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20201030

92 AFDA

                                       Noviembre, 2020

ÍNDICE PRINCIPAL  
 Pregón: Que llamee el espíritu y el estilo
Desde el margen: Un río de aguas turbulentas. Teódulo GR
En homenaje a Cervantes: Cervantes explicado por mi madre. A. Gómez Moreno
La mujer en Cela, IX: Maternidad. Aspectos positivos. ÁH
Soneto desde el sentimiento: Una cruz para la paz. ÁH
Rincón de Apuleyo: Niñez
Educación física: Desarrollo de las capacidades condicionales, III.  F. Sáez
Acuarelas: arte menor: Entrañable otoño. Teódulo GR
                                     

    


          QUE LLAMEE EL ESPÍRITU Y EL ESTILO


Si junto al fuego de las chimeneas que enciende el invierno, en aldeas perdidas, en pueblos olvidados de Dios y de los hombres, en numerosos pisos iguales unos a otros de las altas casas de las ciudades, en destartalados conventos hoy casi vacíos y con escasos frailes o monjas ya viejucos se calentaran las almas con fuegos de leños intelectuales como estos nuestros de AFDA -cultura cierta y fe en el Dios Eterno-, ni España ni Europa ni el mundo habrían muerto ni marcharían hacia el abismo. 


Aunque nadie lo publique ni lo aireen los medios sociales, en el silencio en que solamente se oye el chisporroteo chirriante y salta la culebrina luminosa de los leños que arden y calientan, AFDA sigue ardiendo como hogar de estilo y de magisterio.

Este fuego nuestro que atizamos y avivamos cada mes lo pasamos a quien quiera leernos y lo hacemos con el ánimo de que arda su corazón y su mente, de forma que, de lector en lector, de aldea en aldea, de casa en casa, de colegio en colegio, … no haya rincón del mundo sin una hoguera viva y siempre nueva en que llamee el espíritu y el estilo, la fe sincera en Dios y la cultura seria de siglos.

Así, si encendemos miles de hogueras, no importará el invierno.

Nuestro es el lema que tomamos de Orizana: “TOT LUMINA TOT LIMINA”.




Desde el margen…



2 UN RÍO DE AGUAS TURBULENTAS



Sentado al margen del río de los acontecimientos patrios, siento que la corriente llega ahora tumultuosa y oscura, que las aguas amenazan con desbordarse y que ya hasta la permanencia tranquila en el margen resulta altamente inquietante. Llega un momento en el que uno ya no puede quedarse inmune o impune en el margen: es necesario levantarse, irse un poco más atrás… o meterse de lleno en la vorágine de la corriente.


Casi nunca -que yo recuerde- he escrito una página sobre política en general. Si acaso he defendido la libertad de enseñanza, la presencia de la religión en la escuela, el derecho a la existencia de la escuela cristiana y otras cosas. Pero no he expresado ninguna opinión política de carácter general: sobre partidos políticos o sobre la actuación creada por uno u otro gobierno. Pero ahora la corriente del río de la política me hace salir de mi cómodo observatorio y tomar partido o, por mejor decir, dejar constancia de mis perplejidades, expresar y compartir mis sentimientos.

Y quizás la palabra que mejor caracteriza mi situación “desde el margen” es la perplejidad. O el asombro. O, si se quiere, la incredulidad. Nunca pensé, años atrás, que se pudiera producir una situación política tan increíble, tan incoherente. Nunca imaginé que se pudiera producir un gobierno con una amalgama tan disparatada entre partidos políticos no solo dispares sino esencialmente contradictorios, y no sólo entre sí, sino con el “sujeto” al que dijeron servir: el Reino de España. Nunca pensé que unas promesas electorales, en las que se empeñaba la palabra y la persona misma, fueran no ya olvidadas, sino conculcadas e incumplidas semanas después. Nunca pensé que lo que había vivido en mi madurez como una valiente propuesta histórica de reconciliación y de convivencia que ha durado más de cuarenta años, ahora, a mi edad, sea objetivo predilecto de destrucción por parte de algunos políticos y causa de mi decepción y amargura. Pero, desde el margen del río, así se percibe la corriente.

Aunque pareciera todavía que uno no se siente seguro de lo que pasa; como si lo que vemos y oímos fuera exageración por parte de algunos y distorsión por parte de otros. Por eso, he mirado a quienes, dentro de la corriente o mucho más cerca de ella que yo, han pronunciado una palabra inevitable, han definido con certeza y valentía la angustiosa situación, han experimentado la fuerza de las aguas y hasta temen verse arrastrados de algún modo, al menos momentáneamente, por ellas. He escuchado y leído a quienes la experiencia y el olfato histórico -y político- les permiten la visión de una realidad sin trampas. Pues bien, después de leer no pocos artículos, editoriales de diarios, entrevistas y algún libro encuentro tres actitudes, tres posturas, respuestas quizás, a la situación presente con las que me siento muy próximo.


1 Perplejidad, incredulidad

Desde hace tiempo se venía sospechando -como posibilidad 
más o menos lejana- que el actual gobierno intentaba traspasar las “líneas rojas” del Estado de derecho, dar un vuelco a la realidad española actual y alejarse y alejarnos de la llamada Transición, que ha sido fuente de prosperidad, libertad y paz en los últimos cuarenta años. Pues bien, tenemos un gobierno capaz de “romper las costuras del Estado” y poner a la nación en un trance peligroso y quizás irreversible.

Desde los medios afines a la Transición hay exclamaciones de incredulidad, de perplejidad y hasta de pasmo: “no puede ser”. Y la incredulidad de unos llega al extremo cuando se lee, en los medios de los otros -los afines a las intenciones del gobierno- cómo alaban la “bondad” de lo pretendido, la justicia de lo iniciado. Se trata, de iniciar un camino de vuelta no solo carente de sentido sino extremadamente peligroso. En un diario virtual de izquierdas se pedía hace unas semanas la búsqueda de la justicia para recuperar el verdadero presente, para ponerse en paz con el pasado: Es hora ya de que nos pongamos en paz con el pasado, también de que tomemos las decisiones legales necesarias para que las fuerzas de la antigüedad no marquen de nuevo nuestro futuro”. Las “fuerzas de la antigüedad” son los partidos constitucionales de hoy y “nuestro nuevo futuro” es el que intentan hacer revivir, yendo aguas arriba en busca de un pasado reinventado.


2 Temor a una “debacle”

La situación de inseguridad que se está produciendo tiene su origen, sobre todo, en el clima de hostilidad -de odio, según algunos- que impregna nuestro sistema de convivencia. Se pueden leer términos terribles, cargados de fuerte pesimismo, que intentan definir lo que está pasando: nos dominan “actitudes cainitas”, se está produciendo un “terrible frentismo”, algunos nos impulsan al “guerracivilismo”… Todo ello nos aboca a una “crisis institucional” y a una tremenda “fractura social”. Además, parece que nadie se fía de nadie Y, sobre todo, es como si la mentira o el engaño estuviera a la orden de día… ¡y en los políticos y gobernantes!

Esas mentiras reiteradas, ambivalentes (lo que hoy es mentira mañana es verdad de nuevo) hacen que nada de lo que está firme pueda mantenerse. Y uno teme que se desmorone el sistema, que lo conseguido llegue a hundirse en las aguas turbias y perderse en la corriente, río abajo. Recientemente un socialista, intelectual y poeta, llegó a afirmar que está en marcha “la desestructuración del Estado”. Y una periodista habitual en ABC afirmaba, en su “impotencia”, que “asistimos al hundimiento de nuestra patria angustiados, empobrecidos, entristecidos e inermes” (ABC, 1 de octubre de 2020).

Existe, por otra parte, el temor de que se pierdan “la concordia, la reconciliación, la libertad, la democracia y la prosperidad de los españoles”. Ya no se sospechan las posibles decisiones, se temen los abismos a los que estamos abocados. Porque para no pocos estamos llegando a una situación que nos obliga ya a una drástica alternativa: “de lo que se trata hoy en España es ‘de libertad o tiranía, de democracia o dictadura’ ”. (L. M. Anson, El Imparcial, 30 de septiembre de 2020). El temor es que España se rompa, que desaparezca como nación histórica. Esto, la verdad, uno no lo había sospechado.


3 Falta de reacción

Y lo peor de todo, señalan no pocos ideólogos y politólogos, es que lo que se ve venir no parece provocar una reacción fuerte. Al menos en la sociedad de base, en aquellos que ven el peligro, pero no levantan la voz, no gritan. Y tampoco, parecen oírse “voces autorizadas”. Pareciera como si nos hubieran proporcionado un somnífero. Pareciera que se ha aceptado esta situación, que las cosas no inquietan ni atormentan aunque se vuelva todo del revés. Pareciera incluso como si quien proclama las falsedades estuviera predicando verdades o que quien dice defender unos valores sea el mismo que los está conculcando. Y el colmo del cinismo llega cuando esos valores amenazados por los propios líderes del gobierno son invocados por ellos mismos como bienes propios, puestos en peligro por los otros. Están en peligro “la concordia, la reconciliación, la libertad, la democracia y la prosperidad de los españoles”. Existen amenazas que «hoy afectan seriamente» a todos, vinculadas al «retorno de nacionalismos excluyentes», que se creían acabados, «de la xenofobia, de fantasías autárquicas, de autoritarismos impúdicos» y al «auge de liderazgos basados en la demagogia, en la mentira, en el fomento del odio, la confrontación». Y, ¡oh paradoja, esto lo denuncia el mismo que lo provoca! (Discurso reciente del Presidente P. Sánchez).

Parece que últimamente políticos e intelectuales, entre otros, están levantando la voz. Alguien dice que no parece bastante. Ha de levantarse, con la voz, el alma dolorida y gritar como algunos antepasados nuestros “me duele España”. Y a pesar del miedo, de la tergiversación y del antidiálogo hemos de decir nuestra palabra sin complejos porque creo que ante el gran problema que nos ocupa no valen silencios cómplices o actitudes equidistantes… No importa que “nos pasemos” en la defensa legítima de lo que queremos y amamos ni que nos califiquen de espíritus timoratos o pesimistas. Creo que nuestra patria común necesita nuestra voz clara, firme, rotunda, sea desde el margen, sea desde la palabra comprometida de quienes -políticos y personas de autoridad y de relieve- están en medio de las aguas turbulentas.

TEÓDULO GARCÍA REGIDOR

Profesor del Centro Universitario La Salle




CERVANTES EXPLICADO POR MI MADRE


(II)


La lengua de hoy es, básicamente, la misma de Cervantes; sin embargo, mucho más cerca le quedaba la que hablaban los españoles nacidos y crecidos en el medio rural hasta mediados del siglo XX. De entonces para acá, el Quijote se ha enrarecido para el lector común, que precisa del auxilio de unas notas que mi madre, reveladoramente, considera ociosas.

El problema, no obstante, viene de atrás y resulta de la separación drástica entre quienes trabajaban la tierra, de un lado, y quienes se beneficiaban de ese esfuerzo, del otro. Ese abismo fue ensanchándose a ojos vista. En concreto, estoy plenamente convencido de que, en referencia al primer gran siglo del cervantismo, Fernández de Navarrete, Clemencín, Menéndez Pelayo o Bonilla y Sanmartín lo ignoraban casi todo acerca del campo y sus labores, al margen de lo que hubiesen aprendido en los libros. Por desgracia, quienes conocían ese mundo no gozaban de las circunstancias idóneas ni contaban con la formación necesaria para disfrutar de las grandes joyas del canon literario español y aclararnos luego un sinfín de pasajes oscuros que Cervantes explicado por mi madre para ellos no eran tales. El analfabetismo generalizado del campesinado español lo impedía.

Por fin, se produjo la ansiada revolución cultural. A la implantación de escuelas en núcleos rurales y, sobre todo, a los cursos de lectura y escritura en los cuarteles se les debe la erradicación del analfabetismo en el siglo XX. Por desgracia, apareció un nuevo obstáculo: la España rural se transformó, en masa y de un día para otro, en una España urbana. Ese corte brusco con el medio en que se había nacido y crecido provocó un fuerte sentimiento de desarraigo y acarreó la pérdida de un riquísimo legado cultural en una sola generación. Luego vino el acabose: la televisión, entre los años de la Transición y el presente. Por su culpa, lo poco que quedaba de la cultura tradicional se perdió para siempre; en paralelo, se difuminaron por completo las señas de identidad de los españoles, regionales, comarcales o locales. Para remate, nuestra juventud se moldea con arreglo al peor de los patrones imaginables: los dictan unas series televisivas aberrantes, unas tertulias hueras y obscenas, y un botellón que se proyecta sobre los siete días de la semana. Por desgracia, el proceso parece irreversible.

Los bellísimos palomares de antaño

Al tiempo que ha cambiado su gente, España ha transformado por completo su fisonomía. Y, a decir verdad, no siempre para bien o, mejor dicho, pocas veces para bien. Por ejemplo, hasta comienzos de los años sesenta, cualquier pueblo manchego habría servido como decorado para una película ambientada en la época de Cervantes. Entrada esa década, fueron desapareciendo las construcciones en adobe de Castilla y León (comprueben, por ejemplo, lo poco que queda de los bellísimos palomares de antaño); del mismo modo, aunque aún con más saña, se arremetió contra las casas con muros de tapial y enjalbegadas, características de la Meseta Sur, sobre todo en la Comunidad de Castilla-La Mancha. Ni siquiera las construcciones más señoriales, en que se emplearon sillares puros o, en su defecto, mampostería se han librado de la falta de sensibilidad e incuria. Lo peor de lo peor ha ocurrido cuando nuestros paisanos se han sentido ricos y han confluido dinero y mal gusto. Sé de alguna vieja fuente de pueblo, con su pilón y sus caños, que fue sustituida por un horroroso remedo del Generalife granadino.

Tiene toda la razón Andrés Trapiello (2004: 26-27) al afirmar:

Hasta hace cuarenta o cincuenta años los paisajes que se veían desde el tren podían pasar por cervantinos. Los pueblos con sus casas de una y dos plantas y las torres de dos, tres iglesias y conventos. Torres herrerianas, de pizarra y molondrón, rematadas por una veleta loca.

Tengo a la vista algunas fotografías de entonces. Las terrazas del río, que cruzamos, las huertas y campos del Jarama, las alamedas y la llanura manchega. Era un paisaje bonito, con sus humildes casas de labranza, los polvorientos caminos y los labradores montados en sus burros, las bardas caídas de los corrales, las bulerías de los álamos, la pobreza de esos barbechos; todo eso le daba a esta tierra un carácter único, inconfundible, de gran empaque.

Ahora de todo ese paisaje queda poco, los corrales se han convertido en fábricas y desangeladas naves industriales, y en los campos de cebada avanzan imparables y macedónicas las dunas de basuras, los desecheros, las chabolas.

No me extraña que Paul Johnson, el célebre ensayista británico, ponga a España como ejemplo de ese tipo de desaguisados (Al diablo con Picasso y otros ensayos, 1997). Comparen las fotos y grabados de cualquier ciudad francesa o italiana del siglo XIX con una imagen del presente y no tendrán problema para reconocerla. En el caso de España, los resultados de tal operación son distintos por completo, aunque esa joya que es la ciudad de Toledo parezca quitarme la razón. En la Comunidad de Castilla-La Mancha, se han salvado poblaciones como Cuenca, Sigüenza, Almagro o Villanueva de los Infantes; sin embargo, la fisonomía de Albacete, Ciudad Real y Guadalajara ha cambiado por completo hasta perder enteramente su personalidad para confundirse con cualquier periferia anodina o PAU horripilante. En estos tres dolorosos casos, la reacción no es que haya llegado tarde: es que ni siquiera se ha producido. Ese proceso destructivo lo ha parado la crisis inmobiliaria, aunque en algunas poblaciones ya nada quede por arrasar. Lo peor es que ni siquiera se ha interiorizado el desastre.

Entre tanto y tanto despropósito, Johnson destaca el ejemplo de Valladolid, acaso la más bella de las ciudades españolas de antaño y, sin lugar a duda, la más deteriorada en los años oscuros que van de los sesenta a los setenta, a los que ahora tenemos que sumar la abominable década 1998-2008. La cifra de edificios nobles, principalmente conventos y palacios, derruidos en el Valladolid del desarrollismo sobrecoge. La reacción comenzó en la segunda mitad de los ochenta, con la recuperación de edificios y el respeto de cualquier fachada o elemento con interés manifiesto. El visitante de Valladolid comprueba cómo, a pesar de las pérdidas irreparables, ha merecido la pena lavar la cara a su ciudad. Las afueras, sin embargo, se resienten del mismo mal que afecta al conjunto de España, donde el boom de la construcción ha desembocado en un apocalipsis económico, ecológico y paisajístico. Al respecto, conviene recordar que han sido varios los años en que la nueva construcción en España suponía un 60% del total de la Unión Europea. Es Cervantes explicado por mi madre un verdadero suicidio, y cada vez tengo más sospechas de que ha sido inducido desde fuera, aunque para ello se precisaba de una mezcla de ceguera y avaricia de la que no hemos andado faltos.

No crean que divago o rehúyo el asunto del que he prometido hablarles. El drama del que me hago eco, el de la aculturación en la ciénaga de la aldea global, se refleja de varias maneras, aunque su común denominador es la pérdida de referentes. Ese empobrecimiento se manifiesta, sobre todo, en la lengua y el refranero, en las diversas manifestaciones de la cultura local y en las tradiciones. El corte brusco y traumático no sólo queda patente en la fisonomía de ciudades y pueblos: donde mejor se percibe es en un campo maltratado de todos los modos imaginables.

Entre los años cincuenta y sesenta, los españoles de la generación de mi madre asistieron a la pérdida del paraíso, pues no otra cosa era el campo en la mayor parte de España. Con independencia de su caudal, ríos, riachuelos y acequias bajaban con el agua limpia y potable, ya que apenas se usaban pesticidas y herbicidas. No se vertían aguas residuales sin depurar en la primera corriente al alcance. El detritus de las casas servía para estercolar el campo (sacar las inmundicias en forma de abono se conocía con el eufemismo «sacar la cuadra»). Mi madre suele decir que, si el agua de un cauce era gorda (tenía cal en exceso), se podía beber de cualquier charco del camino, especialmente si se había formado en el hueco de una roca.

Hasta mediados de los años sesenta e incluso hasta bien entrados los años setenta, el vivir de las gentes de campo apenas se vio alterado. Los ritmos de la vida venían siendo los mismos desde que el mundo era mundo: así se pensaba, y con toda razón. El día se ocupaba, en la mayoría de los casos, en las duras labores relacionadas con la agricultura, el pastoreo y otras actividades propias del medio. Inobjetablemente, a nuestros antepasados el campo les exigía dedicación y esfuerzo diarios; ahora bien, en el campo no se veía un enemigo, como se repite hoy con insistencia. Nuestros mayores estaban hechos de otra pasta; además, nadie podía imaginar nada parecido a lo que vino después: una sociedad del bienestar que tiene mucho de añagaza y todo de efímera. Del campo brotaba la vida y él se la aseguraba a cuantos en él trabajaban y de él dependían. 

Sisón (Tetrax-tetrax)

   El campo, además, era fuente de placer en tanto cuanto surtía de alimentos varios: unos tan sólo los daba tras domar la tierra por medio de durísimas faenas; otros, por el contrario, los entregaba generosamente y sin mayor esfuerzo. Pensemos en las setas (particularmente, en la seta de cardo y la cagarria o colmenilla) y en las trufas (las turmas de tierra y los morillos), pareja de sisones (Tetrax tetrax) en los cardillos (o tagarninas), en las collejas (que en otros lugares llaman collalbas) o en los espárragos; no se nos escapen tampoco los abundantes caracoles y cangrejos; de los peces, en Villatobas sólo contaba la común anguila, que lograba penetrar en los pozos y que muchos, como mi propia madre, despreciaban, más que por su carne por su aspecto de culebra. A la caza menor, por el contrario, se le daba gran importancia, entre una legalidad difusa y la pura ilegalidad: se cazaban liebres y conejos, sisones y perdices, tórtolas, palomas torcaces y algún paseriforme de menor tamaño, como los zorzales.

Venga una ficha relativa a un ave en particular: esa gruida conocida con el nombre de sisón. Basta conocer el dicho de la Mesa de Ocaña «Cagas más que un sisón» (que llega hasta Jaén, http://www.lacasadelarbol.es/2Jaen. htm) para entender lo que Alfonso X dice de cierta mujer en una cantiga de escarnio de especial dureza: «Nom quer'eu donzela fea // que ant'a mia porta pea. // Nom quer'eu donzela fea // e negra come carvom, // que ant'a mia porta pea, // nem faça come sisom» (tomo el texto del Proyecto Cantigas Medievais Galego-Portuguesas, de libre acceso en la Web). Es una pena que Vallín (1996) desconozca el dato. Les repetiré lo que he oído decir a menudo a mi madre respecto de esa ave esteparia.

El sisón era capturado con lazos, en los que caía fácilmente, por lo que tenía fama de ave tonta. En alusión a la caza en general, no hace mucho que mi madre me aportó un estupendo testimonio que confirma el carácter tradicional del poemilla de Frenk, 2003, n. 1919 bis):

 Vallestero tuerto,

¿cuántas aves avéis muerto?

Si esta mato tras que ando,

tres me faltan para cuatro. 

En la versión de mi madre, que queda en simple pareado, faltan los dos versos de introito, al igual que en las menciones que recoge Frenk; en el caso de este poemilla, a veces falta un presentador del tipo: «―Señor cazador, ¿qué tal ha ido el día? ―Bien, bien. ―¿Y cuántas aves ha cazado?». Así reducido, funciona como un refrán, con lo que se pone de manifiesto que una afirmación supuestamente bien fundada no es más que puro aire; otras veces, se ofrece como un acertijo o adivinanza infantil.

De este modo, vemos cómo parte del material que interesa al Nuevo corpus tiene algo de camaleónico e inestable por naturaleza. Queda demostrada, además, la eficacia del meollo o parte primordial del poema; es más, el trabajo de campo enseña que, cuando el poema o el refrán es bien conocido, sólo se enuncia el primer verso, si está rimado, o la primera parte, si tiene forma de prosa. Veamos el nuevo testimonio del n. 1919 bis:

Si tras la que voy, mato,

tres me faltan pa’ cuatro

Estamos hablando del descanso de mediodía, con su comida acompañada con tragos de vino y agua, amenizada con cuentos y chistes, y con alguna cabezada. Para entonar coplas y fandangos, había otros momentos más idóneos, como el correspondiente a la propia tarea. No nos movamos de donde estamos: en alguna sombra y a resguardo del sol de mediodía para que la piel no se tueste, pues aún falta tiempo para que inicie su avance imparable la estética del cuerpo bronceado, que se expandió por todo el mundo gracias a los medios de comunicación, que ya estaban bombardeando con imágenes de Malibú o Copacabana a los europeos centrales y septentrionales.

Si invito a permanecer sentados o tumbados bajo una vieja encina es sólo con la imaginación y con el único propósito de hablar del vino, ya que los usos enológicos de un tiempo tan cercano que puede coincidir con el día de hoy ayudan a entender a Cervantes, al tiempo que aportan una solución altamente probable (yo diría segura, sin más rodeos) a un pasaje desesperante del Libro de Buen Amor: el yergos del v. 1276d. En la edición crítica de Blecua (Ruiz, 1992: 321), leemos lo siguiente (1276cd):

Fazíe cerrar las cubas e inchillas con embudo,

echar deyuso yergos que guardan vino agudo. 

Con esta estrofa, hemos entrado en el mes de enero, último de la estación invernal en diversos calendarios medievales. Las lecturas de los códices Salamanca y Gayoso, S: yelos y G: yelo, adquieren sentido gracias al testimonio de mi madre, mi padre y otros tantos que he ido recogiendo en Galicia y Castilla y León, en Madrid y La Mancha. Todo se comprende cuando uno se informa de que, todavía en el siglo XXI en que nos hallamos, hay quien echa yeso al vino, como se hacía desde tiempos inmemoriales. Esta práctica estaba muy extendida, como nos recuerda Cervantes en Rinconete y Cortadillo, cuando la vieja Pipota, beata y borracha, se envasa de un solo trago un corcho o jarra de un azumbre (esto es, dos litros) y no sólo «clava» su denominación de origen, que diríamos hoy («de Guadalcanal es»), sino que nota algo más: que el vino tiene yeso.

¿A qué se debe que el vino sepa a yeso? Pues está claro: a la práctica citada, que consistía en añadir cierta cantidad de esta sustancia con el propósito de parar la evolución del vino, esto es, para que envejeciese sin picarse. Con ese fin, se usan hoy día los sulfitos (hidrosulfitos, bisulfitos, metasulfitos y otros enjuagues), cuya presencia debe indicarse en cada botella por mandato legal. La mezcla de yeso y vino produce ácido tartárico, lo que, como nos confirmaría un químico, da en una disminución del Ph e incrementa la acidez del vino, esto es, hace el vino agudo, que es justamente lo que dice el Arcipreste.

Plinio el Viejo, en su Naturalis historiae (XIV, 24), informa de que fueron los griegos los que les ensañaron a los romanos esta técnica para estabilizar el vino, aunque a veces el yeso se sustituía por polvo de mármol. En la enología está la clave principal; en la paleografía, una explicación adicional. Esta última disciplina ancilar de historiadores y filólogos confirma que el ms. S, con yelos, y el manuscrito G, con yelo, han transformado en ele la letra del original, que era una ese alta. Ese cambio se produjo porque ninguno de los tres copistas encontraba sentido a eso de echar yeso al vino. Ahora bien, por mucho que se haya esforzado el copista del ms. T, el empleo del Cervantes explicado por mi madre ponzoñoso sauquillo queda descartado por completo; por ello, de nada sirve que yergos tenga aspecto de lectio difficilior; del mismo modo, usar hielo sólo serviría para aguar el vino en origen sin añadirle propiedad alguna. Por otra parte, tener hielo a mano no era tan fácil en el pasado, ya que todo dependía de la proximidad de algún pozo de nieve.

Aunque no es el mejor testimonio que se me ocurre, pues está copiado en una magnífica gótica libraría del siglo XIII, les invito a echar un vistazo a un detalle del Moamín de la Biblioteca Nacional (Libro de los animales que cazan, ms. Res. 270, f. 113v). La palabra yeso aparece escrita con ese alta en el cuarto renglón contando desde abajo. Si la cursividad de esta copia fuese mayor, sería fácil confundir ambas letras y pasar de yeso a yelo:

El verso 1275b, «enclaresçe los vinos con anbas sus almueças», tampoco supone escollo alguno para alguien familiarizado con el mundo del vino. Los especialistas quieren ver aquí una técnica para aclarar o rebajar el color del vino; además, algunos editores especifican que con esa intención se le añadía yeso. En realidad, cuantos así se expresan andan cerca de resolver no este dilema sino el que subyace al verso 1276d, que acabamos de ver. Démosle entonces a enclaresçe los vinos el sentido que en realidad tiene, no sin antes precisar que, tiempo atrás, el vino que se producía en la mayor parte de España era blanco o clarete. El vino tinto era mucho menos frecuente; de hecho, el único tinto que se obtiene de forma directa (porque su mosto tiene ya ese color) procede de una variedad de uva concreta: la garnacha tintorera.

En el resto de los casos, al color rojo oscuro se llega mezclando el mosto y el hollejo de la uva tinta para que fermenten juntos. Aunque basta una consulta al DRAE, les recuerdo que el hollejo es el resto sólido que queda tras extraer el mosto de la uva pisada o prensada; en él, hay pulpa, piel, semillas y tallos. Basta retener un dato: si tan sólo fermentamos el mosto de una uva tinta que no sea la garnacha tintorera, el vino resultante será blanco. Esta afirmación alcanza a la uva más común en España: la tinta del país, también llamada tempranillo o cencibel. Si no mezclamos el mosto y el hollejo durante la fermentación, los grandes vinos tintos de Rioja o de Ribera de Duero, en los que la tinta del país es única o predominante, serán tan blancos como los que se obtienen con variedades como la albilla o albillo, de nombre harto revelador.

Explicado esto, hay que preguntarse qué sentido tiene dar marcha atrás en ese proceso y aclarar el color tinto del vino. La respuesta es sólo una y no admite réplica: por aberrante, tal operación carece de sentido. No, el Arcipreste no dice nada que suponga maltratar el vino aclarando su color, sino que habla de clarificarlo, una operación imprescindible cuando se desea una calidad mínima y, por supuesto, siempre que se pretenda comercializar el producto resultante. Clarificar el vino consiste en limpiarlo de sedimentos, que en casos extremos llegan a enturbiarlo por completo. En realidad, la clarificación es una decantación inducida que se lleva a cabo con algún producto inocuo y con capacidad de arrastre; en particular, la clarificación ha de realizarse sin alterar el aroma o el sabor del vino.

En el pasado, esto se lograba primordialmente, enclaresçiendo, aclarando o clarificando el vino con sangre de cerdo, con sangre de toro o con clara de huevo; de hecho, incluso hoy las bodegas más exigentes y respetuosas de la tradición recurren exclusivamente a la clara de huevo. A Gabriel Alonso de Herrera, en su Agricultura general (1513), este le parece el único modo admisible «para aclarar el vino turbio». En su delicioso comentario al texto adicionado por la Real Sociedad Económica Matritense, se habla de clarificar y clarificación, de aclarar y aclaro y se citan la cola de pez y la aguaza de la sangre, pero al fin se llega a las claras de huevo (Madrid: Imprenta Real, 1818: 492 y 500). Así se explica que, en las dos grandes zonas vitivinícolas de otros tiempos —Jerez y Ribeiro, que continúan siendo dos de las más importantes en el presente—, a las yemas sobrantes se les buscase algún destino. Y, en mi opinión, se les dio el mejor que podían esperar, pues constituyen el ingrediente básico del tocino de cielo, nombre que hace justicia al postre típico de dos regiones extremas: Galicia y Andalucía.

Queda, por lo tanto, resuelto el dilema. En el verso que nos ocupa, enclaresçer es sinónimo de aclarar, y este, a su vez, vale lo mismo que clarificar, un tecnicismo común entre farmacéuticos y galenos del que la enología comenzó a apropiarse al cierre del siglo XVIII (en ese sentido, hubo de ser determinante que los franceses se refiriesen a clarifier les vins, con operaciones como el soutirage, la collage y la filtration). Con el significado que aquí interesa, aclarar nos aguarda en el pasaje recién citado de Alonso de Herrera y en el Memorial de pecados e aviso de la vida christiana, copioso, muy complido e provechoso assí para los confessores como para los penitentes (1515) del dominico Pedro de Covarrubias, que recomienda al confesor que, a los taberneros, venteros y mesoneros, les haga esta pregunta: «Por mejorar o aclarar el vino, ¿echastes cosas suzias o dañosas?». Aclarar y clareo sólo cayeron en desuso avanzado el siglo XX porque así lo quisieron los enólogos y sumilleres, que optaron finalmente por clarificar y clarificación.

Permítanme una última reflexión relativa al segundo hemistiquio del verso, donde se habla de las almueças o almuezadas (a cuantos se interesen por el término y su posible etimología les conviene leer al maestro Malkiel, 1983). Por lo repasado hasta este punto, si de algo estoy seguro es de que el hueco de ambas manos no se utilizaba para llenarlo de yeso y arrojarlo al vino para aclarar su color. El yeso, en cambio, entra en juego en la estrofa siguiente, cuyo último verso fue alterado por unos copistas que, como hemos comprobado, se las vieron y se las desearon para darle algún sentido. En el verso previo, se alude con claridad al «primer trasiego» o «trasiego de los treinta días”, que corresponde al preciso momento en que el mosto-vino se deposita en cubas para su fermentación (la fecha de referencia suele ser la fiesta de san Martín, que se celebra el 11 de noviembre).

Sobre la época del año idónea para el trasvase del vino de un recipiente a otro, dice el propio Alonso de Herrera: «El trasegar o pasar de una barrica a otra ha de ser en tiempo frío o cuando hace cierzo» (op. cit.: 487). El amor que por el vino han sentido todos los de mi linaje (como curiosidad, les informo de que soy primo tercero, y no una sino tres veces, de Custodio López Zamarra, el gran enólogo español y maestro de sumilleres) me permitió tener una idea bastante precisa sobre el modo en que se prepara, y además a muy temprana edad. Pero prosigamos, pues aún nos aguardan otras muchas sorpresas, y no olvidemos en ningún momento que mi fuente de información principal o única ha sido mi madre. Vayamos al mediodía, tantas veces aludido en el Quijote.

Ciertamente, uno no imagina mayor placer que el de Sancho en los momentos de descanso, con sus tasajos y su queso, su pan y su bota, en una naturaleza acogedora al tiempo que perfectamente realista, pues Cervantes nada ha cambiado para adaptarla al patrón de la pastoral del Renacimiento. Por el contrario, en otras ocasiones, el paisaje se transforma y acomoda al locus amoenus arquetípico. Se nota en detalles minúsculos, pero muy reveladores, como la omnipresencia de una especie arbórea impensable en nuestra tierra pero inexcusable en el paisaje bucólico: el haya de las Églogas de Virgilio y la Arcadia de Sannazaro. Este árbol, por sí solo, supone una metamorfosis automática, vale decir, una estilización del paisaje manchego, con las sempiternas encinas de ambas mesetas, la Sur en particular. Este hecho ha despistado a más de un experto.

Así, ese gran botánico que fue don Luis Ceballos, en el discurso que dio al entrar en la RAE (Ceballos, 1965), comentaba que Cervantes pone un bosquete de castaños y sitúa las hayas en lugares imposibles. En realidad, es así porque la literatura puede sobre nuestro autor; de ese modo, hayas no podían faltar por influjo de la pastoral, aunque no encajen en el itinerario real de don Quijote. Todos sabemos que el límite meridional de este árbol está en el madrileño paralelo 40, por lo que nadie verá altas hayas en Toledo o Ciudad Real. Entonces, ¿cómo describe Cervantes «un sitio donde hay casi dos docenas de hayas, y no hay ninguna que en su lisa corteza no tenga grabado y escrito el nombre de Marcela?» (c. 12, 1605).

Ceballos afirma: «Es muy probable que Cervantes trabara conocimiento con las hayas durante su estancia y recorridos por el Norte de Italia, observando allá la costumbre de los enamorados de grabar sus nombres en la corteza del árbol». Acaso ni siquiera sea preciso decir que no tiene razón. Con ese motivo recurrente, la bucólica renacentista imprime su huella en Cervantes. Así las cosas (c. 54, 1615), tampoco debe extrañar que Sancho y el morisco Ricote, su antiguo vecino, para hablar se sentasen «al pie de una haya»; por su parte (cs. 71 y 72, 1615), la penitencia de los azotes de Sancho para desencantar a Dulcinea la sufrieron los ejemplares de un hayedo imposible, por estar situado en el Bajo Aragón.

ÁNGEL GÓMEZ MORENO

Catedrático de Literatura Española

Universidad Complutense




LA MUJER EN CELA (XI)


                            MATERNIDAD


1 ASPECTOS POSITIVOS


Entre las condiciones específicamente femeninas destaca sobre todas la capacidad para concebir, parir, amamantar y sacar adelante nuevos miembros de la especie: la maternidad. Esta función de la mujer determina los caracteres físicos que la diferencian claramente del varón. Procesos genéticos y hormonales se desarrollan a lo largo de la pubertad y adolescencia, y preparan a la hembra para la función que más la honra y dignifica. Ciertamente, se hará necesaria la intervención del varón; pero la paternidad, aun exigiendo de este su irrenunciable responsabilidad, tiene sobre la prole menor influencia en los procesos de gestación, parto y crianza de los hijos.


El instinto maternal anida en el interior de la mujer. Como comenta Mrs. Caldwell en el pretendido diálogo con su desaparecido hijo Eliacim, las mujeres sentimos nacer un raro instinto en nuestro corazón, un instinto caluroso y pesado como la boca de un horno encendido. Yo noté, no se lo digas a nadie –le confiesa en otra ocasión- que no podía sustraerme al instinto de maternidad, el mismo día que tú estrenaste tu primer pantalón largo, un pantalón gris príncipe de Gales con el que estabas resplandeciente. Hasta entonces siempre había pensado que el instinto de maternidad era un tópico para uso de señoras casadas de la clase media de abajo. Instinto primario que dignifica y que en ningún caso ha de permanecer oculto por absurdo pudor o condicionamientos sociales: El instinto maternal, hijo, es algo que parece ser que conviene ocultar, algo que debe velarse por pudor […] Entre las mujeres, Eliacim, y tu madre lo es desde hace ya bastantes años, el instinto de maternidad viene ocultándose bajo el opaco barniz de la buena educación. Probablemente está mal, pero es así.

La propia Mrs. Caldwell ningunea a su esposo y le asigna –a nuestro entender de manera injusta- un papel claramente secundario. A los hijos –dice- los tenemos tan sólo las madres, que os albergamos, siempre con nuestros propios pensamientos, arropados en todo un cúmulo de violentos y fecundos amores inconfesables. El padre, tu padre, hijo mío, jamás pasó de otra cosa que un elemento decorativo, la disculpa para que nosotras podamos amar en el hijo todas sus virtudes.

En ‘La Cruz de San Andrés’ se hace referencia al instinto maternal de Matty, quien fue siempre muy maternal, más que Betty Bopp. Becky y su novio no están por la labor de buscar descendencia, pues les asusta la responsabilidad que la maternidad conlleva. El autor sale en su defensa, aunque para disculpar su actitud esgrime razones un tanto peregrinas: hay casos en los que es mejor no tener hijos, yo creo que la maternidad vuelve locas a las mujeres de esta familia, las desequilibra y las trastorna, tampoco soy el único que lo cree, no hay que insistir ni ser nunca crueles.


En el desarrollo de la crianza de los hijos, el periodo de la lactancia, al tiempo que requiere particular dedicación y compromiso, resulta especialmente gratificante. En “Oficio de Tinieblas 5” se pone de relieve la belleza de la joven madre amamantadora; La leche de la mujer, se afirma en “San Camilo 1936”, es fuente de la vida; y a continuación el autor asegura, en claro sentido metafórico: yo vivo gracias a que una mujer me da de mamar, de no ser así me hubiera muerto ya de hastío.

Pocos personajes de Cela tan recios como Pascual Duarte. Reciedumbre, sin embargo, capaz de enternecerse hasta el extremo ante la imagen de su esposa amamantando a su bebé: Ella, como era de natural recio y vigoroso, a los dos días del parto estaba tan nueva como si nada hubiera pasado. La figura que formaba, toda desmelenada dándole de mamar a la criatura, fue una de las cosas que más me impresionaron en la vida, aquello sólo me compensaba con creces los muchos cientos de malos ratos pasados. Nuestro hijo –dice Pascual a su esposa- bien hermoso está, con sus carnes rosadas y su risa siempre en la boca. Lola, toda nerviosa y abrazando a su hijo contra su pecho, ríe y, desechando los temores que la asaltan ante la nueva responsabilidad, reafirma: Cierto es, Pascual. ¡Soy tonta! Lola se reía, era feliz -comenta en otra ocasión Pascual-. Yo también me sentía feliz, ¿por qué no decirlo?, viéndola a ella, hermosa como pocas, con un hijo en el brazo como una Santa María. La misma serena ternura se descubre en Pipía Sánchez, la Catira: meciendo la cuna de Juan Evangelista –su hijo- cobraba un raro aire sosegado y solemne.

Resulta curiosa la estampa que Cela describe en “San Camilo 1936”, y en la que elogia, de manera un tanto grotesca, las bondades de la leche materna. Cecilia, casada con un empleado del Ayuntamiento de Chamartín de la Rosa y madre de seis hijos hermosos y saludables, tiene las ubres grandes y prietas. Y cada vez que tiene un hijo, le deja a Jerónimo, su amante, que le mame las tetas. Éste se sienta en una mecedora y reclina la cabeza en el respaldo; Cecilia se pone de pie a su lado, se desabrocha la blusa y le da de mamar mientras le mece con mucha suavidad y muy silencioso cariño.

La relación materno-filial permanece, con altibajos, en el tiempo. Atención y permanentedesvelo de la madre, preocupación por que los hijos medren física, intelectual y moralmente. La Filo, en “La Colmena”, recorre cada noche las camas de los hijos dándoles la bendición. Es, ¿cómo diríamos? Es una precaución que no deja de tomarse todas las noches. Leocadita, de ‘Tobogán de Hambrientos’ considera la posibilidad de contraer segundas nupcias sólo pensando en los nenes, en que el día de mañana puedan tener una fábrica de gaseosas en propiedad. ¡Lo que una mujer no haga por sus hijos! Las madres de familia –afirma Mrs. Caldwell, se afanan en buscar un duro pedazo de pan debajo de las piedras. En ocasiones la madre deberá dejar a un lado la natural compasión que induce a la tolerancia, y negar al hijo, para endurecerlo, la instintiva permisividad. Así se lo hace saber la Catira a la vieja Cándida José: Güeno, negra, que Juan Evangelista se tié que acostumbrá, ¿sabe?, que tampoco poemo andá con tanta toñequería, güeno, pa que os salga un pepito… La vía vié pegando duro, negra, y a Juan Evangelista hay que comenzá a endurecerlo.


Mrs. Caldwell, desde el tremendo dolor que le produce la trágica pérdida de su hijo, recuerda con nostalgia aquellos días en que decidía jugar con él una partidita al disparatado juego de azar de los viajes alrededor de la cama, y cómo el niño, lo bastante educado para entender las cosas sin tener que explicárselas hasta el fin, se ponía colorado como un tomate y procuraba disimular su emoción. Pero sabe que, a pesar del inmenso cariño que sentía por su hijo, hizo bien en mantenerse firme cuando procedía, aunque reconoce que el cariño suavizó en ocasiones la respuesta: Cuando tú me decías, hijo mío, ¿a ver, a ver?, poniendo un beatífico gesto de resquemor, a mí me entraban deseos de ahogarte o, por lo menos, de echarte de casa a que te enfrentases con la dura realidad de la vida. Te salvaba siempre de una ejemplar sanción el mucho cariño que tu madre te demostró. […] Porque, compréndelo así, hijo mío, la juventud se desmanda si no se la ata corto, si no se la tiene firmemente sujeta. Y el deber de una madre, Eliacim, aunque sea, como en este caso, un deber

Curiosa la disquisición sobre las diferentes formas de amor maternal, variaciones de carácter geográfico o consuetudinario, que pone el autor en boca de la madre atribulada: En Italia las madres aman a sus hijos sintiéndose siempre un poco bellísimas y violentas Beatrices. El amor maternal en la concreta y dulce Francia suele ser un aleccionador espectáculo poblado de remotas reservas. Madame Bovary fue una madre sin tacha. En la remota España, las madres muerden a los hijos en el cuello, hasta la sangre, para demostrarles su tenaz e invariable amor… En nuestra vieja Inglaterra, las madres no tienen una manera determinada y prevista de amar a sus hijos varones. En esto, como en otras muchas cosas, existe una gran libertad.

La madre, en cualquier caso -como asegura una de las planchadoras que en “La Colmena”, cada una en una mesa, mientras trabajan, algunas veces hablan: Yo le doy todo a mi hija- están siempre dispuestas al sacrificio que para el bien de sus hijos se requiera.

El tiempo y la edad no estorban el cariño. Así se testimonia en la experiencia del señor Suárez, personaje algo histriónico de “La Colmena”, que vivía con su madre, ya vieja, y se llevaban tan bien que, por las noches, antes de irse a la cama, la señora iba a taparlo y a darle su bendición. El diálogo entre la madre y su ya bastante ‘talludito’ hijo, realmente enternecedor. -¿Estás bien, hijito? –Muy bien, mami querida. –Pues hasta mañana, si Dios quiere. Tápate, no te vayas a enfriar. Que descanses. –Gracias, mamita, igualmente; dame un beso. –Tómalo, hijo; no te olvides de rezar tus oraciones. –No mami, adiós.

El cariño de la madre se torna en duelo inconsolable ante la pérdida del hijo. Impresionante la imagen con que Pascual Duarte refiere el dolor de Lola, su esposa, ante la muerte de Pascualillo: Una leona atacada no tuviera aquel gesto que puso mi mujer. ¡Para que una se raje como una granada! ¡Parir para que el aire se lleve lo parido, mal castigo te espere! ¡Si la vena de agua que mana gota a gota sobre el charco pudiera haber ahogado aquel mal aire! Tremendo el dolor de Pipía Sánchez al recoger del suelo el cadáver de su hijo Juan Evangelista: le soltó las yuntas –aquellas mismas yuntas de oro que llevaba su marido el día que se mató- para escucharle, en vano, el corazón. Ya sabía que el corazón de Juan Evangelista estaba mudo. La catira Pipía Sánchez, la hembra fuerte de la Pachequera, se desmayó.

En el caso de Mrs. Caldwell, el duelo está por resolver; la trágica desaparición del hijo –supuestamente arrastrado por las aguas y jamás recuperado- es una herida permanentemente abierta. Envidia a las madres que llevan flores a las tumbas de sus hijos muertos, y que eligen siempre el crisantemo porque es la flor de la compañía. Cree adivinar la presencia de su hijo en cada uno de los barcos que cruzan el horizonte: En la proa de todos esos barcos fluviales, Eliacim, vienen pintados tus ojos, ya sin expresión, igual que los cansados ojos de los astros. Recuerda con nostalgia el primer cigarrillo autorizado, cuando su hijo echó por la nariz una larga bocanada de humo, y ella estuvo a punto de llorar con desconsuelo como una mujer muy enamorada de su marido que recibiese por teléfono la noticia de que se había quedado viuda de repente. ¡Si al menos hubiese sido la tierra y no el río o el mar quien se llevase a su hijo! ¡Qué felices las madres que pierden a sus hijos en los jardines olvidados, Eliacim, en los jardines poblados de sombras y de palabras que nadie escucha! ¡A ellas les queda el consuelo, hijo mío, de seguir buscando, buscando siempre, buscando sin descanso, con la esperanza de poder palpar, cualquier día impensado, su propio corazón!

La desesperación conduce al delirio. En mi habitación –dice la madre angustiada- hay demasiada tierra, amor mío. A mí me gustaría saberte enterrado en mi habitación, debajo del lavabo, entre los nardos. Por la mañana, sin que nadie me viera, te desenterraría cuidadosamente, amor mío, para que respirases. Y cuando ya la tierra llenase toda la habitación, nos moriríamos los dos, amor mío, abrazados definitivamente. La desconsolada madre recorta cuidadosamente los retratos del hijo y, para que no se deshilachen, les hace un dobladillo todo alrededor. Nadie podrá decir que abandono algo de lo que más puedo querer en este mundo, Eliacim, esas siluetas tuyas que para ti fabrico, dentro de mis venas, noche a noche. Sigue dispuesta a afrontar cualquier esfuerzo o sacrificio que pudiera conducirla hasta su hijo, y si tuviera una colección de florecillas campesinas, viajaría hasta el mar para dejarla caer, de golpe, sobre las olas que lo acunan. Se conformaría con guardar las orejas del hijo muerto envueltas en un pañuelo de hilo, y si tuviera consigo su mano de escayola se acariciaría con ella la mejilla. En cualquier caso, sigue esperanzada, desde la negación de la dolorosa realidad: Eliacim, sé que algún día, a lo mejor el día menos pensado, volverás a casa como un pequeño erizo de mar arrepentido de tanta inútil navegación. Y ese día, Eliacim, echaremos las campanas al vuelo mientras la gente se pregunta, con los ojos muy abiertos, ¿qué pasa? (Pero esto sólo lo sabremos tú y yo).

El dolor ante la inminente separación de los hijos, más que la amenaza de la muerte, embarga a la Filo, en “La Colmena”. La imagen, enormemente expresiva, sobrecoge al lector: La Filo llora mientras dos de los hijos, al lado de la cama, miran sin comprender: los ojos llenos de lágrimas, la expresión vagamente triste, casi perdida, como la de esas terneras que aún alientan –la humeante sangre sobre las losas del suelo- mientras lamen, con la torpe lengua de los últimos instantes, la roña de la blusa del matarife que las hiere, indiferente como un juez.

La actitud filial se muestra agradecida y atenta, en justa reciprocidad. El narrador omnisciente de “Pabellón de Reposo” recuerda con dolorida emoción las atenciones de que fue objeto en todo momento por parte de su madre: ¡Mi pobre madre! Dios quiso que jamás fuera vieja, que nunca llegara a tener arrugas, que siempre se conservara sonrosada y esbelta, y un buen día, cuando mi padre estaba lejos, en la ciudad, y no podía pensar en lo que sucedía, se la llevó al cielo como una liviana nube, sin que nadie se atreviera a evitarlo. Sonreía tristemente cuando la abuela me llevó a su lado a que me dijera adiós; pero en su sonrisa existía una inefable belleza, que me cuesta mucho trabajo recordar. […] Mi madre, mi pobre madre, me estrujó contra su pecho, contra su pobre pecho, que sonaba como el líquido de una botella. Parecidos sentimientos manifiesta el personaje B, en la misma obra: Mi madre murió más feliz que yo, porque dejaba un alma tierna y estremecida que le llevaba madreselvas a la tumba… Y era tan buena, tan buena, que Dios no atendió su súplica: “Y que jamás, se lo pido por lo más santo, te rompa las venitas de los pulmones”. Y fue al mismo tiempo tan querida por Dios, que consiguió ser eternamente joven y sonriente; que logró morir sin una sola arruga ni en la cara ni en el corazón y dejar para siempre su recuerdo ligado a la bella imagen de la joven casada, rubia y encantadora como una hada. ¡Mi pobre madre! ¿Por qué, Dios mío, os obstinasteis en apartarla de mí? ¿Por qué no permitisteis que estuviera a mi lado en estos últimos momentos en que tanto la hubiera necesitado?

ÁNGEL HERNÁNDEZ EXPÓSITO

Maestro. Doctor en Ciencias de la Educación y estudioso de Cela






NIÑEZ




Estoy cantando a la NIÑEZ

una y otra y otra vez

en lo que escribo a su través.

Es la mía, la tuya y la de todos también.

¡Oh la infancia, la NIÑEZ,

el alumbramiento a la luz y a la lucidez

mental que aparece para nos entender.

Nunca la perdí, nunca la perderé.

Soy y seré un niño mientras me dure la vejez.

Los colores, los olores, los sabores,

los miedos y los temores

se nos fijan e implantan de mil amores en la NIÑEZ

y permanecen incólumes

hasta más no poder ser.

Todo eso se llama cada día nacer:

ver, oír, tocar, sentir, oler…

y así siempre amanecer.

APULEYO SOTO

Maestro y poeta. Periodista. Juglar


              
76 Los contenidos de la E.F. Tercera etapa (13-15 años) 


(III) Desarrollo de las capacidades 

condicionales


Seguimos exponiendo de manera sucinta las capacidades condicionales según la biomáquina de Fidelus y Kocjasz enfocadas de manera específica a los escolares de esta etapa.


Resistencia


Desde la perspectiva de la Educación Física, la resistencia es la capacidad de realizar un esfuerzo de mayor o menor intensidad durante el mayor tiempo posible.

La resistencia, como ya habíamos expuesto, se divide en dos grandes apartados: resistencia general, orgánica o aeróbica, y resistencia local, muscular o anaeróbica. La resistencia aeróbica es la capacidad del organismo que permite prolongar el mayor tiempo posible un esfuerzo de intensidad media mientras que la resistencia anaeróbica se localiza en unos determinados grupos musculares y suele ser de considerable intensidad.

Se desaconseja en estas edades trabajar la resistencia anaeróbica con esfuerzos intensos cuya duración supere los 20 o 30 segundos. Carreras o esfuerzos equivalentes, realizadas a alta intensidad y con duración superior a los 30” deberían estar proscritas en esta etapa de la educación física por los perjuicios a largo plazo que pueden ocasionar en el organismo de los escolares; por ejemplo: competiciones de carreras de 500 m o 1.000 m.


Los otros tipos de resistencia sí pueden trabajarse. La resistencia aeróbica debería practicarse preferentemente por el método Waldniel, propuesto por el doctor Van Aaken, alemán, con esfuerzo ligero y medio mantenido en el tiempo y en terreno llano preferentemente, sin exigencias de marca ni de puesto, como puede ser el de correr suavemente en grupos de manera que se pueda mantener una conversación.

Como los escolares de esas edades suelen ser impetuosos, su tendencia es la de correr desde el principio a mayor intensidad, con lo cual aparecerá la fatiga prematuramente y se verán abocados a parar. La labor del docente será la de frenarles esa tendencia de intensidad de esfuerzo.


Velocidad


La velocidad se define en Educación Física como la capacidad de hacer uno o varios movimientos en el menor tiempo posible. Se establecen tres clases básicas de velocidad: de traslación, de reacción y segmentaria.

La velocidad de traslación se desarrollará preferentemente a través de la carrera. Las distancias a cubrir deberán ser cortas, de unos veinte o treinta metros como máximo. Las maneras de tratarla, pueden ser con enfoque lúdico, a través de juegos de equipo como fútbol o baloncesto, o con carreras de relevos; también, poniendo retos con tramos cronometrados; en este supuesto, no debería superarse la distancia de cincuenta metros. Cada vez que se inicie una carrera que desarrolle la velocidad deberá hacerse con el organismo recuperado de esfuerzos anteriores.

La velocidad de reacción viene determinada por el menor tiempo que trascurre entre la aplicación de un estímulo a la obtención de una respuesta motora. La velocidad de reacción se desarrolla muy bien a través de deportes de adversario, tanto individuales como colectivos, en los que el alumno debe realizar un determinado movimiento como reacción a la acción efectuada por el oponente y con rápida toma de decisión.

La velocidad segmentaria se refiere a movimientos de partes del cuerpo; no suponen necesariamente desplazamiento de todo él. El rápido movimiento del brazo en una acción de esgrima o de tenis, o la brusca extensión del tronco en un salto gimnástico, pueden ser ejemplos de esta clase de velocidad.

Cada una de estas clases de velocidad se deberá trabajar a través de diversos tipos de ejercicios físicos planteados de manera agonística para estimular la máxima implicación de los discentes es las acciones. Recordamos que la velocidad sólo se mejora por la velocidad; esto es, realizando movimientos rápidos.


Flexibilidad



Ateniéndonos al ámbito de la Educación Física, la flexibilidad es la cualidad que permite el máximo recorrido de las articulaciones en posiciones diversas. Su base está en la movilidad articular y en la extensibilidad y elasticidad muscular y tendinosa.

Para algunos deportes, como la gimnasia artística y la gimnasia rítmica, esta cualidad es fundamental. En atletismo es imprescindible para los corredores de vallas. En general favorecen la ejecución de cualquier deporte, además de evitar lesiones, como distensiones o desgarros musculares o tendinosos.

En el ámbito de la educación física la flexibilidad puede trabajarse en todas las etapas. Los métodos dinámicos son más convenientes de aplicar en la primera fase de las sesiones, mientras que los estáticos pueden efectuarse al final, en la fase de vuelta a la calma de la sesión, como un contenido de la misma.


Los ejercicio de carácter forzado –también, mal llamados “pasivos” – suelen crear cierta angustia en los discentes; por tanto, solamente se aplicarán en alumnos muy motivados.

Esta capacidad debe trabajarse pero sin hacer pruebas para valorarla; esto es, no deberemos medirla puesto que existen grandes diferencias anatómicas y funcionales de unos alumnos a otros. En todo caso valoraremos el trabajo y el empeño por mejorar. Tampoco se aconseja valorar la prueba de resistencia; habría que hacer unos ajustes muy finos para establecer criterios de mejora.

Francisco Sáez Pastor

Universidad de Vigo


 ACUARELAS: 

ARTE MENOR

 

Me atrevo a presentar para cada número de AFDA una pequeña muestra de mi afición pictórica, un “arte menor”, como llaman a la acuarela, pero que refleja, en su transparencia y humildad la esencia, el ser íntimo de las cosas.

Va en ellas mi comunión con la naturaleza.

Teódulo




1 ENTRAÑABLE OTOÑO



Me gusta el otoño. Me fascina la calidez de su color

-dorados, marrones, rojizos, ocres… -

fundidos en las inmensas laderas de los bosques

o destacados en los sencillos recodos del camino.

Y los cielos tibios, inciertos…

Otoño, el dorado final de un ciclo,

la decadente belleza de la madurez - lograda y colmada-,

el dejar paso -al caer las hojas en un suelo ya casi verde-

al nuevo ciclo, a lo porvenir.



117 AFDA

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