69. AFDA

Marzo, 2018
ÍNDICE PRINCIPAL
 
Pregón: En Educación, que legislen los expertos.
Relato bíblico del mes: Débora. Zereutes
Escuela de ayer, de hoy y de mañana: En mantillas. CUR
Dios es amor:  El milagro. El envío del Espíritu Santo.  E. Malvido
Alta política con estilo: Resonancia para nuestros valores y su canción. R. Duque de Aza
Centenario de Cela: Semblanza de Don Camilo. Á. Hdez.
Afderías: Juegos del Internado menor. CUR
Soneto del sentimiento: Marzo ventoso. Á.H.
Rincón de Apuleyo: El solitarios.
Educación física: Movimientos reflejosF. Sáez


     EN EDUCACIÓN, 

            QUE LEGISLEN LOS EXPERTOS




Habrá que hablar clarito y, para que no haya excusas y entiendan bien los que están menos dispuestos, como si hablásemos a niños de los primeros años de su primaria.

Si se pretende  levantar un edificio, se llama a buenos arquitectos; para hacerse un vestido a medida se hojean los diseños de los modistas y se acude a un taller con garantías; la cocina requiere cocineros con solera. 

Para elaborar determinados ordenamientos educativos a nivel nacional es de cajón que se les encargue a educadores y pedagogos, gentes intelectualmente preparadas, cargadas de experiencia.

Si de poner en pie un edificio se encarga un sastre, del vestido por cortar un arquitecto y en la cocina se trabaja con meros conocimientos pedagógicos, el desastre está garantizado en los tres frentes. 

Lo mismo ocurre en un primer frente de vanguardia –salud nacional-, el de la educación. Entregada a políticos, que han de improvisar conocimientos que no tienen y experiencia de la que carecen, lo que legislen no pasará de chapuza y ha de acabar en desastre.
 
Las cosas serias han de tratarse con seriedad. 

Con el pan no se juega, nos decían de pequeños.



 




                                                                        
                                                     DÉBORA                                                             

      Si en un lugar hermoso de la Tierra, en unos años de felices ocurrencias, levantáramos los hombres  un edificio entre templo y museo para honra y memoria perenne del Antiguo Testamento, sin duda que una de sus naves o galerías más fascinantes sería la que dedicáramos a las mujeres bíblicas: Eva, Sara, Rebeca, Raquel…
 Entre tantas mujeres de excepción encontraríamos la figura de una mujer caudillo, especie de Juana de Arco o de Agustina de Aragón de lejanos tiempos, los de los jueces de Israel. Se llamó Débora. Era profetisa y juez. A ella acudían sus compatriotas para que les resolviera los asuntos más arduos. Bajo las altas palmeras de un bíblico palmeral que había entre Rama y Betel administraba justicia.

Veinte años llevaban los israelitas sometidos a la tiranía del general Sísara, cananeo, que contaba con un formidable ejército equipado con novecientos carros de hierro para los combates. Las ciudades y los pueblos temblaban si él aparecía. Era invencible. 

Israel, además, estaba dividido y en penosa corrupción. Cada tribu iba en solitario por su lado y la fe en Israel estaba debilitada o muerta: “Los israelitas volvieron a hacer lo que el Señor reprueba”, anotaba el cronista entre lágrimas.

Les visitó el dolor y el dolor les volvió a Yahvé, su Dios. Desde el fondo de sus entrañas les salía su oración. La propia de hijos de Dios dolientes, que recogió el salmista y durante siglos ha cantado en sus coros monacales la Iglesia de Jesús con estas palabras: “Señor, ven en ayuda nuestra. Date prisa en socorrernos” (Sal 70,2). Su oración era vehemente, más que oración parecía un grito: “Los israelitas gritaron al Señor” (Jue 4,3).

La respuesta del Cielo, ante los hijos tiranizados fue Débora. Débora era decidida y enérgica. Mandó llamar a un militar israelita, de nombre Barac ben Abinoán.  

-         Por orden del señor, Dios de Israel, alista gente y reúne en el monte Tabor a diez mil hombres de las tribus de Neftalí y de Zabulón. Que a Sísara yo lo llevaré junto al torrente Quisón con sus carros y sus tropas, y te lo entregaré”. (Jue 4,7).


El general Barac temeroso puso enseguida una condición que habría de cumplirse:
-         Si vienes conmigo, voy; y si no vienes conmigo, no iré. (Jue 4,8)
-         Yo iré contigo. Dios pondrá a Sísara en manos de una mujer (Jue 4,9).

Un terremoto, para empezar, asustó al enemigo. Tras el terremoto, una tormenta de fuerte viento y golpeador granizo. El agua en torrentera atascaba los carros  de combate cananeos. El mismo Sísara tuvo que saltar de su carro de hierro y huir a pie. Fue a esconderse a la tienda de una mujer nómada, que le dio muerte.
-         Dios derrotó aquel día a Sísara y con él a Yabín, rey cananeo, ante los israelitas (Jue 4,23).

El triunfo de Israel, conducido por Débora, fue total y trajo la paz a  aquellas tierras por espacio de cuarenta años. Un himno de victoria que cantaron las mujeres y los soldados de Barac lo recuerda. Está escrito en el libro de los Jueces, donde aparece nuestra heroína. Es un canto erizado de espadas, radiante por triunfo tan notable:

¡Mi corazón por los capitanes de Israel,

por los voluntarios del pueblo!

¡Bendecid al Señor!

Desde el cielo combatieron las estrellas,

desde sus órbitas combatieron contra Sísara.

El torrente Quisón los arrolló.

¡Perezcan así, Señor, tus enemigos!

¡Tus amigos sean fuertes como el sol que nace!

QerhuteV
Ancien élève de Évode Beaucamp y de Francesco Spadafora

Fuerte, como el sol que nace



EN MANTILLAS  (6)

Escuela de ayer
Los de la acera de enfrente de nuestra calle monoteísta a ratos nos dejan en mantillas:
Una persona que come una manzana y pronuncia ‘Alabado sea Allah’ está proclamando a través de su agradecimiento: ‘Esta manzana es un recuerdo concedido directamente por la mano del Poder, un regalo directamente del Tesoro de la Misericordia’. (…) Si alguien come una deliciosa generosidad y da las gracias, por virtud de su agradecimiento la generosidad se vuelve una luz y una fruta del Paraíso en la otra vida. Si por el placer de esta generosidad, piensa en ello como la obra del favor de Allah Todopoderoso y de su Misericordia, se produce un disfrute duradero”.


El mensaje del Ramadán. De la Colección Risale-I Nur

Escuela de hoy
Se podrá escuchar algo semejante en algunas escuelas coránicas.
En la europeas, ni mención remota.
Andamos en mantillas.


Escuela del mañana
¿Hasta cuándo no iremos por delante?
CUR

 
EL 5º MILAGRO DEL DIOS AMOR 

EL ENVÍO DEL ESPÍRITU SANTO


Una de las características propias de los milagros divinos que estamos analizando es que Dios toma la iniciativa en el origen del acontecimiento en cuestión. Así actuó en el caso de la creación, en el caso de la encarnación del Hijo y ahora en el caso del envío del Espíritu Santo. Después de la resurrección de Jesús, los primeros cristianos esperaban, de acuerdo con su imaginario escatológico de fieles judíos, la parusía inmediata del Resucitado, que pondría en marcha la resurrección universal de los muertos y los restantes sucesos escatológicos. Los primeros cristianos tardaron años en percatarse de que, en vez de la parusía del Señor resucitado, ya había tenido lugar otro acontecimiento salvífico: justamente el envío del Espíritu Santo. Así lo proclamó Pedro presentándose con los Once al frente de la Iglesia naciente: “Así pues, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y lo ha derramado, esto es lo que vosotros veis y oís” (Hech 2,33).
Otra de las notas distintivas de la acción prioritaria de Dios en los hechos de la salvación es la de la gratuidad: el envío del Espíritu Santo no obedece a una necesidad de la naturaleza divina. En nosotros sí que es una necesidad tener que contar con el Espíritu Santo para llevar a feliz término en y con nosotros el ser hijos de Dios en el Hijo y el vivir como tales a imagen y semejanza del Jesús de los Evangelios.

La excepcional categoría metafísica del envío del Espíritu Santo
Estamos acostumbrados a oír que el Espíritu Santo es el gran desconocido como Persona para los mismos cristianos. Este desconocimiento nos viene desde los comienzos de nuestra religión. Pablo pregunta a los discípulos de Éfeso: “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando abrazasteis la fe?”. Y los discípulos responden: “¿Pero si nosotros no hemos oído decir siquiera que exista el Espíritu Santo?” (Hech 19,2).
Su mismo nombre “Espíritu” (“pneuma” en griego —neutro—, “ruaj” en hebreo —femenino—) no tiene tampoco connotaciones humanas, personales. Significa: soplo, aliento, hálito, viento, respiración, brisa…
Tampoco los símbolos por los que reconocemos la presencia y misión del Espíritu Santo (paloma, fuego, viento…) distinguen al Espíritu Santo como Persona. Son símbolos despersonalizados.
Donde el “envío” del Espíritu Santo cobra grandeza y significación personal es cuando lo entendemos en paralelo con el “envío” del Hijo a hacerse hombre. Leemos en Gálatas 4, 4-5 a propósito del envío del Hijo: “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la condición de hijos”. La encarnación del Hijo conlleva para Pablo una doble finalidad: la negativa es librarnos de la esclavitud de la ley; la positiva es la de recibir la condición de hijos de Dios. Y continúa Pablo en Gálatas 4,6-7, refiriéndose esta vez al envío del Espíritu Santo: “Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones al Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios”. El Hijo —con su encarnación y su modo de vivir como Hijo— nos ha hecho hijos del Padre y herederos de su reino. El envío del Espíritu Santo a nuestros corazones es para que nos dirijamos a Dios y nos comportemos con Él como hijos propios y confiados suyos, no como esclavos ajenos a Él y temerosos.
Los Evangelios, sobre todo el evangelio de Juan, ponen en boca de Jesús insistentemente que ha sido enviado por el Padre para nuestra salvación y que no dice ni realiza nada más que lo que proviene de la voluntad del Padre, de modo que quien no crea en él y en su testimonio del Padre tampoco Dios lo salvará. También el Espíritu Santo podría fundamentar en el envío del Padre resucitador y del Hijo resucitado cuanto hace para que creamos de verdad que somos hijos de Dios y nos tratemos unos a otros según el Jesús de los Evangelios, de manera que quien no responda a los impulsos de fe, esperanza y caridad del Espíritu Santo tampoco será reconocido como hijo por el Padre ni como hermano por el Hijo.
El envío del Espíritu Santo a la Iglesia y a la humanidad no es, por tanto, un envío de categoría inferior al envío anterior del Hijo a hacerse hombre. Bien lo sabía Ireneo de Lyon cuando, hablando de los dos “enviados”, decía que el Espíritu Santo y el Hijo humanado eran para el Padre Sus dos Manos creadoras y salvadoras. ¿Hay alguna diferencia sustancial entre una Mano y la otra Mano? El envío del Espíritu Santo inauguró una nueva etapa en la historia de la salvación, una etapa que constituye el inicio de la plenitud escatológica. Y quien la está llevando a cabo, siempre en comunión con el Padre y el Hijo, es el Espíritu Santo.
Es curioso observar cómo los cristianos confesamos y proclamamos dogma gozosamente vinculante la fe en Dios Padre creador, siendo la creación la primera etapa de la salvación. Asimismo saludamos con alborozo y nos adherimos con todo nuestro ser al dogma de la encarnación e historia del Hijo unigénito y al dogma de su gloriosa resurrección por la que Jesucristo ha alcanzado la plenitud escatológica… Y ¿qué pasa con la presencia y acción santificadora o divinizadora del Espíritu Santo en el momento presente en que la historia de la salvación ha irrumpido escatológicamente con el derramamiento del Espíritu Santo en nuestros corazones? ¿También nos adherimos al Espíritu Santo como al Padre y al Hijo en los dogmas anteriormente señalados? ¿Valoramos la etapa salvadora que vivimos al menos como las etapas precedentes? ¿Consideramos al Espíritu Santo tan Persona divina como al Padre y al Hijo? ¿Adoramos y alabamos al Espíritu Santo como al Padre y al Hijo o lo relegamos al recinto de las devociones? ¿Contamos con el Espíritu Santo en nuestras opciones y determinaciones como lo hacían los primeros cristianos según refleja, entre otros, el pasaje de Hech 15,28: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que estas indispensables…”.


¿Cuándo el envío del Espíritu Santo se convierte en un milagro?
En esta serie cerrada de milagros que estamos presentando, partimos de un concepto muy particular de “milagro”: hablamos de “milagros” cuando consideramos que solamente Dios es el Autor exclusivo de acontecimientos como la creación del universo, la encarnación de Dios Hijo, la resurrección y glorificación de Jesucristo de entre los muertos, y la todavía pendiente resurrección universal de los muertos. La razón salta a la vista: ninguna creatura ha intervenido ni intervendrá en la génesis y realización de dichos acontecimientos. Únicamente Dios. Nosotros, como creyentes, confesamos la realidad de esas intervenciones exclusivas de Dios, porque ningún ser humano es capaz de realizar semejantes acciones y, consecuentemente, ignoramos el modo como Dios las ha llevado y llevará a cabo la última.
En esta lista de milagros hemos incluido la vida pública y la muerte de Jesús de Nazaret. En este caso Dios Padre y Dios Espíritu Santo se interrelacionan con Dios Hijo humanado, que al hacerse hombre se despojó de los atributos divinos. Además de mantener la Persona de Hijo, los Evangelios y las Epístolas del NT nos narran la historia de un hombre que amaba como Dios, altruistamente, capaz de vivir la vida buscando, como Dios, el bien de los otros y capaz de sufrir una muerte de cruz perdonando, como Dios, a sus condenadores y ejecutores.
Ahora estamos analizando el envío del Espíritu Santo. Hemos reconocido que la iniciativa y el modo libérrimo de enviar al Espíritu Santo son características únicas y exclusivas de la Santa Trinidad. Pero la misión santificadora del Espíritu Santo depende de la respuesta afirmativa de los seres meramente humanos, quienes no tienen como Jesús la capacidad divina de amar altruistamente a sus prójimos, la capacidad de entregar la propia vida por el bien de los otros.
No obstante, el Espíritu Santo, en su empeño de divinizarnos en la manera de amarnos unos a otros a semejanza de Jesús, encontrará seguramente personas que harán suyos actos de fe, o de esperanza, o de caridad que les acerquen a las vivencias y experiencias que vivió el Hijo humanado del Padre en esta tierra. Para aquellos que responden positivamente a las mociones sobrenaturales del Espíritu Santo, podemos afirmar que se producen auténticos milagros en sus conciencias íntimas, puesto que los sujetos son conscientes de que sus actos de fe sobrepasan su razón —sin prescindir de ella—, o de que sus actos de esperanza exceden los horizontes de su voluntad —sin renunciar al ejercicio intensivo de la misma—, o de que sus actos de amor al prójimo superan el amor a uno mismo —sin dejar de saber que el egoísmo es algo muy natural y humano—.
El envío del Espíritu Santo se convierte en un milagro en aquella persona adulta que mira a Dios con la confianza con que un niño mira a su madre, o en aquella persona realista que espera siempre encontrar realidades que superan este mundo y esta historia, o en aquella persona generosa que en su entrega al prójimo necesitado llega a gastar del todo el don más querido que tiene: su propia vida. ¿En cuál de estas tres acciones-actitudes nos sentimos milagrosamente inhabitados por el Espíritu Santo?
EDUARDO MALVIDO
Maestro, teólogo y catequista





RESONANCIA PARA NUESTROS VALORES Y SU CANCIÓN



 
El comunismo está a la puerta llamando con su enorme fuerza de ángel caído. Esta vez nos viene de Venezuela. Y sintoniza con el que agazapado, tintado de populismo y hasta de otras especies saludables teníamos dentro. No nos vale decir que es burdo y que no tiene nada que hacer. Está en la mente de gentes ridículas, pero temibles. No les parará nada. Empujan a perezosos e ignorantes que hablan de miembras y portavozas, que afirman que el concepto de nación es discutido y discutible, que han inventado el federalismo asimétrico –el círculo cuadrado- , que cambian los nombres de las calles arrollando mucha verdad y heroísmo e intentan vaciar de sentido a la Navidad llenando su espacio con festejos al solsticio de invierno... Entre unos y otros, son demasiados. Si seguimos en silencio o a media voz, vamos de cráneo.

Una cosa nos cabe hacer, entre otras muchas, pero eficaz: levantar la voz y darle resonancia a nuestros valores y a su canción. Crear ánforas de resonancia –la metáfora es gráfica-, como las que emplearon los monjes del Císter. Otro tipo de resonancia, pero resonancia, al fin.


A España, a la Europa cristiana, a la Cultura española, al estilo hispanoamericano hemos de darle resonancia.
Es el momento de recordar que, siguiendo las indicaciones de Vitrubio, los monjes blancos de San Bernardo, los cistercienses, instalaron, entre el cascajo de la obra en construcción, ánforas de cerámica en la pared de las bóvedas de las iglesias abaciales y de las capillas que levantaban. En algunos casos podían las ánforas llegar hasta al centenar. Tenían un efecto positivo sobre la intensidad (prolongación y amplificación del sonido) y limitaban el eco. Proyectado el sonido a las bóvedas, se multiplicaba.
Algo así habremos de hacer nosotros, y ya.



RAMIRO DUQUE DE AZA
Maestro. Profesor de Teoría del conocimiento
Bachillerato Internacional





         SEMBLANZA DE DON CAMILO (I)


Coincidiendo con el primer centenario del nacimiento de Camilo José Cela, en 2016, hemos comentado, a lo largo de los catorce últimos números de AFDA, cada una de las que podemos considerar sus catorce obras mayores. En los próximos iremos construyendo una breve semblanza del autor, fijando la atención en diversos aspectos de su personalidad: condición física, temperamento y carácter, actitudes social, moral e ideológica… y sobre los rasgos más significativos de su estilo y de su ingente producción literaria.


1 “Hombre de fachada imponente y corazón delicado”

Escueta descripción esta, con la que García Marquina, uno de sus más reconocidos biógrafos de Cela, expresa el contraste entre la aparente rudeza externa y la especial sensibilidad de don Camilo.

Nacido en el seno de una familia con reminiscencias victorianas, tomó el nombre de su madre, una flor británica con suave aroma italiano trasplantada a orillas de la ría de Arosa, en palabras del propio Cela, que la adoraba: No admitía la posibilidad –asegura en “La rosa, primer libro de memorias- de que hubiera en todo el mundo una mujer más bella que mi madre.

La circunstancia de ser el primogénito y de malograrse los dos hermanos que le sucedieron, unida a su natural débil y enfermizo, hicieron que creciera en una atmósfera de exigencia y sobreprotección difícil de sobrellevar. No es de extrañar, en tales circunstancias, el desarrollo de un carácter que él mismo consideraba atrabiliario y fantasioso, despótico y tiernopropenso a la tristeza y a la soledad, dos sensaciones que –dice- me hacían feliz. Recibió una educación a la inglesa, muy exigente con las formas. Fue duro para él tener que inhibir sus emociones y ocultar su intimidad, en aras de los comportamientos que la condición familiar requería. Tuvo, pese a todo, una infancia feliz, una niñez dorada, y él mismo reconoce haberse sentido tan satisfecho de ella, que cuando las visitas le preguntaban qué quería ser de mayor, se echaba a llorar porque no quería ser nada, ni siquiera deseaba ser mayor.

De su etapa adolescente hallamos claro testimonio en el capítulo que en “La rosa recoge las reacciones defensivas del niño, del adolescente y del joven C.J.C. Él mismo se nos presenta como muchacho de buena apariencia, atractivo, de rasgos suaves, en los que solo las orejas -de las que haría caricatura en el niño Raúl, uno de sus conocidos personajes- parecían no acompañar la correcta proporción. Su actitud frente a los compañeros, de total normalidad. Con ellos aprendió a jugar a las bolas en la calle y al fútbol en los solares, y a viajar en el tope de los tranvías. Esta normal inserción en los grupos informales no lo fue tanto en la formalidad exigible a la hora de ser escolarizado. Fui educado en los jesuitas, –recuerda-, en los escolapios y en los maristas, y mi sensibilidad –gracias a estos señores- se formó en medio de calle. La inadaptación escolar de su personalidad rebelde no dejó otra salida que la de ser instruido y orientado por preceptores –bien elegidos por los padres, a juzgar por los frutos obtenidos-, que le prepararon para superar airosamente los estudios medios, presentándolo por libre en el Instituto San Isidro, de Madrid, aunque él dijera, con su habitual socarronería, que consiguió ir aprobando el bachillerato a trancas y barrancas y a fuerza de recomendaciones. Aunque superada la adolescencia, ensayó, más por dar satisfacción a sus padres que por propio convencimiento, los estudios de Medicina -más tarde, acabada la guerra, haría lo propio y por idénticas razones con los de Derecho, su vocación de escritor resultaba patente.

Su aparente fortaleza física estuvo minada por la especial debilidad de sus pulmones, que mediatizaron en parte su desarrollo vital y lo tuvieron postrado en diferentes ocasiones. La primera estancia forzosa y prolongada, con tan solo quince años de edad, en el Real Sanatorio antituberculoso de Guadarrama; la segunda, bastante después, a sus veinticinco años, en el Nuevo Sanatorio de Hoyo de Manzanares. Esta segunda recaída fue peor llevada que la primera, por razones evidentes: tener más clara constancia del problema y ver interrumpidos ‘sine die’ sus proyectos. Ya para entonces había acabado la guerra civil, en la que se vio comprometido y que endureció su carácter. No en vano hubo de pasar por penosas experiencias, como la de recoger en sus brazos a su novia, herida de muerte por la metralla, la de combatir en el frente y ser a su vez herido de cierta gravedad, o -la más grave y que nunca entendería y menos aún justificaría-, tener que asistir impotente al enfrentamiento cainita al que no veía sentido, que a nada bueno había de conducir, y que consideraba una catástrofe nacional. Prefiero –asegura en “El camaleón soltero” la más injusta de las paces a la más justa de las guerras. Son muchas las referencias a la Guerra Civil vertidas en sus obras. Una especialmente: “San Camilo 1936”, la dedica a exponer con la mayor crudeza sus sentimientos ante tamaña sinrazón.

Como decíamos, la recaída -en parte provocada por la hemoptisis contraída en el ejército y por la que hubo de concedérsele una licencia temporal- le provocó una importante depresión, que llegó al extremo de suscitarle pensamientos suicidas. Temió seriamente por su vida, sentimiento y angustia que no tuvo después reparo en reconocer: El día de San Silvestre de 1941, martes, me pasé la noche tristísimo y llorando con una infinita mansedumbre, mayor aún que el mucho desconsuelo que me anegaba; me daba miedo no llegar a desollar el rabo al año nuevo.

No desaprovechó Cela sus convalecencias, pues dedicó largas horas a la lectura, lo que le permitió alcanzar gran erudición literaria, y vivió intensas experiencias que posteriormente inspirarían su segunda novela: “Pabellón de reposo”. Superada felizmente la enfermedad, volvió a ser un joven de buena presencia y actitud decidida. Parecía un gigantón puesto en el centro de la feria, comenta García Marquina. Con sus 30 años cumplidos, debía de estar bastante conforme con su propia imagen, a juzgar por la descripción que de sí mismo hace en “Baraja de intenciones”: Mido 1,80 de estatura, peso 80 kg, calzo el 41 o el 42 si la horma es estrecha, tengo 12 de presión arterial, mis ojos son castaños, con bellos reflejos verdes a la hora del atardecer. Joseph Pla dijo de él en cierta ocasión que tenía perfil de facineroso, seguramente por la poblada barba negra que usaba a la sazón. Aunque el propio Cela, en “El hábito y el monje”, de “El juego de los tres madroños”, quiere darnos una explicación: Yo no me dejé barba por nada, sino porque supuse, con harta ingenuidad, que un escritor debía lucir algún provocativo signo externo que lo pregonase.

Pasados los años, la ‘curva de la felicidad’ cambiaría, en grado algo mayor que en la generalidad de los mortales, la imagen de don Camilo. Y a ello contribuyeron, sin duda, su habitual buen apetito y su condición de buen gourmet. Tres pasiones terrenales confesaba tener, cifradas en sus propias iniciales, CJC: comer, joder y caminar. Cumplidos los 45, ya asentado en Mallorca, no tenía empacho alguno en reconocer la transformación experimentada y a la que le habían llevado sus excesos gastronómicos. Un saludo muy cariñoso –le dedicaba a su amiga María Zambrano, en carta de noviembre del 61- de aquel mozo flaquito de entonces, hoy académico barrigón ¡qué pena!-, pero bienintencionado. Y justo un año después, el 7 de noviembre de 1962, le reiteraba: Ya no soy el adolescente pálido y delgadito que iba a la plaza del Conde de Barajas con sus tímidos poemas bajo el brazo.

Lo cierto es que su excelente apetito rayaba en ocasiones con la voracidad, y que su físico se fue deteriorando, hasta el punto de tener que tomar serias medidas y someterse a curas de adelgazamiento en clínicas especializadas. Situación que no llevaba nada bien y que en ocasiones le volvía irritable y le llevaba a abandonar en parte la buena compostura. Con su proverbial ironía, comentaba a su amigo César González Ruano, en carta del 17 de noviembre de 1945: Cuando adelgazo se me pone cara de bebedor de sifón.

El apoyo y colaboración de Marina Castaño resultarían decisivos, y don Camilo logró recuperar en sus últimas décadas la prestancia, el porte elegante, digno y distinguido que habitualmente le caracterizaron.
ÁNGEL HERNÁNDEZ EXPÓSITO
Maestro, doctor en Ciencias de la Educación 
y estudioso de Cela



JUEGOS 

     DEL INTERNADO 

                   menor



Juegos dentro del año escolar

  • Ni sospecharlo. Para salir al patio de recreo cruzábamos a diario el túnel del tiempo y, luego, por él volvíamos a clase.
  • Nos enseñaron con hechos lo que era el tipo de metonimia llamado sinécdoque. A diario jugábamos a la bandera. Y la bandera no pasaba de ser un mero palo de escoba.
  • El balontiro podía ser tumbador si quien lanzaba el balón era Pablo Andrés o algún zagal de los burgaleses de pro, como los del entorno de Salas de los Infantes.
  • En el marro aprendimos a correr de lado: ¡qué velocidades, Dios!
  • Jugábamos para todo con casco: la boina.

  • Había que jugar o te caía encima la acusación de que juega poco.
  • El juego de la pelota envenenada no perdía el duro azote de su calificativo en aquellos juegos más que de caros amigos, de caros hermanos.
  • Nos acostumbramos a jugar con brazos y manos. De dar al balón con el pie, era “mano”. La razón de peso era que se gastaba el calzado.
  • En contrapartida, lo que nos sobraba eran campos de fútbol. Disfrutábamos de numerosas tierras en barbecho en Serranillos, Griñón, Humanes, Cubas…


Juegos de vacaciones de verano

   En el verano nos sentíamos poco menos que aristócratas ingleses, gentlemen. Jugábamos al croquet, billar de campo.
  •     En el juego de la rana el anfibio mantenía su boca de metal abierta. Normal. Pero la cerraba cuando tiraba alguien que aún se duele de haber tirado bien y no hacer rana.
  • Los escrupulosos no jugaban al juego de las damas.
  • Al ajedrez nadie le hacía ascos y aunque entonces no éramos monárquicos, defendíamos al rey, que no le dieran jaque mate.

  • El palé era la pasión de los comerciantes en flor, de los capitalistas secretos y de los soñadores de opulencias. 

CUR



A. H.




 

Mientras nevaba 

sobre España



EL SOLITARIO

Andando bajo la nieve
va un pasajero tapado.
La nieve le cubre el rostro.
El hombre de blanco en blanco.
Grandes pensamientos lleva
en la mente concentrados.
¿Qué me pasa? ¿Adónde voy?,
se pregunta el solitario.
Pero no encuentra respuestas
y camina con desánimo.
Ese pasajero es
en el invierno nevado
cada uno de nosotros
a cuestas con ese fardo
de preguntas que no tienen
solución a corto plazo.
Sigue persiguiendo el hombre
un final imaginario
en el que resultan juntos
vida y muerte coordinados.
¿Qué hacemos aquí los tristes,
los pusilánimes natos
y los decentes sin mancha?
¿Qué hacemos aquí de paso?
Y la pregunta se pierde
como el hombre solitario
en la inmensidad del tiempo
que le fuera regalado.
Bajo la nieve se quiebra,
bajo la nieve soñando
se va sin que le acompañen
más que los copitos blandos.
¿Eres tú ese caminante?
¿Eres tú ese solitario?
Yo sí lo soy, a Dios gracias,
sollozando, sollozando.

       

MOVIMIENTOS REFLEJOS
 

  
   Los movimientos reflejos son absolutamente involuntarios. Se escapan, por tanto, a cualquier control que pretendamos hacer a través de nuestra propia voluntad. Surgen como respuestas uniformes a unos determinados estímulos Son respuestas predecibles a un estímulo o a una combinación de ellos en las que interviene el sistema nervioso de estímulo-respuesta. Son modelos prefijados de conducta; esto es, para cada estímulo existe una respuesta específica; que será la misma, siempre que se produzca ese determinado estímulo. 

Los movimientos reflejos, observables, son la base esencial del comportamiento motor. El esquema del mecanismo es sencillo. Pondremos un ejemplo: se produce el estímulo, que puede ser el hecho de tocar una placa muy caliente con la mano; esa información viaja por los nervios informativos –aferentes– hacia el cerebro, pero no llega a éste; como la situación es de gran peligro para la integración del individuo, desde la misma médula se elabora una respuesta urgente y se envía una orden a través de los nervios motores –eferentes– a los músculos flexores del codo para que la mano sea retirada inmediatamente. No hay tiempo para procesar respuestas más elaboradas, que serían más lentas si llegasen hasta el encéfalo.
Y según el nivel medular donde se realice el tipo de actividad funcional, los reflejos pueden ser segmentarios o suprasegmentarios. En los reflejos segmentarios la actividad funcional se realiza en el mismo nivel medular, como el reflejo de retirada –descrito en el ejemplo– o el reflejo de estiramiento, como es el patelar, que al golpear el tendón rotuliano mientras estamos sentados con la pierna libre, se extiende la rodilla elevando el pie. Los descritos son reflejos segmentarios, muy sencillos, pero a la vez presentan la base funcional del movimiento.

En los reflejos suprasegmentarios la actividad funcional se realiza a distintos niveles medulares. Son de una elaboración más compleja.
Según las zonas del sistema nervioso que abarquen, los reflejos pueden dividirse en espinales o supraespinales. En los reflejos espinales la actividad funcional se produce en la misma médula, sin salir de ella, mientras que en los supraespinales la actividad funcional abarca ya zonas cerebrales además de la médula y los músculos.
Los reflejos miotáticos controlan el grado de contracción de los músculos. Y controlan, entre otras funciones, las contracciones de los músculos gravitatorios para mantener el equilibrio cuando estamos parados y de pie. Es muy difícil permanecer en esa posición con los músculos relajados. Si tomamos conciencia, notaremos que algunos músculos de piernas y tronco están continuamente contrayéndose para restablecer el equilibrio semiestable que presenta la citada posición.

Los reflejos primitivos y posturales fundamentales del recién nacido sano tienen un periodo de aparición y otro de extinción. Cuando no aparece un reflejo a tiempo o permanece durante más tiempo del previsto, puede sospecharse de alguna alteración del sistema nervioso del infante. Citaremos algunos de estos reflejos a modo de ejemplo: reflejo de Moro, reflejo tónico cervical, reflejo de prensión palmar y plantar, reflejo de marcha, de gateo, de natación y de trepa, reflejo de ojos de muñeca, etc.
Cuando ofrecemos un dedo a un bebé, resulta curioso cómo nos lo agarra; pareciera que es un gesto de amistad que tiene hacia nosotros; no nos hagamos ilusiones: es el reflejo de presión palmar. O cuando intentamos ponerle en posición de pie pero sus pies adoptan una postura de supinación; hasta que no desaparezca el reflejo plantar, no estará preparado para estar de pie y, mucho menos, para caminar.

Éstos y otros reflejos son aptitudes que el recién nacido trae como herencia de la especie para su supervivencia.
Francisco Sáez Pastor
Universidad de Vigo







5 comentarios:

  1. JUEGOS DEL INTERNADO MENOR
    Hermosos recuerdos, primos hermanos de los de “Me bajo un rato a la calle”.
    ALTA POLÍTICA CON ESTILO
    Buen aldabonazo para las conciencias de quienes no vean asomar el peligro. Totalmente de acuerdo con la necesidad de activar las “resonancias”.
    FLORES CADA MAÑANA
    Cuidada prosa, hermosa en su brevedad y sencillez. De “calderilla, nada”: doblones de oro.
    DÉBORA
    Exaltación feminista, muy acorde con la actual reivindicación de la paridad de derechos. Esta misma mañana, en la Cope, hablaba un experto tertuliano sobre esta nueva revolución, la del apoderamiento de la mujer, como lo fue a finales del XIX la del ciudadano, o en los inicios del XX la de la clase obrera.

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  2. EL SOLITARIO
    Frescos y bien tratados versos, como suelen ser los de nuestro poeta de cabecera.

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  3. MOVIMIENTOS REFLEJOS
    Bastante más interesante que el anterior, por más próximo e inteligible.

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  4. CELA
    De Cela publicamos nosotros lo que pocos pueden. Tenemos al sabio en casa. Chapeau!

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  5. Tampoco nuestro teólogo es manco.

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