ÍNDICE PRINCIPAL
Pregón: Se ha de oficiar la liturgia de la verdad
Reflexión mensual: Perdemos
nervio como pueblo. CUR
Traigamos a los clásicos. Las greguerías de Ramón. CUR
Buzón teológico: Gracias a Jesús
resucitado, amaremos y seremos amados eternamente. E. Malvido
Leímos, oímos, vimos: Pensión Flora de Apuleyo Soto
Rincón de Apuleyo: Cela Centenario.
Leímos, oímos, vimos: Pensión Flora de Apuleyo Soto
Rincón de Apuleyo: Cela Centenario.
Parábolas del peregrino: Parábola
del peregrino del camino de Santiago. CUR
Soneto desde el sentimiento: A Cela, genial artesano. Ángel Hdez.
Alta política con estilo: La propiedad. Ramiro D. de Aza
Soneto desde el sentimiento: A Cela, genial artesano. Ángel Hdez.
Alta política con estilo: La propiedad. Ramiro D. de Aza
Filosofía de lo sagrado: Liturgia de lo sagrado. Sagrada Biblia. CUR
Educación física: Capacidades
condicionales. Fuerza. F. Sáez
Cartel que anuncia el EP 2016
SE HA DE OFICIAR LA LITURGIA DE LA VERDAD
“Y
los niños cantan a la rueda rueda
el
viejo estribillo que el viento se lleva”.
Don José María Pemán y Conchita Piquer habrían de
estar en nuestros días de rigurosa actualidad porque nos anunciaron en verso el
uno, y con garganta de calandria, la otra, el panorama nacional sobre el que
chapoteamos.
El juego de
la política española es de corro
infantil, noria que da vueltas y vueltas y el agua que no acaba de salir. La
Patria no levanta el vuelo. Nadie levanta el vuelo. Tiene el aire del corre que te corre con el
que los niños se cambian de un lado a otro, en rápido movimiento, de árbol, de
farola o de esquina. El caso es “estar a salvo”, cambiar, en veloz carrerilla,
de la esquina del mando en que se está a la esquina libre, para un nuevo
mandato.
El juego del
pensamiento contemporáneo se llama relativismo. La cosa es seria y nos viene de tan lejos como del
mismo Erasmo del XVI (en nuestros años jóvenes lo estudiamos en Joseph Lortz,
profesor de la Universidad de Münter), pero no es menos infantil y de
superficie. En verdad, peor que el juego
de la política. Sus consecuencias mayores: disolución, adiós a la verdad con
minúscula, pues que todo es relativo y no hay cimientos para el culto de la
Verdad.
¿El antibiótico eficaz? ¿Garantía de que España y Europa
sobrevivan? Desde luego aquel del que aquí hacemos profesión: el castillo
interior, la copia moderna de las viejas abadías de los copistas del Medievo,
salvar esencias, condensación de cultura,
adensamiento. No se nos pide a nosotros copiar a los clásicos hebreos,
griegos y romanos, pero hemos de recoger en pergaminos vivos –nuestro
temple- las esencias cristianas y
españolas de nuestros mayores.
En nuestro
castillo interior se ha de oficiar y oficia la liturgia de la Verdad.

PERDEMOS
NERVIO
COMO PUEBLO
COMO PUEBLO
·
En
nuestras escuelas al inicio de la jornada escolar ya no se iza la bandera
nacional, ni se oyen, mientras sus colores suben en dirección del cielo, himnos
patrióticos que, a martillazos de canción claveteen y remachen sobre los pechos
infantiles el amor a la Patria, virtud cristiana, en parte teologal (caridad) y
en parte cardinal (fortaleza y justicia).
En
Canadá –se nos dice en
una sección de este blog 53- se iza la
bandera del Canadá y se canta el himno de la patria
Indudablemente, nosotros hemos perdido nervio como pueblo.
·
Otro
espejo en el que se puede mirar esta pérdida de nervio social: No hay día en el
que no aparezca entre nosotros un nuevo caso de corrupción. Se les pide a los
políticos una honradez de la que indudablemente debieran ser ejemplares. Pero,
antes que eso, habría que pedirles
cuentas de su gestión como políticos, pues que no basta con no hacer el mal
sino que están en puestos de responsabilidad social y han de hacer el bien que
necesita su patria grande y chica, desde el rey al último concejal del
municipio más modesto. De esto no se dice nada. Hemos perdido nervio.
La sociedad les echa en cara a los
políticos su falta de moralidad personal. Habría de verlos, en primer lugar,
como personas públicas responsables de la gestión que ha de exigírseles como
tales y del bien que han de imaginar y crear y no crean.

Numerosos políticos “honrados” deberían
sentarse en el banquillo de los acusados y ser detenidos por guardar su acta de
tales en el pañuelo evangélico del siervo improductivo.
·
En
el tema de la Escuela hemos conocido centros escolares que preparaban a sus
alumnos para el ingreso en Escuelas Especiales de Ingenieros (Maravillas, antes
de 1936), cosa que no se les pedía oficialmente. Algunos de nosotros cursamos
magisterio a nivel ciertamente universitario, cuando se equiparaba el
magisterio a los tres últimos años de bachillerato (La Salle, Griñón, Madrid,
después de 1936). Aquellos centros iban más allá de lo que les pedía la norma.
No les bastaba con ser “honrados” y cumplir.
Hoy, nuestras escuelas españolas son gemelas: públicas, de religiosos docentes y de empresas privadas,
con variantes mínimas.
Habría que esperar de ellas mucho más y juzgarlas y condenarlas, en su caso, por lo que no hace su nervio dado el
apremio y necesidades del pueblo español.
CUR
Maestro, profesor de teoría del
concimiento.
Bachillerato Internacional
Expresarse con rigor, agudeza
y soltura
Un profesor de lengua que
lo sea de veras no es una antena docente que recoge las frecuencias de lengua y
literatura que marcan los programas oficiales para que sus alumnos, a fuerza de
cursos de labor empinada, eduquen su oído al buen castellano y empiecen a
pronunciarlo y escribirlo con sujeción a unos mínimos.
Un profesor de lengua
inteligente y preparado suficientemente en su escuela de magisterio se empeñará
primordialmente en que sus alumnos se ocupen, casi exclusivamente, de la
expresión escrita hasta dominarla. Lo demás, bien lo sabe, que le será dado por
añadidura y sin apenas esfuerzo añadido. El alumno que escribe bien se expresa
oralmente bien: sus palabras no están reñidas con el DRAE, sus frases ruedan
por las calzadas de la claridad y de la precisión, le encanta la lectura de
autores con estilo, aprende idiomas, no se indispone con las matemáticas, salva
los exámenes de ciencias porque entiende lo que se le pregunta…
El profesor de lengua que
decimos no es que sea particularmente ambicioso, que quiera salir de sí y adueñarse
de campos que no son el suyo, el literario, es que sabe de sobra que si enseña
a escribir bien, con rigor, pulcritud, agudeza, etc. está enseñando a pensar con rigor, agudeza y pulcritud. Mientras le saca
punta al lápiz de colores de la expresión escrita, hace más que eso, mucho más:
está afilando el pensamiento aristotélico, la imaginación cervantina, la
voluntad de hierro de un conquistador español en sus alumnos… La punta de su
lápiz adelgaza el estilo y no hay filo intelectual en la persona del educando
que no se afile con ese adelgazamiento. Quizá baste con recordar del Discours sur le style de
George-Louis Leclerc, conde de Buffon aquello de que “el estilo es el hombre mismo, l'estyle c'est l'homme même" (Buffon).
El profesor de lengua que
decimos nunca entra en clase ni se pone a trabajar la expresión escrita con sus
alumnos sin que le acompañen y estén presentes
tres o cuatro clásicos. Estos pueden ser (en mi caso personal, ya que cada
maestrillo tiene el suyo, Azorín, Papini, Vicente G. Huidobro y Ramón Gómez de
la Serna). Pudieran ser otros, como Cela, Miguel Delibes, Ortega…
La experiencia me dice que
Ramón es decisivo, eficaz y clave en
esta guerra.
Observar lo
que nadie ve y echarse a escribir
El dominio de la expresión
escrita tiene como previa una observación
tenaz, precisa, de interiores, pura, sin el cristal interpuesto de los
juicios previos… la propia de la greguería de Ramón Gómez de la Serna.
El padre del género
literario que llamamos las greguerías
las sabe crear. Lanza una y se le multiplican entre las manos, en chisporroteo
múltiple. Las define mal, pero las crea geniales, su originalidad es
sorprendente, todas parecen primeras y últimas. Las produce con una abundancia
tal que recuerda la monstruosa fecundidad de Lope. Saltan de un ángulo poco
observado de la realidad hacia otro lejano, insospechable, poético o ingenioso.
Cuando se las lee
seguidas, se tiene la sensación de estar en una selva mental frondosa y
agobiante. Ramón no hace literatura,
hace greguerías siempre, ya escriba cartas a las golondrinas, ya redacte la
biografía de Lope de Vega o nos cuente su Automoribundia.
A nosotros lo que más nos interesa es que nos pase la
carga de observación que llevan. Ramón ve en las cosas lo que nadie ve y
está en ellas. Eso es en lo que hay que conseguir del alumno. Eso lo que han de
descubrir los aprendices de la expresión escrita. Si su observación alcanza el
corazón de las cosas, la pieza de caza está lograda, el alumno sorprenderá
cuando la exprese. Se echará a escribir, como un día se echó a andar.
Cuando más me gustáis es cuando embestís el aire con
los hombros, recogidas las alas, haciendo eses blandas y zigzagueantes.
Sé que sois hoces del cielo, que dais cuenta, como
segadoras incansables, de las mieses invisibles y cosecháis el trigo azul que
será el pan de los poetas.
Se despide Ramón: Con mis saludos a Bécquer, recibid
la devoción más constante de
Ramón (Cartas a las golondrinas)
CUR
Maestro.
Profesor de Lengua y Literatura
Emérito
UCJC
GRACIAS A CRISTO RESUCITADO,
AMAREMOS Y
SEREMOS AMADOS ETERNAMENTE
La experiencia de amor entre personas es probablemente
la experiencia que más sabor tiene a vida eterna. Se han hecho célebres estas
palabras del filósofo francés Gabriel Marcel: “Amar a alguien es decirle: tú no
morirás jamás”. Ni que decir tiene que el ser humano no puede imaginarse la
vida eterna sin el amor de los seres queridos (padres, hijos, esposos,
amigos...).

Que Dios nos haya querido tanto y que haya decidido
desde su eternidad que fuéramos hijos suyos a imagen y semejanza de su Hijo
unigénito resucitado es una noticia que figura repetidas veces en los diversos
escritos del NT, principalmente en Pablo (cartas) y en Juan (Evangelio y
cartas). Como ejemplo ilustrativo citamos las palabras de Pablo en Rom 8,28-30:
“Por lo
demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman;
de aquellos que han sido llamados según su designio. Pues a los que de antemano
conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que
fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a esos
también los llamó; y a los que llamó, a esos también los justificó; a los que
justificó, a esos también los glorificó”.
Pero también en este contenido del amor entre las
personas humanas es Cristo el que, en las diversas representaciones del cielo,
ocupa casi siempre el puesto del amor de la divinidad hacia los seres humanos, de manera que, gracias a él, las relaciones
interpersonales de los bienaventurados resultan fraternales e irrompibles. A
diferencia del contenido de la vida eterna que Juan se encargaba de cristologizarlo,
ahora, a propósito del contenido del amor interpersonal perenne, son todos los escritores del NT quienes
expresan cristológicamente, esto es, por medio de Cristo, que el amor
interhumano es inmortal. Veámoslo en algunas de esas representaciones o símbolos.
El cielo es figurado mediante el símbolo del “banquete”: “El reino de los cielos es semejante a un rey que celebró el
banquete de bodas de su hijo” (Mt 22,2s.). El banquete escatológico como señal
sobresaliente de la era mesiánica proviene del AT. Pero en el AT el anfitrión
invisible y el esposo es Yahvé, y entre los comensales no hay ningún asistente
humano especial. En el NT, en cambio, el banquete escatológico preparado y
organizado por Dios es con motivo de las bodas del hijo del rey, en inequívoca
alusión a Cristo...
En la parábola del “novio”
y las diez jóvenes (cf Mt 25,1s.) la relación se establece entre el grupo
humano, formado por cinco mujeres necias y cinco prudentes, con el “novio”
(=Cristo). La parábola tiene referencias significativas sobre el tiempo
presente y también sobre el futuro escatológico.
Otro símbolo también cristologizado es el de “esposo” (=Cristo) en relación con la
humanidad o con la Iglesia, la
esposa. La imagen del matrimonio es utilizada por primera vez
por Oseas en el AT para expresar el amor generoso y fiel de Yahvé para con el
pueblo israelita.
El lenguaje
simbólico del amor entre Esposo-Esposa es hermosamente empleado por nuestros
místicos. Valgan por otros muchos ejemplos de amor consumado y perfecto entre
Cristo-Amado y el alma-Amada estas estrofas del Cántico Espiritual (estr. 27 y 37) de san Juan de la Cruz: “Entrada
se ha la esposa/ en el ameno huerto deseado,/ y a su sabor reposa,/ el cuello reclinado,/ sobre los
dulces brazos del Amado”. “Allí me mostrarías/ aquello que mi alma pretendía,/
y luego me darías/ allí tú, vida mía,/ aquello que me diste el otro día”.
El Apocalipsis se distingue de la metáfora del
matrimonio utilizada por el profeta Oseas y por nuestro místico san Juan de la
Cruz porque escatologiza plenamente el símbolo del esposo (=Cristo) y de la
esposa (=santos del cielo): “Alegrémonos y regocijémonos y demos gloria, porque
han llegado las bodas del Cordero y su Esposa se ha engalanado y se le ha
concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura -el lino son las buenas
acciones de los santos-.” (Ap 19,7-9).
Reflejemos asimismo el modo personalísimo que tiene
Pablo de expresar la consumación escatológica del cristiano. Para Pablo, la
vida amorosa del cielo consiste ante todo en “estar con Cristo”, en “vivir con
el Señor”.

A Pablo, que
creía que la resurrección de los muertos tendría lugar en fecha próxima,
incluso en vida suya, le trae sin
cuidado ser personalmente pospuesto a los muertos en el orden que se seguirá en
la resurrección universal: “Los que murieron en Cristo resucitarán en primer
lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados
en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires” (1Tes
4,16b-17a). Lo decisivo es que todos los seguidores de Jesús serán resucitados
según el Primero en resucitar de entre los muertos, “y así estaremos siempre
con el Señor” (1Tes 4,17b).
El modo como Cristo ha amado a la Iglesia indica el
modo como nosotros debemos procurar amarnos unos a otros, mientras peregrinamos
hacia la meta de la plenitud escatológica.
EDUARDO MALVIDO
Maestro,
catequista y teólogo
PRESENTADA EN MADRID
El día 5 de abril de los corrientes, festividad de San
Vicente Ferrer, hubo fiesta en la sede del Colegio de Doctores y Licenciados de
Madrid y en el corazón de cuantos admiramos a Apuleyo Soto como poeta, émulo
del Arcipreste de Hita y de Garcilaso, fecundo como Lope, militante de toda
gran causa como Quevedo, didáctico como Samaniego, maravilloso como Lorca y
brillante cultivador de todo género literario como el arrinconado José María
Pemán.
Se presentaba el último libro de Apuleyo Soto.
Una vez más: al vuelo las campanas de sus triunfos, que
hacemos nuestros, gloria de AFDA, de los de la Borrasca y de cronistas,
hoteleros y multitudes.
Así cantó la “Pensión Flora” de Apuleyo, aquella tarde,
uno de sus críticos, el más fino y exigente:
Pensión Flora de Apuleyo Soto: el regalo de la metaliteratura
Apuleyo Soto, a quien sigo, a quien admiro y con quien
tanto quiero, es un maestro en el canto permanente de la vida y la esperanza,
por empezar haciendo referencia a Rubén Darío, que tan presente está en Pensión
Flora, aunque en un momento dado el personaje Unamuno diga tan precozmente que
“España no está para nenúfares” prefigurando en la ilusión de un tiempo
pretendidamente anterior –esa es la magia de la recreación literaria– la
lograda parodia antimodernista que construirá Sinesio Delgado en el texto de su
zarzuela El carro de la muerte de 1907.
El peso de la literatura es evidente
desde el primer momento del texto. Recordando otra parodia, la que hace del
romanticismo Ramón Mesonero Romanos en “El romanticismo y los románticos”
(1837) cuando nos dice que su sobrino ha escrito un “drama romántico-natural,
emblemático-sublime, anónimo, sinónimo, tétrico y espasmódico”, Apuleyo nos
regala, también con palabras deliberadamente esdrújulas, un “drama histórico,
diacrónico, anacrónico, retórico y utópico (aunque real como la vida misma)”.
Entregado a este ejercicio metaliterario, nuestro autor recrea la génesis del
esperpento, que nace en una noche en la que un Valle noctívago, creo que
deliberadamente favorecido en el cuadro de autores protagonistas (después Apuleyo
parece mostrar su preferencia por Machado y Unamuno), peregrina por Madrid de
la mano de la Fornarina, anticipando en la ficción la peregrinación de Max
Estrella en Luces de bohemia, y anticipando quizá también a Cela cuando, en la
acotación inicial del cuadro VIII, leemos que “Madrid es una colmena de medio
millón de habitantes”. En este ejercicio de anticipaciones que a Apuleyo le
permite la recreación literaria, también se enuncia la pelea que Valle mantuvo
con Manuel Bueno y que le dejaría manco del brazo izquierdo. Literatura que
habla de literatura.
Apuleyo Soto, ya lo sabemos, escribe
primorosamente, desplegando acotaciones elaboradísimas, cargadas de evocaciones
y sugerencias, dotadas a veces de plena autonomía, y construyendo un diálogo
preñado de recurrencias –como la permanente alusión al telón acústico de fondo
de los trenes de la estación de Atocha, tan cercana a la pensión, que a mí me
evoca a Gómez de la Serna–, juegos verbales y referencias e inferencias
literarias que apelan a la complicidad del lector informado. Y es que ya digo
que hay mucha metaliteratura en Pensión Flora, y eso le concede, entre otros
valores, un singular valor didáctico.
Los autores-personajes, que atesoran la
quintaesencia noventayochista, hablan por la misma literalidad de su obra y
reconocemos sus ideas, sus temas y a veces sus palabras originales en los
diálogos. También nos conforta su relación intelectual, que a veces se torna
fraternal y conspirativa por la vía del entrañable y rotundo juramento que
suscriben en el cuadro II. Reconocemos al Valle irreverente, al Machado soñador
y ensoñador, al Baroja escéptico, al Azorín anárquico, al Unamuno agónico, y
reconocemos y apreciamos las alusiones estéticas a los pintores del momento
(Regoyos, Casas, Zuloaga y Solana).
No puedo dejar de lado las constantes y
acertadas referencias cervantinas y quijotescas, tan comunes entre los
noventayochistas y tan afortunadas precisamente en este año en el que
conmemoramos el cuarto centenario de la muerte de Cervantes, y tampoco quiero
obviar el telón social de fondo, tan aplicable a nuestros días, en el que queda
retratada la indolencia, rayana en lo negligente, de nuestros políticos.
Apuleyo Soto, en fin, ha escrito una
obra dinámica, fecunda y enormemente sugestiva con la que convierte la
literatura en un regalo intemporal como él mismo, que hace muchos años que,
para bien de quienes le queremos, ya no los cumple.
Santiago López Navia
Profesor. Licenciado y doctor en Filología Hispánica.
Doctor en Ciencias de la Educación.
Tuvo lugar el 5 de abril de 2016 en
el Colegio de Doctores y Licenciados, Fuencarral, 101, por Emilio Pascual,
Santiago López- Navia y Aurora Campuzano.
AUTOCRÍTICA DEL AUTOR
Mis padres literarios de la
“Generación del 98”, y entre los más amados y leídos Machado, Valle Inclán,
Unamuno y Azorín, se habrían carcajeado
a mandíbula batiente al observar cómo los he puesto y dispuesto en un viaje de
la periferia costera al “poblachón manchego” o “rompeolas de las Españas”,
juntándolos “una noche de invierno” en la Pensión FLORA, cercana de la estación
ferrocarrilera de Atocha.

La verdad es que las bondades que
pueda contener PENSIÓN FLORA son más debidas a ellos que a mí, su dócil
aprendiz.
Y al igual que los dramaturgos del
pasado siglo, que publicaban en ABC una autocrítica en el día vesperal del
estreno, voy a tratar de explicarme, exponiendo sucintamente los motivos, antecedentes y fines que
me llevaron a edificar la Obra y perfeccionarla hasta el culmen.
¿Motivos?
Plasmar el fin del siglo XIX, tan convulso y derrotista (por la pérdida de las
últimas colonias españolas de Ultramar) como este renaciente 2016 en el que
toda irresponsabilidad política tiene su asiento y sus voceros procaces.
¿Antecedentes?
Mis lecturas secretas en el internado de La Salle, aquí cerca, en Griñón, donde
un profesor cómplice que se había educado en Roma, me pasaba bajo cuerda y al
despiste del Director “las Divinas
palabras” y “Cara de Plata” de Valle, los ensayos agónicos de Unamuno, las “Soledades
y otros Poemas” del bueno de don Antonio, la trilogía de “La busca”, del impío
expanadero anticlerical Baroja o “los primores de lo vulgar” que publicaba
Azorín, junto a sus levantiscas “crónicas parlamentarias”. Desde entonces,
desde aquella infancia recluida, mucha tinta negra y roja más ha corrido bajo
mis ojos.
¿Fines? Quizá
uno solo, pero nuclear, explosivo: ser el redentor de esta sociedad relativista
y ambigua carente de valores como la honestidad, la honorabilidad o la verdad.
El teatro es catártico o no cumple su función principal. Si además le rociamos
con unas gotas de humor satírico, mezcladas con Poesía, es decir, con un
lenguaje alquitarado, pues tanto mejor para el seducible espectador orteguiano.
Si yo lo he conseguido, que –perdonadme
el autoaplauso- creo humildemente que sí, gracias sean dadas a los dioses del
Olimpo y a las Musas del Helicón, en especial a Talía, Tersícore, Euterpe y Polymnia.
No más puedo añadir después de que
Aurora Campuzano, Emilio Pascual, Basilio Rodríguez Cañada y Santiago
López-Navia hayan diseccionado con su sabiduría habitual de profesores mi texto
cómico-dramático, que espero ver un día expuesto en un corral nacional. Y antes
que en ninguno, en el “Juan Bravo”, de mi adorada Segovia, si la Diputación lo
prefiere.
(Presentada la “Pensión
Flora”, se escenificó el cuadro V de los once que componen la obra, actuando la
actriz Ana Galisteo como una Fornarina valleinclanesca, muy sensual, en el
Callejón del Gato de los espejos cóncavos de San Ginés, donde cabe suponer que
el Don Ramón de las barbas de chivo se inventó el esperpento).
CELA CENTENARIO
La colmena que fue
Camilo José Cela
sigue en vela
después de que no
esté.
El brioso escritor,
siempre al filo y en
vilo,
nos dejó el hilo
de su paso conductor.
Centenario homenaje
el que se le rinde
a sus obras sin
linde
Siempre ha ido
conmigo
o yo he ido con él.
Siempre fue el autor
amigo
del discípulo
doncel.
Que las Musas de
Iria Flavia
le mantengan
redivivo
porque todo lo que
escribo
lo debo a su insigne
savia.
Sabio de pluma y de
labia,
no encontraré otro
maestro
en la rectitud tan
diestro
contra los tontos en
Babia.
En él yo me
reconozco,
con él me
fotografío;
aunque pareciera
osozco,
me lo tomo como mío.
Apuleyo Soto

DEL CAMINO DE SANTIAGO
El peregrino, bordón en mano, calzado recio para el largo y duro camino, la mirada alta hacia el lejano horizonte, agua en la calabaza, en el pecho la concha de peregrino para que no se le confunda con vagabundos… lleva hechos ochenta y tantos años de calzadas romanas, caminos de arcilla y piedra, rastrojos, valles oscuros y sierras altas… Pero realmente su pie, por regalo del Cielo, ha estado pisando ochenta y tantos años la Vía Láctea. A los ojos de Dios, de quien viene todo regalo, y a los ojos de lo que le alcanzaba el deseo.
Efectivamente, el
peregrino marchó a su meta de Luz, a Santiago de Compostela, a Roma, a la
Jerusalén celeste, peregrino, Vía Láctea adelante. Su camino fue un ancho río
de estrellas. En vez de campos que cruzar, cóncavo techo. En vez de polvo que
le diera alas a su camino, el chisporroteo de las menudas gotas de la lluvia de
plata que fulguran las estrellas en la noche. En vez del viento del bosque que
perfuma y sosiega los pulmones, la pitagórica música de los astros, toda armonía
que embriaga y enriquece el alma. La
calzada que pisó el peregrino estaba empedrada con luceros. A izquierda y
derecha, como horizonte sin fin, las anchurosas orillas del espacio y los años
luz. Delante, el manto de estrellas del Apóstol Santiago, el “Hijo del trueno”,
que mantiene vivo y encendido, torrente en raudales de salmos, el camino que
lleva su nombre.
El peregrino, ahora que sabe que todo fue como lo cuenta esta parábola, le da las gracias que no le dio a Dios y le pide perdón por las veces que se dolía de pasar fríos y calores, de la dureza del empedrado que pisaba, de la sed, de los malos humores con otros caminantes… Las tronadoras aguas del gran río de las estrellas del firmamento, sus llamas voladoras se diría que no las percibía. Caminaba sordo para ellas. Dios le perdonará, pues que le pide perdón y Él es perdonador.
Algunos compañeros de su camino de luz le tuvieron por optimista, que todo su pasado lo veía positivo, decían, y, la verdad es que si lo fue y lo vio así –Vía Láctea adelante- ni mucho menos lo fue tanto como debía.
CUR

Una pequeña semblanza
sobre nuestro Nobel centenario la hallará el lector de este blog en las Adendas de mayo, gracias sean dadas a
la estudiosa tecla, que un tiempo fue pluma ágil y suelta de escribir, de
nuestro, no menos nuestro, el doctorando en Camilo José Cela Ángel Hernández Expósito, el que
mensualmente sonetiza en AFDA desde su sentimiento como quien levanta
partenones o romanos acueductos de Segovia.
LA PROPIEDAD
La propiedad es un derecho natural con carácter de
camino no de meta final que se detenga como agua muerta en la represa de su
propietario. Siguiendo con la imagen de los embalses, la propiedad ha de
producir en beneficio propio y del bien común, como los saltos de agua, energía
y vida, luz y alegría de la existencia.
Decir propiedad privada no es decir privaticidad. No tiene la
propiedad patente de exclusividad. Mira al bien común y si no lo hace, se
distancia de la doctrina cristiana y es una violación de la justicia, también
entre no cristianos.
La propiedad privada ha de entenderse con mentalidad de comunicatividad. La comunicatividad es la que define el uso social del derecho natural de la propiedad. Al formular esto no apuntamos sólo a hacer con principios y con hechos comunidad con los demás hombres, sino a conservar para la persona la dignidad de quien posee algo o mucho como propio, sin ser esclavo de su propiedad. Semejante esclavitud, que encadena al hombre a la propiedad exclusivamente suya de lo que posee, le convierte, si deja a su prójimo en la miseria, en miserable, pobre hombre, escasamente hombre.
Y es que la medida del hombre no la
da lo que posee si le esclaviza, sino lo que, no siendo exclusivamente suyo,
pertenece también a los otros y, propietario, obra como administrador de
bienes, en consecuencia. No vale el
hombre por lo que se adueña, sino por lo
que da.
Robar lo prohíbe el quinto
mandamiento y la ley natural. No se ha de robar a los ricos para darlo a los
pobres. Pero la autoridad, por un principio de justicia, sí puede y debería expropiar en determinados casos. La
expropiación es práctica peligrosa, que es preciso justificar, pero que habría
que aplicar sin miramientos cuando se trata de la expropiación de los
expoliadores. Y eso para fijar la propiedad en su preciso sentido de auténtica
función de bien personal al servicio de la comunidad. La presencia de la
autoridad debe ser tan amplia cuanto requiera la realización de esta función.
Recuérdese que Santo Tomás de Aquino dice que “la función social de la
propiedad pertenece a la justicia”. La justicia exige que los bienes que no realizan una función social pierdan su calidad de
bienes para quien los posea.
Una anécdota
de mis tiempos de estudiante de magisterio iluminó el sentido de cuanto viene
dicho hasta aquí en los renglones anteriores. No había en España más que un
ejemplar de un libro, escrito por un francés, en el siglo XVIII, por Blain. En
mi escuela de magisterio, Griñón, Madrid, al director de la escuela, preclaro
investigador de la historia de la pedagogía, le reclamaban la devolución del
ejemplar a la biblioteca propietaria del libro, en Bujedo, Burgos. El director
no lo devolvía porque lo estaba usando y en sus manos cumplía una función social, cosa que no haría cerrado y mudo en el
estante de la biblioteca que señalaba su signatura.
RAMIRO DUQUE DE AZA
Maestro.
Profesor de Teoría del conocimiento
Bachillerato
Internacional
Liturgia
de lo sagrado
8. Sagrada Biblia
En presencia de la
Tora, por respeto, los judíos varones han de tener cubierta su cabeza.
En la sinagoga se
lee en público la Sagrada Escritura. Ha de hacerse con la entonación y la
dicción que prescribe un ritual complejo. Por su dificultad suele hacerlo un
cantor o jazán profesional, aunque puede hacerlo cualquier
varón mayor de edad, como sabemos por el sábado en el que Jesucristo, en
Nazaret, en pie, lee y luego, devuelto el rollo, comenta sentado un texto del profeta
Isaías.
La sinagoga no es tan sagrada como el Templo de Jerusalén,
pero sí es un espacio sagrado. Se
buscaba un lugar alto para levantarla y la entrada habría de mirar a Jerusalén.
Ante el “cofre sagrado” pende
una lamparilla que arde de continuo en recuerdo de la luz perpetua que brillaba
en el Templo de Jerusalén. Un candelabro de siete brazos evoca el “menorá” , candelabro de siete brazos,
del Templo Santo, el que aparece en el arco de Tito en Roma.
El respeto que se debe a la sinagoga prohíbe
comer o beber en sus espacios más sagrados. Tampoco está permitido correr
dentro de ella. Se ha de caminar con dignidad y respeto.
La Iglesia Católica trata las Sagradas
Escrituras con sumo respeto. Son palabra de Dios. La inciensa. También lo hacen
las Iglesias de la Reforma.
Se pronunciaron en su tiempo, pero nos
siguen hablando hoy a nosotros desde su cielo. Las palabras de la Biblia no
pasan, permanecen. Pasarán el cielo y la tierra, no la palabra de Dios. Yahvé,
soy el que soy: es el que fue, el que es y el que será. Sus palabras se
pronunciaron en un momento histórico de la Humanidad por primera vez cada una.
Pero se pronuncian hoy del todo nuevas y mañana seguirán en un frescor que no
envejece.
El Vaticano II reconoció un uso ininterrumpido
a través de una historia bimilenaria: “La
Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el
Cuerpo de Cristo, pues sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de
tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la palabra
de Dios y del cuerpo de Cristo» (DV 21).
Al Libro sagrado se le prestan sobre el
ambón los mismos signos de veneración que al cuerpo de Cristo en el altar. En
las celebraciones solemnes, se le inciensa y se le acompaña con luces. Con ello
se honra a Cristo, Palabra de vida. La Iglesia confiesa con estos signos que en
la Sagrada Escritura está Cristo, y que desde ella es Él mismo quien «nos habla
desde el cielo» (Heb 12,25). Seguimos pensando en la Iglesia de Dios como San Jerónimo:
«Yo considero el Evangelio como el cuerpo
de Jesús. Cuando él dice «quien come mi carne y bebe mi sangre», ésas son
palabras que pueden entenderse de la eucaristía, pero también, ciertamente, son
las Escrituras verdadero cuerpo y sangre de Cristo» (ML 26,1259).
El sagrado respeto que se
desprende de planteamientos tan graves, nos habría de llevar-entre otras
prácticas, por ejemplo- a no confiar las
lecturas litúrgicas de la Palabra a niños o a personas que leen con dificultad,
tampoco a quienes no visten el “traje de boda” que pide en Evangelio… La
tradición de la Iglesia, hasta hoy, entendió el oficio de lector como «un
auténtico ministerio litúrgico» (SC 29a; Código 230; 231,1). Este punto
necesita hoy seria revisión.
CARLOS URDIALES RECIO
Maestro. Ciencias
religiosas. Univ. Lateranensis

CUALIDADES
FÍSICAS
Capacidades
condicionales: fuerza
Las capacidades condicionales son aquellas cualidades
que influyen en las posibilidades del individuo de desenvolverse con solvencia
en el medio físico; interviene el aparato locomotor de manera predominante. Se
relacionan con la capacidad de ejercer fuerza contra una resistencia, de
mantener un esfuerzo prolongado en el tiempo, de realizar movimientos con
rapidez y de disponer de amplitud de movimientos. Son cuatro: fuerza, velocidad, resistencia y flexibilidad.
1.
Fuerza
De manera genérica, y desde el punto de vista de la mecánica, la fuerza es la capacidad de ejercer tensión para vencer la oposición de una resistencia y la causa de imprimirle aceleración a un cuerpo; esta aceleración es directamente proporcional a la fuerza aplicada e inversamente proporcional a la masa del cuerpo sobre el que actúa. La fuerza muscular de una persona depende esencialmente de la potencia contráctil del tejido muscular. A igualdad de otros factores, la fuerza absoluta de un músculo es proporcional a su circunferencia.

Por
desgracia, en el ámbito de la fisioterapia, no suele estar contemplado un plan
de fortalecimiento para pacientes que acuden con estos problemas; suelen
centrarse más en las aplicaciones locales externas, cuando éstas deberían ser
complementarias. Es así hasta tal punto que el término “fuerza” no suelen
usarlo; y es sustituido por el eufemismo “tonificación”; cuanto ésta es la
consecuencia del trabajo muscular de fortalecimiento.
Clases de fuerzas
Para comprender bien la capacidad de fuerza,
describiremos su clasificación. Existen dos enfoques en la misma; el más
conocido es aquel que establece tres maneras de expresión de la fuerza: fuerza
máxima,
fuerza-velocidad y
fuerza-resistencia
Fuerza máxima. Es
la mayor expresión de fuerza que puede
desarrollar un músculo o grupo muscular, al vencer resistencias que se
encuentran en el límite de su capacidad. Típico de la halterofilia. Pero pueden
existir muchas situaciones en las que un individuo afronte situaciones de
fuerza máxima con ejercicios de autocarga; esto es, soportando o superando su
propio peso. Esta fuerza puede ser tanto dinámica
como estática: ésta última se efectúa
a través de ejercicios isométricos

Fuerza-resistencia.-
Es la capacidad de mantener contracción
muscular de mediana o alta intensidad durante el mayor
tiempo posible; o dicho de otra manera: la resistencia del músculo frente a la fatiga
ante una acción continuada y repetida en el tiempo.
Son ejemplos deportivos: la lucha, el remo o el medio fondo del
atletismo.
Otro enfoque de
clasificación

Fuerza absoluta. Es la máxima fuerza que puede desarrollar un
músculo en relación con su sección transversal. Y por extensión, la máxima
fuerza que pueda ejercer una persona en un movimiento o en el mantenimiento de una posición.
Fuerza relativa. Se considera como el cociente entre la fuerza
absoluta del músculo y su sección transversal. Y por extensión, la relación entre la fuerza
muscular absoluta y el peso del individuo.
Para
desarrollar cada tipo de fuerza existen programas diferentes adaptados al logro
de los objetivos específicos. Y como conclusión diremos que cuando se realiza
un trabajo de fuerza, no sólo se fortalecen los músculos protagonistas de esa
acción sino que también se fortalecen los ligamentos articulares, los tendones
y los huesos donde se inserta éstos, evitando o superando problemas óseos como
la osteoporosis.
Francisco
Sáez Pastor
Universidad de
Vigo