67 AFDA


Enero, 2018
ÍNDICE PRINCIPAL
 
Pregón: La educación y su meta la sabiduría.
Relato bíblico del mes: Nabot. Zereutes
Escuela de ayer, de hoy y de mañana: Escuela con espaldas. CUR
Dios es amor: El 3er. milagro. La vida pública y crucifixión de Jesús. E. Malvido
Cela, una novela cada mes: La cruz de San Andrés. Á. Hdez
Afderías: El signo más por delante. CUR
Soneto del sentimiento: Vivir el presente. Á.H.
Rincón de Apuleyo: A cada cual por sus obras. Los pajes de los RR. MM. Sensatez frente a locura.
Educación física: El movimiento corporal. F. Sáez

                      
 
    LA EDUCACIÓN Y SU 
         META LA SABIDURÍA
            

Se advierte y hasta se presenta como urgente y grave el tema de la Educación entre nosotros. Es uno de los grandes problemas inaplazables de estos últimos años. Y enseguida se piensa en dotaciones económicas y en nuevas leyes y planes de estudio. 

Y para ponerle cimiento al edificio educativo y que no se nos vuelva a caer habría que adelantar a todo planteamiento la alta meta, el punto de llegada, el objetivo final, que no es otro que la sabiduría.

Digna de tenerse en cuenta es la sentencia bíblica que advierte que “la sabiduría soltó la lengua de los niños” (Sab 10,21). Afirmación rigurosa para la ciencia de la educación. En las facultades que imparten Ciencias de la Educación, en su frontis, con letras enormes, habría de leerse la palabra SABIDURÍA, con mayúsculas. 

A la Escuela que pretenda serlo no le basta con que sus alumnos lo conozcan todo, ni con que pongan su inteligencia a punto, ni con ser creativos, ni siquiera con profesar una moral… La meta de la Escuela, enseñanza y aprendizaje, está mucho más lejos y más arriba, en la sabiduría. Sin sabiduría, no hay Escuela. 

¡Qué grandiosa idea no tendrían los bizantinos de la Sabiduría que levantaron, en Constantinopla, el impresionante templo de Santa Sofía, en su honor y culto! “¡Salomón, te vencí!”, exclamó Justiniano el 24 de diciembre del año 563, en la noche de su consagración como basílica cristiana.

Para el problema de la educación en España, si la cosa se toma en serio, habrá que volver los ojos a Santa Sofía de Constantinopla, a la Sabiduría bíblica y empezar por colocar la sabiduría por abajo como cimiento y por arriba como meta de la educación. 


***  Desde Séneca, la escuela prepara para la vida (“Non scholae, sed vitae discimus”). Los robots pronto nos van a suplir. A menos trabajo, más sabiduría. O se nos vaciará de la vida que ahora viene llenando el imperativo del trabajo bien cumplido.




            

                        NABOT  
                         
De Ajab, rey de Samaría, nos habla el Libro de los Reyes. Ajab era hombre de carácter débil y caprichoso y, por lo mismo, mala persona. Pero su mujer Jezabel le ganaba en maldad: nada ni nadie la detenían, para ella no se habían hecho las leyes, ni la conciencia, ni el temor de Dios.
Un día vinieron a tropezar con un labriego llamado Nabot. Nabot tenía una viña que, cuidada, daba buenas cosechas de uvas en otoño. La viña de Nabot estaba pegando al palacio del rey. Aquella viña había sido de los padres y de los abuelos de Nabot. Era parte de la herencia que le tocó en suerte a Nabot. Según la Ley, no podía venderla a nadie, debería cultivarla de por vida.
Pero, he aquí que a Nabot se le hizo encontradizo Ajab, el rey, que le dijo:
-       Dame la viña para hacerme yo una huerta al lado de mi palacio; yo te daré, en cambio, una viña mejor o, si lo prefieres, te la pago con dinero.
Nabot sabía que eso no debería hacerse, así que respondió al rey:
-       ¡Dios me libre de cederte la heredad de mis padres! No debo.
Con esta respuesta, Ajab se enfadó muchísimo. Daba voces. No quería ni siquiera comer. Un campesino se había atrevido a contrariarlo a él, el poderoso, que siempre se salía con la suya.
Lo supo Jezabel, su mujer, enseguida. Rápida como el rayo ideó la forma de hacerse con la viña. Mataría a Nabot. Escribió una carta a las autoridades del pueblo de Nabot. Les ordenaba que buscaran dos canallas que dijeran que Nabot había blasfemado de Dios y maldecido al rey. Noera verdad. Haberlo hecho suponía entonces la muerte. Los concejales paisanos de Nabot fueron cobardes. Encontraron los dos canallas que atestiguaron en falso. Nabot fue apedreado hasta morir.
Entonces Ajab bajo de su palacio a a poderarse de la viña. El profeta Elías salió a su encuentro y le anunció en ese preciso momento su castigo:
-       Así dice el Señor: ¿Has asesinado y encima robas? En el mismo sitio donde los perros han lamido la sangre de Nabot, a ti también, lamerán la tuya.
La profecía se cumplió a los tres años. Estaba Ajab en guerra con los sirios. Iba en pie encima de su carro de guerra. La pelea era recia. Una flecha perdida fue a atravesar su cota de malla y a hundirse en el pecho del rey. Era por la mañana. El rey se desangró hasta el atardecer, en que murió. La sangre goteaba por el carro abajo. En la alberca de Samaría donde murió apedreado Nabot lavaron el carro del rey. Los perros lamieron su sangre. Se cumplía la profecía.
La fidelidad de Nabot a la Ley, su rectitud hasta la muerte, se alzaron, desde entonces, como un ejemplo que admirar y seguir, frente al capricho y la maldad.
QerhuteV
Ancien élève de Évode Beaucamp 
y de Francesco Spadafora



            


 


ESPALDAS DE LA ESCUELA     4






Escuela de ayer
                                                   Escuela con espaldas
La Historia Sagrada, los Evangelios era nuestros. Nuestro, San Isidoro de Sevilla, la Reconquista, la obra de América, los RR.CC., Hernán Cortés, el Gran Capitán, La Celestina, Santa Teresa, Fray Luis de León, Cervantes, Calderón… Santiago de Compostela, el Pilar de Zaragoza, las murallas de Ávila, el acueducto de Segovia, la Sagrada Familia de Barcelona, Santiago de Compostela… el Alcázar de Toledo, la División Azul…


                           Escuela de hoy
Escuela sin espaldas
Se llega a preguntar qué es la Patria. Qué la Tradición. Si existen.


                                                       Escuela del mañana                         
Pecho y espalda
Los valores de la educación clásica que hemos vivido tienen la virtud misteriosa de que en ellos no sólo se nos da el pasado, sino que además nos cimientan el futuro. Para ser más exactos, nos dan algo que está más allá del pasado, del presente y del futuro, que los une en lo permanente. Ha de ser la Escuela que tenga como meta la sabiduría, pecho y espalda.






















EL 3er MILAGRO DEL DIOS AMOR

LA VIDA PÚBLICA Y LA CRUCIFIXIÓN DE JESÚS

  
El amor divino activo de Jesús en su vida pública

En la encarnación humana e histórica del Hijo del Padre, además del Ser de la filiación divina de Jesucristo, ¿podemos hablar de algún otro rasgo distintivo de la divinidad que trascienda el tiempo y el espacio? A la luz del NT, la respuesta es afirmativa: Juan “define” a Dios en su aspecto más distintivo como Amor (cf. 1 Jn 4,8.16) no especulando abstractamente sobre Dios, sino guiándose concretamente por las obras de amor activo y pasivo, las cuales, según también los Evangelios, fueron llevadas a cabo por Jesús el Cristo en su hacerse y en su deshacerse como hombre, es decir, en su vivir y en su morir. Con su palabra más autorizada recalca R. Schnackenburg (Cartas de san Juan):

Rudolf Schnackenburg
“Estas sentencias joánicas definidoras de Dios [Dios es amor] no proceden de una reflexión filosófica, ni pretenden ser ninguna definición especulativa, sino que brotan de la revelación divina y pretenden iluminar sin sombra alguna la idea cristiana de Dios… Solo por el Hijo y en el Hijo se conoce realmente al Padre (cf. Jn 1,18; 14,9)”.

El profeta de Galilea, en su vida pública, se dirige ante todo a la gente de las aldeas y pueblos por los que atraviesa predicando y entra en trato preferencial con aquellos seres humanos que sufren algún tipo de marginación: material, física, social, moral, religiosa…, marginaciones causadas por las autoridades religiosas y por el concepto equivocado que dichas autoridades tenían de Dios.

Alguien puede pensar que los profetas del  AT afirmaban bien alto y claro que la máxima preocupación de Dios era que se obrara a favor del huérfano, de la viuda, del esclavo…, pero ninguno de ellos amaba de hecho a favor de los necesitados de ayuda como lo hacía el Hijo del Padre, que amaba como el mismo Padre ama. El último libro de Teófilo Cabestrero lleva por título “Jesús, el hombre que ama como Dios”.

¿Es posible rastrear en los Evangelios y dar en ellos con algunas peculiaridades que dejen entrever que la praxis amorosa de Jesús con personas sufrientes  refleja  el amor altruista de Dios en su interacción con las creaturas humanas heridas por algún mal?

A modo de ejemplo, analizaremos esta posibilidad en las narraciones evangélicas acerca de las curaciones concretas llevadas a cabo por Jesús de Nazaret. Los exégetas no dudan de que Jesús poseía dotes de curación. Llegan a esta conclusión al contabilizar alrededor de 23 relatos de curación: 17 son de enfermos físicos de larga duración, en la mayoría de los casos, y 6 de enfermos “poseídos por el demonio”. Que algunas de estas curaciones fueron hechas por el taumaturgo de Galilea no admite duda, ya que sus enemigos no le acusan de falso sanador, sino de practicar cosas extraordinarias en nombre del diablo (Lc 11,15: “Por Beelzebul, príncipe de los demonios, expulsa los demonios”).

Pero en este momento lo que nos interesa no es comprobar la realidad histórica de los relatos evangélicos de curaciones, sino captar, en la manera que Jesús tenía de realizar sanaciones, gestos de amor compasivo y empeñado en la curación de modo que hicieran sentir al enfermo la presencia amorosa del mismo Dios.

1 En general, es el propio Jesús el que busca a los enfermos, no son los enfermos quienes se desplazan  adonde él está o al lugar por donde pasa el profeta itinerante.
2 Jesús no se acerca  a los enfermos por beneficio personal (fama, dinero…), sino por el bien de los mismos enfermos…
3  Ante el enfermo, Jesús se con-padece de él, padece-con él. Siente en su propia carne el dolor ajeno del enfermo…
4  Jesús no se contenta con compartir el sufrimiento con el enfermo, sino que además está seguro de que Dios, su Padre, quiere, como él,  acabar con el sufrimiento del enfermo  e intenta trasmitir al enfermo su total confianza en la sanación querida por Dios…
5  El enfermo se contagia de la confianza de Jesús en su Dios sanador y termina por confiar él también totalmente en el poder curativo de Dios…
6  Jesús insiste una y otra vez en que el enfermo se ha curado no porque el propio Jesús posea poderes físicos especiales, sino que la curación se debe únicamente a la fe-confianza del enfermo en el Dios que quiere vernos con salud: “tu fe te ha curado”…

Este análisis que acabamos de hacer sobre el modo singularmente compasivo y eficaz con el que Jesús trataba a los enfermos se podría extender al caso de los pecadores, de los pobres, de los despreciados…


El amor divino pasible de Jesús en su pasión y muerte de cruz

Antes de empezar a desarrollar el presente tema, dejemos bien claro que el Padre y el Espíritu Santo no tuvieron  nada que ver con la clase de muerte horrenda e injusta que padeció Jesucristo. Basta con investigar en los Evangelios si se indican en ellos las causas históricas por las que Jesús tuvo que morir crucificado.

En resumen: la muerte de Jesús en el madero de la cruz era una muerte anunciada por el contraste existente entre el modo histórico de entender y de vivir el dogma, la moral y el culto por parte del judío  Jesús de Nazaret y por parte  de los rectores del judaísmo. No hay necesidad  de acudir a argumentos teológicos para saber que Jesús tenía que morir violentamente. Su trágica muerte era una muerte anunciada.

Ahora ya podemos pasar  a la pregunta: ¿Cómo reaccionó Jesús en  los padecimientos de su pasión y más concretamente en su muerte de cruz? En el desarrollo de su vida como hombre, el Hijo de Dios humanado ejerció su amor divino activo con los individuos humanos de su limitado tiempo y de su  localizado espacio, atendiendo especialmente a los marginados por la sociedad judía. Pero ahora, en la fase última de su vida terrenal, en su pasión y crucifixión, él es el abandonado, el rechazado, el humillado, el “varón de dolores”, el condenado a una muerte prematura y vergonzosa, el que va a ser despojado de la misma vida…

El moribundo en el patíbulo de la cruz reacciona, en un primer paso,  acogiéndose al amor del Padre y del Espíritu Santo, quienes también están “tocados”  por la kénosis extrema del Crucificado. Jesús sabe que el Padre no va a intervenir omnipotentemente librándolo de la muerte de cruz, a diferencia de la creencia popular bien reflejada por el evangelista Mateo (cf. Mt 27,43).

Al acogerse  al amor del Padre y del Espíritu, Jesús, en su agonía, se siente a su vez compadecido por las otras Personas divinas. Nosotros solemos dolernos  y compadecernos del sufrimiento y soledad del Jesús alzado en la cruz desde la compasión inmensa que sin duda alguna su Madre, María, sintió por él (“La piedad”,  de Miguel Ángel). Desde nuestra  fe en Dios Padre y Dios Espíritu Santo podemos llegar a intuir  una compasión por Jesús crucificado misteriosamente mayor todavía: la compasión propiamente divina  que, en un segundo paso, el Padre y el Espíritu Santo  experimentaron ante la muerte injusta y cruel del Hijo humanado (“La Piedad” pintada por José de Ribera, “El Españoleto”).

En un tercer paso,  la muerte inminente con la amenaza de perder la vida para siempre tuvo que avivar ilimitadamente en Jesucristo su conciencia filial, su conciencia de depender totalmente del Padre, y, al mismo tiempo, su conciencia de que el Hijo es Hijo porque todo lo recibe amorosamente del Padre. Y fue en el trance de la muerte donde Jesucristo, el Hijo humanado, abandonándose confiadamente en el Padre-engendrador-de-vida, se realizó plena y definitivamente como Hijo-engendrado,  mediante la acción resucitadora del Padre,  en la gloria para siempre. O dicho con palabras de F.X. Durrwell (Jesús, Hijo de Dios en el Espíritu Santo):

F.X.Durrwell
“Cuando Jesús se ve reducido a la debilidad más extrema, en el punto cero de la existencia humana, en donde no es nada por sí mismo, se entrega a su Padre y creador, para ser por el Padre lo que no puede ser por él mismo: engendrado, infinitamente engendrado. Muere engendrado en su plenitud”.



¿Por qué calificamos de milagro la vida pública y la muerte de Jesús?

¿Cómo podemos hablar de intervención única de Dios en una realidad de vida y de muerte cuyo sujeto personal es un ser humano llamado Jesús de Nazaret? 

Un intento de respuesta puede ser esta explicación: Aunque haya una inconmensurable diferencia entre la Persona del Padre (y la del Espíritu Santo) y la Persona del Hijo hecho hombre y hecho historia, sin embargo, el Hijo humanado es presentado en los evangelios amando altruistamente como el Padre quiere que ame, tanto en su vida no mesiánica como en su muerte antimesiánica.




La Piedad de José de Ribera, El Españoleto.

En el AT es una máxima indiscutible que nadie puede ver a Dios. En el NT, sin embargo, se afirma que, a pesar de esa máxima de que a Dios no lo puede ver nadie, hay Alguien que sí Lo ha visto: el Hijo unigénito del Padre, el que “se hizo carne” y lo ha revelado a los discípulos que convivieron con él (“A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha contado”, Jn 1,18). Lógicamente esa visibilidad entre el Hijo humanado y Dios Padre (“Felipe, el que me ha visto a mí ha visto al Padre”, Jn 14,9) no es en cuanto a la figura humana de Jesús, puesto que el Padre no se hizo hombre. La visibilidad del Padre (y del Espíritu Santo) en la realidad histórica del Hijo humanado radica en el Amor altruista que Jesús manifestó en su vida terrena y que en su muerte de cruz se vació de su propia vida de Hijo humanado confiándola, en el Espíritu Santo, al Amor eternamente engendrador de vida del Padre. En este Amor altruista de Dios Padre (y de Dios Espíritu Santo) que se ha hecho historia solamente en la Persona del Hijo humanado consiste la intervención milagrosa de Dios en la vida pública y en la muerte de Jesús.



Una cuestión que afecta a los seres humanos de nuestro tiempo: ¿Cómo podemos asumir que el Amor altruista de alguien que vivió hace más o menos dos mil años alcance a todos los humanos de todas las épocas?

Es importante caer en la cuenta de que Jesucristo amó con amor divino a los que coincidieron con él en las coordenadas del espacio israelita y del tiempo de su “vida pública”, o sea, a un número muy reducido de personas. Sin embargo, gracias a su comunión de vida con el Padre y el Espíritu Santo, los cristianos creemos que el amor divino practicado por Jesús ensanchó las coordenadas espacio-temporales abarcando a todos los seres humanos de todos los tiempos. Y es que el amor distintivo de la Santísima Trinidad, un amor del todo altruista e incondicional, tiene un alcance universal en el tiempo y en el espacio, también cuando fue vivido por el Hijo unigénito humanado en los estrechos límites de su misión anunciadora del reino de Dios.


EDUARDO MALVIDO
Maestro, teólogo y catequista









           


          

  
La cruz de San Andrés

En noviembre de 1994 publicaba Planeta “La cruz de San Andrés”, penúltima novela de Cela. Salía a la luz con la vitola luminosa de ‘Premio Planeta 1994’  envuelta en la sombra de una doble acusación: plagio literario y apropiación indebida. La demandante, una escritora novel, Carmen Formoso, quiso ver en la obra premiada una serie de elementos, a su entender numerosos e importantes, sobre temática, personajes, lugares y detalles circunstanciales, que evidenciaban, a su juicio, el plagio literario llevado a cabo sobre su novela “Carmen, Carmela, Carmiña”, presentada  en  la misma convocatoria.

No entraremos a valor las razones de la demanda o los argumentos sobre los que pretende sustentarse. A la justicia corresponde poner a cada uno en su lugar. Nos limitaremos –dando por buena la autoría de don Camilo, mientras nadie resuelva en contrario- a analizar fondo y forma, como venimos haciendo en cada una de sus novelas.

Uno de los argumentos que la mencionada demanda esgrime es el de la fragmentación y deliberado desorden en la presentación de las historias que paralelamente transcurren en la obra. Diremos que nos parece ésta razón de poco fuste. Pues esa fragmentación y dispersión, aparentemente caótica es clara característica de la novelística de Cela, particularmente de sus últimas obras. Una atomización de los elementos que, como en la pintura impresionista, exige cierta distancia para apreciar la obra en su conjunto. Llama nuestra atención algo que no venía siendo habitual: las historias, aunque fragmentadas, tienen claro desarrollo y alcanzan su final. Claro que la ‘crónica del derrumbamiento’ a que se ven abocados algunos de los personajes más representativos no tendría sentido sin conocer su desenlace.
   
Cela se mostró siempre transgresor de los cánones clásicos que encorsetan al escritor. En lo que a la estructura novelística se refiere, es claramente detractor de quienes sostienen que es preciso construir la novela sobre el clásico andamiaje de presentación, nudo y desenlace. Curiosamente en este caso Cela hace un guiño al lector, y se muestra irónicamente sumiso, al parcelar el núcleo de su relato bajo epígrafes que remedan tales normativas: ‘argumento’, ‘planteamiento’, ‘nudo’, ‘desenlace coda y sepelio de los últimos títeres’, precedido, a modo de prólogo, del ‘dramatis personae’. El lector descubrirá fácilmente que tales epígrafes no representan en absoluto –la amalgama habitual de la narrativa celiana lo haría inviable- lo que habitualmente suelen significar.

Eso en cuanto a la estructura. La temática, historias de personajes de muy distinta relevancia y condición, muchos de ellos ‘perdedores’. Muy reciente estaba la publicación, en la primavera de ese mismo 1994, de la novela que Cela tituló “El asesinato del perdedor”. Como telón de fondo, el suicidio colectivo de los seguidores de la ‘Comunidad del Amanecer de Jesucristo’, imaginada secta a la que se encuentran sometidos algunos de los personajes, los sentimentalmente más deprimidos. En el centro, Matilde Verdú, testigo y parte en la novela, personificación de la desgracia y la desolación moral. Y al igual que su historia, troceadas y salpicadas por  toda la obra, las que presentan el desmoronamiento progresivo, hasta el derrumbamiento final, de tres personajes: la matriarca de una familia de clase media burguesa, y dos de sus nietas más queridas. El resto, decenas de personajes invitados por el autor, extras de muy diversa índole y condición, que pululan por el texto y nos hacen partícipes de sus alegrías y tristezas –más de estas que de aquellas-, de sus avatares y cotidianas peripecias. Y, como Cela acostumbra, constantes digresiones que van, desde el pensamiento filosófico a la consideración absurda, pasando por el detalle anecdótico o las alusiones a la noticia de última hora  o al  producto aparecido recientemente en el mercado. 

No faltan, nunca faltan en Cela, las alusiones al sexo, a la muerte y a la soledad, temas recurrentes en sus obras. Son abundantes las reflexiones acerca de la vida y la muerte. Siempre fue la muerte tema recurrente en los textos celianos; lógico que lo sea ahora, cuando a sus setenta y ocho años la percibe más próxima: Ahora que ya no me queda más  que  un año  escaso  de vida,  dice Matilde Verdú  justificando con esta razón, entre otras, su decisión de escribir esta crónica desorientada y levemente ortodoxa. Sin presentir un final tan apremiante, la reflexión de la narradora debía de rondar también la mente de Cela.


 
La muerte se percibe como imprevisible e inevitable. Betty Boop cree más en la vida que en la muerte y ama la aventura imprevista y la zancadilla de la monótona  ruleta que decide quienes han de morir cada mañana y de qué manera. La muerte no distingue ni razona sino que se limita a segar todas las ilusiones con su guadaña, también todas las esperanzas y todos los descuidos y torpes desvíos.

Hay quien, como los cobardes, muere muchas veces, hasta que le llega la muerte definitiva.  La muerte forma parte de la vida, y como tal debe aceptarse,  a los hombres y a las mujeres, a los caballos y a las yeguas, a los carneros y a las ovejas no les gusta la muerte, pero se sienten atraídos por la muerte, eso pasa también en los abismos de la tierra y en los acantilados del mar aunque no podamos evitar el vértigo que nos produce su presencia. Sólo los elegidos de los dioses gobiernan y atemperan y amansan la muerte propia o ajena, los demás nos limitamos a morir o a matar con dignidad o vilipendio mayor o menor, aunque siempre muy limitado y mensurable, muy minúsculo  y sólo medianamente pertrechado. Sólo tenemos una muerte y sólo contamos con una vida,  es algo para tomarse muy en serio. Con la vida no se puede jugar, en el póker puede uno rehacerse pero en la vida, no. No es solución mirar para otro lado  y  pensar que el que se agarra a la rueda de la vida no  deja  resquicio  por el  que la  muerte  pueda  colarse.  Mejor será disponerse adecuadamente y a tiempo, pues la muerte no enmienda ni la muerte ni la vida.  La muerte es patrimonio personal e intransferible. Pídele a Dios tu propia muerte –leemos-  y no copies a nadie  para  morirte.  La consideración del final como parte natural del proceso es algo más que simple resignación, es aceptación consciente e inteligente, que siempre ayuda; pues no se puede amenazar de muerte a quien no teme a la muerte.

Tremenda nos parece la contraposición que se establece entre el mundo de los muertos y el de los vivos, relación que se percibe más como dura competencia y abierto enfrentamiento de intereses que como generosa comunión: lloramos a los muertos, pero los muertos ni nos lloran ni se ríen de nosotros ni de nuestras tribulaciones, la muerte acarrea insensibilidad e inercia, cuando alguien se muere siempre alguien se alegra, es el cruel axioma de los vasos comunicantes de la sangre. Dura consideración, que habrá de interpretarse en el contexto de propio abatimiento y depresión de la narradora.
 
Una forma de muerte -para unos clara cobardía, decisión valiente para otros- es el suicidio. Ya dijimos que en el telón de fondo de esta novela aparece, entre otros contextos, el suicidio colectivo de los miembros de una secta, la ‘Comunidad del Amanecer de Jesucristo’, cuyos miembros, siguiendo la llamada del Sumo Arquitecto, al dictado de Julián Santiso Faraldo, su Maestro Ínfimo, se sienten privilegiados de poder conseguir, dándose muerte, la purificación de sus pecados. Purificación que empieza –lugar común en este tipo de sectas- por una entrega total e incondicional, coito incluido- al Maestro.
Otros suicidios tienen también lugar en la novela. El del  dueño de la churrería de la calle de la Franja; el de Lucas Muñoz, que tuvo un final indigno  e impropio,  pues se suicidó  como  una criada de las de antes, con lejía y salfumán, entre horribles dolores; o el de Calixto Méndez, el joyero que  tuvo amores con las esposa de don Ataúlfo Fombuena  y que se suicidó tirándose por la ventana. A propósito de  este  suceso,  se  describen   las  diferentes  formas en que, según gremios y profesiones, conviene tenga lugar el  suicidio. Hay incluso quien, haciendo un alarde de sangre fría, compra un nicho  para suicidarse  con barbitúricos  y  champán mientras contempla por última  vez, a la luz de un candil de aceite, su colección de postales pornográficas heredadas de algún abuelo. También la opción de suicidio está presente cuando alguien, conocedor de las penalidades de Betty Boop, en plena decadencia, sugiere: -¿Y no se le transparentaron inclinaciones al suicidio? La respuesta, inmediata: -No, yo creo que prefería morirse poco a poco. 

Eros y tánatos, muerte y sexo, dos ingredientes que en Cela nunca faltan. Ya hemos visto algo sobre la muerte. ¿Qué decir sobre la cuestión sexual? Bastará echar un vistazo a las consideraciones que más abajo hacemos sobre los distintos personajes femeninos de la obra, para reconocer que es aquella un elemento reconocible casi siempre en primer plano. Otro tanto cabría decir de la mayoría de personajes masculinos. Remitiremos al lector, por especialmente significativos, a tres episodios en los que la relación sexual entre distintos personajes resulta particularmente explícita y adquiere un cariz casi pornográfico: las referidas a los encuentros entre Pichi y la chica de la droguería, entre Clara y Fifí, o entre Betty y Saturio el camionero.

Tampoco podía Cela resistirse a tocar, aunque sólo se tratase de unas pinceladas, el tema de la Guerra Civil, que vivió en primera persona y que dejó en él profunda huella. Detrás de aquel doloroso enfrentamiento, como en general en el origen de todas las guerras, se encuentran agazapados intereses espurios: las guerras se hacen siempre por dinero, al hombre no le mueven generosos ideales nobles sino  bastardos  intereses   políticos,   mientras  los  que  se  mueran  de hambre sean los negros todo va bien, negros hay muchos y todos son carne de derrota, lo malo será cuando el hambre llegue a morder a los  blancos  fabricantes  de  armas,  todavía  falta  mucho. De  nuevo  el resquemor de un alma dolorida. Y un comentario menos rotundo pero igualmente sentido, sobre la absurda contingencia que enfrenta a hermanos  contra hermanos, por el simple hecho de que al trazarse la línea divisoria quedaron en frentes distintos: A mi marido lo metieron en la cárcel  por razones políticas, primero unos y después los otros, mi marido tenía una tía monja y la otra sindicalista. Y a propósito de los sindicatos, un comentario socarrón: el sindicato lo inventó el  diablo para luchar contra el individuo y la salvación de su alma.

Comentarios sobre otros muchos temas encuentra el lector a cada paso. Sobre la futilidad de la condición humana y –es una mujer quien hace la reflexión- sobre la condición femenina en particular: no es  posible que el hombre y la mujer hayan sido creados por  Dios a su imagen y semejanza, Dios no admite tal cúmulo de imperfecciones, sería ir contra su propia esencia. Las mujeres vulgares lo somos a nuestro pesar e ignoramos los más pedestres conocimientos; sobre la oportunidad del trabajo, no ya como factor de progreso o como valor  de redención, sino como ocasión para huir del tedio y el aburrimiento: Baudelaire preconizaba trabajar, aunque fuera por desesperación, porque es menos aburrido que divertirse; sobre el inútil esfuerzo que supone querer convertirse en héroe salvador: nadie debiera permitir  que nadie finja proclamarse salvador de nada, ése es un camino muy ruin. O exhortaciones que sorprenden por paradójicas: -Es horrible admitir que lo que usted dice sea verdad-, afirma el anónimo sujeto. Y la respuesta del supuesto interlocutor: -Defiéndase usted no creyéndolo.

El estilo, inconfundible. Prosa fluida y bien construida -en ocasiones  sorprendentemente poética-, léxico amplio y  preciso, ritmo vertiginoso, permanentes rupturas sin solución de continuidad, espontaneidad y frescura en los diálogos, descaro, atrevimiento y ausencia de pudorosos eufemismos. Rotundidad  sin  concesiones  o evidente ternura, según se merezca. Humor en cualquier caso, y –algo también característico- permanentes reiteraciones, idas y venidas sobre expresiones, hechos y sentencias.

 
Respecto de las reiteraciones, una de sus señas personales, si en “El asesinato de perdedor” se comentaba que  la vida es una reiteración y que casi todo hay que decirlo siempre varias veces para que la gente lo aprenda, en “La cruz de San Andrés” se advierte que si la gente leyera con más atención no harían falta estas enojosas repeticiones. Es también el fragmentarismo característica de las novelas celianas. Cela somete al lector a un difícil ejercicio, con permanentes interrupciones, pausas imperceptibles y saltos al vacío  para retomar momentos anteriores. Las pausas –se nos avisa- suelen huir de las descripciones, suelen descolocarse, nadie acierta a ponerlas en su lugar debido, las pausas son igual que los ciempiés, que huyen siempre en zigzag y como desorientados.

Tampoco faltan la habitual ironía y sentido del humor, por más que el contexto, en ocasiones, no invite a reír. La  risa –leemos-  también puede ser una coraza, una trinchera, el disfraz de la amargura. Humoradas como las que ofrecemos, entre las muchas que salpican  la obra, muchas de ellas construidas sobre la caricatura, el absurdo o la paradoja, contribuyen a restar tensión y ofrecen un momento  de  agradable  respiro.  -¿Querrías  jugar  al  diábolo con las ánimas del purgatorio? –No. -¿Querrías saltar a pídola con los muertos de la Santa Compaña? –No, de ninguna manera, de noche prefiero  no salir  de la ciudad […]  En Vilatuxe, en la provincia de Pontevedra, la guardia civil mató a tiros en el monte al demonio Astarot Concheiro, que corriendo era como una bala, se conoce que le tiraron a traición y no le dio tiempo de escapar […] El P. Castrillón, S.J., me dijo que el demonio le meaba en el portal a doña Leocadia para envolverla en un halo de lujuria […]. Don Mauricio, el del registro de entrada, hizo un agujero con un berbiquí en la pared del guáter de señoras,  o sea el servicio,  para ver orinar a las empleadas. Y como muestra de humor macabro –que, es bien sabido, a Cela no le disgustaba-, la anécdota de los estudiantes llevándose de la sala de disecciones del hospital el pene, que es más deslucido porque se queda en nada, y echándoselo a la patrona de la fonda en la tartera del ragú, porque así se va sobreponiendo al asco.

El tono autobiográfico es en esta novela inferior al que se advierte en otras obras de don Camilo. Las referencias rurales o urbanas son acertadas, pues cuanto se refiere en la novela ocurre en un contexto geográfico, Galicia, y en una ciudad, La Coruña, que Cela conocía muy bien. Son abundantes las referencias a sucesos –importantes algunos, intrascendentes los más-, acaecidos en la época en que se sitúa el relato. 

Aunque editado en tiempos de la modernidad –comenta Díaz Arenas- realiza una sabia simbiosis de clasicismo y modernidad. De lectura ágil, siempre que cuente con la necesaria complicidad del lector, resulta apto  –no perdamos de vista cuándo y para qué fue escrito- para el consumidor abundante y generoso, quien pude leerlo en el autobús, en el metro, en el tren, en el avión o en la cama antes de dormirse.

ÁNGEL HERNÁNDEZ EXPÓSITO
Maestro, doctor en Ciencias de la Educación y estudioso de Cela
 
                               
EL SIGNO MÁS 

+                POR DELANTE


·         La cruz (+) que adoramos nos obliga a sumar.
·         Profe: Mi padre me ha dicho que ni reste ni divida, que eso es mísero. Por favor, enséñeme solo a sumar y a multiplicar.
  •      Si al signo de la suma lo pones en movimiento, el molino de la ilusión se te pone en marcha hacia un pan que es alegría. 
  •  La hélice del avión en reposo y en horizontal, signo menos. Ponla a dar vueltas. Con infinitos signos más, volamos.
  •  Lo que se hace bajo un techo coronado por la + es positivo: quemar incienso, cantar un motete, encender unos cirios, ponerle flores a la imagen de un santo…
 
           Llevaba por pendientes una cruz en cada oreja para espantar los nublados negativos que traspasan el tímpano y ahogan el alma en la tristeza.
           Los ojos restan, la boca resta. El corazón en cuatro suma.


     ·         Mi reloj sólo muestra negativos dos instantes. Uno a las 9 y cuarto y el otro a las 3 menos cuarto, p.m.


      ·         Tenía cara de signo menos.
  •           Los gallegos paran la morriña, que siempre anda de camino hacia ellos, con los cruceiros que la crisman.
  •      La te es la más positiva de las letras y la más cristiana. 
  •     Se santigua el futbolista que salta al campo y la portería del equipo contrario se le agranda.
CUR

   












A CADA CUAL POR SUS OBRAS


Paso de ser astuto, sibilino,
listillo, malcriado, lisonjero,
tontoelhaba, pedestre, pendenciero,
hipócrita, taimado o catalino. 
Prefiero que me llamen adivino,
maestro, poetiso, compañero,
ángel de luz brillando en candelero,
unicornio, urugallo, palomino.
Para el resto de vida que me quede
la gente que me quiere debe y puede
contar con mi trabajo dictador. 
Dictador de palabras día a día
con las que acumular sabiduría
para vivir mejor, siempre mejor. 
  



     

LOS PAJES
               
                      DE LOS REYES MAGOS

 Nadie habló de vosotros, pajes míos,
que atravesasteis tundras, arenales y ríos
llevando de la mano la cabalgata real. 

Nadie habló de vosotros por el tesoro ingente
que cargasteis  a cuestas de la espalda doliente
y tirando del carro del juguete ideal.

 Ni los niños se acuerdan de donaros las gracias
que merecéis por tantas y penosas desgracias
como en pos de la Estrella tuvisteis que pasar.
 Cuando los padres ponen en los zapatos ricos
la ilusión que ellos mismos mantuvieron de chicos…
ignoran que vosotros cumplisteis ese azar.
  Pobres pajes obreros sometidos al mando
de los Reyes del mundo, los Señores del mambo
que nos bailan la conga alargada sin parar.
  

Que el Niño del Pesebre en que un buey y una mula
 según la tradición y la Biblia estipula
 su aliento contra el frío solícitos le dan
os dé a vosotros, pajes de ignominado nombre,
todo lo que al denominado hombre
le dio tras convertirse en vino y pan.


La noche maga espero con ansiedad vibrante
como cuando era un tierno ingenuo infante
ahíto de indagar y de soñar. 
Llegad, llegad, pajes de Oriente,
desde donde el Sol sale para toda la gente.
Ya tengo abierto mi portal.






Sensatez frente a locura

- ¿Qué se alcanza en la vejez?
      - Sensatez
- Y qué debe hacer la mente?
      - Frente
- ¿A qué, si ya poco dura?
      - A locura

 
Eso en mi larga andadura
fue lo que más procuré,
y por eso bien me fue:
sensatez frente a locura.




        





EL MOVIMIENTO CORPORAL


El estudio y análisis del movimiento corporal del hombre se dirige hacia unos fines determinados de conducta motriz.  Esta conducta tiene una perspectiva psicológica enmarcada dentro de la conducta general del ser humano; actúa por diferentes motivaciones.



El análisis del movimiento tiene otras vertientes; una dirigida hacia los aspectos puramente mecánicos del movimiento corporal; y otra, hacia los aspectos fisiológicos y neurológicos relacionados con el movimiento, como las coordinaciones y las capacidades condicionales.



Puede considerarse el movimiento corporal como el cambio de posición de un cuerpo en el espacio, variación o desplazamiento de una parte del cuerpo o de todo él producido por una acción muscular, acto mecánico que implica al desplazamiento de los miembros unos con otros o desplazamiento de todo el cuerpo respecto a los objetos que nos rodean.





Acto motor

El acto es un hecho o acción. El hombre, a través del movimiento corporal, desarrolla su actividad vital con actos motores que le permiten ejecutar acciones para su supervivencia, su adaptación al medio físico en el que habita, su relación con los demás y la expresión de sus estados emocionales, por citar algunos de los actos más importantes para su evolución. El movimiento es la primera y más básica manera de comunicación con el medio.



El acto motor, como una creación que tiene lugar en el espacio, puede dividirse en  no-locomotor y locomotor; es, por tanto, un movimiento observable que tiene connotaciones neuropsicológicas. Desde el punto de vista motor o muscular, el movimiento puede dividirse contemplando las diversas acciones mecánicas como la flexión, la extensión o la aducción.



El movimiento corporal autónomo del hombre se analiza desde tres vertientes diferentes, que más adelante van a confluir. Estas vertientes son: movimientos voluntarios, movimientos involuntarios y  movimientos reflejos.





Movimientos voluntarios

La musculatura motora responde a los mandatos del cerebro, por vía nerviosa piramidal. Se produce como consecuencia de motivaciones personales. Depende  de la voluntad y se caracteriza por poder variar  sus propiedades de dirección, amplitud y duración.



Este movimiento puede ser plenamente consciente durante su ejecución, o inconsciente, si está previamente automatizado, como consecuencia de frecuentes repeticiones. Su realización requiere la participación de estructuras del encéfalo, tanto para su ejecución como para su control.



Podrían incluirse también como inconscientes, los movimientos que presentan un aprendizaje previo como nadar, conducir o escribir al ordenador, pero que una vez automatizados, se ejecutan sin tener conciencia de ellos. No obstante, podemos interrumpirlos cuando queramos.
Francisco Sáez Pastor
Universidad de Vigo
                                                                  




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