Marzo,
2018
ÍNDICE
PRINCIPAL
Pregón:
En
Educación, que legislen los expertos.
Relato
bíblico del mes:
Débora.
Zereutes
Escuela
de ayer, de hoy y de mañana: En
mantillas.
CUR
Alta
política con estilo:
Resonancia
para nuestros valores y su canción.
R. Duque de Aza
Centenario
de Cela:
Semblanza
de Don Camilo.
Á.
Hdez.
Afderías:
Juegos
del Internado menor.
CUR
Soneto
del sentimiento: Marzo
ventoso.
Á.H.
Rincón
de Apuleyo: El
solitarios.
Educación
física:
Movimientos reflejos. F.
Sáez

EN EDUCACIÓN,
QUE LEGISLEN LOS EXPERTOS
Habrá que hablar clarito y, para que
no haya excusas y entiendan bien los que están menos dispuestos, como si
hablásemos a niños de los primeros años de su primaria.

Para elaborar determinados ordenamientos
educativos a nivel nacional es de cajón que se les encargue a educadores y
pedagogos, gentes intelectualmente preparadas, cargadas de experiencia.

Lo mismo ocurre en un primer frente
de vanguardia –salud nacional-, el de la educación. Entregada a políticos, que
han de improvisar conocimientos que no tienen y experiencia de la que carecen,
lo que legislen no pasará de chapuza y ha de acabar en desastre.
Las cosas serias han de tratarse con
seriedad.
Con el pan no se juega, nos decían de pequeños.
DÉBORA
Si en un lugar hermoso de la Tierra,
en unos años de felices ocurrencias, levantáramos los hombres un edificio entre templo y museo para honra y
memoria perenne del Antiguo Testamento, sin duda que una de sus naves o
galerías más fascinantes sería la que dedicáramos a las mujeres bíblicas: Eva,
Sara, Rebeca, Raquel…
Veinte años llevaban los israelitas
sometidos a la tiranía del general Sísara, cananeo, que contaba con un
formidable ejército equipado con novecientos carros de hierro para los
combates. Las ciudades y los pueblos temblaban si él aparecía. Era invencible.
Israel, además, estaba dividido y en
penosa corrupción. Cada tribu iba en solitario por su lado y la fe en Israel
estaba debilitada o muerta: “Los
israelitas volvieron a hacer lo que el Señor reprueba”, anotaba el cronista
entre lágrimas.
Les visitó el dolor y el dolor les
volvió a Yahvé, su Dios. Desde el fondo de sus entrañas les salía su oración.
La propia de hijos de Dios dolientes, que recogió el salmista y durante siglos
ha cantado en sus coros monacales la Iglesia de Jesús con estas palabras: “Señor, ven en ayuda nuestra. Date prisa en
socorrernos” (Sal 70,2). Su oración era vehemente, más que oración parecía
un grito: “Los israelitas gritaron al
Señor” (Jue 4,3).
La respuesta del Cielo, ante los
hijos tiranizados fue Débora. Débora era decidida y enérgica. Mandó llamar a un
militar israelita, de nombre Barac ben Abinoán.
-
Por orden del señor, Dios de Israel,
alista gente y reúne en el monte Tabor a diez mil hombres de las tribus de
Neftalí y de Zabulón. Que a Sísara yo lo llevaré junto al torrente Quisón con
sus carros y sus tropas, y te lo entregaré”. (Jue 4,7).
El general Barac temeroso puso
enseguida una condición que habría de cumplirse:
-
Si vienes conmigo, voy; y si no
vienes conmigo, no iré. (Jue 4,8)
-
Yo iré contigo. Dios pondrá a Sísara
en manos de una mujer (Jue 4,9).
Un terremoto, para empezar, asustó al
enemigo. Tras el terremoto, una tormenta de fuerte viento y golpeador granizo.
El agua en torrentera atascaba los carros
de combate cananeos. El mismo Sísara tuvo que saltar de su carro de
hierro y huir a pie. Fue a esconderse a la tienda de una mujer nómada, que le
dio muerte.
-
Dios derrotó aquel día a Sísara y con
él a Yabín, rey cananeo, ante los israelitas (Jue 4,23).
El triunfo de Israel, conducido por
Débora, fue total y trajo la paz a
aquellas tierras por espacio de cuarenta años. Un himno de victoria que
cantaron las mujeres y los soldados de Barac lo recuerda. Está escrito en el
libro de los Jueces, donde aparece nuestra heroína. Es un canto erizado de
espadas, radiante por triunfo tan notable:
¡Mi corazón
por los capitanes de Israel,
por los
voluntarios del pueblo!
¡Bendecid al
Señor!
Desde el
cielo combatieron las estrellas,
desde sus
órbitas combatieron contra Sísara.
El torrente
Quisón los arrolló.
¡Perezcan
así, Señor, tus enemigos!
¡Tus amigos
sean fuertes como el sol que nace!
QerhuteV
Ancien élève de Évode Beaucamp y de Francesco Spadafora
El
comunismo está a la puerta llamando con su enorme fuerza de ángel
caído. Esta vez nos viene de Venezuela. Y sintoniza con el que
agazapado, tintado de populismo y hasta de otras especies saludables
teníamos dentro. No nos vale decir que es burdo y que no tiene nada
que hacer. Está en la mente de gentes ridículas, pero temibles. No
les parará nada. Empujan a perezosos e ignorantes que hablan de
miembras y portavozas, que afirman que el concepto de nación es
discutido y discutible, que han inventado el federalismo asimétrico
–el círculo cuadrado- , que cambian los nombres de las calles
arrollando mucha verdad y heroísmo e intentan vaciar de sentido a la
Navidad llenando su espacio con festejos al solsticio de invierno...
Entre unos y otros, son demasiados. Si seguimos en silencio o a media
voz, vamos de cráneo.

Una
cosa nos cabe hacer, entre otras muchas, pero eficaz: levantar la voz
y darle resonancia a nuestros valores y a su canción. Crear
ánforas de resonancia –la metáfora es gráfica-, como las que
emplearon los monjes del Císter. Otro tipo de resonancia, pero
resonancia, al fin.
A
España, a la Europa cristiana, a la Cultura española, al estilo
hispanoamericano hemos de darle resonancia.

Algo
así habremos de hacer nosotros, y ya.
RAMIRO DUQUE DE AZA
Maestro.
Profesor de Teoría del conocimiento
SEMBLANZA
DE DON CAMILO (I)
La
circunstancia de ser el primogénito y de malograrse los dos hermanos
que le sucedieron, unida a su natural débil y enfermizo, hicieron
que creciera en una atmósfera de exigencia y sobreprotección
difícil de sobrellevar. No es de extrañar, en tales circunstancias,
el desarrollo de un carácter que él mismo consideraba atrabiliario
y fantasioso, despótico y tierno…
propenso
a la tristeza y a la soledad, dos sensaciones que
–dice- me
hacían feliz.
Recibió una educación a la inglesa, muy exigente con las formas.
Fue duro para él tener que inhibir sus emociones y ocultar su
intimidad, en aras de los comportamientos que la condición familiar
requería. Tuvo, pese a todo, una infancia feliz, una
niñez dorada,
y él mismo reconoce haberse sentido tan satisfecho de ella, que
cuando las visitas le preguntaban qué quería ser de mayor, se
echaba a llorar porque no quería ser nada, ni siquiera deseaba ser
mayor.
De
su etapa adolescente hallamos claro testimonio en el capítulo que en
“La rosa”
recoge las
reacciones defensivas del niño, del adolescente y del joven C.J.C.
Él mismo se nos presenta como muchacho de buena apariencia,
atractivo, de rasgos suaves, en los que solo las orejas -de las que
haría caricatura en el niño Raúl, uno de sus conocidos personajes-
parecían no acompañar la correcta proporción. Su actitud frente a
los compañeros, de total normalidad. Con ellos aprendió a jugar a
las bolas en la calle y al fútbol en los solares, y a viajar en el
tope de los tranvías. Esta normal inserción en los grupos
informales no lo fue tanto en la formalidad exigible a la hora de
ser escolarizado. Fui
educado en los jesuitas,
–recuerda-, en
los escolapios y en los maristas, y mi sensibilidad –gracias a
estos señores- se formó en medio de calle.
La inadaptación escolar de su personalidad rebelde no dejó otra
salida que la de ser instruido y orientado por preceptores –bien
elegidos por los padres, a juzgar por los frutos obtenidos-, que le
prepararon para superar airosamente los estudios medios,
presentándolo por libre en el Instituto San Isidro, de Madrid,
aunque él dijera, con su habitual socarronería, que consiguió ir
aprobando el bachillerato a trancas y barrancas y a fuerza de
recomendaciones. Aunque superada la adolescencia, ensayó, más por
dar satisfacción a sus padres que por propio convencimiento, los
estudios de Medicina -más tarde, acabada la guerra, haría lo propio
y por idénticas razones con los de Derecho, su vocación de escritor
resultaba patente.
Como
decíamos, la recaída -en parte provocada por la hemoptisis
contraída en el ejército y por la que hubo de concedérsele una
licencia temporal- le provocó una
importante depresión, que llegó al extremo de suscitarle
pensamientos suicidas. Temió seriamente por su vida, sentimiento y
angustia que no tuvo después reparo en reconocer: El
día de San Silvestre de 1941, martes, me pasé la noche tristísimo
y llorando con una infinita mansedumbre, mayor aún que el mucho
desconsuelo que me anegaba; me daba miedo no llegar a desollar el
rabo al año nuevo.
JUEGOS
DEL INTERNADO
menor
Coincidiendo
con el primer centenario del nacimiento de Camilo José Cela, en
2016, hemos comentado, a lo largo de los catorce últimos números de
AFDA, cada una de las que podemos considerar sus catorce obras
mayores. En los próximos iremos construyendo una breve semblanza del
autor, fijando la atención en diversos aspectos de su personalidad:
condición física, temperamento y carácter, actitudes social, moral
e ideológica… y sobre los rasgos más significativos de su estilo
y de su ingente producción literaria.
1
“Hombre de fachada imponente y corazón delicado”
Escueta
descripción esta, con la que García Marquina, uno de sus más
reconocidos biógrafos de Cela, expresa el contraste entre la
aparente rudeza externa y la especial sensibilidad de don Camilo.
Nacido
en el seno de una familia con reminiscencias victorianas, tomó el
nombre de su madre, una
flor británica con suave aroma italiano trasplantada a orillas de la
ría de Arosa,
en palabras del propio Cela, que la adoraba: No
admitía la posibilidad
–asegura en “La rosa”,
primer libro de memorias- de
que hubiera en todo el mundo una mujer más bella que mi madre.

Su
aparente fortaleza física estuvo minada por la especial debilidad de
sus pulmones, que mediatizaron en parte su desarrollo vital y lo
tuvieron postrado en diferentes ocasiones. La primera estancia
forzosa y prolongada, con tan solo quince años de edad, en el Real
Sanatorio antituberculoso de Guadarrama; la segunda, bastante
después, a sus veinticinco años, en el Nuevo Sanatorio de Hoyo de
Manzanares. Esta segunda recaída fue peor llevada que la
primera, por razones evidentes: tener más clara constancia del
problema y ver interrumpidos ‘sine die’ sus proyectos. Ya para
entonces había acabado la guerra civil, en la que se vio
comprometido y que endureció su carácter. No en vano hubo de pasar
por penosas experiencias, como la de recoger en sus brazos a su
novia, herida de muerte por la metralla, la de combatir en el frente
y ser a su vez herido de cierta gravedad, o -la más grave y que
nunca entendería y menos aún justificaría-, tener que asistir
impotente al enfrentamiento cainita al que no veía sentido, que a
nada bueno había de conducir, y que consideraba una
catástrofe nacional.
Prefiero
–asegura en “El camaleón soltero”
la más injusta de las paces a la más justa de las guerras.
Son muchas las referencias a la Guerra Civil vertidas en sus obras.
Una especialmente: “San Camilo 1936”, la dedica a exponer con la
mayor crudeza sus sentimientos ante tamaña sinrazón.

No
desaprovechó Cela sus convalecencias, pues dedicó largas horas a la
lectura, lo que le permitió alcanzar gran erudición literaria, y
vivió intensas experiencias que posteriormente inspirarían su
segunda novela: “Pabellón de reposo”. Superada felizmente la
enfermedad, volvió a ser un joven de buena presencia y actitud
decidida. Parecía
un gigantón puesto en el centro de la feria,
comenta García Marquina. Con sus 30 años cumplidos, debía de estar
bastante conforme con su propia imagen, a juzgar por la descripción
que de sí mismo hace en “Baraja de intenciones”: Mido
1,80 de estatura, peso 80 kg, calzo el 41 o el 42 si la horma es
estrecha, tengo 12 de presión arterial, mis ojos son castaños, con
bellos reflejos verdes a la hora del atardecer.
Joseph Pla dijo de él en cierta ocasión que tenía perfil de
facineroso, seguramente por la poblada barba negra que usaba a la
sazón. Aunque el propio Cela, en “El hábito y el monje”, de “El
juego de los tres madroños”, quiere darnos una explicación: Yo
no me dejé barba por nada, sino porque supuse, con harta ingenuidad,
que un escritor debía lucir algún provocativo signo externo que lo
pregonase.
Pasados
los años, la ‘curva de la felicidad’ cambiaría, en grado algo
mayor que en la generalidad de los mortales, la imagen de don Camilo.
Y a ello contribuyeron, sin duda, su habitual buen apetito y su
condición de buen gourmet. Tres pasiones terrenales confesaba tener,
cifradas en sus propias iniciales, CJC: comer, joder y caminar.
Cumplidos los 45, ya asentado en Mallorca, no tenía empacho alguno
en reconocer la transformación experimentada y a la que le habían
llevado sus excesos gastronómicos. Un
saludo muy cariñoso
–le dedicaba a su amiga María Zambrano, en carta de noviembre del
61- de
aquel mozo flaquito de entonces, hoy académico barrigón ¡qué
pena!-, pero bienintencionado.
Y justo un año después, el 7 de noviembre de 1962, le reiteraba: Ya
no soy el adolescente pálido y delgadito que iba a la plaza del
Conde de Barajas con sus tímidos poemas bajo el brazo.
Lo
cierto es que su excelente apetito rayaba en ocasiones con la
voracidad, y que su físico se fue deteriorando, hasta el punto de
tener que tomar serias medidas y someterse a curas de adelgazamiento
en clínicas especializadas. Situación que no llevaba nada bien y
que en ocasiones le volvía irritable y le llevaba a abandonar en
parte la buena compostura. Con su proverbial ironía, comentaba a su
amigo César González Ruano, en carta del 17 de noviembre de 1945:
Cuando
adelgazo se me pone cara de bebedor de sifón.
El
apoyo y colaboración de Marina Castaño resultarían decisivos, y
don Camilo logró recuperar en sus últimas décadas la prestancia,
el porte elegante, digno y distinguido que habitualmente le
caracterizaron.
ÁNGEL
HERNÁNDEZ EXPÓSITO
Maestro,
doctor en Ciencias de la Educación
y estudioso de Cela
JUEGOS
DEL INTERNADO
menor
Juegos
dentro del año escolar
-
Ni sospecharlo. Para salir al patio de recreo cruzábamos a diario el túnel del tiempo y, luego, por él volvíamos a clase.
-
El balontiro podía ser tumbador si quien lanzaba el balón era Pablo Andrés o algún zagal de los burgaleses de pro, como los del entorno de Salas de los Infantes.
-
En el marro aprendimos a correr de lado: ¡qué velocidades, Dios!
-
Jugábamos para todo con casco: la boina.
-
Había que jugar o te caía encima la acusación de que juega poco.
-
El juego de la pelota envenenada no perdía el duro azote de su calificativo en aquellos juegos más que de caros amigos, de caros hermanos.
-
Nos acostumbramos a jugar con brazos y manos. De dar al balón con el pie, era “mano”. La razón de peso era que se gastaba el calzado.
-
En contrapartida, lo que nos sobraba eran campos de fútbol. Disfrutábamos de numerosas tierras en barbecho en Serranillos, Griñón, Humanes, Cubas…
Juegos
de vacaciones de verano
En
el verano nos sentíamos poco menos que aristócratas ingleses,
gentlemen. Jugábamos al croquet, billar de campo.
-
En el juego de la rana el anfibio mantenía su boca de metal abierta. Normal. Pero la cerraba cuando tiraba alguien que aún se duele de haber tirado bien y no hacer rana.
-
Los escrupulosos no jugaban al juego de las damas.
-
Al ajedrez nadie le hacía ascos y aunque entonces no éramos monárquicos, defendíamos al rey, que no le dieran jaque mate.
-
El palé era la pasión de los comerciantes en flor, de los capitalistas secretos y de los soñadores de opulencias.
CUR
A. H.
Mientras
nevaba
sobre España
EL SOLITARIO
Andando bajo la nieve
va un pasajero tapado.
La nieve le cubre el rostro.
El hombre de blanco en blanco.
Grandes pensamientos lleva
en la mente concentrados.
¿Qué me pasa? ¿Adónde
voy?,
se pregunta el solitario.
Pero no encuentra respuestas
y camina con desánimo.
Ese pasajero es
en el invierno nevado
cada uno de nosotros
a cuestas con ese fardo
de preguntas que no tienen
solución a corto plazo.
Sigue persiguiendo el hombre
un final imaginario
en el que resultan juntos
vida y muerte coordinados.
¿Qué hacemos aquí los
tristes,
los pusilánimes natos
y los decentes sin mancha?
¿Qué hacemos aquí de paso?
Y la pregunta se pierde
como el hombre solitario
en la inmensidad del tiempo
que le fuera regalado.
Bajo la nieve se quiebra,
bajo la nieve soñando
se va sin que le acompañen
más que los copitos blandos.
¿Eres tú ese caminante?
¿Eres tú ese solitario?
Yo sí lo soy, a Dios gracias,
MOVIMIENTOS REFLEJOS
Los movimientos reflejos son absolutamente involuntarios. Se escapan, por tanto, a cualquier control que pretendamos hacer a través de nuestra propia voluntad. Surgen como respuestas uniformes a unos determinados estímulos Son respuestas predecibles a un estímulo o a una combinación de ellos en las que interviene el sistema nervioso de estímulo-respuesta. Son modelos prefijados de conducta; esto es, para cada estímulo existe una respuesta específica; que será la misma, siempre que se produzca ese determinado estímulo.
Los movimientos reflejos,
observables, son la base esencial del comportamiento motor. El
esquema del mecanismo es sencillo. Pondremos un ejemplo: se produce
el estímulo, que puede ser el hecho de tocar una placa muy caliente
con la mano; esa información viaja por los nervios informativos
–aferentes– hacia el cerebro, pero no llega a éste; como
la situación es de gran peligro para la integración del individuo,
desde la misma médula se elabora una respuesta urgente y se envía
una orden a través de los nervios motores –eferentes– a
los músculos flexores del codo para que la mano sea retirada
inmediatamente. No hay tiempo para procesar respuestas más
elaboradas, que serían más lentas si llegasen hasta el encéfalo.
Y según el nivel medular
donde se realice el tipo de actividad funcional, los reflejos pueden
ser segmentarios o suprasegmentarios. En los reflejos segmentarios
la actividad funcional se realiza en el mismo nivel medular, como
el reflejo de retirada –descrito en el ejemplo– o el
reflejo de estiramiento, como es el patelar, que
al golpear el tendón rotuliano mientras estamos sentados con la
pierna libre, se extiende la rodilla elevando el pie. Los descritos
son reflejos segmentarios, muy sencillos, pero a la vez presentan la
base funcional del movimiento.
En los reflejos
suprasegmentarios la actividad funcional se realiza a distintos
niveles medulares. Son de una elaboración más compleja.

Los reflejos miotáticos
controlan el grado de contracción de los músculos. Y controlan,
entre otras funciones, las contracciones de los músculos
gravitatorios para mantener el equilibrio cuando estamos parados y de
pie. Es muy difícil permanecer en esa posición con los músculos
relajados. Si tomamos conciencia, notaremos que algunos músculos de
piernas y tronco están continuamente contrayéndose para restablecer
el equilibrio semiestable que presenta la citada posición.


Cuando ofrecemos un dedo a un
bebé, resulta curioso cómo nos lo agarra; pareciera que es un gesto
de amistad que tiene hacia nosotros; no nos hagamos ilusiones: es el
reflejo de presión palmar. O cuando intentamos ponerle en
posición de pie pero sus pies adoptan una postura de supinación;
hasta que no desaparezca el reflejo plantar, no estará
preparado para estar de pie y, mucho menos, para caminar.
Éstos y otros reflejos son
aptitudes que el recién nacido trae como herencia de la especie para
su supervivencia.
Francisco
Sáez Pastor
Universidad
de Vigo