53. AFDA


ÍNDICE PRINCIPAL
 
Pregón: Se ha de oficiar la liturgia de la verdad
Reflexión mensual: Perdemos nervio como pueblo. CUR
Traigamos a los clásicos. Las greguerías de Ramón. CUR
Buzón teológico: Gracias a Jesús resucitado, amaremos y seremos amados eternamente. E. Malvido
Leímos, oímos, vimos: Pensión Flora de Apuleyo Soto
Rincón de Apuleyo: Cela Centenario.
Parábolas del peregrino: Parábola del peregrino del camino de Santiago. CUR
Soneto desde el sentimiento: A Cela, genial artesano. Ángel Hdez.
Alta política con estilo: La propiedad. Ramiro D. de Aza
Filosofía de lo sagrado: Liturgia de lo sagrado. Sagrada Biblia. CUR
Educación física: Capacidades condicionales. Fuerza. F. Sáez
Cartel que anuncia el EP 2016











  SE HA DE OFICIAR LA LITURGIA DE LA VERDAD 

“Y los niños cantan a la rueda rueda
el viejo estribillo que el viento se lleva”.
 

Don José María Pemán y Conchita Piquer habrían de estar en nuestros días de rigurosa actualidad porque nos anunciaron en verso el uno, y con garganta de calandria, la otra, el panorama nacional sobre el que chapoteamos.

El juego de la política española es de corro infantil, noria que da vueltas y vueltas y el agua que no acaba de salir. La Patria no levanta el vuelo. Nadie levanta el vuelo.  Tiene el aire del corre que te corre con el que los niños se cambian de un lado a otro, en rápido movimiento, de árbol, de farola o de esquina. El caso es “estar a salvo”, cambiar, en veloz carrerilla, de la esquina del mando en que se está a la esquina libre, para un nuevo mandato.

El juego del pensamiento contemporáneo se llama relativismo. La cosa es seria y nos viene de tan lejos como del mismo Erasmo del XVI (en nuestros años jóvenes lo estudiamos en Joseph Lortz, profesor de la Universidad de Münter), pero no es menos infantil y de superficie.  En verdad, peor que el juego de la política. Sus consecuencias mayores: disolución, adiós a la verdad con minúscula, pues que todo es relativo y no hay cimientos para el culto de la Verdad.

 Frente a este panorama no hay más solución que la del enfermo que se muere: reaccionar o morirse.
¿El antibiótico eficaz? ¿Garantía de que España y Europa sobrevivan? Desde luego aquel del que aquí hacemos profesión: el castillo interior, la copia moderna de las viejas abadías de los copistas del Medievo, salvar esencias, condensación de cultura, adensamiento. No se nos pide a nosotros copiar a los clásicos hebreos, griegos y romanos, pero hemos de recoger en pergaminos vivos –nuestro temple-  las esencias cristianas y españolas de nuestros mayores.

En nuestro castillo interior se ha de oficiar y  oficia la liturgia de la Verdad.

¿Las brasas de nuestro modesto incensario?: el fuego de nuestra irreprimible pasión por Cristo y por España. ¿El incienso?, el pensamiento a fondo de quién es Cristo y qué sea nuestra Patria, la Biblia, la Iglesia Comunión de los Santos y las glorias de oro de la mejor Historia de España.

 

 


PERDEMOS NERVIO

                   COMO PUEBLO


   ·        En nuestras escuelas al inicio de la jornada escolar ya no se iza la bandera nacional, ni se oyen, mientras sus colores suben en dirección del cielo, himnos patrióticos que, a martillazos de canción claveteen y remachen sobre los pechos infantiles el amor a la Patria, virtud cristiana, en parte teologal (caridad) y en parte cardinal (fortaleza y justicia).
 

En Canadá –se nos dice en una sección de este blog 53- se iza la bandera del Canadá y se canta el himno de la patria

Indudablemente, nosotros hemos perdido nervio como pueblo.
 

     ·        Otro espejo en el que se puede mirar esta pérdida de nervio social: No hay día en el que no aparezca entre nosotros un nuevo caso de corrupción. Se les pide a los políticos una honradez de la que indudablemente debieran ser ejemplares. Pero, antes que eso, habría que pedirles cuentas de su gestión como políticos, pues que no basta con no hacer el mal sino que están en puestos de responsabilidad social y han de hacer el bien que necesita su patria grande y chica, desde el rey al último concejal del municipio más modesto. De esto no se dice nada. Hemos perdido nervio. 

      La sociedad les echa en cara a los políticos su falta de moralidad personal. Habría de verlos, en primer lugar, como personas públicas responsables de la gestión que ha de exigírseles como tales y del bien que han de imaginar y crear y no crean.

Numerosos políticos “honrados” deberían sentarse en el banquillo de los acusados y ser detenidos por guardar su acta de tales en el pañuelo evangélico del siervo improductivo.
 

·        En el tema de la Escuela hemos conocido centros escolares que preparaban a sus alumnos para el ingreso en Escuelas Especiales de Ingenieros (Maravillas, antes de 1936), cosa que no se les pedía oficialmente. Algunos de nosotros cursamos magisterio a nivel ciertamente universitario, cuando se equiparaba el magisterio a los tres últimos años de bachillerato (La Salle, Griñón, Madrid, después de 1936). Aquellos centros iban más allá de lo que les pedía la norma. No les bastaba con ser “honrados” y cumplir.

 

Hoy, nuestras escuelas españolas son gemelas: públicas, de religiosos docentes y de empresas privadas, con variantes mínimas. 

Habría que esperar  de ellas mucho más y juzgarlas y condenarlas, en su caso, por lo que no hace su nervio dado el apremio y necesidades del pueblo español.
CUR
Maestro, profesor de teoría del concimiento.
Bachillerato Internacional

     


LAS GREGUERÍAS DE RAMÓN


Expresarse con rigor, agudeza y soltura

Un profesor de lengua que lo sea de veras no es una antena docente que recoge las frecuencias de lengua y literatura que marcan los programas oficiales para que sus alumnos, a fuerza de cursos de labor empinada, eduquen su oído al buen castellano y empiecen a pronunciarlo y escribirlo con sujeción a unos mínimos.
Un profesor de lengua inteligente y preparado suficientemente en su escuela de magisterio se empeñará primordialmente en que sus alumnos se ocupen, casi exclusivamente, de la expresión escrita hasta dominarla. Lo demás, bien lo sabe, que le será dado por añadidura y sin apenas esfuerzo añadido. El alumno que escribe bien se expresa oralmente bien: sus palabras no están reñidas con el DRAE, sus frases ruedan por las calzadas de la claridad y de la precisión, le encanta la lectura de autores con estilo, aprende idiomas, no se indispone con las matemáticas, salva los exámenes de ciencias porque entiende lo que se le pregunta…

El profesor de lengua que decimos no es que sea particularmente ambicioso, que quiera salir de sí y adueñarse de campos que no son el suyo, el literario, es que sabe de sobra que si enseña a escribir bien, con rigor, pulcritud, agudeza, etc. está enseñando a pensar con rigor, agudeza y pulcritud. Mientras le saca punta al lápiz de colores de la expresión escrita, hace más que eso, mucho más: está afilando el pensamiento aristotélico, la imaginación cervantina, la voluntad de hierro de un conquistador español en sus alumnos… La punta de su lápiz adelgaza el estilo y no hay filo intelectual en la persona del educando que no se afile con ese adelgazamiento. Quizá baste con recordar del Discours sur le style de George-Louis Leclerc, conde de Buffon aquello de que “el estilo es el hombre mismo, l'estyle c'est l'homme même" (Buffon).

El profesor de lengua que decimos nunca entra en clase ni se pone a trabajar la expresión escrita con sus alumnos sin que le acompañen y estén presentes tres o cuatro clásicos. Estos pueden ser (en mi caso personal, ya que cada maestrillo tiene el suyo, Azorín, Papini, Vicente G. Huidobro y Ramón Gómez de la Serna). Pudieran ser otros, como Cela, Miguel Delibes, Ortega…

La experiencia me dice que Ramón es decisivo, eficaz y clave en esta guerra.



Observar lo que nadie ve y echarse a escribir 

El dominio de la expresión escrita tiene como previa una observación tenaz, precisa, de interiores, pura, sin el cristal interpuesto de los juicios previos… la propia de la greguería de Ramón Gómez de la Serna.

El padre del género literario que llamamos las greguerías las sabe crear. Lanza una y se le multiplican entre las manos, en chisporroteo múltiple. Las define mal, pero las crea geniales, su originalidad es sorprendente, todas parecen primeras y últimas. Las produce con una abundancia tal que recuerda la monstruosa fecundidad de Lope. Saltan de un ángulo poco observado de la realidad hacia otro lejano, insospechable, poético o ingenioso.

Cuando se las lee seguidas, se tiene la sensación de estar en una selva mental frondosa y agobiante. Ramón no hace literatura, hace greguerías siempre, ya escriba cartas a las golondrinas, ya redacte la biografía de Lope de Vega o nos cuente su Automoribundia.




A nosotros lo que más nos interesa es que nos pase la carga de observación que llevan. Ramón ve en las cosas lo que nadie ve y está en ellas. Eso es en lo que hay que conseguir del alumno. Eso lo que han de descubrir los aprendices de la expresión escrita. Si su observación alcanza el corazón de las cosas, la pieza de caza está lograda, el alumno sorprenderá cuando la exprese. Se echará a escribir, como un día se echó a andar.


 
Cuando más me gustáis es cuando embestís el aire con los hombros, recogidas las alas, haciendo eses blandas y zigzagueantes.
 
Sé que sois hoces del cielo, que dais cuenta, como segadoras incansables, de las mieses invisibles y cosecháis el trigo azul que será el pan de los poetas.
 
Se despide Ramón: Con mis saludos a Bécquer, recibid la devoción más constante de
                                                      Ramón (Cartas a las golondrinas)
 

CUR
Maestro. Profesor de Lengua y Literatura
Emérito UCJC


GRACIAS A CRISTO RESUCITADO,
AMAREMOS Y SEREMOS AMADOS ETERNAMENTE


La experiencia de amor entre personas es probablemente la experiencia que más sabor tiene a vida eterna. Se han hecho célebres estas palabras del filósofo francés Gabriel Marcel: “Amar a alguien es decirle: tú no morirás jamás”. Ni que decir tiene que el ser humano no puede imaginarse la vida eterna sin el amor de los seres queridos (padres, hijos, esposos, amigos...).

Ahora bien, la realidad del amor entre personas humanas ¿tiene suficiente fuerza como para traspasar la muralla de la muerte y sobrevivir a pesar y después de la muerte? La respuesta es a todas luces negativa. Pero no por eso podemos juzgar como errónea la dirección trascendente que la experiencia intrahistórica de dos seres que se aman alberga respecto de la muerte. Cuando se ama de verdad a otra persona, se tiene el esperanzado presentimiento de amarla para siempre, de que ese amor interpersonal perdurará a pesar de la muerte.

 Pero ¿quién convertirá en realidad ese presentimiento de que el amor humano interpersonal seguirá existiendo más allá de la muerte destructora? La respuesta a la interesantísima pregunta no es otra más que el Amor infalible de Dios Padre a las creaturas humanas, el que desde su eternidad nos llamó amorosamente, en el Espíritu Santo, a ser hijos en su Hijo unigénito, antes humanado históricamente y ahora humanado escatológicamente.

Que Dios nos haya querido tanto y que haya decidido desde su eternidad que fuéramos hijos suyos a imagen y semejanza de su Hijo unigénito resucitado es una noticia que figura repetidas veces en los diversos escritos del NT, principalmente en Pablo (cartas) y en Juan (Evangelio y cartas). Como ejemplo ilustrativo citamos las palabras de Pablo en Rom 8,28-30:

“Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio. Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a esos también los llamó; y a los que llamó, a esos también los justificó; a los que justificó, a esos también los glorificó”.

Pero también en este contenido del amor entre las personas humanas es Cristo el que, en las diversas representaciones del cielo, ocupa casi siempre el puesto del amor de la divinidad hacia los seres humanos,  de manera que, gracias a él, las relaciones interpersonales de los bienaventurados resultan fraternales e irrompibles. A diferencia del contenido de la vida eterna que Juan se encargaba de cristologizarlo, ahora, a propósito del contenido del amor interpersonal perenne, son todos los escritores del NT quienes expresan cristológicamente, esto es, por medio de Cristo, que el amor interhumano es inmortal. Veámoslo en algunas de esas representaciones o símbolos.

El cielo es figurado mediante el símbolo del “banquete”: “El reino de los cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo” (Mt 22,2s.). El banquete escatológico como señal sobresaliente de la era mesiánica proviene del AT. Pero en el AT el anfitrión invisible y el esposo es Yahvé, y entre los comensales no hay ningún asistente humano especial. En el NT, en cambio, el banquete escatológico preparado y organizado por Dios es con motivo de las bodas del hijo del rey, en inequívoca alusión a Cristo...

En la parábola del “novio” y las diez jóvenes (cf Mt 25,1s.) la relación se establece entre el grupo humano, formado por cinco mujeres necias y cinco prudentes, con el “novio” (=Cristo). La parábola tiene referencias significativas sobre el tiempo presente y también sobre el futuro escatológico.

Otro símbolo también cristologizado es el de “esposo” (=Cristo) en relación con la humanidad o con la Iglesia, la esposa. La imagen del matrimonio es utilizada por primera vez por Oseas en el AT para expresar el amor generoso y fiel de Yahvé para con el pueblo israelita.

 El lenguaje simbólico del amor entre Esposo-Esposa es hermosamente empleado por nuestros místicos. Valgan por otros muchos ejemplos de amor consumado y perfecto entre Cristo-Amado y el alma-Amada estas estrofas del Cántico Espiritual (estr. 27 y 37) de san Juan de la Cruz: “Entrada se ha la esposa/ en el ameno huerto deseado,/ y a su sabor  reposa,/ el cuello reclinado,/ sobre los dulces brazos del Amado”. “Allí me mostrarías/ aquello que mi alma pretendía,/ y luego me darías/ allí tú, vida mía,/ aquello que me diste el otro día”.

El Apocalipsis se distingue de la metáfora del matrimonio utilizada por el profeta Oseas y por nuestro místico san Juan de la Cruz porque escatologiza plenamente el símbolo del esposo (=Cristo) y de la esposa (=santos del cielo): “Alegrémonos y regocijémonos y demos gloria, porque han llegado las bodas del Cordero y su Esposa se ha engalanado y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura -el lino son las buenas acciones de los santos-.” (Ap 19,7-9). 

Reflejemos asimismo el modo personalísimo que tiene Pablo de expresar la consumación escatológica del cristiano. Para Pablo, la vida amorosa del cielo consiste ante todo en “estar con Cristo”, en “vivir con el Señor”.

Pablo sabe que Cristo vive ahora resucitado. Aun cuando el cristiano “vive en Cristo” por la fe, esperanza y caridad, siempre será mejor “vivir con Cristo” de un modo seguro y todo decidido: “Mi deseo es partir y estar con Cristo, lo cual ciertamente es con mucho lo mejor” (Fil 1,23).

A Pablo, que  creía que la resurrección de los muertos tendría lugar en fecha próxima, incluso en vida suya,  le trae sin cuidado ser personalmente pospuesto a los muertos en el orden que se seguirá en la resurrección universal: “Los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires” (1Tes 4,16b-17a). Lo decisivo es que todos los seguidores de Jesús serán resucitados según el Primero en resucitar de entre los muertos, “y así estaremos siempre con el Señor” (1Tes 4,17b).

El modo como Cristo ha amado a la Iglesia indica el modo como nosotros debemos procurar amarnos unos a otros, mientras peregrinamos hacia la meta de la plenitud escatológica.

EDUARDO MALVIDO
Maestro, catequista y teólogo
 


 “PENSIÓN FLORA”, DE APULEYO SOTO,
PRESENTADA EN MADRID
El día 5 de abril de los corrientes, festividad de San Vicente Ferrer, hubo fiesta en la sede del Colegio de Doctores y Licenciados de Madrid y en el corazón de cuantos admiramos a Apuleyo Soto como poeta, émulo del Arcipreste de Hita y de Garcilaso, fecundo como Lope, militante de toda gran causa como Quevedo, didáctico como Samaniego, maravilloso como Lorca y brillante cultivador de todo género literario como el arrinconado José María Pemán.
Se presentaba el último libro de Apuleyo Soto.
Una vez más: al vuelo las campanas de sus triunfos, que hacemos nuestros, gloria de AFDA, de los de la Borrasca y de cronistas, hoteleros y multitudes.
Así cantó la “Pensión Flora” de Apuleyo, aquella tarde, uno de sus críticos, el más fino y exigente:  

Pensión Flora de Apuleyo Soto: el regalo de la metaliteratura

                Apuleyo Soto, a quien sigo, a quien admiro y con quien tanto quiero, es un maestro en el canto permanente de la vida y la esperanza, por empezar haciendo referencia a Rubén Darío, que tan presente está en Pensión Flora, aunque en un momento dado el personaje Unamuno diga tan precozmente que “España no está para nenúfares” prefigurando en la ilusión de un tiempo pretendidamente anterior –esa es la magia de la recreación literaria– la lograda parodia antimodernista que construirá Sinesio Delgado en el texto de su zarzuela El carro de la muerte de 1907.


 
 
         El peso de la literatura es evidente desde el primer momento del texto. Recordando otra parodia, la que hace del romanticismo Ramón Mesonero Romanos en “El romanticismo y los románticos” (1837) cuando nos dice que su sobrino ha escrito un “drama romántico-natural, emblemático-sublime, anónimo, sinónimo, tétrico y espasmódico”, Apuleyo nos regala, también con palabras deliberadamente esdrújulas, un “drama histórico, diacrónico, anacrónico, retórico y utópico (aunque real como la vida misma)”. Entregado a este ejercicio metaliterario, nuestro autor recrea la génesis del esperpento, que nace en una noche en la que un Valle noctívago, creo que deliberadamente favorecido en el cuadro de autores protagonistas (después Apuleyo parece mostrar su preferencia por Machado y Unamuno), peregrina por Madrid de la mano de la Fornarina, anticipando en la ficción la peregrinación de Max Estrella en Luces de bohemia, y anticipando quizá también a Cela cuando, en la acotación inicial del cuadro VIII, leemos que “Madrid es una colmena de medio millón de habitantes”. En este ejercicio de anticipaciones que a Apuleyo le permite la recreación literaria, también se enuncia la pelea que Valle mantuvo con Manuel Bueno y que le dejaría manco del brazo izquierdo. Literatura que habla de literatura.

         Apuleyo Soto, ya lo sabemos, escribe primorosamente, desplegando acotaciones elaboradísimas, cargadas de evocaciones y sugerencias, dotadas a veces de plena autonomía, y construyendo un diálogo preñado de recurrencias –como la permanente alusión al telón acústico de fondo de los trenes de la estación de Atocha, tan cercana a la pensión, que a mí me evoca a Gómez de la Serna–, juegos verbales y referencias e inferencias literarias que apelan a la complicidad del lector informado. Y es que ya digo que hay mucha metaliteratura en Pensión Flora, y eso le concede, entre otros valores, un singular valor didáctico.

         Los autores-personajes, que atesoran la quintaesencia noventayochista, hablan por la misma literalidad de su obra y reconocemos sus ideas, sus temas y a veces sus palabras originales en los diálogos. También nos conforta su relación intelectual, que a veces se torna fraternal y conspirativa por la vía del entrañable y rotundo juramento que suscriben en el cuadro II. Reconocemos al Valle irreverente, al Machado soñador y ensoñador, al Baroja escéptico, al Azorín anárquico, al Unamuno agónico, y reconocemos y apreciamos las alusiones estéticas a los pintores del momento (Regoyos, Casas, Zuloaga y Solana).

         No puedo dejar de lado las constantes y acertadas referencias cervantinas y quijotescas, tan comunes entre los noventayochistas y tan afortunadas precisamente en este año en el que conmemoramos el cuarto centenario de la muerte de Cervantes, y tampoco quiero obviar el telón social de fondo, tan aplicable a nuestros días, en el que queda retratada la indolencia, rayana en lo negligente, de nuestros políticos.
         Apuleyo Soto, en fin, ha escrito una obra dinámica, fecunda y enormemente sugestiva con la que convierte la literatura en un regalo intemporal como él mismo, que hace muchos años que, para bien de quienes le queremos, ya no los cumple.

Santiago López Navia
Profesor. Licenciado y doctor en Filología Hispánica.
Doctor en Ciencias de la Educación.
 
 

Tuvo lugar el 5 de abril de 2016 en el Colegio de Doctores y Licenciados, Fuencarral, 101, por Emilio Pascual, Santiago López- Navia y Aurora Campuzano.
 
AUTOCRÍTICA DEL AUTOR

Mis padres literarios de la “Generación del 98”, y entre los más amados y leídos Machado, Valle Inclán, Unamuno  y Azorín, se habrían carcajeado a mandíbula batiente al observar cómo los he puesto y dispuesto en un viaje de la periferia costera al “poblachón manchego” o “rompeolas de las Españas”, juntándolos “una noche de invierno” en la Pensión FLORA, cercana de la estación ferrocarrilera de Atocha.
También mi compadre Federico García Lorca, que dictaba unas conferencias sublimes sobre el Arte de Talía, habría brincado de emoción contemplando cómo su discípulo manejaba diestramente el verso encajado en la carpintería teatral.
La verdad es que las bondades que pueda contener PENSIÓN FLORA son más debidas a ellos que a mí, su dócil aprendiz.
Y al igual que los dramaturgos del pasado siglo, que publicaban en ABC una autocrítica en el día vesperal del estreno, voy a tratar de explicarme, exponiendo sucintamente los motivos, antecedentes y fines que me llevaron a edificar la Obra y perfeccionarla hasta el culmen.
¿Motivos? Plasmar el fin del siglo XIX, tan convulso y derrotista (por la pérdida de las últimas colonias españolas de Ultramar) como este renaciente 2016 en el que toda irresponsabilidad política tiene su asiento y sus voceros procaces.
¿Antecedentes? Mis lecturas secretas en el internado de La Salle, aquí cerca, en Griñón, donde un profesor cómplice que se había educado en Roma, me pasaba bajo cuerda y al despiste del Director  “las Divinas palabras” y “Cara de Plata” de Valle, los ensayos agónicos de Unamuno, las “Soledades y otros Poemas” del bueno de don Antonio, la trilogía de “La busca”, del impío expanadero anticlerical Baroja o “los primores de lo vulgar” que publicaba Azorín, junto a sus levantiscas “crónicas parlamentarias”. Desde entonces, desde aquella infancia recluida, mucha tinta negra y roja más ha corrido bajo mis ojos.
¿Fines? Quizá uno solo, pero nuclear, explosivo: ser el redentor de esta sociedad relativista y ambigua carente de valores como la honestidad, la honorabilidad o la verdad. El teatro es catártico o no cumple su función principal. Si además le rociamos con unas gotas de humor satírico, mezcladas con Poesía, es decir, con un lenguaje alquitarado, pues tanto mejor para el seducible espectador orteguiano.
 
Si yo lo he conseguido, que –perdonadme el autoaplauso- creo humildemente que sí, gracias sean dadas a los dioses del Olimpo y a las Musas del Helicón, en especial a Talía, Tersícore, Euterpe y Polymnia.
No más puedo añadir después de que Aurora Campuzano, Emilio Pascual, Basilio Rodríguez Cañada y Santiago López-Navia hayan diseccionado con su sabiduría habitual de profesores mi texto cómico-dramático, que espero ver un día expuesto en un corral nacional. Y antes que en ninguno, en el “Juan Bravo”, de mi adorada Segovia, si la Diputación lo prefiere.
(Presentada la “Pensión Flora”, se escenificó el cuadro V de los once que componen la obra, actuando la actriz Ana Galisteo como una Fornarina valleinclanesca, muy sensual, en el Callejón del Gato de los espejos cóncavos de San Ginés, donde cabe suponer que el Don Ramón de las barbas de chivo se inventó el esperpento).
CELA CENTENARIO
 


 
 
La colmena que fue
Camilo José Cela
sigue en vela
después de que no esté.
 
El brioso escritor,
siempre al filo y en vilo,
nos dejó el hilo
de su paso conductor. 
 

Centenario homenaje
el que se le rinde
a sus obras sin linde
de novela y de viaje.
 
         Siempre ha ido conmigo
         o yo he ido con él.
         Siempre fue el autor amigo
         del discípulo doncel. 
 
Que las Musas de Iria Flavia
le mantengan redivivo
porque todo lo que escribo
lo debo a su insigne savia. 
 

      Sabio de pluma y de labia,
      no encontraré otro maestro
     en la rectitud tan diestro
    contra los tontos en Babia.
 
En él yo me reconozco,
con él me fotografío;
aunque pareciera osozco,
me lo tomo como mío. 

                                                                        Apuleyo Soto

 

       


PARÁBOLA DEL PEREGRINO


DEL CAMINO DE SANTIAGO


El peregrino, bordón en mano, calzado recio para el largo y duro camino, la mirada alta hacia el lejano horizonte, agua en la calabaza, en el pecho la concha de peregrino para que no se le confunda con vagabundos… lleva hechos ochenta y tantos años de calzadas romanas, caminos de arcilla y piedra, rastrojos, valles oscuros y sierras altas… Pero realmente su pie, por regalo del Cielo, ha estado pisando ochenta y tantos años la Vía Láctea. A los ojos de Dios, de quien viene todo regalo, y a los ojos de lo que le alcanzaba el deseo. 

Efectivamente, el peregrino marchó a su meta de Luz, a Santiago de Compostela, a Roma, a la Jerusalén celeste, peregrino, Vía Láctea adelante. Su camino fue un ancho río de estrellas. En vez de campos que cruzar, cóncavo techo. En vez de polvo que le diera alas a su camino, el chisporroteo de las menudas gotas de la lluvia de plata que fulguran las estrellas en la noche. En vez del viento del bosque que perfuma y sosiega los pulmones, la pitagórica música de los astros, toda armonía que embriaga y enriquece el alma. La calzada que pisó el peregrino estaba empedrada con luceros. A izquierda y derecha, como horizonte sin fin, las anchurosas orillas del espacio y los años luz. Delante, el manto de estrellas del Apóstol Santiago, el “Hijo del trueno”, que mantiene vivo y encendido, torrente en raudales de salmos, el camino que lleva su nombre.

El peregrino, ahora que sabe que todo fue como lo cuenta esta parábola, le da las gracias que no le dio a Dios y le pide perdón por las veces que se dolía de pasar fríos y calores, de la dureza del empedrado que pisaba, de la sed, de los malos humores con otros caminantes… Las tronadoras aguas del gran río de las estrellas del firmamento, sus llamas voladoras se diría que no las percibía. Caminaba sordo para ellas. Dios le perdonará, pues que le pide perdón y Él es perdonador.


Algunos compañeros de su camino de luz le tuvieron por optimista, que todo su pasado lo veía positivo, decían, y, la verdad es que si lo fue y lo vio así –Vía Láctea adelante- ni mucho menos lo fue tanto como debía.
CUR




Una  pequeña semblanza sobre nuestro Nobel centenario la hallará el lector de este blog en las Adendas de mayo, gracias sean dadas a la estudiosa tecla, que un tiempo fue pluma ágil y suelta de escribir, de nuestro, no menos nuestro, el doctorando en Camilo José Cela Ángel Hernández Expósito, el que mensualmente sonetiza en AFDA desde su sentimiento como quien levanta partenones o romanos acueductos de Segovia.

 
LA PROPIEDAD
 
La propiedad es un derecho natural con carácter de camino no de meta final que se detenga como agua muerta en la represa de su propietario. Siguiendo con la imagen de los embalses, la propiedad ha de producir en beneficio propio y del bien común, como los saltos de agua, energía y vida, luz y alegría de la existencia.
Decir propiedad privada no es decir privaticidad. No tiene la propiedad patente de exclusividad. Mira al bien común y si no lo hace, se distancia de la doctrina cristiana y es una violación de la justicia, también entre no cristianos.

La propiedad privada ha de entenderse con mentalidad de comunicatividad. La comunicatividad es la que define el uso social del derecho natural de la propiedad. Al formular esto no apuntamos sólo a hacer con principios y con hechos comunidad con los demás hombres, sino a conservar para la persona la dignidad de quien posee algo o mucho como propio, sin ser esclavo de su propiedad. Semejante esclavitud, que encadena al hombre a la propiedad exclusivamente suya de lo que posee, le convierte, si deja a su prójimo en la miseria, en miserable, pobre hombre, escasamente hombre.
Y es que la medida del hombre no la da lo que posee si le esclaviza, sino lo que, no siendo exclusivamente suyo, pertenece también a los otros y, propietario, obra como administrador de bienes, en consecuencia. No vale el hombre por lo que se adueña, sino por lo que da.
Robar lo prohíbe el quinto mandamiento y la ley natural. No se ha de robar a los ricos para darlo a los pobres. Pero la autoridad, por un principio de justicia, sí puede y debería expropiar en determinados casos. La expropiación es práctica peligrosa, que es preciso justificar, pero que habría que aplicar sin miramientos cuando se trata de la expropiación de los expoliadores. Y eso para fijar la propiedad en su preciso sentido de auténtica función de bien personal al servicio de la comunidad. La presencia de la autoridad debe ser tan amplia cuanto requiera la realización de esta función. Recuérdese que Santo Tomás de Aquino dice que “la función social de la propiedad pertenece a la justicia”. La justicia exige que los bienes que no realizan una función social pierdan su calidad de bienes para quien los posea.
Una anécdota de mis tiempos de estudiante de magisterio iluminó el sentido de cuanto viene dicho hasta aquí en los renglones anteriores. No había en España más que un ejemplar de un libro, escrito por un francés, en el siglo XVIII, por Blain. En mi escuela de magisterio, Griñón, Madrid, al director de la escuela, preclaro investigador de la historia de la pedagogía, le reclamaban la devolución del ejemplar a la biblioteca propietaria del libro, en Bujedo, Burgos. El director no lo devolvía porque lo estaba usando y en sus manos cumplía una función social, cosa que no haría cerrado y mudo en el estante de la biblioteca que señalaba su signatura.

RAMIRO DUQUE DE AZA
Maestro. Profesor de Teoría del conocimiento
Bachillerato Internacional

Liturgia de lo sagrado
8. Sagrada Biblia
 
 Los rollos de la Sagrada Escritura los han guardado siempre los judíos en sus sinagogas en lugar seguro de particular respeto. Se conservan dentro de un “cofre sagrado”. El lugar donde se guarda el “cofre sagrado” ha de estar orientado hacia Jerusalén.
En presencia de la Tora, por respeto, los judíos varones han de tener cubierta su cabeza.

Caja de la Tora. Museo sefardí. Toledo.
En la sinagoga se lee en público la Sagrada Escritura. Ha de hacerse con la entonación y la dicción que prescribe un ritual complejo. Por su dificultad suele hacerlo un cantor o jazán  profesional, aunque puede hacerlo cualquier varón mayor de edad, como sabemos por el sábado en el que Jesucristo, en Nazaret, en pie, lee y luego, devuelto el rollo, comenta sentado un texto del profeta Isaías.
La sinagoga no es tan sagrada como el Templo de Jerusalén, pero sí es un espacio sagrado. Se buscaba un lugar alto para levantarla y la entrada habría de mirar a Jerusalén. Ante el “cofre sagrado” pende una lamparilla que arde de continuo en recuerdo de la luz perpetua que brillaba en el Templo de Jerusalén. Un candelabro de siete brazos evoca el “menorá” , candelabro de siete brazos, del Templo Santo, el que aparece en el arco de Tito en Roma.
El respeto que se debe a la sinagoga prohíbe comer o beber en sus espacios más sagrados. Tampoco está permitido correr dentro de ella. Se ha de caminar con dignidad y respeto.
 
La Iglesia Católica trata las Sagradas Escrituras con sumo respeto. Son palabra de Dios. La inciensa. También lo hacen las Iglesias de la Reforma.
Se pronunciaron en su tiempo, pero nos siguen hablando hoy a nosotros desde su cielo. Las palabras de la Biblia no pasan, permanecen. Pasarán el cielo y la tierra, no la palabra de Dios. Yahvé, soy el que soy: es el que fue, el que es y el que será. Sus palabras se pronunciaron en un momento histórico de la Humanidad por primera vez cada una. Pero se pronuncian hoy del todo nuevas y mañana seguirán en un frescor que no envejece.
 
El Vaticano II reconoció un uso ininterrumpido a través de una historia bimilenaria: “La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la palabra de Dios y del cuerpo de Cristo» (DV 21).
Al Libro sagrado se le prestan sobre el ambón los mismos signos de veneración que al cuerpo de Cristo en el altar. En las celebraciones solemnes, se le inciensa y se le acompaña con luces. Con ello se honra a Cristo, Palabra de vida. La Iglesia confiesa con estos signos que en la Sagrada Escritura está Cristo, y que desde ella es Él mismo quien «nos habla desde el cielo» (Heb 12,25). Seguimos pensando en la Iglesia de Dios como San Jerónimo: «Yo considero el Evangelio como el cuerpo de Jesús. Cuando él dice «quien come mi carne y bebe mi sangre», ésas son palabras que pueden entenderse de la eucaristía, pero también, ciertamente, son las Escrituras verdadero cuerpo y sangre de Cristo» (ML 26,1259).
 
El sagrado respeto que se desprende de planteamientos tan graves, nos habría de llevar-entre otras prácticas, por ejemplo- a no confiar las lecturas litúrgicas de la Palabra a niños o a personas que leen con dificultad, tampoco a quienes no visten el “traje de boda” que pide en Evangelio… La tradición de la Iglesia, hasta hoy, entendió el oficio de lector como «un auténtico ministerio litúrgico» (SC 29a; Código 230; 231,1). Este punto necesita hoy seria revisión.
CARLOS URDIALES RECIO
Maestro. Ciencias religiosas. Univ. Lateranensis

 
 
 
 CUALIDADES FÍSICAS 
                              Capacidades condicionales: fuerza

Las capacidades condicionales son aquellas cualidades que influyen en las posibilidades del individuo de desenvolverse con solvencia en el medio físico; interviene el aparato locomotor de manera predominante. Se relacionan con la capacidad de ejercer fuerza contra una resistencia, de mantener un esfuerzo prolongado en el tiempo, de realizar movimientos con rapidez y de disponer de amplitud de movimientos. Son cuatro: fuerza, velocidad, resistencia y flexibilidad.
 

1.     Fuerza
De manera genérica, y desde el punto de vista de la mecánica, la fuerza es la capacidad de ejercer tensión para vencer la oposición de una resistencia y la causa de imprimirle aceleración a un cuerpo; esta aceleración es directamente proporcional a la fuerza aplicada e inversamente proporcional a la masa del cuerpo sobre el que actúa. La fuerza muscular de una persona depende esencialmente de la potencia contráctil del tejido muscular. A igualdad de otros factores, la fuerza absoluta de un músculo es proporcional a su circunferencia.
La fuerza es la capacidad condicional más importante para la vida cotidiana. Necesitamos un mínimo de fuerza para realizar las tareas habituales, como pueden ser las de caminar, subir escaleras, levantar y desplazar un peso, etc. La fuerza muscular también protege las articulaciones; cuando la fuerza disminuye por debajo de unos determinados umbrales, las articulaciones empiezan a doler; y si se levanta o se desplaza un peso, como puede ser la bolsa de la compra repleta, peso que esté algo por encima de dicho umbral, pueden producirse contracturas musculares. La solución auténtica y definitiva a este tipo de cuadro es someterse a un plan de fortalecimiento; masajes y otros tratamientos equivalentes, pueden paliar ese malestar pero no lo erradican.

 Por desgracia, en el ámbito de la fisioterapia, no suele estar contemplado un plan de fortalecimiento para pacientes que acuden con estos problemas; suelen centrarse más en las aplicaciones locales externas, cuando éstas deberían ser complementarias. Es así hasta tal punto que el término “fuerza” no suelen usarlo; y es sustituido por el eufemismo “tonificación”; cuanto ésta es la consecuencia del trabajo muscular de fortalecimiento.
 
 
            Clases de fuerzas
Para comprender bien la capacidad de fuerza, describiremos su clasificación. Existen dos enfoques en la misma; el más conocido es aquel que establece tres maneras de expresión de la fuerza: fuerza máxima, fuerza-velocidad y fuerza-resistencia
Fuerza máxima. Es la mayor expresión de fuerza que puede  desarrollar un músculo o grupo muscular, al vencer resistencias que se encuentran en el límite de su capacidad. Típico de la halterofilia. Pero pueden existir muchas situaciones en las que un individuo afronte situaciones de fuerza máxima con ejercicios de autocarga; esto es, soportando o superando su propio peso. Esta fuerza puede ser tanto dinámica como estática: ésta última se efectúa a través de ejercicios isométricos
Fuerza-velocidad. Es la capacidad de realizar movimientos venciendo una resistencia no máxima a la máxima velocidad. Esto es, la fuerza aplicada en el menor tiempo posible; da como resultado la potencia El deporte típico de estas acciones es el atletismo, con los saltos, los lanzamientos y las carreras de velocidad
Fuerza-resistencia.- Es la capacidad de mantener contracción muscular de mediana o alta intensidad  durante el mayor tiempo posible; o dicho de otra manera: la resistencia del músculo frente a la fatiga ante una acción continuada y repetida en el tiempo. Son ejemplos deportivos: la lucha, el remo o el medio fondo del atletismo.
 
Otro enfoque de clasificación
Pero también existe otro punto de vista de clasificación de la fuerza. ¿Quién es más fuerte, un levantador de peso, hombre de gran corpulencia, que es capaz de levantar un carro de pesas de 120 kg o un gimnasta, de poco peso, que es capaz de mantener una posición en anillas como el “cristo”? Para solventar estos diferentes tipos de acciones se establece otra clasificación de la fuerza: fuerza absoluta y fuerza relativa. Esta clasificación está relacionada con la propia masa corporal
Fuerza absoluta. Es la máxima fuerza que puede desarrollar un músculo en relación con su sección transversal. Y por extensión, la máxima fuerza que pueda ejercer una persona en un movimiento o en el mantenimiento de una posición.
Fuerza relativa. Se considera como el cociente entre la fuerza absoluta del músculo y su sección transversal. Y por extensión, la relación entre la fuerza muscular absoluta y  el peso del individuo.
 
 
Para desarrollar cada tipo de fuerza existen programas diferentes adaptados al logro de los objetivos específicos. Y como conclusión diremos que cuando se realiza un trabajo de fuerza, no sólo se fortalecen los músculos protagonistas de esa acción sino que también se fortalecen los ligamentos articulares, los tendones y los huesos donde se inserta éstos, evitando o superando problemas óseos como la osteoporosis.
Francisco Sáez Pastor
Universidad de Vigo