Enero,
2020
ÍNDICE
PRINCIPAL
Pregón:
Prioridad de los valores
Cuadros
sobre el más allá (IV):
La Ascensión. William Blake. E.
Malvido
Páginas
recuperadas (4):
La Guía de las Escuelas. Teódulo
G.R.
Alta
política con estilo. Más
sobre la excelencia.
R.
Duque de Aza
Casi
cuento:
Olivia y Eugenio. Á.
H.
Soneto
desde el sentimiento:
Año nuevo ¿vida nueva? Á.H.
Rincón
de Apuleyo:
Villancico de los Reyes Magos
Afderías,
4 :
El cisne y a paloma. CUR
Educación
física:
El aspecto educativo.
F.
Sáez
Epifanía. Romanzuelo navideño. Á.H.
Epifanía. Romanzuelo navideño. Á.H.
PRIORIDAD
DE LOS VALORES
La
pedagogía al día se equivoca al retirar al maestro a la retaguardia
de la educación para dar prioridad al alumno de quien se pretende
que sea, él casi solito, decisivo y certero en su formación. Qué
duda cabe de que el alumno es el que ha de crecer hacia el cielo de
valores desde él mismo, pero lo hará, como lo hacen las plantas al
sol, de las que no tira ninguna mano para hacerlas crecer. Que el
profesor no tire malamente del alumno, pero que le exponga al pleno
sol de los valores.
El
educando necesita sol a cielo abierto, ni estufas ni
calefacciones, valores a fondo, zambullirse en ellos, no en su mera
noticia o concepto, raya o piel de arañazo en su formación.
Y eso es
posible en toda edad, de acuerdo con la psicología evolutiva: en un
primer momento, la leche materna; en el siguiente, las papillas
debidas y, más adelante, la carne para el diente que ya ha salido.
Todo a su momento, pero en él.
Por
ejemplo. Como venimos diciendo en este blog, no basta con que el
alumno alcance el concepto de persona, cuando estudie
filosofía, ni siquiera que el profesor le entregue ese concepto
nítido y claro, para hacerlo suyo, precisa haber buceado, con el
filósofo a fondo con el que le nacieron, en la realidad viva de la
persona o no pasará de arañar una realidad que debería marcarle de
por vida.


Tercer ejemplo. Aprenderá a redactar, no redactando, sin más, dale que le das, sino calcando con detalle y mimo a los grandes autores. Solo imitándoles, plagiándoles, robándoles a fondo el estilo, se soltará a escribir y encontrará su estilo propio.
Un
método de aprendizaje de la redacción eficaz es el que hace plantilla de escritores como Cela, Miguel Delibes, Ramón Gómez de
la Serna, Giovanni Papini… Plantilla creativa -sol de la didáctica- el mismo que lleva con buen garbo el “Método Redacta” de nuestra Escuela.
William Blake (1757-1827),
The Ascension, 1805-1806,
acuarela y tinta sobre
papel, 31 cms x 43 cms,
inscripción: inferior derecha Acts I c. 9-10
v
Sobre
el tema escatológico de la Ascensión del Señor, andaba revisando
las obras pictóricas que Google ofrece sobre el dogma cristiano de
la subida de Jesús en cuerpo y alma al cielo, cuando quedé
deslumbrado al toparme con la “Ascensión”, de William Blake.
Me
pareció una representación del acontecimiento escatológico de la
exaltación de Jesús a la gloria del Padre enteramente original en
comparación con las obras más celebradas sobre dicho acontecimiento
de pintores como: Giotto, Mantegna, Rembrandt, Benjamin West… (ver
en Google las aludidas Ascensiones del Señor).
Lo
que más me impactó fue la iluminación de toda la lámina, el
trazado fino y delicado de las figuras, el gesto ascensional no solo
de Jesucristo, sino también de los Apóstoles, la claridad polícroma
y la transparencia de la vestimenta de modo que se dibujan los
cuerpos como ingrávidos en consonancia con las túnicas… Y me
encantó la centralidad y el protagonismo de la figura de Jesús de
Nazaret, el que había sido crucificado –las
finas heridas de las manos lo identifican−,
entrando solo en el espacio dorado y rojizo de la gloria celestial.
Yo,
como creyente cristiano, al ver bajar a dos ángeles adonde los
Apóstoles, reproduje mentalmente el pasaje de Lucas en los Hechos de
los Apóstoles:
“Como
ellos estuvieran mirando fijamente al cielo mientras él se iba, se
les presentaron de pronto dos hombres vestidos de blanco que les
dijeron: Galileos, ¿por qué permanecéis mirando al cielo? Este
Jesús, que de entre vosotros ha sido llevado al cielo, volverá así
tal como lo habéis visto marchar” (Hech 1,10-11).
Después,
al contemplar sobre todo la claridad y el impulso vertical del cuerpo
del Señor, recordé las dotes que el Catecismo de Trento (capítulo
XI: “Creo en la resurrección de la carne”) asigna a los cuerpos
resucitados: impasibilidad, claridad, agilidad y sutileza. Está
claro que las tres primeras dotes se reflejan nítidamente en la
pintura de la ascensión de Jesús, de W. Blake.
Más
tarde, apaciguados los primeros momentos de emoción y fascinación,
comencé a mirar la lámina con ojos críticos. Pronto noté que en
ella no aparecían las dos zonas que suelen figurar en las pinturas
clásicas sobre la Ascensión del Señor (véase en Google el cuadro
de Rembrandt): la franja luminosa que corresponde a Jesús entrando
en la gloria y la franja oscura o semioscura donde se quedan los
Apóstoles.
Por
el contrario, en la escena pictórica de William Blake se observa un
solo espacio luminoso, si bien es más esplendoroso el espacio
ocupado por Jesús que el cubierto por los Once Apóstoles. Si nos
fijamos en sus miradas, en las posturas tensionadas de sus cuerpos y
en los talones de sus pies un tanto alzados, así como en el borde
inferior de sus túnicas, se diría que la Ascensión del Señor
afecta de alguna manera también a los Apóstoles.
Vuelvo
a mi espontánea interpretación cristiana ante la pintura del
Artista que encabeza este comentario. Dejando de lado mi sorpresa y
asombro despertados en mí por la lámina de William Blake, la
“rareza” que he hecho notar en ella desde el punto de vista de la
pintura tradicional cristiana me lleva a preguntar si mi
interpretación responde a la del Autor inglés.
Pero
antes de realizar esa confrontación entre la lectura de William
Blake y mi lectura de su representación de la ascensión de Jesús,
habrá que conocer algo de su biografía y obras artísticas. Es lo
que yo tuve que hacer, puesto que, fuera de su nombre y el vago
recuerdo de algunos dibujos suyos, era para mí un desconocido.
William
Blake nació en Londres en noviembre de 1757 y murió, también en
Londres, en agosto de 1827. Poeta, grabador y pintor, que fue
ignorado durante sus casi 70 años de vida por el público británico;
sin embargo, en la actualidad goza de considerable estima y es objeto
de estudio entre intelectuales y artistas.
Su
infancia se desarrolló en medio de una familia de la clase media,
seguidora de una tradición disidente de la Iglesia oficial
anglicana, caracterizada por su rechazo, en nombre de la libertad
individual, a toda norma ética y autoridad institucionalizadas.
La
impronta individualista recibida en su educación familiar se vio
incrementada por la viva imaginación de William Blake que le llevó
a tener visiones fantásticas, las cuales eran más reales para el
pequeño William que las proporcionadas por sus sentidos.
En
relación con esto último, reproduzco una afirmación del propio
visionario inglés, que nos permite asomarnos a su manera misteriosa,
extraña y equívoca de pensar:
“Si
las puertas de la percepción fueran limpiadas, todo aparecería al
hombre tal cual es: infinito.”
No
soy capaz de ofrecer una síntesis de la antropología o de la
filosofía o de la teología de William Blake. Por lo poco que he
leído de él y sobre él, he podido comprobar que los expertos
disienten a la hora de clasificarlo como pensador.
Pero
no vayamos a pensar que William Blake se limitó a analizar y a
examinar su mundo interior de visiones y deseos de realidades
ultrasensoriales, sino que
incorporó
a sus poemas e ilustraciones artísticas hechos históricos de la
magnitud de la revolución industrial inglesa, la independencia de
los Estados Unidos de América (1775-1783) y la revolución francesa
(1789-1799), aplicando a los acontecimientos mencionados sus utopías
y medios particulares para convertirlas en realidades.
A
la hora de confrontar la lectura cristiana que he expuesto a
propósito de la Ascensión del Señor con la probable lectura del
imaginativo W. Blake, me centraré en la nota extraña que he
observado en su cuadro de la Ascensión de Jesús. Para reflejar la
interpretación del poeta, grabador y pintor británico, utilizaré
solamente textos del mismo Artista, tomados de algunos de sus muchos
libros (“El matrimonio del cielo y el infierno”; “Canciones de
inocencia y de experiencia”; “Milton”; “Jerusalén”; …).
Sospecho
que las diferencias advertidas en las representaciones tradicionales
sobre la Ascensión de Jesús en cuerpo y alma a la gloria divina y
la manera atractiva y original de W. Blake de tratar el mencionado
misterio cristiano, se debe a la radical divergencia a la hora de
concebir y valorar a la persona de Jesús por parte de los primeros
cristianos y por parte de nuestro visionario inglés.
Los
cristianos de la Iglesia primitiva fueron testigos de un hecho de
naturaleza escatológica, el triunfo definitivo sobre la muerte,
acaecido en un solo individuo humano: el que había sido sentenciado
a muerte por la autoridad religiosa judía. No había duda para los
testigos del único Resucitado de que Dios había intervenido
saliendo en defensa del excluido de la religión judía por sus
mismos jefes y de que gozaba del beneplácito divino como ningún
otro personaje anterior ni tampoco posterior a él. Comenzaron
llamándolo “Mesías”, que era el calificativo más elogioso
que
tenían ellos y, guiados por el Espíritu Santo, terminaron por
confesarlo Hijo unigénito de Dios Padre. Desde el punto de vista
humano, la única causa explicativa del proceso de fe propiamente
cristiana que recorrieron los primeros discípulos fue su experiencia
de encuentro con el único Resucitado, con el Primer Hombre Nuevo,
identificado como Jesús de Nazaret. La filiación divina de Jesús
de Nazaret es el principal dogma cristiano derivado del
acontecimiento de la resurrección única en cuerpo y alma de
Jesucristo. Nadie puede llamarse cristiano sin confesar la fe
personal en la resurrección de nuestro Señor.
William
Blake no se declara creyente en el hecho escatológico de la
resurrección única de Jesús en ninguno de sus variados escritos.
Quien no cree en la resurrección de Jesús no puede creer tampoco en
su Ascensión en cuerpo y alma a la gloria, puesto que la Ascensión
pone fin al mismo acontecimiento escatológico de la resurrección
del Señor a los ojos de los Apóstoles.
En
lugar de interpretar a la persona de Jesús a la luz del
acontecimiento suprahistórico de su resurrección de entre los
muertos, que supera del todo el alcance cognoscitivo de la razón y
de la imaginación, nuestro creativo Artista interpreta a Jesús como
mero hombre, pero dotado de excepcional capacidad imaginativa.
Reproduzco, en primer lugar, uno de los principios de Blake sobre el
origen humano del “Genio poético” o del “Genio imaginativo”:
“El
Genio Poético es el hombre real, y el cuerpo o forma exterior del
Hombre está derivada del Genio Poético (…). Así como todos los
hombres son semejantes en su apariencia exterior, así –y con la
misma infinita variedad- son semejantes en el Genio Poético”
(“Todas las religiones son una”).
En
segundo lugar, podemos preguntarnos por el papel que Jesús desempeña
en el ejercicio del “Genio poético”. Según los expertos en la
teoría blakeana del conocimiento, Jesús gozaba de una capacidad
visionaria extraordinaria, pero, siendo esta la realidad, no se
diferenciaba de los otros seres humanos imaginativos por tener un
foco de inspiración distinto −divino−,
sino únicamente por tener un foco humano de inspiración con una
graduación mayor.
En
el largo texto con que el poeta y grabador inglés ilustra la
escultura “Laocconte” (“El matrimonio del cielo y el
infierno”), nuestro Autor presenta como cristianos por su
imaginación creadora a estos cuatro diversos artistas (poeta,
pintor, músico y arquitecto), añadiendo que “el
hombre o mujer que no es nada de esto, no es cristiano”.
En
este mismo texto es donde Blake hace esta afirmación: “Jesús y
sus apóstoles y discípulos, todos eran artistas”.
Volviendo
a la extraña similitud luminosa de la figura de Jesús y de las Once
figuras de los Apóstoles que observábamos en la lámina de W. Blake
en comparación con las dos zonas o franjas tradicionales sobre la
Ascensión del Señor, quizás ahora entendamos por qué no solo
contemplábamos a Jesús en estado de privilegiada ascensión, sino
que también advertíamos que en el grupo apostólico se apreciaba
cierta comunión con la conciencia en éxtasis del Maestro.
Lo
dicho nos lleva a afirmar que William Blake interpreta la Ascensión
de Jesús como el estado permanente de la visión ultrasensorial en
que vivió Jesús durante su existencia histórica, mientras que la
fe cristiana, expresada en los cuadros tradicionales sobre la
Ascensión del Señor, confiesa que Jesús ha ingresado gloriosamente
resucitado en cuerpo y alma al cielo del Padre y del Espíritu Santo.
Terminamos
nuestro comentario a la maravillosa Ascensión de Jesús, de William
Blake, poniendo de relieve dos serios reparos a la interpretación
que él da a dicha obra pictórica: 1. Desde el punto de vista del
conocer humano; y 2. Desde la perspectiva de la fe cristiana sobre la
Ascensión del Señor.
1
W. Blake está convencido de que percibimos y deseamos
independientemente de nuestros sentidos. Para él, la fuente
cognoscitiva o epistemológica que nos lleva más allá de la
“realidad virtual” de este mundo es el Genio Poético… Hay que
reconocer que las visiones de las que Blake habla y refleja en sus
poesías, pinturas y grabados demuestran una capacidad imaginativa
nada común. Me temo, sin embargo, que semejante fuente
epistemológica no existe independientemente de los sentidos de
nuestro cuerpo. Los artistas más excelsos, y este es el caso del
propio Blake, no tienen más remedio que recurrir a materiales y a
técnicas percibibles para representar las ideas y emociones más
sublimes, así como también las más irrelevantes. Si con el verbo
“crear” queremos referirnos a hacer surgir “algo” de la
“nada” (“creatio ex nihilo”), los diferentes artistas no
deben ser llamados “creadores” en el sentido indicado del verbo
“crear”, pues las visiones más asombrosas parten de nuestros
sentidos.
2
La interpretación de William Blake sobre la Ascensión refleja la
manera de pensar y de amar del Autor de la admirable pintura “The
Ascension”. Una interpretación, la de William Blake, que expresa
los deseos más profundos de la humanidad y las cotas más altas de
solidaridad y fraternidad que pueden anhelarse en las relaciones
humanas.
Pero
esta honda y bella interpretación sobre las ansias humanas de
felicidad plena no responde al plan de felicidad del Dios de Jesús
que se encierra en la inscripción que se lee en la parte inferior
derecha del cuadro: “Acts I c 9-10 v” (Hech 1,9-10). En este
pasaje de los Hechos de los Apóstoles de Lucas se nos comunica que
Jesús, el que había sido crucificado, fue llevado en cuerpo y en
alma transformados gloriosamente al cielo, donde habita Dios,
representado, como en las teofanías del Antiguo y el Nuevo
Testamento, por una Nube.
Reconozco
la belleza sublime de la presente pintura y de otras muchas del genio
imaginativo de Blake. Pero todo ese despliegue de hermosa fantasía
no cambia la naturaleza humana de Jesús, mientras que la fe de los
primeros cristianos declara que Dios Padre, mediante la resurrección,
ha transformado gloriosamente el cuerpo y el alma del hombre
histórico Jesús de Nazaret. La resurrección, y otro tanto vale
decir de la Ascensión en cuerpo y alma de Jesús al cielo, no es un
simple peldaño más en la “Ascensión” de Jesús por la escalera
del éxtasis, sino que es todo un cambio de escalera, un salto a otro
orden en la manera de ser hombre, el Paso, la Pascua al orden de la
escatología cristiana.
EDUARDO
MALVIDO
Maestro,
catequista y teólogo
Cada vez que encuentro un buen aprendiz, de un oficio cualquiera, se me van solas las manos al apretón. “¡Bravo, muchacho! -me viene gana de decirle-. ¡Bravo, amigo gentil! He aquí que tú te preparas larga, laboriosa, obstinadamente, a una competencia. Cualquier competencia es una manera de distinción, porque te hace, en un orden determinado de funciones, superior y distinto a los demás. Cualquier profesión es una aristocracia. Tú, amigo aprendiz, cuando alcances la maestría en tu oficio, te convertirás con eso en un aristócrata.
Desde
niños habría de trabajarse por la excelencia. El esfuerzo del
aprendiz de hombre por lograrla es ya un servicio a la colectividad,
a la sociedad, a la patria. El dilema ¿trabaja o estudia? no tiene
sentido. En una valiosa política, que por serlo forzosamente será
social, el aprendiz es un trabajador más. Hasta el niño que está
rompiendo a hablar en su lengua materna, aprendiéndola, es con su
esfuerzo y juego un trabajador y merece el aprecio social que se le
debe a quien cumple de mayor con el oficio concreto de excelente
aristócrata al servicio a la sociedad.


Aquella mañana no había clases, y el grupo de amigos había acudido a jugar un partido en las instalaciones del colegio. A la llegada de Carlos y su hermano, todos parecieron ponerse de acuerdo: nada se oponía a interrumpir el partido y acercarse a saludarles, aunque el gesto naciera más de la curiosidad que del afecto hacia su amigo.
Les contó cómo se habían sentido sus padres cuando en la clínica, apenas unas horas después del nacimiento de Eugenio, los doctores les comunicaron el diagnóstico: “síndrome de Down”. Tecnicismos que no era frecuente escuchar y que parecían un eufemismo con que suavizar el anuncio de la desgracia que el destino había deparado al que todos conocerían desde entonces como un niño ‘mongólico’. Calificativo que llevaba aparejados sentimientos encontrados de frustración, repulsa y compasión.
El partido se dio por olvidado, y el resto de la mañana se fue en atenciones hacia Eugenio, en divertidos pasatiempos a los que el pequeño respondía con brincos y palmadas sincronizados con esfuerzo, que todos estimaron de agradecida respuesta. A aquel primer encuentro seguirían después muchos otros, a lo largo de la etapa escolar de Carlos.

Volvía a casa, y allí estaba él, su pequeño, su siempre pequeño Eugenio. El muchacho de la inalterable sonrisa, del abrazo cariñoso, de la inocente respuesta. El hijo por quien había sido capaz de superar cualquier obstáculo, por quien se había esforzado todos aquellos años hasta la extenuación, sin que jamás ello hubiera significado un sacrificio. Todo había valido la pena, todo seguía valiendo la pena por poder seguir compartiendo con él una caricia.
No extrañarán al lector ni el título ni el argumento de este ‘casicuento’. La historia de Olivia y Eugenio ya fueron escritas. Su autor, Herbert Morote, dramaturgo, escritor tardío, como él mismo se califica, pero de exquisita sensibilidad. Confío en que tanto él como quienes accedan a esta versión novelada, sepan disculpar el plagio argumental, realizado con la mejor voluntad. Sólo pretendemos dar a conocer esta historia de ficción, reveladora del amor de una madre coraje, en medio de la general incomprensión de un mundo desaprensivo y egoísta. He de decir, en justicia, que hoy la aceptación social es, gracias a Dios, muy distinta de la que encontró Eugenio el día en que sus ojos vieron la luz por vez primera.
ÁNGEL
HERNÁNDEZ EXPÓSITO

VILLANCICO de los Reyes Magos
Gaspar, sube,
que es más guapo que un querube.
¿Y el negrito Baltasar?
Con nosotros va a saltar.





PÁGINAS
RECUPERADAS (4)
"LA
GUÍA DE LAS ESCUELAS"
Comenzamos
los lasalianos un nuevo tricentenario, casi solapado con el de la
muerte del Fundador. Esta vez celebramos los trescientos años de la
“Guía de las Escuelas” (editada por primera vez en 1720, pero
que ya había circulado con anterioridad, en tiempos de S.J.B. de La
Salle, a base de manuscritos), el libro que ha sido durante siglos
el compendio del espíritu, del ser y del hacer de la pedagogía
lasaliana. Al evocarlo hoy no solo deberíamos recoger -“recuperar”-
algunas páginas, sino la obra entera.
Todos
los lasalianos, directa o indirectamente, hemos bebido de su
pedagogía y hemos conducido nuestras aulas guiados por
su sabiduría pedagógica; todos los lsalianos, desde muy jóvenes,
hemos sentido la Conduite como algo propio, como el pan de
casa, reciente a pesar de sus años y siempre nuevo, a pesar de su
uso continuo. Ha sido “la Regla” de las escuelas, la normativa
común y querida, experimentada y transmitida de nuestro mejor hacer
educador. Fue también el “punto de referencia” y el “instrumento
vivo de evaluación” de toda la acción pedagógica.
En
estas breves líneas tan sólo deseo dar a conocer la noticia, poner
de relieve algún dato y recuperar algunas páginas. Sabemos de sobra
que su contenido no es teórico, doctrinal, sino exposición de
orientaciones prácticas, normas precisas, a veces minuciosas, cosa
que ha incomodado a no pocos teóricos de la educación.
Pero
si el resultado -el instrumento- ha sido eficaz y útil, no lo ha
sido menos el proceso de creación. El H. N. Capelle nos recuerda
que durante más de veinte años “los Hermanos han confrontado sus
prácticas para conservar finalmente aquéllas que eran más eficaces
y, al mismo tiempo, más significativas de su proyecto educativo”.
Por
otro lado, la Conduite es –era- minuciosa y exigente: “Los
Superiores de las casas de
este Instituto y los Inspectores de las Escuelas se esforzarán para
aprenderlas debidamente y poseer perfectamente todo cuanto contienen;
y procederán de manera que los maestros observen exactamente todas
las prácticas en ellas prescritas, hasta las menores...” (Guía...
Prefacio). Pero no sólo era exigente para con los encargados de
dirigir la pedagogía de las Escuelas Cristianas, sino que todos los
Hermanos estaban obligados a beber de su espíritu y de su letra
–vivos ambos- y a tener ante sus ojos el espejo en el que ver
reflejada su acción educadora: “Los Hermanos que trabajen en la
Escuela leerán y releerán a menudo en ella, lo que les conviene
para no ignorar nada, para tomar los medios de no olvidar nada de
ellas, y para practicarlas fielmente” (Guía... Prefacio).
La
“Guía de las Escuelas” no sólo ha sido seguida fielmente,
literalmente, sino que ha estudiada por críticos y expertos de la
pedagogía lasaliana. Ha sido un instrumento que ha permitido ir más
allá de la letra, la norma, del método marcado por el tiempo y su
caducidad: “este texto ha desarrollado en el Instituto una actitud
dialéctica que no ha sido abandonada desde los orígenes: tener un
visión clara, precisa, argumentada, del proyecto de educación
humana y cristiana y, al mismo tiempo, preguntarse sin cesar por las
condiciones reales, prácticas, adaptadas de su desarrollo. He aquí
lo que hace perenne una tradición educativa” (N. Capelle,
“Introducción” a la obra de. L. Lauraire La Guía de las
Escuelas Cristianas. Proyecto de educación humana y cristiana).
En este sentido han sido varios los intentos de reescritura, de
interpretación, de enfoques diversos, de acomodación a las
realidades nuevas del tiempo y de la cultura...
La Guía
de las Escuelas bien merece que este año sea revisitada y
“recuperada”. Podríamos ofrecer más páginas, traer a la
memoria alguna que otra creación pedagógica lasaliana original,
incluso pintoresca y extraña en nuestros días.
Pero
de momento me basta con subrayar algo que ha sido la impronta del
quehacer lasaliano, una característica que ha posibilitado el
nacimiento de la Guía tal como es y tal como fue evolucionando a
través de varios siglos: su gestación comunitaria, su obra coral,
el resultado de una visión plural y diferente: “Esta
Guía se ha redactado en forma de reglamento sólo después de
numerosos intercambios con los Hermanos de este Instituto más
veteranos y mejor capacitados para dar bien la clase; y después de
una experiencia de varios años”(Guia, Prefacio).

Teódulo
GARCÍA REGIDOR
Profesor del Centro Universitario La Salle
MÁS
SOBRE LA
EXCELENCIA
La
excelencia es un subgénero de la aristocracia. Quien alcanza la
maestría de su propia vocación es un aristócrata. Esto es lo que
necesitan los pueblos, gentes que respondan a su propia vocación de
hombres, que es decir, de criaturas humanas al servicio de Dios, de
los demás, de la Historia y de la Naturaleza. Y esto que se lleve a
cabo con el deber y el lujo de la excelencia personal y vocacional,
propio de aristócratas del espíritu.
Si
vale el argumento de autoridad, sería bueno recordar a este respecto
lo que en “Aprendizaje y heroísmo” leímos en nuestra juventud
que nos indicó Eugenio d´Ors:
Cada vez que encuentro un buen aprendiz, de un oficio cualquiera, se me van solas las manos al apretón. “¡Bravo, muchacho! -me viene gana de decirle-. ¡Bravo, amigo gentil! He aquí que tú te preparas larga, laboriosa, obstinadamente, a una competencia. Cualquier competencia es una manera de distinción, porque te hace, en un orden determinado de funciones, superior y distinto a los demás. Cualquier profesión es una aristocracia. Tú, amigo aprendiz, cuando alcances la maestría en tu oficio, te convertirás con eso en un aristócrata.
Nuestra
política, hoy y siempre, toda política que se precie, ha de aspirar
a este tipo de aristocracia en todos los oficios sociales. Todos
habrán de ser excelentes. Y eso, porque el oficio de cada uno
repercute en los demás. La diversidad de funciones y la jerarquía
real que exista entre ellas por su dificultad, por su calidad o por
su repercusión en el conjunto, unas más que otras decisivas para la
vida colectiva, en nada merma el imperativo de la excelencia, de la
más alta a la más humilde, cuyo cumplimiento hace a las diversas
funciones igualmente respetables.

RAMIRO DUQUE DE AZA
Maestro. Profesor de Teoría del Conocimiento
Bachillerato Internacional



OLIVIA
Y EUGENIO
Cuando,
aquella mañana de sábado, Carlos se presentó en el colegio con
Eugenio, su hermano pequeño, todos los amigos se sorprendieron. Se
cruzaban miradas de complicidad en las que cada uno trataba de
adivinar en el gesto de los otros su propia sorpresa mal disimulada.
Carlos llevaba de la mano a aquel niño de andar torpe y movimientos
desacompasados, que miraba con gesto expresivo desde sus ojos
achinados mientras trataba de recoger entre los dientes una lengua
especialmente grande que parecía querer escapársele de la boca. ¡El
hermano de Carlos era “mongólico”!
Todos
sabían que en el barrio había otros niños como Eugenio, pero rara
vez se veían por la calle. Se adivinaban guardados, protegidos en
casa, cuando no recluidos de por vida en instituciones que,
generosamente las menos y por jugoso beneficio las más, se hacían
cargo de aquellos que nacían ‘diferentes’ y a los que la vida no
habría de brindar más esperanza ni futuro que el de esperar –en
general se deseaba que ocurriera más pronto que tarde- una muerte
prematura. Pero el caso de Eugenio era distinto.
No
extrañó a Carlos el gesto sorprendido de sus compañeros, pues la
reacción solía ser habitualmente la misma. Y habituales también,
las explicaciones.
Aquella mañana no había clases, y el grupo de amigos había acudido a jugar un partido en las instalaciones del colegio. A la llegada de Carlos y su hermano, todos parecieron ponerse de acuerdo: nada se oponía a interrumpir el partido y acercarse a saludarles, aunque el gesto naciera más de la curiosidad que del afecto hacia su amigo.
En
realidad ninguno se atrevía a formular la pregunta que corría por
la mente de todos: ¿ese es tu hermano? ¿Y cómo es que lo llevas
por la calle, de la mano, como si tal cosa?
Carlos
conocía bien el caso de su hermano, el problema que había
significado para la familia su llegada y el esfuerzo que había
supuesto sacarle adelante. Se sentía realmente orgulloso de lo que
entre todos habían conseguido, y quiso compartir su satisfacción
con los amigos.
……………………………..
……………………………..
Les contó cómo se habían sentido sus padres cuando en la clínica, apenas unas horas después del nacimiento de Eugenio, los doctores les comunicaron el diagnóstico: “síndrome de Down”. Tecnicismos que no era frecuente escuchar y que parecían un eufemismo con que suavizar el anuncio de la desgracia que el destino había deparado al que todos conocerían desde entonces como un niño ‘mongólico’. Calificativo que llevaba aparejados sentimientos encontrados de frustración, repulsa y compasión.
Él
tenía entonces sólo seis años, pero no había olvidado las
lágrimas mal disimuladas que brillaban en los ojos de la madre
cuando le comunicó la llegada de su hermanito. Tampoco el gesto de
preocupación e indignación contenida de su padre.
Pero
Eugenio, en medio de lo que todos
consideraban una mala jugarreta del destino, había tenido la suerte de nacer en aquella familia. No, ellos jamás renegarían de su pequeño; no estaban dispuestos a marginarlo. Ciertamente era distinto a su hijo mayor y, por lo que decían los médicos, nunca llegaría a caminar con la misma soltura, ni tendría la misma destreza, ni podría recibir escolarización alguna. Habría que pensar en algún preceptor especializado que lo estimulara adecuadamente. Todo ello supondría, sentimientos aparte, un fuerte dispendio económico. Lo que en su caso sí sería posible, pues la posición económica de la familia lo permitía.
consideraban una mala jugarreta del destino, había tenido la suerte de nacer en aquella familia. No, ellos jamás renegarían de su pequeño; no estaban dispuestos a marginarlo. Ciertamente era distinto a su hijo mayor y, por lo que decían los médicos, nunca llegaría a caminar con la misma soltura, ni tendría la misma destreza, ni podría recibir escolarización alguna. Habría que pensar en algún preceptor especializado que lo estimulara adecuadamente. Todo ello supondría, sentimientos aparte, un fuerte dispendio económico. Lo que en su caso sí sería posible, pues la posición económica de la familia lo permitía.
Desde
el nacimiento de Eugenio –cinco años transcurridos ya desde
entonces-, todo había girado en torno a él. Cuidados médicos,
peregrinaje por centros especializados, fisioterapeuta, logopeda…
Siempre en clínicas o en casa, según el tratamiento requiriera, que
centros de Educación Especial no existían por entonces. Y el
resultado estaba allí: un niño sano y risueño, especialmente
sensible, que recibía complacido el gesto amistoso y las carantoñas
de aquellos niños ‘normales’.
El partido se dio por olvidado, y el resto de la mañana se fue en atenciones hacia Eugenio, en divertidos pasatiempos a los que el pequeño respondía con brincos y palmadas sincronizados con esfuerzo, que todos estimaron de agradecida respuesta. A aquel primer encuentro seguirían después muchos otros, a lo largo de la etapa escolar de Carlos.
…………………………………..
El paso
de los años fue salpicando a la familia de luces y de sombras, de
momentos de feliz sintonía frente a otros de oscuros nubarrones que
presagiaban desgracia. Puede que por la tensión acumulada y por la
situación no del todo asumida, puede que por los problemas laborales
sobrevenidos, el padre sufrió una profunda crisis de identidad que
le condujo a la afición desmedida por el juego, primero, y al
consumo de estupefacientes más tarde, hasta caer en una profunda
depresión que acabó en un infarto mortal. Olivia, la madre, pasó
un auténtico calvario: el progresivo deterioro de su esposo y los
consecuentes problemas de relación; la adolescencia de Carlos,
desarrollada sin la orientación de su padre y en medio de un
ambiente familiar enrarecido; y, por si fuera poco, tras el
fallecimiento del esposo, la respuesta de su organismo, maltratado
durante años: trastornos y dolencias, en algunos casos de verdadera
gravedad que, entre otras secuelas, exigieron la extirpación de la
vesícula y el vaciado de la matriz.
Pero
Olivia supo mantenerse firme. Nada fue capaz de hacerle abandonar: ni
la ausencia del esposo, ni el aparente desafecto de su hijo mayor,
distante física y afectivamente, y que cargado de hijos y tras dos
sucesivos divorcios sólo parecía acordarse de ella cuando se veía
acuciado por algún apuro económico.
………………………………..


Ahora,
treinta y cuatro años después del día en que Eugenio naciera,
regresaba a casa, tras una visita al oncólogo. El diagnóstico
había sido claro: cáncer de mama, en muy avanzado estado. La
terapia, exigente, dolorosa y de más que dudoso pronóstico. Por
delante, un previsible calvario de fatiga, náuseas, vómitos,
calvicie, diarreas… El dificultoso ascenso hacia una cima casi
inalcanzable y la más que probable caída, en cualquier momento,
pendiente abajo, haciendo inútiles todo los esfuerzos

Volvía a casa, y allí estaba él, su pequeño, su siempre pequeño Eugenio. El muchacho de la inalterable sonrisa, del abrazo cariñoso, de la inocente respuesta. El hijo por quien había sido capaz de superar cualquier obstáculo, por quien se había esforzado todos aquellos años hasta la extenuación, sin que jamás ello hubiera significado un sacrificio. Todo había valido la pena, todo seguía valiendo la pena por poder seguir compartiendo con él una caricia.
De
camino a casa había tomado una determinación. No estaba dispuesta
a soportar el terrible proceso que el tratamiento oncológico
representaba. Resultaría insufrible la insoslayable dependencia,
mayor a cada momento, hasta verse imposibilitada de hacer nada por
sí misma, hasta tener que ser auxiliada en las más perentorias
necesidades. Eso, ni hablar. Moriría, pero con dignidad.
Había
forma de conseguirlo, y en la propia
clínica le proporcionaron el medio: unas pastillas analgésicas primero, y una fuerte dosis de un compuesto de estricnina después. Una forma de autoeutanasia fácil de administrar y con la que acabar de una vez aquella pesadilla. Y se hizo con dos dosis: no podía dejar solo a Eugenio, abandonado a su suerte y a la más que segura incomprensión. Todo el cariño que había sabido darle no podía verse sustituido por la actitud de quienes, en el mejor de los casos, aceptarían resignados la responsabilidad de custodiarlo, y muy posiblemente lo convertirían en el blanco de sus frustraciones. No, no lo dejaría. Irían juntos a la otra orilla.
clínica le proporcionaron el medio: unas pastillas analgésicas primero, y una fuerte dosis de un compuesto de estricnina después. Una forma de autoeutanasia fácil de administrar y con la que acabar de una vez aquella pesadilla. Y se hizo con dos dosis: no podía dejar solo a Eugenio, abandonado a su suerte y a la más que segura incomprensión. Todo el cariño que había sabido darle no podía verse sustituido por la actitud de quienes, en el mejor de los casos, aceptarían resignados la responsabilidad de custodiarlo, y muy posiblemente lo convertirían en el blanco de sus frustraciones. No, no lo dejaría. Irían juntos a la otra orilla.
-¿Sabes,
Eugenio? Viajaremos juntos a una hermosa playa de arenas blancas y
hermosos cocoteros; a una bonita mansión, con una enorme piscina
–cómo había disfrutado Guillermo en sus clases de natación-, y
con los sabrosos jugos de piña, que tanto te gustan, servidos a
discreción.
-Sí,
mamá, vamos a la playa, haz un esfuerzo.
“Haz
un esfuerzo”. Esas fueron las palabras que la hicieron despertar.
Un esfuerzo, un esfuerzo más. Tantos esfuerzos realizados… Ahora
no podía rendirse. Había que seguir. Coger a Guillermo de la mano y
seguir pendiente arriba, hasta donde fuese posible llegar.
Y
así lo hizo. Lo cogió de la mano, lo acercó y lo estrechó fuerte
contra su corazón. Un corazón cansado, dolorido, amenazado de
muerte, pero capaz de resistir.
……………………………………
No extrañarán al lector ni el título ni el argumento de este ‘casicuento’. La historia de Olivia y Eugenio ya fueron escritas. Su autor, Herbert Morote, dramaturgo, escritor tardío, como él mismo se califica, pero de exquisita sensibilidad. Confío en que tanto él como quienes accedan a esta versión novelada, sepan disculpar el plagio argumental, realizado con la mejor voluntad. Sólo pretendemos dar a conocer esta historia de ficción, reveladora del amor de una madre coraje, en medio de la general incomprensión de un mundo desaprensivo y egoísta. He de decir, en justicia, que hoy la aceptación social es, gracias a Dios, muy distinta de la que encontró Eugenio el día en que sus ojos vieron la luz por vez primera.
Maestro.
Doctor en Ciencias de la Educación
Emérito
UCJC. Ciudadano del mundo

VILLANCICO de los Reyes Magos
Ven,
ven, ven,
Niñito Dios a Belén.
Niñito Dios a Belén.
Viene,
viene
Dios hecho un nene.
Dios hecho un nene.
Melchor,
vamos
y allí mismo le adoramos.
y allí mismo le adoramos.
Gaspar, sube,
que es más guapo que un querube.
¿Y el negrito Baltasar?
Con nosotros va a saltar.
Ya
están listos los camellos.
Aunque jorobados ellos,
hasta llegar al Portal,
nuestros dones llevarán.
Aunque jorobados ellos,
hasta llegar al Portal,
nuestros dones llevarán.
Oro,
incienso y mirra
a sus pies Dios mira.
a sus pies Dios mira.
¿Con
cuál se quedará
y a cuál más querrá?
y a cuál más querrá?
Querrá
todos tres.
¿No ves que Dios es?
¿No ves que Dios es?
Ah,
claro, que Dios
dijo que era Amor.
dijo que era Amor.
Y
Verdad y Vida
por la Virgen concebida.
por la Virgen concebida.
La
Cueva resplandeció,
como el oro el Sol brilló,
al cielo el incienso fuese,
la mirra en tierra quedó.
como el oro el Sol brilló,
al cielo el incienso fuese,
la mirra en tierra quedó.

4 El cisne Y
la paloma
-
¿Qué es un Narciso? Mira cómo nada el cisne, sin pataleos que desdibujen su grácil silueta de alto señor, y lo sabrás.
-
El sol acaricia la nieve de su plumaje. No lo toquéis ya más que así es el cisne.
-
Evoluciona, saca pecho, gira, se aleja, patina en silencio: el agua sigue de cristal terso. Muy femenino él.
-
Avanzan tres cisnes: ¿son cisnes o es la guardia suiza del Vaticano?
-
Si no se te ocurre otro piropo, llama a la muchacha que pasa ¡Paloma!, arrastrando las tres sílabas. Acertarás.
-
A las bandadas de palomas del parque de María Luisa de mi barrio malagueño les encanta que les persigan los niños más pequeños: revolotean de alegría cuando les ven correr hacia ellas.
CUR


69
Los contenidos de la educación física
El
aspecto educativo
Toda
concepción de la formación y de la educación responde a una
determinada imagen del hombre que le marca su camino y dirección.
La
educación física presupone una determinada concepción de su
naturaleza en relación con su propio cuerpo. No es un ser
simplemente biológico ni solamente espiritual, sino ambos a la vez.
La Educación física, como un componente más de formación de la
persona, deberá ser una educación a través del movimiento
corporal; y para sus fines educativos, los medios de que se sirva
podrán ser diversos.
Los
elementos formativos de la Educación física se desarrollarán en
unos planos distintos a los de otras asignaturas. Tiene unos
contenidos muy diferentes a los de otras disciplinas educativas; y
los planteamientos didácticos deberán adaptarse a las
características propias de una actividad en la que el movimiento
corporal y el esfuerzo físico constituyen sus contenidos (Sánchez
Bañuelos, 1986).
En el
desarrollo de la asignatura de Educación física se ponen en
evidencia de manera inmediata la participación, las capacidades y
los resultados de los alumnos. En otras asignaturas estos factores
suelen tardar en manifestarse.
Los
ejercicios corporales, además de proporcionar una adecuada formación
física, deberán estar también al servicio de la conducta de los
jóvenes, pues más importante que el rendimiento físico es el
esfuerzo que su consecución supone: la autodisciplina y la
autosuperación, el entrenamiento y el trabajo duro; más importante
que la capacidad gimnástica es la prestación de ayuda al compañero;
más importante que el buen rendimiento en el juego, es la vivencia
de sus reglas, el atenerse todos a ellas, sin las cuales el juego no
existiría (Ommo Gruppe, 1976).
La salud
y la belleza física no garantizan un buen carácter; éste sólo se
consigue con el autodominio que se cultiva en el entrenamiento, con
la diligencia en cumplir las propias tareas deportivas, con la
actitud de limpieza, conservada incluso, frente al adversario sucio.
En estas premisas se sintetizan las metas decisivas de una Educación
física bien entendida.
Francisco
Sáez Pastor