. En fin, fecha clave es la de 1913, con la fundación de la Sociedad Española de Alpinismo Peñalara, que tiene el antecedente del Twenty Club (1907), que luego dará en Club Alpino Español y Los doce amigos. Con este nacimiento de los deportes de montaña, se inicia la construcción en el Puerto de Navacerrada de las primeras edificaciones, que datan de 1909 y corresponden a tres chalets-refugios de Club Alpino Español, que reunía por la época más de cien socios. Después vino la construcción de la Venta Arias, del Chalet de Dos Castillas (de la Sociedad Deportiva Excursionista), del Chalet de la Real Sociedad de Alpinismo Peñalara, etc., etc.

            De ahí se va al Guadarrama democrático que propone Constancio Bernaldo de Quirós en su libro Sierra de Guadarrama (1931); ahí, afirma su autor que todos los madrileños deben beneficiarse de la simbiosis entre montaña y ciudad que es Guadarrama en su propia esencia. Tengamos en cuenta que, por esos años, las teorías higienistas pretendían hacer de Madrid un verdadero jardín, como en Ciudad Lineal-Arturo Soria, zona de la que aún queda un pequeño rescoldo; por esa razón, muchos lamentaron el destrozo causado por la Universidad Central en la idílica finca de la Moncloa o la transformación de la pintoresca ribera del Manzanares, desaparecidas para siempre sus praderas y encajonado artificialmente el río (lo cuenta Javier de Winthuysen, Información sobre la ciudad (1929) y Jardines clásicos de España (1930).

            Guadarrama iba ganando forofos. Fecha digna de recuerdo es la del 12 de junio de 1932, en que se inauguró la Fuente de los Geólogos, en la subida del Ventorrillo al Puerto de Navacerrada. Era obra del arquitecto Joaquín Delgado. Al acto acudió Julián Besteiro presidente de las Cortes Constituyentes y catedrático de Filosofía de la Universidad Central; con él estaba José Pedregal, presidente de la Institución Libre de Enseñanza: La leyenda que acompaña a este monumento merece recordarse: "A la grata memoria de Casiano del Prado, 1797-1886; José MacPherson, 1839-1902; Salvador Calderón, 1851-1911; Francisco Quiroga, 1853-1894. Primeros geólogos que estudiaron el Guadarrama y fueron sembradores de cultura y amor a la Naturaleza".

            Guadarrama era presierra, valle y bosque de ribera, sendero amable y excursionismo a la medida de todos, pero Guadarrama significaba también alpinismo y alta montaña. La alta montaña, como en La Maliciosa o Peñalara, representaba la aventura por excelencia, lejos del confort de las grandes urbes, europeas y norteamericanas. Su imponente soledad, ajena al bullicio de la ciudad, comportaba una espiritualidad —una otredad, en cualquier caso— que jamás ha pasado inadvertida a artistas y pensadores. Para obtener las Tablas, Moisés sube al Monte Sinaí; para ser buen artista, es preciso ascender el Parnaso; el antes y después en la vida de Petrarca lo marca la subida al Mont Ventoux o Ventoso; san Juan de la Cruz plasma la unión del alma y Dios en Subida al monte Carmelo y se apoya en una reveladora imagen en Cántico espiritual: “Mi amado, las montañas”. El ojo de Dios, enmarcado por el triángulo de la Trinidad, corona una cima en varios dibujos de la Enciclopedia Álvarez de mi infancia; puestos a escoger un logotipo adecuado, los patronos de la Fundación Universitaria Española, impulsada por el matrimonio de filántropos de Antonio Oliva y Jesusa Lara, apostaron por el siguiente: Sub halitu fidei in altum progrediar, ‘Bajo el soplo de la fe, marcharé hacia lo alto’.

            Azorín ha explicado como pocos esa especie de imán irresistible en que se convierten las alturas ("En la montaña", España, 1954):

¿No amáis las montañas? ¿No son vuestras amigas las montañas? ¿No produce su vista en vuestro espíritu una sensación de reposo, de quietud, de aplacamiento, de paz, de bienestar? Una montaña que se ve en el horizonte, sobre el cielo límpido, es una imagen que se graba en nuestra alma y que en ella reposa durante tiempo y tiempo.

Con todo, los primeros artistas que sintieron el tirón estético de la montaña habían tenido que vérselas con percepciones no tan positivas, como la resultante de las investigaciones geológicas de Thomas Burnet en The Sacred Theory of the Earth (1681). Concretamente, el capítulo V de la segunda edición de su libro, impresa en 1691, lee del modo siguiente:

The Second Proposition is laid down, viz. That the face of the Earth before the Deluge was smooth, regular and uniform; without Mountains, and without a Sea. The Chaos out of which the World rise is fully examin'd, and all its motions observ'd, and by what steps it wrought itself into an habitable World. Somethings in Antiquity relating to the first state of the Earth are interpreted, and somethings in the Sacred Writings. The Divine Art and Geometry in the construction of the first Earth is observ'd and celebrated.

            Ese “lado maldito” de la montaña también lo explotaron los artistas románticos. Desde la segunda mitad del siglo XVIII, el ambiente era propicio para atender a esos accidentes del terreno, hasta entonces ignorados o rechazados. En 1786, Pascart y Balmat coronaron por vez primera la cima del Mont Blanc; por su parte, el montañismo español nace con la ascensión al Monte Perdido, en los Pirineos, por Louis Ramond de Carbonières en 1802; al Aneto, también en los Pirineos, ascendió por vez primera un militar ruso en 1842; al Naranjo de Bulnes, arduo incluso por su lado amable, logró llegar el noble don Pedro Pidal en 1904. El alpinismo en Guadarrama lo inauguró el geólogo Casiano del Prado, con una primera ascensión a un risco verdaderamente difícil, la Peña del Yelmo, en La Pedriza madrileña, allá por 1864; tras él, vinieron otros muchos.

Guadarrama es literatura y arte, ambos hermanados con un espíritu excursionista bueno por igual para el cuerpo y el espíritu. Durante la Guerra Civil, Guadarrama es, además, épica para los combatientes del Ejército Nacional y Republicano. Para los primeros, en Guadarrama tuvo lugar la gesta que llevaría a cambiar el nombre de Alto del León por el de Alto de los Leones de Castilla (por orden publicada en el BOE, 18 de julio de 1939), como queda dicho; para los republicanos, entre Guadarrama y Somosierra se escriben algunas de sus más célebres páginas militares, con héroes como el coronel Julio Mangada y hazañas como las consignadas en los primeros enfrentamientos del recién constituido Ejército Popular. De los primeros momentos de la Guerra es el testimonio que ofrezco, una de mis mejores piezas: el dibujo original a la tinta de tres milicianos en el Alto de los Leones, obra del genial Carlos Sáenz de Tejada para la Historia de la Cruzada Española de Joaquín Arrarás (1939-1943, Colecc. Ángel Gómez Moreno).

El pie de foto (vol. XIII) merece la pena porque explica la planta hercúlea de estos tres enemigos, ajenos a la demonización a que Sáenz de Tejada los somete casi por norma, al pigmentarlos con una piel entre oscura y cobriza y dibujar unos rasgos entre asiáticos y mefistofélicos (en este caso, la composición triangular es por sí sola elocuente):

Al mediar la mañana los gubernamentales tienen perdida la partida. Las tropas y los guardias que han empleado no responden. Es visible la repugnancia que les produce batirse contra sus hermanos del Ejército, y son muchos los que sólo esperan una ocasión para cambiar de filas y de bandera. Pero la llegada de refuerzos apuntala, hacia el mediodía, la situación bamboleante. Los que ahora vienen son milicianos de pelo en pecho, inflamados de un fanatismo sanguinario: la carne de cañón de todas las revoluciones. Los acompañan muchas mujeres vestidas de mono, con correaje y pistolones al cinto.

            Acabada la Guerra Civil, en Guadarrama pesa más el magnetismo de la montaña que la memoria militar. Las fortificaciones de ambos bandos permanecen intactas, pero no invitan a la exaltación patriótica. Las juventudes de derechas e izquierdas sienten una fuerte atracción por Guadarrama y otras sierras; en sus cumbres y valles, conviven la OJE (Organización de Juventudes Españolas) con los gérmenes de la izquierda radical y las juventudes nacionalistas vasca y catalana (en tiempos de la Renaixença, muchas voces habían cantado al Prepirineo o la alta montaña leridana). Las juventudes del Régimen entonan aquello de Montañas nevadas, banderas al viento, mientras pasean por Peguerinos o pasan el verano en los campamentos para la Formación del Espíritu Nacional como el de Covaleda (Soria), entre las imponentes sierras de Navaleno, la Demanda y Neila y con la majestuosa proximidad del Pico de Urbión. Mientras tanto, los contrarios al Régimen sueñan con la guerra de guerrillas al pasear por Guadarrama o, simplemente, sueñan con la próxima caída de Franco.

            Guadarrama sigue subyugando en clave artística, y desde las ideologías más diversas. Tras la Guerra nace Escorial. Revista de Cultura y Letras, importante órgano de difusión artístico y cultural impulsado y financiado por la Falange, pero abierto en los más diversos sentidos (por ejemplo, llama la atención su carácter internacional). Dos vencedores de la Guerra que, como la mayoría de los españoles, irían haciéndose su particular iter o camino, publican sendos libros en los que Guadarrama lo es todo: Leopoldo Panero, con Versos de Guadarrama (1945), y Camilo José Cela, con Cuaderno del Guadarrama (en Judíos, moros y cristianos se ocupa de Gredos, y tiene también un Viaje al Pirineo de Lérida).
El recuerdo literario de Guadarrama cobra mayor fuerza y lleva a bautizar una de las cimas más modestas de Guadarrama, entre el Alto del León y Cercedilla, con el nombre de Peña del Arcipreste; debajo, se erige un monumento: la Fuente de Aldara, última serrana del Libro de Buen Amor. En su interior, se hallan depositados varios ejemplares de la obra de Juan Ruiz. Guadarrama hoy continúa fascinando a los artistas y a todos cuantos saben lo mucho que importa. A mis hijos, en las felices ocasiones en que hemos tomado esa ruta serrana, les he recitado “En tren”, emotivo poema guadarrameño de Antonio Machado:

          Por donde el tren avanza, sierra augusta,
          yo te sé peña a peña y rama a rama;
          conozco el agrio olor de tu romero
          vi la amarilla flor de tu retama.

ÁNGEL GÓMEZ MORENO
Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid

                                    


                        A CADA CUAL POR SUS OBRAS
  
Paso de ser astuto, sibilino,
listillo, malcriado, lisonjero,
tontoelhaba, pedestre, pendenciero,
hipócrita, taimado o catalino.

Prefiero que me llamen adivino,
maestro, poetiso, compañero,
ángel de luz brillando en candelero,
unicornio, urugallo, palomino.

Para el resto de vida que me quede
la gente que me quiere debe y puede
contar con mi trabajo dictador.

Dictador de palabras día a día
con las que acumular sabiduría
para vivir mejor, siempre mejor.

Apuleyo Soto




            

Romance del gitanillo 
                         
                          o el amor se hizo gitano en Navidad                           
  
Gitanillo que te peinas
en los cristales de río
y te ensortija el cabello
las escarchas y los fríos.
Te protege el viejo puente
con sábanas de granito
y te acunan las estrellas
con ayes y con quejíos.
Y sabes que es Navidad
aunque te hieles de frío.

–¡Corre, corre! que te espera,
en la alameda del río,
una gitanilla hermosa
con alma de blanco armiño.
Los ojos, verde aceituna,
son dos gotas de rocío.
¿Por qué la angustias, gitano
siendo quien más te ha querío?
–Yo peno por esos ojos
que robaron mi cariño
que ataron mi alma gitana
con un beso, junto al río.
¿Qué te daré,  gitanilla,
si soy pobre como un niño?
Yo solo tengo este puente,
las escarchas y los fríos,
el cielo azul y la noche
y un puñal aquí prendío.
Que es Navidad, gitanilla,
y tengo el corazón frío.

–No te quejes, mi gitano,
no te quejes de tu sino,
que ese puñal que tú tienes
es cariño tuyo y mío.
Que es Navidad, mi gitano,
y el Amor se hizo Niño. 


En la alameda frondosa,
en aquel rincón del río,
se funden labios ardientes,
dos corazones unidos,
dos cuerpos angelicales
sobre la hierba tendidos,
de gitana y de gitano,
en la ribera del río.
Y no cometen pecado
Porque el Amor ha nacido.

–¡Ay gitana piel de luna!
¡Ay mi tormento y destino!
¡Ay mi consuelo y puñal!–
Se quejaba el gitanillo. 
–No sufras, gitano bueno,
no temas,  gitano mío.
Que también es Navidad
Para ti, mi gitanillo.

Y la luna se miraba
en los cristales del río.
Y villancicos resuenan
en corazones unidos.
Se desprendieron los labios
tan perfectamente unidos,
mientras sus manos se dicen
un adiós puro y sentido.
La brisa juega en los árboles,
en las trenzas y en los rizos
y dibuja olas de seda
en los pliegues del vestido.
Y marcha la gitanilla
con aires de villancico.
Y cantan en las alturas
El Gloria los angelitos.

Se pierde por la vereda
el gitano, con su hatillo,
Y la gitana arrojaba
pétalos de flor al río.
Y, de sus ojos, mil perlas
eran fuentes de rocío.
Y era la Navidad
En las orillas del río.

San Pedro en el cielo rasga
la guitarra con cariño
Y los santos tocan palmas
y los ángeles palillos,
porque el amor en la tierra
se hizo gitano en el río,
al llegar la Navidad
en aquel lugar perdido.
Y se desfruta en el cielo
tal fiesta y tal griterío,
con Caracol y la Niña,
cante jondo, poderío,
malagueñas, sevillanas,
y la Lola con su hechizo,
que el Padre Eterno sonríe
Y dice: –“Son como niños”.

 

En una plaza de Córdoba,
con toros de gran trapío,
prueba su suerte torera
el gitanillo del río.
Viste de verde turquesa
y maneja con estilo,
gallardía y valentía,
los trastes el gitanillo.
Los ángeles en el cielo
se asoman al graderío.
Y Lola Flores le grita:
–¡Viva madre que ha parío
gitano con tanta gracia,
valor, temple y poderío!

En la plaza, los ¡olé!
salen de los graderíos
y templa con gallardía
en el ruedo, el gitanillo.
Y, es su alma Navidad
Y también, el graderío.

La gitana que arrojaba
pétalos de flor al río
a Dios le pide y suplica:
–“Señor haz que vuelva vivo”.
No sabe la gitanilla
que en el cielo el griterío,
con Caracol, Lola Flores,
Manolete y Lagartijo
ha puesto patas arriba
a los santos y angelitos.
Celebran la Navidad,
Bendiciendo al gitanillo.

–No temas, gitana buena,
no temas que el gitanillo
salió por la Puerta Grande,
entre ¡olé! del graderío.
Espérale, gitanilla,
en la ribera del río;
cubre de flores el agua,
las hierbas, con tu rocío,
que el amor se ha hecho gitano
en la alameda del río.
Y esta noche, bajo estrellas,
besarás a tu marío.
Que es Navidad en la tierra
y el Niño lo ha bendecido.

Aquí termina el romance
de este pobre gitanillo
que lloraba como un niño
cuando abrió la Puerta Grande.

     ANTONIO MONTERO SÁNCHEZ
                                        Maestro, Profesor de Filosofía y Psicología
 


ESTACIÓN TÉRMINI



Ya voy llegando poco a poco al término final.
La vida tiene un precio y lo pagué,
aunque bien me gustaría que volviera a comenzar,
no por nada en concreto
sino por alargar el regaliz de la vejez audaz.
En el camino se quedaron
dolores, ilusiones… y algún golpe mortal
con el que el corazón
se me negaba a andar.

Le di cuerda otra vez
y oí tic, tac, tic, tac…
Aún no era la hora de caer
en las redes del mar universal
que es el morir,
y eché la vista atrás
como un observador
a un ritmo cadencial:
las clases, los estudios, los maestros,
los gozos, los trabajos y ejercicios de buena voluntad,
las limpias amistades,
el estrago carnal,
las gremiales tertulias,
el afán de montar
el teatro de niños
que implicaba mi afán…
y así, mil quisicosas
que estaban por contar.
Entre bautizos, bodas
de arroz albal,
conciertos, recitales
y viajes a la mar,
me holgué, reí y lloré
hasta la saciedad.


Ríos atravesé
con el agua en la boca de tanto bracear,
montañas ascendí pie a pie hasta la cumbre
por sentirme capaz
andando a bien conmigo
sin hostigar a los demás.

Toqué campanas
como hijo de sacristán
y asistí a misas
diarias sin parar
hasta que al fin la fe
se me rompió como un cristal,
siempre amando y cantando,
siempre con la señal
de la Cruz en la frente y en el pecho
por no ser menos en la verde edad
que los que sí gozaban
de piedad y sentido espiritual.
Solo hice lo que quise
en cualquiera ocasión y lugar,
pero a nadie negué
un pan con sal,
un abrazo, un cuaderno, una rosa,
una pluma, un whassapp.
Eché una mano al bien
y me aparté del mal.
Contradictorio fui
¿y cómo no, si la mente es dual
y uno no puede sujetarla
porque no es capataz
de nada ni de nadie
en la vida real?

Las mujeres, Dios mío,
en cierta/incierta edad,
no me supieron comprender,
ni asumir, ni tratar,
pero acaso por eso me libré de enredarme
en su cuerpo frutal,
¡oh cabellos poéticos de oro:
Dante, Petrarca, Garcilaso, Boscán!
¿Qué hacer por tanto ahora,
en la hora fatal?
¿Colgarme de su cuello
u olvidar, olvidar?
¿Quién me dará su olvido,
quién me suplantará?
¿Dónde ese abrazo último?
Cuándo ese enlace unibucal?
¿Cómo volver a ser
el que no fui jamás?
¿Y por qué y para qué
trasformar la verdad?
Mejor seguir callado,
mejor no preguntar.

Aquel curso en Varsovia
de profesor en su Universidad
leyendo a Lorca por el Vístula
con Agñusca, Kapuscinski, Malgorzata, Pasternack…
¿quién me lo trae a la memoria,
quién me lo quiere refrescar?
Cantábamos, llovía y nos amábamos,
los abedules susurraban sin cesar
y un vino tinto húngaro
se escurría delicioso al paladar
en tanto resonaba
el eco del primer retsina dulce y patriarcal
de las islas helenas
en su constante marear.
Son humanos los besos.
Es divino el azar.
Allí en Varsovia,
los groselleros a reventar.
Allí el vodka rodando
de copa en copa de cristal.
Allí las flores mínimas, humildes,
de mano en mano de las chicas deseosas de agradar.
Era todo lucirse
con las rosas de Ronsard.
Era todo correr por praderas boscosas.
Era todo soñar.
Era todo morirse de dulzura.
Era todo indagar, indagar, indagar.
Viví más en dos meses
que en cuatrocientos años más.
Las hojas verdes, secas,
volaron ya.
Desnudo el árbol
como el hombre está.
Las nieves del invierno
de la tercera edad
me derrotan los pies,
y tropezar
es lo que sé,
lo que mejor me va.

Estación Términi a la vista,
cruce fatal,
dadme las gafas
de aquí y de Allá.
Luz, luz, más luz,
¡Ah, ah, ah, ah!
Se borra el horizonte de la tierra,
comienza el mar;
sin duda existe
otra distinta realidad.
La barca de Caronte
quiere presto zarpar.
Los tristes, los cansados,
los desesperanzados sin hogar…,
traed el óbolo debido
no vaya a naufragar
y que otros lleven
las flores funerarias a nuestra sima sepulcral.
El sueño nos invade.
Habrá que despertar
por un momento al menos,
el momento final.
Adiós, playas, favonios…
Adiós, adiós. Callad, callad.

Apuleyo Soto
                       



EL AVE POR AFDERÍAS












·                        Averías. Las greguerías del ave son y no son averías.
·                El ave tiene alas, pero las pliega sobre sus costados, como hacen las gaviotas disparándose desde lo alto sobre su pez elegido.
·                 ¿El ave se desliza por el paisaje o es el paisaje el que le envuelve como quien sorbe?

o   El ave se dispara y rompería  la raya de los 300 km/h. No le dejan.
o   A su padre el talgo no le busquéis en una residencia de ancianos sino    en un museo-templo.
o   Estos aves van poniendo nidos por todo el mundo, de China a EE.UU.

·    Las monjas viajeras no se suben al ave, se suben a un avemaría y ya han llegado.
· Las serpientes han aumentado su autoestima con la aparición del ave.

  o   Colores. Las cigüeñas, desde sus campanarios y los postes del tendido eléctrico se estremecen dentro de su hábito blanco al paso blanco del ave.
o   Afortunadamente, al cruzar las sierras y a la velocidad que van, enhebran bien los túneles.
                                                                        CUR
            



SIN ECHAR EL ANCLA
                   
Centenario de Griñón

                                      Aquellos entrañables lugares


  La Navidad en Griñón que, con escándalo de los bujedanos, el  H. Guillermo Félix decía que era “de pachanga y jolgorio”, el fin de año, el recuerdo de aquel invierno en el que pisé Griñón por primera vez (5, 01, 55) me llevan a recordar lugares para mí entrañables del Griñón vivido, del Griñón aspirado, absorbido, del que se fue impregnando mi sensibilidad con rapidez. Deseo en unas sencillas páginas traer a la memoria algunas experiencias personales (seguro que también colectivas) que nacieron   en aquellos lugares tan lejanos, tan cercanos… Es otra manera de decir Griñón desde sensaciones conservadas, desde imágenes todavía nítidas, desde olores inconfundibles, desde un ambiente en el que se formó un mundo ya nunca repetido. En párrafos sencillos deseo, pues, evocar aquellos lugares, dentro y fuera de la Casa, en los que creció la sensibilidad y se forjó la personalidad de tantos de nosotros.


La bodega
  Pocos lugares dentro de la casa eran tan deseados, y a la vez tan misteriosos como la bodega. Al descender a la oscuridad para encontrarla, se notaba cierto frescor y se respiraba un aire con un olor inconfundible…  La bodega era una especie de capilla en la que oficiaba el vinatero (quizás enólogo) H. Casiano. El espacio central, donde se pisaba o trituraba la uva, fermentaba el mosto y se lograba el vino de envidiable sabor, era un semisótano cuyas paredes cubrían enormes cubas de cemento de una grandísima capacidad. A la bodega bajábamos a recoger los botellines individuales para el profesorado. O las cajas mayores –los jueves, domingos y festivos- con botellas de un vino rebajado para consumo general.
  De la bodega subíamos a los comedores impregnados de un olor húmedo y dulzón, con cierto tono acaramelado, y con la sorpresa de haber descendido a un lugar donde se veneraba   al vino, pero también a la amistad y al intercambio: no en vano la bodega era lugar al que el pueblo acudía en busca del preciado líquido.
  La bodega se cerró un día. Dejó de fluir el vino y de ser un lugar de reserva de amistad. Restaurada y reinaugurada en los años noventa, hoy es más un mesón para encuentros festivos   para amigables cuchipandas. El nombre actual de este venerado espacio -“Bodega Hermano Casiano” – es un homenaje silencioso y encendido, como los vinos que él cultivó. Un tributo a quien ofició en esta capilla y logró uno de los pocos placeres “saboreados” en Griñón: el “agua de nuez”, la   casianina.

La cocina

 Uno, que venía del pueblo, no había visto más que cocinas de las antiguas, a  ras de suelo, con los tizones  rodeando  los pucheros y con las  llamas de los troncos serpeando entre las trébedes y lamiendo la panza de las ollas… Luego, había visto el cambio de este viejo y entrañable instrumento por las cocinas  de fogón, con horno, pila del agua caliente y  una estructura que entraba a formar parte del mobiliario de una sala de cocina, renovada y luminosa. Pero eran cocinas pequeñas. Por eso, al entrar en Griñón (quien esto escribe tuvo su primer destino para hacer la “limpieza” en la cocina) le impresionó el lugar, la plataforma central, los fuegos, los olores, los vapores y esos recipientes enormes en los que se perdían los garbanzos y las lentejas. Cuando yo iba a la limpieza (era crudo invierno fuera y en la cocina se estaba   calentito) recuerdo al H. Ignacio, con una tez morena y una sonrisa siempre a punto, que acogía a quien iba, supuestamente, a ayudarle. Lo cierto es que con mirar una y otra vez, curiosear y quitar un poco de serrín del suelo, se pasaba casi el tiempo. Pero me gustaba mirar en el cuartito que había en un lateral, donde se preparaban las cosas: se picaba la cebolla y el pimiento, se partían los filetes, se descuartizaban los pollos… A mí, monaguillo de toda la vida, me parecía una original y sorprendente sacristía. Y allí, buscando el calor de la cocina estaba nuestro H. Paciente, mayor, con su manteo, su sombrero y su cachaba, también sonriente, pero con una sonrisa   que era casi su único modo de expresión, además del “mais oui, mais oui”, que repetía sin cesar. Para mí era la imagen del viejo, viejo, de los que no pueden hacer ya nada sino mirar, estar, vivir…  Y luego… a la cocina veníamos a buscar las viandas o a devolver los platos vacíos, candidatos seguros del fregadero.


El coro
  ¡Cuántas resonancias, cuántos ecos no despierta la evocación del coro! Era uno de los pocos lugares en los que convivíamos juntos, siquiera fuera un rato, los mayores y los pequeños. Allí desgranábamos notas musicales en el duro ejercicio de los ensayos y allí gozábamos de nuestras actuaciones polifónicas que sonaban como jamás uno hubiera soñado. Allí aprendíamos  el ritmo del compás, los matices de la expresión, la dulzura de la melodía de los solistas (Coenantibus illis!). El Coro era signo de exigencia, casi de perfección; por eso tenía cierto aire de excepción, de minoría selecta desde cuya altura se miraba a los compañeros de abajo como a quienes no habían sido tocados por la musa de la música y del canto… Después, cuando ya no eras miembro del coro, este seguía siendo aquel lugar de donde brotaba la música que hacía vibrar las cuerdas más sensibles del espíritu y despertar las notas más hondas del sentimiento. El coro, casi antesala de un cielo imposible pero ya presentido…

Los estanques 
En nuestro calendario de primavera echábamos la vista a dos lugares que anticipaban   nuestras ansias veraniegas. Eran los estanques, a los que no nos atrevíamos –o no se estilaba el nombre, quizás- a llamar piscinas. Había dos: uno grande y soleado, junto a la Granja; el otro, umbroso, en el parque de San Pedro y junto a Mirenechea.
El baño era un rito de culto y de práctica frecuente durante el verano. A veces comenzábamos ya en primavera, previa una limpieza general del Estanque Grande, preferentemente. Con unos bañadores elementales (en Noticias y Avisos se había prescrito que los “trajes de baño” debían ser oscuros, holgados y tupidos”) unas inmensas ganas de lanzarnos al agua, de chapotear, de nadar, de “tirarse desde el trampolín”… sin trampolín, pasábamos unos ratos deliciosos, refrescábamos nuestros ardores y quedábamos limpios. El leopardo de granito que estaba en la cabecera del estanque era nuestro “vigilante de la playa”.

La huerta
  ¿Qué monasterio -real o de nombre- careció de ese espacio circundante, envolvente, explosión de vida vegetal que era la huerta? Toda la zona del sudoeste de la Casa estaba troceada en campos de cultivos de hortalizas: coliflores excepcionales que hacían honor a su tierra griñonesa, lechugas y patatas, tomates y pimientos… ¡Ah, y los frutales! Los ciruelos, manzanos, perales, higueras, membrilleros… objetos de nuestras codiciosas miradas no precisamente en los días de su floración, sino cuando los frutos empezaban a colorear; esos frutos que se convertían en “objeto de deseo” y de tentación casi irresistible sobre todo en la hora del trabajo vespertino.
  La huerta trae ahora a la memoria el olor y el color de ese campo domesticado/humanizado,  el perfume del aire, la textura de los troncos y de las hojas,  la multicolor mezcla de colores frutales,  el contacto directo con la tierra: pisada, cavada, recogida, regada, tratada como a  alguien  familiar. La huerta, lugar de abundancia y signo de lo que era la Casa: sementera, cultivo, crecimiento, maduración…

Los parrales
  Los caminos de tierra que dibujaban la geometría de la huerta estaban coronados por arcos de hierro, cuyas bases  constituían una pared metálica  que  sostenían  las parras y favorecían su desarrollo creando unas sensación de galerías  cuyos techos estaban cubiertos por pámpanos con racimos… La impresión de quien llegaba a Griñón al caer el verano (casi todos los novicios menores nuevos) era fascinante. Y ya en el otoño esos “túneles” rebosantes del verdor de los pámpanos y del color de los racimos colgantes, daban a la huerta un aspecto de mayor recogimiento, un clima casi de contemplación. No recuerdo haber vendimiado –en ninguna de sus formas- en estos parrales…

El salón
  El salón de actos era un lugar con encanto: casi nunca ibas a él a pasarlo mal, sino a divertirte.  Antigua capilla de la Casa vieja, concitaba ahora la atención de los formandos y excitaba la imaginación, sobre todo en los pequeños. El salón era un lugar para la imaginación. Una imaginación espoleada por la palabra: la de los discursos bien elaborados, de las intervenciones literarias, las presentaciones de actos con ingenio y elegancia…  El escenario del salón era el lugar de la palabra culta, selecta, ingeniosa. También excitaba la fantasía pues era el lugar de las representaciones teatrales. Y aunque los actores no fueran profesionales, mantenían  en vilo  la atención de los más pequeños, sobre todo cuando las obras  eran  imaginativas, con personajes de otras épocas, tal vez un poco barrocas. Las tardes de ficción servían para salir de la rutina, explorar mundos diferentes, soñar…
  El salón también fue durante algún tiempo el lugar donde se pregonaban las noticias o donde se producían los cambios de las autoridades de la Casa. Esos cambios que impresionaban y a veces intrigaban a los novicios menores.  Era también lugar de recepción y saludo –cuando no se hacía en la galería del Escolasticado- de las personalidades que dignificaban la Casa con su presencia. Y era también escenario de algunos acontecimientos entrañables en Griñón: durante ciertas épocas la “toma de hábito” se hacía en el salón, de manos del H. Visitador, cada postulante acompañado por su padrino. Era una especie de “segundo nacimiento”, pues allí se evaporaba tu nombre de pila y te colocaban dos nombres nuevos, ajenos casi siempre por completo a tu nombre de bautismo. Se abandonaba el nombre “del mundo” para nacer con otro nombre a una vida nueva.
  El salón era para algunos, finalmente, lugar de esfuerzos, de ejercitación e incluso de competencia en el arte dramático: los ensayos eran duros y tenían lugar en el salón que luego aplaudiría los éxitos de los actores noveles.

San Pedro
  Uno de los “santos lugares” era el doméstico parque de San Pedro. Era un parque umbroso, objeto de nuestro deseo desde las aulas del Escolasticado. Además de lugar de sombra, lo era de solaz y de diálogo animado… 
  San Pedro era también un estanque o piscina, de aguas frías hasta las que la fronda apenas dejaba pasar el sol. Daba cierta pereza zambullirse, pues al agua fría había que añadir la prontitud con que quedaba contaminada… Al fin, una depuradora ayudó a mantener el agua limpia. Y San Pedro era también, en el edificio junto a Mirenechea, el lugar donde se cocía el pan diario, en el horno que los mismos hermanos habían construido. De allí salía un olor familiar, entrañable… que acrecentaba nuestro apetito cuando íbamos a llenar los cestos.
 Los árboles de San Pedro han visto crecer a generaciones de maestros, que llegaban a sazón al término del verano y que, al emigrar de la Casa, se despedían de San Pedro como de un compañero de estudios, de un amigo de juventud…
                                                                                               
                                                                                                Teódulo GARCÍA REGIDOR
Maestro. Profesor del Centro Universitario La Salle
                                                                                                  Cronista del Centenario de Griñón  




  EL ESTADO DE  FORMA FÍSICA


Se entiende por forma física o deportiva, la capacidad que posee una persona para desarrollar una determinada actividad con óptimo rendimiento específico de una determinada disciplina deportiva. El estado de máxima forma no se puede mantener de manera indefinida; a lo sumo, varios meses de máximo rendimiento; después de esa fase, la forma decae a niveles inferiores.

La óptima forma física dependerá de varios factores relacionados con el grado de entrenamiento, con el enfoque que se haya realizado del mismo, con la motivación para la disciplina, con la propia capacidad,  la salud, el entorno e, incluso, con la cobertura organizativa que rodee a la persona. El grado de forma física puede ser malo, regular, bueno u óptimo. Éste último concepto tendrá en cuenta el mejor estado de forma posible que la persona puede tener en un momento dado teniendo en cuenta todos los factores enumerados.


El estado de forma excelente sería el máximo que un deportista puede llegar a poseer si todos los parámetros están desarrollados al máximo y son favorables. Éste sería el caso de los deportistas de alta competición, con los entrenamientos idóneos para desarrollar su máximo potencial.

El que un deportista sea campeón, dependerá de su máximo grado de forma, asociado a que en el momento de celebrase la competición le sean favorables todos los factores, incluida la inferioridad puntual de sus adversarios.

Un buen estado de forma se caracteriza por los siguientes factores: cuando el deportista es capaz de alcanzar su mejor resultado y trabaja con un rendimiento muscular elevado, cuando sus capacidades están al mismo nivel o por encima de los requerimientos de la competición y resuelve de manera óptima situaciones tácticas o planteamientos técnicos que surgen; también, cuando trabaja con gran economía de esfuerzo  puede prolongar el mismo y tardan en aparecer los síntomas de la fatiga.

                 
Fases de la forma física
La etapa deportiva de una persona  desarrollada a lo largo de varios años, desde el punto de vista del estado de forma, pasa por tres fases: de desarrollo, de conservación y de pérdida.
La fase de desarrollo es el periodo preparatorio, que incluye  los primeros años de su vida deportiva. En ellos crea y desarrolla las condiciones necesarias para la disciplina correspondiente y su construcción especifica como practicante de su especialidad. Cada disciplina deportiva tiene unas edades óptimas de comienzo; obtendrá mayores cotas de forma si comienza con la edad adecuada.
En la fase de estabilidad el deportista alcanza los niveles óptimos de forma, tanto en una temporada como a lo largo de toda su vida deportiva. Es una fase de estabilización y mantenimiento de su forma, asociada a un cierto incremento hasta alcanzar los límites máximos de su propia capacidad.
La duración de esta fase va a depender de lo prolongada que fuese la etapa anterior y de la  manera como se realizó. La adecuada planificación y tratamiento de la fase anterior propiciará que esta fase se prolongue durante más tiempo.

La fase de pérdida de la forma se caracteriza por un descenso de la capacidad de rendimiento del deportista. La reducción de la forma dependerá de la progresión que se utilice. La forma puede perderse temporalmente, durante la etapa de transición, o descanso activo entre dos temporadas; puede perderse también definitivamente cuando culmina la vida deportiva de la persona. En este caso, la pérdida de su máximo rendimiento deberá ser gradual y prolongarse con progresivo descenso durante bastante tiempo.

Cuanto mayor haya sido el nivel y la duración de la fase de estabilidad, mayor será el tiempo durante el que se prolongue ésta, si la persona sigue realizando activad a modo de mantenimiento. No obstante, la pérdida de la forma física o del rendimiento, durante la etapa activa de un deportista, puede deberse a alguno de los siguientes factores: excesivo entrenamiento o esfuerzos superiores a su propia capacidad que le harán entrar en un estado de fatiga crónica, lesiones, enfermedades o algún otro tipo de incapacidad para el óptimo rendimiento, factores externos perturbadores, disminución de la carga de entrenamiento.

 Generalmente, una persona es más consciente de sus debilidades físicas que de sus fortalezas. Aquellas son más perceptibles cuando éstas disminuyen. En un estado de plena forma –o por extensión, de plena salud–, no sentimos nuestro cuerpo. Cuando surgen incapacidades o, simplemente, ya no logramos mantener las potencialidades anteriores, la conciencia de la debilidad aflora.         

                                                                                                                        Francisco Sáez Pastor
                                                                                                                            Universidad de Vigo