Febrero,
2020
ÍNDICE
PRINCIPAL
Pregón:
Ingenieros bíblicos y escuadrones de teólogos
Cuadros
sobre el más allá (V):
Juicio final de Miguel Ángel. E.
Malvido
Páginas
recuperadas (4):
Gusdorf, El papel del maestro.Teódulo
G.R.
Alta
política con estilo. La
política como monacato.
R.
Duque de Aza
Casicuento:
Odiar no nos corresponde. Á.
H.
Estilo
español: En
homenaje a Galdós.
Á. Hdez.
Soneto
desde el sentimiento:
Febrero, mes sereno. Á.H.
Rincón
de Apuleyo:
Rimas
concertadas. Y
poetas:
Pinceladas A.M.S.
Afderías,
5:
La mosca. CUR
Educación
física:
Diversos enfoques.
F.
Sáez
Y
ESCUADRONES DE TEÓLOGOS

En
nuestra Escuela de Magisterio se nos alertó: no bastará con que
logréis hacer de vuestros alumnos sabias personas cultas y sensatos
cristianos practicantes. Sois jóvenes y por ello, ambiciosos (“La
juventud -se nos decía y
repetía- sólo tiene suficiente ambición, cuando tiene
demasiada”). Lo que convendrá al futuro de la España a la que
vais a dar clase es que pongáis la meta de vuestra tarea educadora
en suscitar ingenieros bíblicos, que sepan manejar las
Sagradas Escrituras, y doctos escuadrones de teólogos de los dogmas
que le den rumbo y vigorosa marcha dentro de una sociedad que
alegremente descansa hoy en su fe. Maestros y militantes del Reino de
Dios, se nos decía, no contentaros con menos que con formar
ingenieros de la Biblia y alféreces tridentinos y potstridentinos
del Dogma católico.
Empezaréis a dar clase con alumnos pequeños de seis, siete y ocho años. Tocadles con una visera tal que ya desde esa tierna edad les lance, bajo ella, su mirada a los más ambiciosos horizontes culturales y religiosos.
Empezaréis a dar clase con alumnos pequeños de seis, siete y ocho años. Tocadles con una visera tal que ya desde esa tierna edad les lance, bajo ella, su mirada a los más ambiciosos horizontes culturales y religiosos.

La
cultura, en los colegios, venía a ser un trámite digno, con el que
bastaba cumplir, sin que ni comprometiera ni apasionara. La teníamos
a la espalda -rico tesoro en baúl-, era nuestra, ahí estaba,
bastaba conservarla noble en las bibliotecas y hecha piedra en
viejas catedrales e históricos castillos.
La
inteligencia de la fe religiosa, en general, no dedicaba entonces
como profesorado a los mejores cerebros del país, que hubiera sido
lo suyo. A veces, el encargado de la asignatura en los colegios era
un sacerdote que no había estudiado ni Catequesis ni Pedagogía,
pero que necesitaba unas pesetas para completar sus mermados
ingresos. El obispo proveía.
Hay
que reconocer, en descargo de aquella miopía fatal, que hubo
movimientos y creaciones ambiciosos, como el Instituto Superior de
Ciencias Religiosas y Catequísticas San Pío X, en Salamanca.
Pero
llegado el nihilismo imperante, se vio y comprueba hoy que no fue
suficiente.
Volveremos
sobre el tema. Queda mucho por decir.

¿ES CRISTIANO EL JUEZ DEL “JUICIO FINAL”, DE MIGUEL ÁNGEL?
Más que las pinturas de Miguel Ángel recordaba yo sus obras escultóricas: La Piedad, David, Moisés… Hasta incluso recordaba vagamente que Miguel Ángel decía que el mármol contiene la imagen más bella que el escultor es capaz de imaginar y de amar y que su trabajo consiste precisamente en liberarla de la piedra sobrante.
PÁGINAS RECUPERADAS (5)
1 Uno de los cambios más notables que se están instalando en el mundo de la enseñanza es el de la intensa presencia de los medios tecnológicos e informáticos. Se emplean estos por dos razones fundamentalmente: por su modernidad y por su eficacia. Los tiempos actuales y la presencia omnímoda de la tecnología en el conjunto de la vida se imponen también en la enseñanza con extensión e intensidad crecientes; la eficacia no es algo que se dé por descontado, sino que se considera probado en aquellos lugares y actividades donde se han aplicado. Los nuevos gestores de la enseñanza así lo creen y así lo enfatizan.


La
Educación física ha llegado a tal grado de complejidad que para que
pueda ser entendida se hace necesario establecer diferencias. Éstas
vienen dadas, sobre todo, por la edad de las personas a quienes va
destinada. No será igual el enfoque que se le da al ejercicio físico
de un niño de cinco años que al ejercicio que realice otro de
dieciséis; y la de éste será diferente a la que practique un
adulto de cuarenta años. Las diferencias han de establecerse tanto
por el tipo de ejercicio como por los objetivos a corto y largo
plazo. Mientras que el movimiento para un niño de infantil es una
necesidad vital imprescindible para su desarrollo, a un adolescente
el ejercicio le afianzará su personalidad; para un adulto, el
objetivo del ejercicio se circunscribirá más al campo del ocio y de
la salud.
Si
tenemos en cuenta estas premisas, podremos dividir la Educación
física en cinco etapas bien diferenciadas:
Estas divisiones no tienen un carácter cronológico fijo, sino que pueden fluctuar en relación con el grado de madurez o las circunstancias de cada persona; no obstante, las divisiones establecidas corresponden a cursos escolares por una cuestión de organización del trabajo. El paso de una etapa a otra se produce de manera paulatina y progresiva, sin cambios bruscos. Se puede hablar con mayor propiedad de las características predominantes en cada etapa de desarrollo de la persona desde el punto de vista del ejercicio físico. Conceptos que ampliaremos más adelante.

(V)
¿ES CRISTIANO EL JUEZ DEL “JUICIO FINAL”, DE MIGUEL ÁNGEL?
Miguel
Ángel Buonarroti (Caprese-Florencia 1475 - Roma 1564)
“Juicio
final” (1537-1541)
Técnica
pintura al fresco, 13,70 m x 12,20 m
Más que las pinturas de Miguel Ángel recordaba yo sus obras escultóricas: La Piedad, David, Moisés… Hasta incluso recordaba vagamente que Miguel Ángel decía que el mármol contiene la imagen más bella que el escultor es capaz de imaginar y de amar y que su trabajo consiste precisamente en liberarla de la piedra sobrante.
De
hecho, nuestro genial florentino se sentía escultor en primer lugar.
Probablemente porque las esculturas griegas y romanas eran más
hermosas y atractivas y mucho más duraderas que los legados
pictóricos de la antigüedad clásica. Las pinturas que nos han
llegado de griegos y romanos en jarrones y vasos de cerámica, o en
mosaicos, o sobre tabla son pocas y en condiciones de deterioro
debido a que se trata de materiales perecederos.
Sí,
al joven Miguel Ángel Buonarroti le atraían y fascinaban las
esculturas conocidas de Fidias, Praxíteles, Mirón… y las de
autoría discutible como, por ejemplo, la del grupo “Laocoonte y
sus hijos”.
Desde
sus años juveniles Miguel Ángel estudia las esculturas antiguas en
el Jardín de los Medici.
Lorenzo
de Medici, el Magnífico, lo acoge en su palacio. El genial escultor
toma contacto en la Academia de los Medici con los humanistas de
abierta orientación platónica: Poliziano, Marsilio Ficino, Pico
della Mirandola… Sus primeras obras (ver en Google “la Virgen de
la escalera”, “la lucha entre griegos y centauros”) despiertan
la atención y la admiración de los teóricos del arte y de los
artistas consagrados.
Un
artista del talento de Miguel Ángel captó pronto la importancia del
“concepto”, de claras reminiscencias platónicas, y supo llevar
dicho “concepto” a la realización artística como ninguno de sus
teóricos formadores ni de los escultores contemporáneos. Nadie como
Miguel Ángel para extraer el arquetipo de lo bello, de lo sublime,
que está oculto en el bloque de mármol, imperceptible a los
sentidos.
Y
así fueron saliendo de sus manos creadoras escultura tras escultura,
todas ellas nacidas para perpetuarse entre los mortales seres humanos
(ver en Google: La Piedad del Vaticano, David, Moisés, Cristo de la
Minerva, la tumba de Julián de Medici con Noche y Día, la tumba de
Lorenzo de Medici con Crepúsculo y Aurora…).
Aunque
el Genio de Caprese prefería la escultura a la pintura, el Papa
Julio II logró comprometerlo a pintar la bóveda de la Capilla
Sixtina, obra que empezó en 1508 y la terminó en 1512. A sus 33-37
años, el que consideraba la pintura como un arte secundario para él
y sin apenas haber practicado antes la técnica al fresco, dejó a la
posteridad uno de los monumentos pictóricos más maravillosos que
existen.
Miguel
Ángel Buonarroti, como Platón, infravaloraba la pintura en
comparación con la escultura porque aquella resalta la apariencia a
costa de la interioridad, el color en perjuicio del impulso creador
de la mente, pero la verdad innegable es que la pintura del techo de
la Capilla Sixtina insufla una vitalidad en todos los cuerpos,
vestidos o desnudos, alterando con mil movimientos distintos las
poses estáticas de las esculturas de Miguel Ángel.
No
obstante la visión simultánea de temas del libro del Génesis, de
los siete Profetas del AT, y del mundo pagano de las cinco Sibilas,
el espectador goza de un espectáculo grandioso y amable.
Esta
no es, en cambio, la impresión que produce en el espectador la
pintura al fresco del “Juicio final”. El Maestro florentino llevó
a cabo dicha obra entre los años 1537 y 1541, cuando nuestro artista
tenía 62-66 años, 25 años más que cuando pintó la bóveda de la
Capilla Sixtina. ¿Qué había pasado para plasmar en la pared
frontal de la misma Capilla Sixtina un panorama religioso tan
diferente, e incluso tan opuesto, al pintado en el techo de la
Capilla del Papa Sixto IV? ¿Se trata de un simple cambio de
expresión formal artística o más bien de una actitud religiosa
diferente, que separa el antes del después en la relación de Miguel
Ángel Buonarroti con el Dios cristiano?
La
figura central que hace girar a todos los grupos es la de Jesús,
Juez universal y definitivo de la humanidad. Los grupos que se
extienden en paralelo a su izquierda y a su derecha corresponden a
los salvados. El gesto de condena que dibuja el brazo derecho
levantado está dirigido a los que, a su izquierda, son precipitados
a las tinieblas y al fuego del infierno. La madre de Jesús retira su
mirada de los condenados porque no puede ya haber perdón para ellos.
Debajo
de Cristo Juez, en el centro abajo, están los ángeles del
Apocalipsis anunciando con sus trompetas que el último Día ha
llegado. A la derecha abajo de estos ángeles está teniendo lugar la
resurrección de los muertos. A su izquierda, los conducidos por
Caronte, el barquero de los muertos pecadores, a su destino infernal,
y sobre ellos los condenados por Cristo Juez, mientras que los
resucitados justos, a la izquierda del espectador, son llevados al
cielo.
En
la atmósfera se palpa más la condena de Cristo que su salvación.
Además, los colores fríos (azul, verde y amarillo) congelan la
mirada y encogen el ánimo.
¿A
qué se deberá que predomine el Cristo condenador sobre el salvador?
Para
responder a esta pregunta, los expertos acumulan sus explicaciones.
Unos aseguran que la Iglesia católica había caído en graves abusos
de poder y en la corrupción más abyecta por hacerse con dinero para
la construcción de la basílica de san Pedro mediante la venta de
las indulgencias.
Otros
consideran a Lutero y a sus seguidores como los principales
fustigadores de la Iglesia paganizada de la Roma del Renacimiento.
Tampoco
faltan investigadores, como G. Papini, que atribuyen el tono frío y
desesperanzado del “Juicio final” al eco que dejó en el joven
Miguel Ángel la ardiente predicación del fraile dominico Savonarola
contra la corrupta sociedad florentina, y más en concreto contra el
lujo y la inmoralidad de los Medici.
Pienso
que ninguna de estas explicaciones tan generales aclara que en el
“Juicio final” pintado por Miguel Ángel Buonarroti se muestre a
Cristo más como temible castigador que como salvador de los justos.
Opino que fueron experiencias muy concretas vividas por el artista
toscano las que más nos pueden ayudar a entender la figura airada y
reprobadora del Cristo Juez.
Afortunadamente
contamos con escritos (cartas y “Rimas”) donde el propio Miguel
Ángel deja al descubierto aspectos muy íntimos e inquietantes de su
compleja personalidad.
Comencemos
por transcribir esta confesión tempranera del artista:
“Ya
a los 16 años, mi mente era un campo de batalla: mi amor por la
belleza pagana, el desnudo masculino, en guerra con mi fe religiosa.
Una polaridad de temas y formas, una espiritual y la otra terrenal”.
Ya
hemos dicho que Miguel Ángel no solo hizo suya la cosmovisión
griega de la Academia Platónica de los Medici, sino que supo
plasmarla en sus esculturas. En la pintura de la bóveda de la
Capilla Sixtina continuamos contemplando el amor de Miguel Ángel por
la belleza pagana, en particular por el desnudo masculino. En este
monumento pictórico no se advierte la batalla que dice Miguel Ángel
que se engendra en su mente entre el concepto pagano de belleza y el
de su fe cristiana.
En
la inmensa y repleta escenificación pictórica del “Juicio final”,
en cambio, el espectador recibe otras sensaciones muy diferentes:
primeramente de mareo, de desorientación, y después de inquietud,
de irritación, de repulsa… al ver sobre nosotros el brazo cargado
de ira y castigador de Cristo Juez. Tardamos un poco en serenarnos
pensando que el pintor toscano hace descargar el gesto decidido de
condena de Jesucristo únicamente sobre los pecadores empedernidos.
¿Estamos seguros de que el autor de ese Cristo amenazador no se
sentirá incluido entre los condenados?
La
mente del artista de Caprese había captado y asimilado bien el deseo
del amor divino de las enseñanzas de Marsilio Ficini, el autor de la
“Teología platónica”, y su mano prodigiosa logró expresar en
sus atléticos desnudos humanos la belleza interior. Pero en la vida
personal del genio florentino resultaba muy difícil compatibilizar
el deseo del amor idealizado con la hermosura física real de sus
modelos masculinos.
Son
las “Rimas” del propio Miguel Ángel las que nos revelan la
admiración y la angustia que vivió en su relación con jóvenes de
cuerpos dotados de atrayente belleza externa e interna. El carácter
íntimo y privado de los poemas que el maestro les dedica explica que
no fueran publicados en vida del poeta del amor. En esas rimas, que
han sido conocidas después, aparecen los nombres de Cecchino dei
Bracci, Giovanni da Pistoia y sobre todo el nombre de Tommaso dei
Cavalieri. Este último era un noble romano de 22 o 23 años a quien
conoció el artista toscano a sus 57 años en 1532, cuando andaba en
preparativos para abordar la representación pictórica del “Juicio
final”. Hay composiciones poéticas en las que nuestro original
poeta se ve llevado a aspirar a la bondad divina a través de la
belleza reflejada por el Creador en Cavalieri. Pero nos encontramos
con unos dibujos regalados al amado (ver en Google “El rapto de
Ganímedes”, “La caída de Faetón”, “Los arqueros”) y con
versos que transpiran ardiente pasión sexual del poeta para con “il
mio signore”. Miguel Ángel dice querer unirse al cuerpo de su
amado con estos términos nada platónicos:
“Ojalá
fuese solo mi piel hirsuta/ la que, a su pelo tejida, hiciese tal
saya/ que con ventura estrechase seno tan bello/ y hasta de día
estaría contigo; o las zapatillas/ que le sirven de basa y de
columna/ con lo que al menos le llevaría dos inviernos”.
Pienso
que, cuando el artista florentino habla de que durante muchos años
de su vida ha tenido que sostener una cruenta batalla entre la
concepción pagana de la belleza y la concepción de su fe religiosa,
se está refiriendo precisamente a este campo de su sexualidad.
En
las mismas “Rimas” el inmenso poeta que es también Miguel Ángel
Buonarroti se califica repetidas veces de pecador. En uno de sus
sonetos se lee: “carico d´anni e di peccati pieno”. Y cuando su
vida está llegando en frágil barca al puerto común de la muerte,
escribe seriamente turbado: “Los amorosos pensamientos, alegres y
vanos/ ¿qué harán si a dos muertes me aproximo?/ De una estoy
cierto, la otra me amenaza”.
Volvamos
de nuevo al espectacular “Juicio final”. Después de las
intimidades que nos han revelado los escritos, sobre todo las poesías
de Miguel Ángel Buonarroti, me parece consecuente pensar que el
propio autor del mural se sienta aterrorizado ante el brazo
amenazador de Cristo Juez. Su retrato que aparece dibujado en la piel
de san Bartolomé, que muestra al Juez el cuchillo con el que fue
desollado, transmite crispación, desolación. El brazo del Juez
justiciero cae en línea directa sobre el rostro de Miguel Ángel y
sobre el condenado corpulento que mira horrorizado el fatal destino
que le aguarda.
Llegados
a este punto, debemos evaluar desde la teología cristiana de la
Iglesia primitiva el contenido significativo del “Juicio final”
pintado por Miguel Ángel Buonarroti.
Los
primeros cristianos unían la venida gloriosa de Jesús resucitado
(=parusía) con su misión de Juez. Si el Hijo unigénito del Padre
se hizo hombre fue para salvarnos, para darnos vida y vida en
abundancia. Con mayor razón, la primera generación cristiana
ansiaba esa comparecencia gloriosa de Jesucristo como Juez para
participar con él plenamente del reino definitivo de Dios. El
“maranatha” de la liturgia eucarística primitiva era el grito
esperanzado de los cristianos en que el Juez supremo que iba a venir
culminaría definitivamente la historia de los hombres de acuerdo con
el plan salvífico de Dios.
Con
el paso de los años, debido probablemente al estilo judicial de los
romanos en todos los ámbitos de la vida, los cristianos fueron
olvidándose del contenido esperanzador y gratificante que traía
consigo la venida gloriosa del Señor y fueron dando prioridad a la
función del Juez para dictar sentencias. En el himno latino medieval
“Dies irae, dies illa” (“Día de ira aquel día”), parusía y
juicio aparecen totalmente separados.
Terminamos
haciendo nuestra la evaluación de J. L. Ruiz de la Peña:
“La
más acendrada expresión plástica de esta teología del juicio la
ha acuñado Miguel Ángel en el Cristo juez de la Capilla Sixtina,
que separa con el puño crispado a los buenos de los malos.”
EDUARDO
MALVIDO
Maestro,
catequista y teólogo

PÁGINAS RECUPERADAS (5)
Georges
GUSDORF:
EL
PAPEL DEL MAESTRO
1 Uno de los cambios más notables que se están instalando en el mundo de la enseñanza es el de la intensa presencia de los medios tecnológicos e informáticos. Se emplean estos por dos razones fundamentalmente: por su modernidad y por su eficacia. Los tiempos actuales y la presencia omnímoda de la tecnología en el conjunto de la vida se imponen también en la enseñanza con extensión e intensidad crecientes; la eficacia no es algo que se dé por descontado, sino que se considera probado en aquellos lugares y actividades donde se han aplicado. Los nuevos gestores de la enseñanza así lo creen y así lo enfatizan.
Sin
embargo, no todo el mundo aprueba esta presencia sin reservas. No es
que algunos rechacen la tecnología aplicada a la enseñanza –y a
la educación- sino que denuncian la existencia de un fenómeno que
suele ser frecuente en los cambios sociales y pedagógicos: la
sencilla ley del péndulo. La puesta en práctica de una realidad
tiende a desplazar a otra o a otras que habían sido, hasta su
desplazamiento, positivas, eficaces. Es más: para algunos pedagogos
ciertas realidades educativas eliminadas o desplazadas eran -y siguen
siendo- básicas e imprescindibles en la educación.
Otra
razón a favor de la tecnología suele afirmar que aprender es un
acto más bien mecánico y que cuanta más facilidad se emplee en el
acto de aprender, -eliminando o disminuyendo el esfuerzo en lo
posible- mejor aprendizaje se conseguirá. Se suele obviar, en el
fondo, el factor humano directo y esencial: la acción directa del
profesor y la relación maestro discípulo.
2
Pues bien, las páginas recuperadas de hoy tienen que ver mucho
con lo anterior y pertenecen a uno de los pensadores (filósofo y
pedagogo) que a mí más me han ayudado a repensar la educación:
Georges Gusdorf. Este eminente filósofo de la educación, profesor
durante décadas de la Universidad de Estrasburgo, escribió, entre
otras obras más importantes, un ensayo titulado ¿Para
qué los profesores? (1963).
En este pequeño libro “aborda este importantísimo asunto sin
tapujos, sin miedo y sin concesiones. Sus análisis de las figuras
del maestro, del discípulo, del espacio escolar y su sociología, y
su indagación sobre la naturaleza y función de la pedagogía, (...)
sus lúcidos ataques a la concepción técnica de la pedagogía... no
sólo no han envejecido con su obra, sino que se muestran
sorprendentemente actuales”.
3 Una da las dimensiones la acción educadora del maestro es
la
aceptación de su persona por parte de los alumnos. Este encuentro afectivo y empático tiene mayores efectos incluso que un buen método: “ Los mejores métodos no salvarán a quien no ha sabido reconocer su autoridad, dirá Gusdorf; mientras que los métodos más arcaicos y groseros harán maravillas en el caso de un profesor aceptado y estimado por los discípulos” (Para qué los profesores, 49).
aceptación de su persona por parte de los alumnos. Este encuentro afectivo y empático tiene mayores efectos incluso que un buen método: “ Los mejores métodos no salvarán a quien no ha sabido reconocer su autoridad, dirá Gusdorf; mientras que los métodos más arcaicos y groseros harán maravillas en el caso de un profesor aceptado y estimado por los discípulos” (Para qué los profesores, 49).
Otra
–la más importante, quizás- es
la palabra del maestro: “El
maestro, dice
Gusdorf,
no habla como un libro; el maestro es una presencia concreta,
cualitativamente diferente de las presencias abstractas y ausentes
que puedan procurar las técnicas audiovisuales, tan de moda hoy en
día. El maestro habla, pero la palabra docente no es solo una
palabra ante la clase, es una palabra en, con y para la clase...”
(Id. 51).
La
palabra del maestro debe incitar al
diálogo y a la generación de la personalidad del alumno;
está más allá de los programas y de los tiempos: la función de
éstos “es
posibilitar el encuentro furtivo y azaroso, el diálogo del maestro
y el discípulo, es decir, la confrontación de cada uno consigo
mismo. Los años de escuela pasan y se olvidan la regla de tres, las
fechas de la historia de Francia y la clasificación de las
vértebras. Lo que resta para siempre es la lenta y difícil toma de
conciencia de una personalidad” (
id, 55).
Pero
ha de ser una palabra que no invite a ser una mera repetición
por parte del alumno; más bien ha de provocar una
respuesta propia,
creativa. Eso es lo que desea el auténtico maestro y lo que
constituye la condición de discípulo: “Así
pues, la condición de discípulo conduce a todo, a condición de
salirse de ella. Más allá de todas las lecciones enseñadas y
aprendidas, la mejor enseñanza que un maestro puede dar es la
enseñanza misma del magisterio. Únicamente es preciso un maestro
excepcionalmente clarividente para resignarse a esa enseñanza. La
eterna tentación del maestro es enseñarse él mismo, dando así el
cambio sobre la verdad y sobre sí. El maestro verdadero se reconoce
él mismo como el servidor y el discípulo de la verdad; invita a sus
alumnos a buscar por su parte y según sus propios medios”
(pp. 178-179).
4 Los
párrafos anteriores no quieren ser un menosprecio a la tecnología
y a la informática presente y dominadora en muchas de nuestras
aulas. Tampoco que el maestro haya sido eliminado a favor de los
medios técnicos o informáticos. Tan sólo he querido evocar
algunas frases de quien se supo maestro y de quien nos recuerda hoy
que por encima de cualquier medio técnico el maestro sabe que se
debe a la verdad
y que en su relación con el alumno ésta no debe ser ”reproducida”
o “copiada”, sino buscada –y encontrada- por él. Y para ello
debe ser estimulado y guiado por una persona: la persona del
maestro: “el
discípulo se equivocaría sobre sí, sobre el maestro y sobre la
verdad, si considerase al maestro como la verdad encarnada y el fin
que se espera”
(id, 235). Porque el maestro no es un modelo al que imitar; al
pretender imitar al maestro se aparta de él en realidad, “pues el
maestro... no es modelo,
es original”
(id, 237). ¡Ojalá que en la emergencia de los nuevos métodos de
enseñanza no se pierda ni si difumine la presencia y la acción
radical del maestro!
Teódulo
GARCÍA REGIDOR
Maestro. Profesor del Centro Universitario La Salle
EN HOMENAJE A GALDÓS
Sirvan hoy estas palabras, con las que honraba Manrique la memoria de su padre, de rendido homenaje a don Benito Pérez Galdós, insigne canario, madrileño de adopción, y de reconocimiento a la permanente dedicación a su vocación de escritor. “El que resiste, gana”: expresión celiana, que en toda justicia cabe aplicar a don Benito. No fue la de Galdós una vida fácil. Décimo hijo en una familia de clase media española, aunque no padeció penalidades económicas hubo de esforzarse para salir adelante. No fue su empeño alcanzar la titulación en Derecho que sus padres querían para él; su interés por la literatura le llevó a frecuentar círculos y tertulias, mientras de manera autodidacta bebía en las obras de los clásicos y sobrevivía con pequeñas colaboraciones en periódicos y revistas. Su genialidad y su permanente esfuerzo acabarían alumbrando más de un centenar de obras, entre las que destacan con luz propia sus relatos novelísticos.

RIMAS CONCERTADAS
Llegó antes que nosotros
Puede que se apague el sol,
Es pasado y es futuro
Lo contamos como un cuento
Y a minutos y a segundos,
Y siempre le queda tiempo
Nosotros sí que nos vamos
Los árboles no le alcanzan,
Un poquito cada día
Pero él siguirá tan pancho
Igual le va a dar al tiempo.
Dejémoslo que se quede.

Maestro. Profesor del Centro Universitario La Salle

LA
POLÍTICA COMO MONACATO
El
Espíritu Santo, providente, conduce la Historia de la Humanidad. Los
cristianos lo sabemos. Quienes no lo saben podrán negar este hecho,
pero no cambiar su realidad.
En
cuanto la Historia viene conducida por el mismo Dios, la Historia es
sagrada y ha de marchar bajo su Cielo. Por parte de los hombres, que
pueden decirle a Dios el non serviam del Príncipe de las
Tinieblas, militar en el gobierno de la cosa pública, es decir, en
la elaboración del plan divino de la Historia, equivale a entrar en
una orden religiosa. Su ingreso y profesión tiene la alta nobleza de
la medicina, del magisterio y del monacato.
Cuerpo
y alma lo entregan y rinden a la misión. Todo en el político ha de
supeditarse al hecho de facilitar el mantenimiento de un alto orden
social y moral querido por el Creador. Profesará nuestro político
una concepción de la Historia, del mundo, de la Patria, de las
personas y de la Naturaleza que sintonice con la idea que el mismo
Dios tiene de estas realidades que creó y dirige.
Nuestro
político de altura, en efecto, pensará que la vida humana y la
sociedad han de tener la plenitud de su mediodía al sol de la
sabiduría clásica y bíblica. Su camino será el del sabio griego,
romano, hispánico y bíblico.
Un
clarinazo de verdad y de exigencia ha de presidir toda su acción. Ha
de estar convencido de que aun desde la entraña de sus luces y
sombras y desde la fibra más sensible de sus entusiasmos y
limitaciones está sirviendo a altísimos destinos y que su
dedicación a ellos vale más que su misma existencia. En su mente
profesará el ideal del clásico de que vale la pena dar “la
existencia por la esencia”.
Nuestro
político ideal sabe que trabaja y lucha por misiones temporales que
tienen carga de eternidad y que no despertará a la inmortalidad
hasta cumplirlas, si es lo que debe. Nadie podrá mermar ni su ímpetu
ni su dedicación.
Nuestro
político empieza estando a bien con Dios y sin dejar de mirar al
suelo, tener los ojos puestos en el Cielo al que sirve. En este su
camino sagrado podrán romperlo sus enemigos o sus amigos
bienintencionados, pero estos han de estar convencidos de que no le
doblegarán nunca.


Entré
con Javier al cementerio. Eran muchas las tumbas que aparecían
aseadas, y ramos
frescos y coloridos, depositados
recientemente por deudos y allegados, se dejaban ver sobre ellas.
Como yo, muchos habían optado por adelantar la visita y evitar la
incómoda aglomeración del 1 de noviembre. Tan gratificante resulta
esos días el espectáculo del jardín pletórico en que se convierte
el cementerio, como descorazonador comprobar la soledad y el olvido
en que se ve sumido la mayor parte del año.
RAMIRO DUQUE DE AZA
Maestro. Profesor de Teoría del conocimiento
Bachillerato Internacinal


ODIAR
NO NOS CORRESPONDE
Amaneció
un día soleado aquel 31 de octubre. Como cada año por esas fechas,
me levanté con intención de acudir al camposanto donde reposan mis
padres y mi abuela materna. Mis abuelos paternos descansan en otro
cementerio; Francisco, el padre de mi madre, no sabemos dónde. Fue
una víctima anónima entre los miles de combatientes enfrentados en
una guerra civil que se llevó por delante la vida y las ilusiones de
miles de españoles. Él fue llamado a filas en una de las levas que,
mediado el conflicto, se llevaron a cabo. El azar, solo el azar hizo
que, al figurar en el padrón municipal de Zaragoza, le tocase
vestir el uniforme de las tropas ‘nacionales’ y le llevara a
combatir en las trincheras del frente de Teruel, contra los
defensores de la República. De haber residido en algún otro lugar
no demasiado distante, el uniforme y el objetivo hubieran sido
diferentes. En su caso, como en el de un gran porcentaje de
combatientes, no fueron la ideología personal ni la militancia
política, sino el capricho del azar, quienes determinaron su
destino. Tenía entonces veintiséis años, y hubo de dejar atrás
una esposa joven y un niño de apenas dos años: mi padre. Hoy, tras
ocho décadas de paz y cuatro de democracia consolidada, y cuando
creía superados los odios y rencores nacidos de aquel enfrentamiento
cainita, se me retuerce el alma ante la inconsciencia de quienes
tratan, por espurios intereses, de avivar el rescoldo de una hoguera
que creí apagada. Una bala dirigida o perdida, o la metralla de
algún obús, debieron de segar la vida de mi abuelo; ni su esposa ni
más tarde su hijo o sus nietos, llegamos a saber dónde, cuándo y
cómo cayó ni en qué solar fueron depositados sus restos. Con el
paso de los años, el dolor y la indignación fueron cediendo, y la
aceptación resignada de los suyos se unió a la de tantas familias
de uno y otro bando.
Con
el paso de los años, mi abuela, nacida en Aragón, resultó
madrileña de adopción; y mi generación y la de mis hijos, de
nacimiento. Y es en La Almudena, de Madrid, donde reposan los restos
de la abuela y de mis padres, y hasta donde, hace un par de años y
como cada final de octubre, dirigí mis pasos aquella fría pero
luminosa mañana de otoño. Dejé el automóvil aparcado cerca de la
entrada, y abrazado de una mano al ramo de flores que había
adquirido minutos antes en una floristería próxima a mi domicilio,
y de la otra a Javier, mi segundo hijo, recorrí a pie, entre los
cuarteles del cementerio, los aproximadamente trescientos metros que
median desde la entrada hasta la sepultura familiar. Luis, mi hijo
mayor, quinceañero ya, hacía varios años que eludía la visita;
Isabelita, la pequeña, de solo cinco años, quedó en casa con su
madre. Al día siguiente, cumpliendo la tradición, acudiríamos la
familia al completo al pequeño pueblo de donde es originaria mi
esposa y donde reposan los restos de sus padres. El propósito, hacer
una visita a la familia y llevar unas flores al camposanto.

Tal
y como esperábamos, al llegar a la sepultura de los abuelos
encontramos a Delfina y Adriá, matrimonio cuyos seres queridos
reposan en su panteón familiar, próximo al nuestro. Con ellos, Luis
y Marga, sus dos hijos pequeños, de edades próximas a la Javier.
Como a mi abuelo Francisco, a Albert, abuelo de Adriá, también le
tocó combatir. También en el frente de Teruel, pero en su caso en
el bando republicano. Y como de mi abuelo, tampoco de Albert supieron
nunca sus hijos o sus nietos dónde y cómo acabó, ni en qué lugar
reposan sus restos. De ello habíamos hablado la primera vez que
coincidimos. Y puedo asegurar que ni entonces ni cada vez que
volvíamos a vernos supuso obstáculo alguno a la relación cordial
que surgió y que se mantiene entre nosotros. No fue el odio, ni
siquiera la enemistad, sino el azar e intereses políticos que
seguramente les eran ajenos, quienes colocaron a nuestros abuelos en
trincheras opuestas. Jóvenes españoles, nacidos en una misma
nación, se vieron envueltos y enfrentados sin remedio en una lucha
fratricida que a nosotros nos resulta lejana y que nuestros padres se
esforzaron en hacernos olvidar.
Mientras
Adriá, Delfina y yo mismo cambiábamos impresiones y llevábamos
nuestra memoria al recuerdo de los nuestros, Javier, Marga y Luis
correteaban entre los mármoles y los cipreses. Antes habían
entresacado algunas flores de nuestros ramos y, en un gesto inocente
de solidaridad, las depositaban aquí y allá en un generoso obsequio
a quienes, en su soledad y por el evidente descuido de las lápidas,
parecían más olvidados.
Observando
a los pequeños y a la vista de la armonía que se evidenciaba en
ellos y en los generacionalmente les precedíamos, no pude sino
congratularme por ello y lamentar profundamente la actitud de
quienes, con evidente irresponsabilidad, esgrimen de modo demagógico
y torticero la Ley de Memoria Histórica.
Dejemos
a los muertos descansar en paz. Rescatemos a cuantos podamos de
cunetas y fosas comunes y démosles digna sepultura. Pero no
utilicemos su sacrificio, forzado o voluntario, para reabrir heridas
sobradamente cicatrizadas, provocar dolorosos enfrentamientos y abrir
nuevas brechas en aras de una pretendida rentabilidad política.
En
nombre de aquella sufrida generación de nuestros abuelos, de la
nuestra y la de nuestros hijos, quisiera, a través de este
‘casicuento’ que estoy seguro no es simple fruto de la
imaginación, sino que evidencia la verdadera realidad, clamar desde
el más profundo anhelo de paz y de concordia: perdonemos y, a ser
posible, olvidemos; pero en cualquier caso, tengamos claro que ODIAR,
NO NOS CORRESPONDE.
ÁNGEL HERNÁNDEZ EXPÓSITO
Maestro. Doctor en Ciencias de la Educación. Emérito UCJC
Ciudadano del mundo
EN HOMENAJE A GALDÓS
Aunqu'esta
vida d'honor tampoco no es eternal ni verdadera;
mas,
con todo, es muy mejor que la otra temporal, peresçedera.
Sirvan hoy estas palabras, con las que honraba Manrique la memoria de su padre, de rendido homenaje a don Benito Pérez Galdós, insigne canario, madrileño de adopción, y de reconocimiento a la permanente dedicación a su vocación de escritor. “El que resiste, gana”: expresión celiana, que en toda justicia cabe aplicar a don Benito. No fue la de Galdós una vida fácil. Décimo hijo en una familia de clase media española, aunque no padeció penalidades económicas hubo de esforzarse para salir adelante. No fue su empeño alcanzar la titulación en Derecho que sus padres querían para él; su interés por la literatura le llevó a frecuentar círculos y tertulias, mientras de manera autodidacta bebía en las obras de los clásicos y sobrevivía con pequeñas colaboraciones en periódicos y revistas. Su genialidad y su permanente esfuerzo acabarían alumbrando más de un centenar de obras, entre las que destacan con luz propia sus relatos novelísticos.
La
evocación de Galdós aparece indefectiblemente unida a la de sus
Episodios
Nacionales:
cuarenta y seis obras que recogen parte de nuestra historia más
reciente, desde la Guerra de la Independencia hasta la restauración
borbónica en la persona de Alfonso XII. Los primeros 20 episodios,
obra de juventud, reflejan claramente su espíritu inconformista y
sus ideas liberales, enfrentados al rancio conservadurismo y al
fanatismo religioso de la época. Las otras dos series, abordadas en
plena madurez, muestran, aunque en tono más sosegado, su
radicalización política, afín al socialismo republicano y con
tintes anarquistas. Comulguemos o no con sus ideas, nadie puede
negarle su honestidad, su inconformismo, y el generoso esfuerzo por
vivir de cerca y retratar la
realidad social y política de una
España claramente mejorable. Como a Unamuno, también a Galdós ‘le
dolía España’. En sus obras se evidencia el rechazo a la
intransigencia, la opresión y la injusticia social, y se ponen en
valor la integridad, la compasión, el respeto mutuo, la
autenticidad. Obras como Misericordia,
Nazarín
o El abuelo,
entre otras muchas, dan fe de ello. En contraste, la repulsa a las
actitudes egoístas que mueven a determinados protagonistas en obras
como Doña Perfecta,
La familia de León
Roch o Marianela,
por citar algunos ejemplos. Si bien con los años el estilo de Galdós
fue ganando en pulcritud y belleza formal, no fueron estas sus
virtudes literarias, ni el rigor academicista o la exigencia estética
su principal motivación, sino la espontaneidad, la clara evocación
de hechos y ambientes, desde la aguda observación, la
caracterización psicológica de los personajes y la aportación de
testimonios tomados de documentos históricos y de la tradición
oral. Muestra singular de realismo social, una de sus obras más
reconocidas: Fortunata
y Jacinta.
Fue
Galdós hombre sin pretensiones. Y si bien sus méritos le
proporcionaron recursos económicos, reconocimiento social y logros
como la incorporación a la Real Academia o la nominación al Nobel,
vivió una vida sencilla. Murió de edad avanzada, en Madrid, el 4 de
enero de 1920, endeudado y prácticamente ciego. A pesar de su
manifiesta actitud anticlerical, había en don Benito un hondo
sentimiento de espiritualidad y trascendencia, que parece traslucirse
en estas palabras de Benina, uno de sus más tiernos y humanos
personajes: …yo
digo que Dios, no tan solo ha creado la tierra y el mar, sino que son
obra suya mismamente las tiendas de ultramarinos, el Banco de España,
las casas donde vivimos, los puestos de verdura… Todo es Dios. […]
Bendito sea el Señor, que nos da el bien más grande de nuestros
cuerpos: el hambre santísima.
RIMAS CONCERTADAS
AL
TIEMPO INDESMAYABLE
Antes,
ahora y después
de
instantes está hecho el tiempo,
nosotros
vamos con él.
avejentado
en el cuerpo
mientras
que pasa y nos lleva.
Llegó antes que nosotros
y
no se va a marchar nunca
porque
tiene mucho morro.
Puede que se apague el sol,
puede
que la luna muera,
pero
él jamás, nunca, no.
Es pasado y es futuro
Y
es presente en todo modo
y
es tan claro como oscuro.
Lo contamos como un cuento
de
horas, días, meses y años
que
no se los lleva el viento.
Y a minutos y a segundos,
con
espadas de relojes
Y siempre le queda tiempo
por
detrás y por delante
aunque
se termine el cuento.
Nosotros sí que nos vamos
y
un vacío de tristezas
dejamos
en los que amamos.
Los árboles no le alcanzan,
los
peces no le consumen,
las
aves le dan sus alas.
Un poquito cada día
nos
encoge, nos arruga,
nos
maltrata y nos fatiga.
Pero él siguirá tan pancho
su
camino interminable
tanto
arriba como abajo.
en
el mundo que habitamos
los
que tenemos tan poco.
Igual le va a dar al tiempo.
Conoció
la soledad
antes
de espiarnos muertos.
Dejémoslo que se quede.
Es
su esencia perdurable
Apuleyo Soto Pajares
Maestro, periodista, poeta, juglar
Maestro, periodista, poeta, juglar
PINCELADAS
¡Quién
tuviera la lira
del
místico para cantar a España
que
tanto amor me inspira!
¡Qué
noble fue tu hazaña
en
cultura y, en bélica campaña!
¡Qué
grande fue tu historia!
¡Cuántos
literatos te hicieron culta
y
guarda mi memoria!
Con
Lope, mi alma exulta
y,
con su verso, hizo mi rima adulta.
de
Tirso, la mujer queda cautiva.
Por
Machado, yo brindo
porque
él, en mí, aviva
la
experiencia de Castilla, viva;
y,
con Juan Ramón, hizo
que
a mi tierra y mi burrito amara.
Quien
entuertos “desfizo”
mi
padre festejara
y
de soñar con él no me cansara.
En
Batres, Garcilaso
me
enseñó donde nació Nemoroso
y
Salustio, acaso.
Y
sus versos, ansioso,
recordé,
junto a su fuente, dichoso.
BATRES.
FUENTE DE GARCILASO
PASEO DE LA FUENTE DEL CHORRO
*
Háceles compañía,/a la sombra volando/y entre varios olores/gustando tiernas flores/la solícita abeja susurrando /los árboles,
el viento/al sueño ayudan con su movimiento.
Romántico
Espronceda,
byroniano,
el de Diablo mundo,
filosófico
queda,
como
Rousseau, profundo:
en
sociedad, el hombre, un vagabundo.
El
canto de Teresa,
el
amante de amor más rotundo,
su
alma esclava, presa;
bueno
es el mundo
¡amor
que la vida hace un segundo!
La
canción del pirata,
mi
mundo cuando tuve fantasía,
que
era su historia grata
y,
al leer, soñaría
con
aquello que real tarde sería…
Maestro,
profesor de Filosofía y Psicología

5 la mosca
-
Se frota con ahínco, denodadamente, las patas traseras. Luego, con las patitas delanteras abraza su enorme cabeza y las agita como si se fuera a degollar. ¿Qué hace?
-
Lleva un rato parada. De pronto, se lanza a volar. Dibuja círculos en el aire de la habitación sin ir a ninguna parte. En horas muertas, gira que gira. No está sola. Hoy son pocas, se entrecruzan solo en media docena de círculos y de parábolas por la habitación.
-
La que sigo, se cansó y ahora se ha ido a posar en la cortina. Continúa con la gimnasia de remos. Se frota y retuerce de gusto.
-
Al marcharse ha dejado en la tela un puntito negro. ¿Punto final? ¿Punto y seguido? ¿Volverá a terminar su hazaña en puntos suspensivos?
-
¿Quién sabe si la trompa que ahora aplica al bizcocho no era la misma que hace un rato, sin lavar, aplicaba al arañazo vivo del nieto que hace poco besaba el suelo y hace menos se rascaba la culebrina roja que dice que le pica.
-
Pesadas como moscas. ¡Que llegue San Simón! Que el refrán, además de muy sabio es muy certero: “Para San Simón, una mosca vale un doblón”. No hay moscas por San Simón. Y por San Andrés: “toda mosca muerta es”.
-
Dijo la rana al mosquito: “Canta como yo, bajito”.
-
El profesor pregunta en qué rincón de la literatura hay un convento de dos mil moscas golosas y alegres en adoración. El alumno aplicado y goloso que todo lo sabe: en el panal de rica miel de una fábula de don Félix María.
CUR

70 Los contenidos de la educación física
Diversos
enfoques


1
Educación física de base (EFB), también conocida como
psicomotricidad; abarca desde el tercer año de vida
hasta los 9 años (3º curso de primaria), umbral de inicio de la
pubertad. Sus contenidos se vuelcan hacia el desarrollo de las
capacidades perceptivo-motrices.
2
Profundización de la EFB, introducción a los deportes y a
las capacidades condicionales. Comienza hacia los 10 años y se
mantiene hasta los 12 años (6º curso de primaria).
3
Desarrollo de los deportes y de las capacidades condicionales. De
13 a 15 años (3º curso de secundaria).
4
Incremento de las capacidades condicionales y especialización
deportiva. Se extiende desde los 16 años (4º curso de
secundaria) hasta los 18 años, fin de la etapa escolar.
5
Educación física para adultos. Desde los 18 años se mejoran
o se mantienen las aptitudes físicas como soporte de salud; se
produce la integración deportiva.
Estas divisiones no tienen un carácter cronológico fijo, sino que pueden fluctuar en relación con el grado de madurez o las circunstancias de cada persona; no obstante, las divisiones establecidas corresponden a cursos escolares por una cuestión de organización del trabajo. El paso de una etapa a otra se produce de manera paulatina y progresiva, sin cambios bruscos. Se puede hablar con mayor propiedad de las características predominantes en cada etapa de desarrollo de la persona desde el punto de vista del ejercicio físico. Conceptos que ampliaremos más adelante.
Las
cuatro primeras etapas pertenecen al ámbito escolar de Primaria y
Secundaria. Desde luego, esas etapas tienen sentido si en cada una de
ellas se afronta de manera solvente el trabajo para desarrollar las
capacidades y el potencial de niños y adolescentes. Pero si el
trabajo de Educación física se hace sin criterios de progresión y
sin objetivos de etapa, como desgraciadamente se suele trabajar esta
asignatura, dichas etapas quedan muy difuminadas, con tendencia a
empezar en cada curso.
Universidad
de Vigo