Abril,
2020
ÍNDICE
PRINCIPAL
Pregón:
Newman y servicio
Cuadros
sobre el más allá (VII):
Los bienaventurados con Dios. Goya .E.
Malvido
Páginas
recuperadas (6):
La voz de los otros. Teódulo
G.R.
Alta
política con estilo: Seguir
la estrella del castellano.
R.
Duque de Aza
Casicuento:
Sobrevivir. Á.
H.
Rincón
de Apuleyo: Cuentos
versados.
Liras
sobre el soneto de Lope “Qué tengo yo”.
Antonio Montero
Soneto
desde el sentimiento:
Fragilidad humana. Á.H.
Afderías,
6: Dromedarios y
faisán. CUR
Educación
física: Modelos
básicos de desarrollo
psicomotriz.
F.
Sáez

NEWMAN Y SERVICIO
Una
cita del cardenal Newman en el blog AURAS XXI de marzo nos viene que
ni de perlas para volver certeros sobre nuestro enfoque
de servicio en
nuestra
concepción cristiana de la vida.
El
autor del artículo, Braulio Vivas, recogía un fragmento de la
“Oración para confiar en Dios” del cardenal Newman. Este, que
aquí hacemos nuestro por cuanto es un diamante que manifiesta el
nervio de nuestra concepción de la vida:
“Dios
me ha creado para un servicio preciso; me ha encomendado un trabajo
que no ha encomendado a nadie más. Tengo una misión que cumplir que
quizá no llegue a conocer nunca en esta vida, pero se me rebelará
en la otra...
Soy
un eslabón en una cadena, un vínculo de conexión entre personas.
Haré el bien, ejecutaré la tarea que me ha encomendado, seré un
ángel de paz, un predicador de la verdad en el sitio en el que me
toque sin ni siquiera quererlo, si observo sus mandamientos y le
sirvo en el lugar que me corresponde.
Por
eso, pondré mi confianza en él. Sea yo quien sea, esté dónde
esté, cumpliré mi tarea:
• Si
estoy enfermo, que mi enfermedad le sirva a él.
• Si
estoy perplejo, que mi perplejidad le sirva a él.
• Si
estoy triste, que mi tristeza le sirva a él.
Él
no hace nada en vano. Sabe lo que hace.”

(VII)
RELACIÓN DE LOS
BIENAVENTURADOS CON DIOS
Francisco
de Goya y Lucientes
(1746 Fuendetodos – 1828 Burdeos)
“La adoración del Nombre
de Dios”
Pintura al fresco, 700 cm x 1500 cm (1772)
Me puse a mirar en Google pinturas que mostraran la escatología del cielo, o de la vida eterna, o de la Casa del Padre… La verdad es que aparecían pocas, Una de ellas me llamó la atención, no por su inventiva en la representación de la Trinidad ni por haber detectado en ella pinceladas especiales en la configuración de los personajes, sino por el nombre del autor: ¡Goya!
Hay
expertos en Goya que afirman ver la religiosidad del pintor y
grabador aragonés en el trato respetuoso y amable que otorga a sus
santos y santas pintadas en determinados períodos de su convulsa
vida: en abundancia entre los años 1770 y 1800, y en número escaso,
pero al mismo tiempo con mayor intensidad, desde los años 1812 hasta
casi la fecha de su muerte: 1828. En el primer período cabe destacar
las 7 escenas que se conservan de las 11 que pintó Goya sobre la
vida de la Virgen María (1772-74), en la cartuja de Aula Dei,
cercana a Zaragoza; la cúpula de la ermita de san Antonio de la
Florida (1798), Madrid. Del segundo período, confieso que me
emocioné al encontrarme delante de la
“Última comunión
de san José de Calasanz”
(1819)
y la “Oración
de Jesús en el Huerto”
(1819),
que los padres Escolapios guardan en su residencia de Gaztambide,
Madrid. (Ver
en Google las citadas pinturas)
La
religiosidad de Goya radica precisamente en que sugiere la grávida
presencia de Dios en la humanidad de ese Jesús unido en el dolor con
el Padre a quien ora en el huerto de Getsemaní; en la humildad y en
la bondad con que la Madre de Dios se expresa en los diversos
momentos de su existencia; en el asombro que muestra la gente
sencilla ante la revivificación de un muerto que acaba de obrar Dios
por medio de san Antonio; y en la naturalidad con que profesores y
alumnos se quedan pasmados al contemplar con qué fervor el santo
José de Calasanz recibe al Señor en el instante íntimo de la
Comunión… Para Francisco de Goya no existe dicotomía entre lo
humano natural y digno y la realidad divina, sino una misteriosa
unidad. En esto el genial pintor zaragozano superó la anterior
manera rompedora de hacer presente lo sobrenatural en la vida de los
seres humanos y adelantó la manera moderna más intimista de
representar la trascendencia divina en la inmanencia de los rostros
humanos.
Donde
la figura humana aparece maltratada, menospreciada, ridiculizada,
“desacralizada” por el pincel de Francisco de Goya y Lucientes es
cuando los seres humanos se envician, los poderosos se aprovechan y
abusan de los débiles, se practican costumbres de épocas pasadas de
ignorancia y de desigualdades… En no pocos de los 80 llamados
“Caprichos”,
la nobleza y el clero, y particularmente el clero regular, son los
que están en el punto de mira de la sátira del librepensador Goya.
Los 80 grabados fueron publicados en 1799 (ver
en Google).
En estas estampas no se atacan los contenidos fundamentales de la fe
cristiana: Jesucristo, eucaristía, justicia y caridad, opción
preferencial por los pobres, la Madre de Jesucristo… Otro tanto
podríamos decir del conjunto de sus dibujos conocidos como “Los
disparates” (ver en Google).
Otra
de las grandes series del dibujante-grabador de Fuendetodos es la
denominada “Los
desastres de la guerra”. Esta
serie cuenta con 82 grabados y fueron realizados por Goya entre
1810-1815 (véanse
en Google).
En las láminas de “Los
desastres de la guerra” el
espectador se enfrenta a sentir, por un lado, la desatada maldad de
quienes luchan entre sí con armas y, por otro lado, los terribles
sufrimientos de las víctimas. La pregunta que cabe hacerse respecto
del autor de “Los
desastres…”
sería esta: ¿Nuestro artista realizó esta serie sobre las
ferocidades y los padecimientos que una guerra despierta y causa
entre los combatientes con absoluta indiferencia religiosa, esto es,
sin mentar ni meter a Dios por medio? Así responde Marie Llado:
«Donde Goya
ha sentido a Cristo y su martirio… ha sido en los Fusilamientos
del tres de mayo».
Nos
queda asomarnos a las llamadas
“Pinturas
negras”.
Con
el nombre de “Pinturas negras” se conoce la serie de 14 obras
pintadas en los años 1819-1823, con la técnica del óleo sobre muro
enyesado, en la finca “La Quinta del Sordo” adquirida por Goya en
1819. En esas pinturas Goya vuelca, por una
parte,
sus silenciados temores al envejecimiento y a la muerte personal
(ver en Google, por
ejemplo,
“Dos viejos
comiendo sopa”, “Saturno comiendo a sus hijos”, “El perro
semihundido”…),
y,
por otra parte, su crítica incansable de artista ilustrado contra
las supersticiones y la barbarie de sus compatriotas
(ver
en Google, por ejemplo,
“Duelo a
garrotazos”, “Romería de san Isidro”, “Procesión del Santo
Oficio”…).
En
estas obras Francisco de Goya tampoco dirige su angustia y su furia
contra la religiosidad cristiana. Recordemos que las dos pinturas
religiosas más emocionales de Goya
(“La
última comunión de san José de Calasanz” y
“Oración
de Jesús en el Huerto”)
son del comienzo de las “Pinturas negras” (1819).
Después
de haber mostrado que en la larga trayectoria artística y vital de
Francisco de Goya y Lucientes (murió a los 82 años) se dio una
continuidad, con mayor o menor intensidad, en su fe de cristiano,
vamos a fijarnos a continuación en la primera obra importante que le
consagró como pintor cristiano: “La adoración del Nombre de
Dios”.
Nos
encontramos ante un cuadro novedoso en cuanto al tema. Se trata del
contenido escatológico de la vida celestial. A diferencia de toda la
producción religiosa de Goya, que refleja la vida o la muerte de
santos y de santas, el joven pintor aragonés recibió el encargo de
traer a la bóveda, conocida como
“Coreto”,
de la capilla que está frente a la Santa Capilla del Pilar, nada más
y nada menos que la gloria de Dios y la felicidad de los
bienaventurados en el cielo.
Vamos
a analizar brevemente la plasmación artística de la pintura al
fresco del Coreto y más ampliamente el contenido escatológico de
“La adoración del Nombre de Dios”.
La
primera impresión que me produce la pintura de Goya es de plácida
calma y de armonía general. No es una obra barroca clásica que tira
de tus sentidos exaltándolos. La luminosidad dorada del Triángulo,
símbolo de la Santa Trinidad de las divinas Personas, atrae hacia sí
a los personajes, tanto a los relucientes como a los ocultos en
sombras, dispuestos en abanico en todo el espacio restante. El
Triángulo divino lleva inscrito el Nombre de Dios en hebreo: YHVH.
En
la parte central de la bóveda, de lado a lado, el espectador
contempla una serie de ángeles en cuerpos jóvenes coloreados de
rojo, azul, verde, ocre… que destacan sobre los personajes
agrupados en las sombras. Además, el ángel arrodillado que vemos a
nuestra derecha está moviendo un turífero o incensario, lo que
indica que el ángel inciensa al Dios Trinitario como si participara
en un acto litúrgico. Otros ángeles muestran partituras de música
y algún que otro instrumento musical. El
espectador
llega a la conclusión de que Goya ha querido representar el cielo
como una solemne celebración litúrgica en la que los ángeles
ensalzan con sus voces y su música la gloria de Dios. Dentro de la
brillante ceremonia cultual ofrendada por los ángeles al Dios único,
imagino a los santos y santas del cielo que, como los espectadores de
la obra pictórica de Goya, gozan y se alegran en su silenciosa
sombra de lo que ven hacer a los ángeles.
En
cuanto a la factura de la pintura al fresco, llevada a cabo por Goya
a sus 26 años, es de anotar: su habilidad para situar
equilibradamente a tantos personajes en una escenografía abierta; el
uso atinado de los colores; la naturalidad con que, a la izquierda
del espectador, posan los dos ángeles jóvenes y las volteretas de
los ángeles niños (¿cómo no evocar a las personas mayores y a las
menores que figuran tras la barandilla de la cúpula de la Ermita de
san Antonio de la Florida?); la apropiada combinación de la luz y de
la oscuridad; la mesura en el tratamiento del tema religioso, sin
caer en la expresión excesiva del barroco de la Contrarreforma… No
estamos ante una obra maestra, como, por ejemplo,
“Los
fusilamientos del 3 de mayo”,
o “La
familia de Carlos IV”,
pero
“La
adoración del Nombre de Dios”
apunta
maneras del futuro Francisco de Goya y Lucientes.
Vayamos
ahora a valorar la pintura al fresco del Coreto desde el punto de
vista de la actual escatología.
Desde
luego imaginar la participación de los bienaventurados en la Vida
del Dios Uno y Trino como si fuera en una ceremonia litúrgica
desempeñada por los mismísimos ángeles no resulta un regalo
sorprendente por parte de nuestro Dios. No responde en absoluto a lo
que Pablo escribe refiriéndose a la Gloria que Dios dará a los
salvados: “Lo
que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó,
lo que Dios preparó para los que lo aman”
(1 Cor 2,9).
Goya
no tenía sobre el cielo escatológico ninguna reflexión personal.
Para pensar y pintar “La adoración del Nombre de Dios”, se dejó
guiar por una de las maneras que la devoción popular había
elaborado sobre la vida del cielo. El estado de la teología de su
tiempo dejaba mucho que desear comparándolo con el de la teología
actual. Con los comentarios que seguidamente haremos, solo se
pretende “cristianizar” las relaciones que se darán entre Dios y
los bienaventurados en el cielo.
Comenzamos
diciendo que en el NT se habla del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo, es decir, de las Tres Personas divinas. También la Iglesia
católica de Oriente se refiere a Dios como Trinidad de Personas y
habla corrientemente de Padre, Hijo y Espíritu Santo. En cambio, la
Iglesia católica de Occidente insiste más en el Dios Uno que en las
Tres Personas. El símbolo del Triángulo de la bóveda
del
Coreto resalta sobre todo el Único
Triángulo. De acuerdo con la interpretación monoteísta del
Triángulo, Goya inscribe en el interior del Triángulo el Nombre del
único Dios: YHVH.
Hablando
del cielo de los bienaventurados no se puede hablar de la Santísima
Trinidad como si el Hijo no se hubiera hecho hombre y no hubiese sido
resucitado. Desde la resurrección de Jesucristo hay que llamar así
a las Personas componentes de la Trinidad divina: Padre-Hijo humanado
gloriosamente-Espíritu Santo. Como afirma L. F. Ladaria:
"La
humanidad glorificada del Hijo ha entrado de modo definitivo en la
plenitud de la vida trinitaria. El Hijo no se desprende de ella al
pasar de este mundo al Padre”.
Sin
la mediación del Hijo humanado gloriosamente, nosotros no podríamos
ser resucitados a la vida eterna de Dios, como tampoco podríamos
relacionarnos directamente con Dios en la vida del cielo. Estamos
acostumbrados a contar necesariamente con la mediación salvadora del
Hijo humanado históricamente para acceder al cielo. Pero, una vez en
el cielo, dejamos de contar necesariamente con el Hijo humanado
gloriosamente para la visión y disfrute directos del Padre y del
Espíritu Santo. Oigamos la voz autorizada de K. Rahner:
"En
la eternidad solo se puede contemplar al Padre a través del Hijo; y
se le contempla inmediatamente precisamente de ese modo, pues la
inmediatez de la visión de Dios no niega la eterna mediación de
Cristo hombre”.
Si
miramos una vez más la bóveda del Coreto, al instante apreciaremos
la enorme distancia de los ángeles y muchísimo más la de los
bienaventurados respecto del Triángulo dorado de la Divinidad.
EDUARDO MALVIDO
Maestro, catequista y teólogo
PÁGINAS RECUPERADAS (7)
La historia de la Iglesia muestra con frecuencia la autosuficiencia con la que ha actuado. En muchas ocasiones sólo en ella misma –fiel a su verdad- ha querido encontrar la respuesta a sus preguntas, sin prestar atención a las advertencias o a las soluciones que “los otros”, los no católicos, ofrecían a su visión de las cosas o a sus problemas. Un caso peculiar es el que se refiere a los instrumentos -los manuales o catecismos- que la Iglesia ha utilizado generosa y largamente para la enseñanza (o educación) de la fe de sus fieles.
Ofrecemos hoy unos textos de Luis de Zulueta, eminente catedrático institucionista, a quien las autoridades académicas estatales le encomendaron en los años veinte del siglo pasado la crítica y la valoración de algunos de los instrumentos pedagógicos utilizados en los centros escolares españoles. Entre ellos, los catecismos de Ripalda y de Astete. Pues bien, pese a dar en la diana con su crítica, que creo es objetiva y rigurosa, su valoración no fue escuchada por la Iglesia, ni por sus pastores ni por sus pedagogos. Sus criterios de valoración estaban muy lejos de los del catedrático Zulueta. En su obra El ideal de la educación. Ensayos pedagógicos, (Luis de Zulueta, El ideal en la educación. Ensayos pedagógicos, Ediciones de la Lectura, Madrid, 1922) este pedagogo, conocedor de los manuales y de los alumnos que los utilizaban, nos ofrece siguiente valoración:
Esa era su valoración pedagógica. No sabemos si la misma llegó a oídos de las autoridades eclesiásticas o tan solo se quedó en un ejercicio más bien burocrático encomendado por el Inspector de turno y destinado a las autoridades académicas. Sea de ello lo que fuere, dos cosas interesa subrayar: la primera, si la propia iglesia conoció estas críticas y valoraciones. Y yo creo que sí. La segunda, cuál y cómo fue la reacción-respuesta de los medios eclesiásticos al acertado análisis de L. de Zulueta. Y ante esta segunda realidad es necesario reconocer el “desconocimiento” o el olvido por parte de la iglesia oficial de esta acertada palabra “de los otros”, centrada como ha estado casi siempre la Iglesia en su propia palabra, en la palabra “de los suyos”. La Iglesia siguió durante varias décadas más educando la fe de sus jóvenes fieles con los catecismos Astete y Ripalda, que –sin negar otros valores de los que eran portadores- perpetuaron la enseñanza religiosa en un aprendizaje caracterizado por el memorismo, el formulismo y el lenguaje teológico, inadaptado e ininteligible en muchos casos. La enseñanza de este catecismo no se distinguía precisamente por “contener los gérmenes de... la labor educadora”, que señalaba el catedrático Zulueta.
Cuando los Magos perdieron la estrella, al entrar en Jerusalén, no se volvieron a su patria: “Hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorar al rey de los judíos”. Vencieron la dificultad. Continuaron. Su estrella les volvió a guiar. Lograron dar con el Hijo de Dios.
Este
castellano, que empieza siendo hablado, se hace pronto culto y
literario. Alfonso X, el Sabio, es decisivo. En el siglo XII se
hablaba ya por doquier. En el XV los brotes de las literaturas
particulares prácticamente cesan y triunfa el castellano. Algo
semejante está ocurriendo en toda Europa: el poder político y el
lingüístico van de la mano. Aquí, con fuerza. Quien pretende
escribir trasciende los límites de su región y lo hace entre
nosotros en castellano.
Maestro, catequista y teólogo

PÁGINAS RECUPERADAS (7)
LA
VOZ DE LOS OTROS
La historia de la Iglesia muestra con frecuencia la autosuficiencia con la que ha actuado. En muchas ocasiones sólo en ella misma –fiel a su verdad- ha querido encontrar la respuesta a sus preguntas, sin prestar atención a las advertencias o a las soluciones que “los otros”, los no católicos, ofrecían a su visión de las cosas o a sus problemas. Un caso peculiar es el que se refiere a los instrumentos -los manuales o catecismos- que la Iglesia ha utilizado generosa y largamente para la enseñanza (o educación) de la fe de sus fieles.
Ofrecemos hoy unos textos de Luis de Zulueta, eminente catedrático institucionista, a quien las autoridades académicas estatales le encomendaron en los años veinte del siglo pasado la crítica y la valoración de algunos de los instrumentos pedagógicos utilizados en los centros escolares españoles. Entre ellos, los catecismos de Ripalda y de Astete. Pues bien, pese a dar en la diana con su crítica, que creo es objetiva y rigurosa, su valoración no fue escuchada por la Iglesia, ni por sus pastores ni por sus pedagogos. Sus criterios de valoración estaban muy lejos de los del catedrático Zulueta. En su obra El ideal de la educación. Ensayos pedagógicos, (Luis de Zulueta, El ideal en la educación. Ensayos pedagógicos, Ediciones de la Lectura, Madrid, 1922) este pedagogo, conocedor de los manuales y de los alumnos que los utilizaban, nos ofrece siguiente valoración:
"2ª
Ganaría la claridad y la viveza en la
exposición por las reformas siguientes: a) Sustitución o
explicación de términos y conceptos metafísicos o excesivamente
técnicos o abstractos por otros más intuitivos y por ende
adecuados a la mentalidad infantil ... “; b) Simplificación y
distribución de toda la materia en torno a los tres capítulos
fundamentales: normas de creencia, normas de acción y medios de
educación religiosa y moral; C) Ordenación rigurosa de toda la
materia dentro de cada uno de dichos capítulos...
3ª
El interés pedagógico, a más de ser
facilitado por una mayor claridad y viveza en la exposición podría
ser estimulado mediante la introducción de un elemento histórico en
el mismo contenido doctrinal....
4ª
Supuesto que se conserve su forma tradicional de preguntas y
respuestas, confiando aquellas al maestro y estas al
discípulo, se hace indispensable que el contenido doctrinal no quede
repartido entre ambos, como sucede a menudo en los citados
Catecismos, sino que, cualquiera que sea la forma en que pregunte el
maestro, se halle íntegro dicho fondo doctrinal en la respuesta del
alumno.
5ª
En cuanto a ese mismo fondo doctrinal, y sin entrar por
esto a formular apreciación alguna sobre su valor intrínseco, la
ponencia echa de menos, en estos manuales redactados hace varios
siglos, la oportuna relación de su contenido dogmático y moral
con las necesidades y preocupaciones espirituales más vivamente
sentidas en los tiempos presentes.
6ª.
Finalmente, entiende esta ponencia que sin perjuicio de adjudicar a
la persona y a la palabra del maestro la parte principal de la
educación religiosa del niño, el manual que le sirve de texto
debiera ya contener los gérmenes de esta labor educadora
y no limitarse a ser un simple formulario de instrucción y
exposición doctrinal” (pp. 61-63).
Esa era su valoración pedagógica. No sabemos si la misma llegó a oídos de las autoridades eclesiásticas o tan solo se quedó en un ejercicio más bien burocrático encomendado por el Inspector de turno y destinado a las autoridades académicas. Sea de ello lo que fuere, dos cosas interesa subrayar: la primera, si la propia iglesia conoció estas críticas y valoraciones. Y yo creo que sí. La segunda, cuál y cómo fue la reacción-respuesta de los medios eclesiásticos al acertado análisis de L. de Zulueta. Y ante esta segunda realidad es necesario reconocer el “desconocimiento” o el olvido por parte de la iglesia oficial de esta acertada palabra “de los otros”, centrada como ha estado casi siempre la Iglesia en su propia palabra, en la palabra “de los suyos”. La Iglesia siguió durante varias décadas más educando la fe de sus jóvenes fieles con los catecismos Astete y Ripalda, que –sin negar otros valores de los que eran portadores- perpetuaron la enseñanza religiosa en un aprendizaje caracterizado por el memorismo, el formulismo y el lenguaje teológico, inadaptado e ininteligible en muchos casos. La enseñanza de este catecismo no se distinguía precisamente por “contener los gérmenes de... la labor educadora”, que señalaba el catedrático Zulueta.
Con esto
no deseo ensalzar la palabra de un pensador desvinculado de la
Iglesia frente a la postura y la doctrina de ésta; tan solo he
querido poner un ejemplo de la clarividencia no eclesiástica ante
asuntos y/o problemas eclesiásticos y la tardanza con la que la
Iglesia evolucionó. (Y esto puede seguir siendo una característica
eclesiástica también en nuestros días). Tuvo que ser el impulso de
los años sesenta –antes y después el concilio Vaticano II- cuando
se produjo una transformación pedagógica y catequística en la que
no pocas de nuestras congregaciones religiosas, junto con las
diócesis españolas, se vieron felizmente involucradas.
Teódulo GARCÍA REGIDOR

Cuando los Magos perdieron la estrella, al entrar en Jerusalén, no se volvieron a su patria: “Hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorar al rey de los judíos”. Vencieron la dificultad. Continuaron. Su estrella les volvió a guiar. Lograron dar con el Hijo de Dios.
En la
noche que atraviesa España hay que volver los ojos a las estrellas
que han llevado a nuestra Patria por su mejor camino, vencer el
desaliento con su luz y contar con ellas, seguirlas.
Una de
ellas es nuestra lengua, el español o
castellano. Abramos los ojos, recordemos su grandeza. Volvamos a lo que aprendimos como estudiantes de bachillerato y de magisterio.
castellano. Abramos los ojos, recordemos su grandeza. Volvamos a lo que aprendimos como estudiantes de bachillerato y de magisterio.
El
castellano fue un mínimo dialecto del leonés, al pie de los Montes
de Oca, que se convirtió en la lengua común de España. Un pequeño
condado se convirtió en el Reino de España. Todos entonces añoraban
la Hispania creada por Roma, lograda por los godos (reges
Hispaniae, se decían sus reyes), rota por la invasión
musulmana, amenazada por la Reconquista que fue creando entidades
políticas diversas.
En la
mente de los españoles persiste, no obstante, desde entonces la idea
de España. Berceo llama a Santo Domingo “lumen de las Españas”,
Jaime I de Aragón pretende “salvar España”, castellanos,
navarros, vascos y catalanes luchan con Alfonso VIII en las Navas de
Tolosa. Castilla no hizo otra cosa que liderar un sentimiento común
de unidad.
En el
Medievo los dialectos romances eran varios. Entre ellos el castellano
empezó a destacar por su originalidad (aspiraba la “f“ latina,
diptongaba la “e” y la “o” breves y tónicas: facer,
hierro, puente...). Tenía un ímpetu innovador. Por eso se
impuso. Hechos políticos y excelentes obras literarias lo
favorecieron, como ocurrió en Francia y en Italia, donde dialectos
mínimos dieron en lenguas nacionales.
Se nos
abre a finales del XV la puerta de un espléndido Renacimiento y de
dos Siglos de Oro. Parte de España se traslada a América y con ella
el español en triunfo.
Con el
Romanticismo del siglo XIX, que es una vuelta a lo particular y
regional, reverdecen las lenguas peninsulares. El castellano sigue
siendo más que castellano, español, el que hoy hablan más de 500
millones de hombres.
RAMIRO
DUQUE DE AZA
Maestro. Profesor de Teoría del conocimiento
Bachillerato Internacional
SOBREVIVIR
Maestro. Profesor de Teoría del conocimiento
Bachillerato Internacional
SOBREVIVIR
"No
vienen, no vienen…” Se repetía angustiado Daniel una y otra vez,
mientras sus ojos
oteaban ansiosos el Mediterráneo.
De pie sobre la playa de La Caleta, en las proximidades de Tarifa,
esperaba impaciente la llegada de una lancha que no acababa de
aparecer. A su lado, sentados en la arena, agotados y algo ateridos
por la brisa que llegaba hasta la costa, su esposa Elena y el pequeño
Javier, de solo cuatro años. Hacía un par de horas que el sol se
había acostado por el oeste, tras la ciudad. La oscuridad, necesaria
para su propósito, acrecentaba los temores de Daniel. Eran muchas
las penalidades sufridas en los últimos días hasta llegar al punto
en que se encontraban, y ni él ni su esposa estaban dispuestos a
retroceder un solo palmo.
Era ya
medianoche cuando el ronquido del fuera borda se dejó oír,
paulatinamente más suave según se aproximaba al pequeño acantilado
de la costa, en el extremo de la playa. Daniel supo que había
llegado el momento. Tomó de la mano a Elena y subió en brazos a
Javier. Bordeando la orilla, siguieron el rastro que fijaban las
olas, hasta llegar a la embarcación, que aguardaba sin fondear a
escasos metros de las rocas. Alzaron sobre la borda su ligero
equipaje: una maleta y dos hatillos de ropa, y se encaramaron a la
popa. Un breve saludo gestual de los dos tripulantes, y la lancha
partió de inmediato.
Daniel había temido, no sin razón, que la embarcación no hubiera llegado
a aparecer. Los vientos en aquella zona son muy cambiantes en fuerza
y dirección, y las previsiones meteorológicas no eran en absoluto
favorables. Setenta escasos kilómetros les separaban de
Alcazarseguir: dos horas de navegación con tiempo favorable. Pero
abandonado ya el abrigo de la costa, el mar se fue encrespando y un
fuerte viento racheado les azotaba con creciente intensidad. La
lancha apenas conseguía progresar en su avance, y el vaivén que en
un principio mecía apaciblemente la embarcación la zarandeaba ahora
con inusitada violencia. Los marineros se afanaban por mantener el
rumbo y sortear el empuje creciente de las olas. Elena, visiblemente
angustiada, apretaba con fuerza a Javier en su regazo. Daniel fijó
los ojos en su esposa, tratando de aparentar serenidad e infundirle
el ánimo que él mismo no tenía. La confianza en un desenlace feliz
lo había abandonado. Ahora temía por su vida y la de su familia. A
su mente acudió la secuencia, tantas veces imaginada, de aquellos
africanos que, apiñados en pateras, trataban a diario de cruzar el
estrecho en busca de un lugar donde sobrevivir. Imágenes que en un
principio le sobrecogían, pero que con el tiempo a él, como a
tantos otros, habían dejado de sorprender. El suceso volvía a
repetirse, pero esta vez el rumbo era distinto y los protagonistas
también. Ahora se trataba de una familia española buscando
salvación en territorio africano y a punto de ser devorada por el
Mediterráneo. Un bocado más para un mar acostumbrado a engullir
cadáveres ignorados.
Y
despertó. Incorporado sobre la cama y empapado en sudor, observó,
sobrecogido
aún por la angustia, el rostro
de Elena, que lo miraba sorprendida por el grito desgarrador de su
marido. Daniel, sin decir palabra, se levantó de la cama y dirigió
sus pasos hasta la alcoba donde su pequeño Javier, ajeno a la
desazón de su padre, dormía apaciblemente.
Todo
había comenzado meses atrás, cuando una imparable pandemia se había
extendido por todo el mundo. Cuantos esfuerzos se habían realizado
por frenar su efecto letal habían resultado infructuosos. Las
medidas de aislamiento, el estado de alarma primero, de emergencia
más tarde y finalmente de excepción decretados por los distintos
gobiernos no habían servido para frenar el avance de la epidemia que
se extendía a pasos agigantados como una mancha de aceite. Solo
parecían gozar de relativa inmunidad determinadas zonas tropicales
próximas al Ecuador. La razón, el virus adolecía de una debilidad:
no conseguía sobrevivir por encima de los 35 o 40 grados. Abandonar
todo: casa, familia, amigos… renunciar a una vida confortable y
aventurarse a un futuro incierto en un país lejano y extraño
suponía un enorme sacrificio; pero aun así, la perspectiva
resultaba mejor que resignarse a la amenaza de una muerte más que
probable. En África o en Centroamérica podía hallarse una tabla de
salvación.
Pero la
reacción de las naciones ubicadas en esas zonas ecuatoriales fue la
que cabía esperar: cierre de fronteras y oposición total a
cualquier incursión extranjera. De ningún modo estaban dispuestos a
compartir tan grave riesgo con quienes durante décadas les habían
cerrado sus puertas y negado el pan y la sal. Occidente estaba
condenada a beber de su propia medicina.
Daniel
se negaba a rendirse. Estaba dispuesto a todo. Daría cuanto fuera,
su propia vida, para salvar a Elena y a su pequeño. Alguien le
habló de Abdel, un contacto en Nuakchot, la capital de Mauritania.
Si conseguían llegar hasta allí, la organización clandestina de
Abdel se ocuparía de recibirlos y atenderlos durante un par de
semanas. Luego quedarían al albur de su buena o mala fortuna.
En los comienzos de la crisis,
cuando nadie podía imaginar el alcance de esta, hubo ocasión para
hacer algunas previsiones. La desconfianza primero y la angustia
después se apoderaron de la población, los mercados quedaron
desabastecidos y los cajeros automáticos dispensaron papel moneda
hasta el agotamiento. Durante varios días, antes de que la situación
se agravase y la banca llegase a cerrar, Daniel consiguió extraer de
su cuenta bancaria una cantidad significativa. Serviría para
acometer los gastos que siguieron: transferencia a la cuenta de Abdel
en Mauritania, jugosa comisión a los intermediarios, pago al
conductor que de manera furtiva y por carreteras secundarias,
burlando la vigilancia policial, les había trasladado hasta Tarifa…
Ahora en su forzada aventura restaban tres arriesgadas etapas: cruce
del estrecho en una lancha rápida enviada por la organización hasta
Alcazarseguir, en la costa marroquí, amparados en la oscuridad de la
noche; traslado en jeep hasta una zona despejada en el interior y,
finalmente, vuelo en avioneta hasta Nuakchot.


Una ola
gigantesca golpeó la proa de la lancha, la alzó varios metros y la
volteó hasta dejar la quilla al descubierto. Daniel, sumergido y con
los ojos desorbitados, buscaba en la oscuridad de las aguas la imagen
de su esposa y de su hijo. Sin fuerzas para emerger, sentía cómo el
agua salada le llenaba la garganta y penetraba sin remedio en sus
pulmones.

La
historia no había tenido lugar tal y como Daniel la soñó. La
pandemia fue una realidad que, con el esfuerzo y solidaridad de todos
y la colaboración internacional, logró superarse. Daniel no dejó
pasar ocasión de comentar su pesadilla. Para muchos fue solo un
episodio anecdótico. Para él y para algunos de los que lo
escucharon, el motivo de una profunda reflexión sobre la fragilidad
humana, la solidaridad y la necesidad de prestar apoyo a quienes, en
situación desesperada, esperan les tiendan una mano.
ÁNGEL HERNÁNDEZ EXPÓSITO
Maestro. Doctor en Ciencias de la Educación
Emérito UCJC

EL SONETO DE LOPE

7 dromedarios Y FAISÁN
CUENTOS
VERSADOS
de
Papel,
Hansel
y Gretel
comen
pastel.
De
rosa ella,
de
nata él.
Los
unta la bruja
con
hidromiel.
Suena
en el bosque
un
cascabel.
Y
yo sigo y sigo…
en
mi Casita de Papel.
&&&&&&
LA
CASITA DE CHOCOLATE
La
Casita de Chocolate
ni
existió ni existirá,
salvo
en la ficción
netamente
popular
que
los Hermanos Grimm
recogieron
al azar.
Sentar,
niños, la cabeza
y
poneos a pensar.
&&&&&&
CHOCOLATE
DERRETIDO
El
Chocolate,
late,
late,
se
derritió
por
la caló
en
el escaparate.
¿Y
adónde fue?
Pues
vete a ver.
¿Y
quién se lo comió?
Pues
sabe Dios.
&&&&&&
BRUJAS
DE CAPIROTE
Brujas,
haberlas haylas
aunque
no las veamos,
pues
montan aquelarres
Niñas,
niños míos,
no
las sonriáis,
pueden
atraparos,
y
a ver luego quién
se
atreve a buscaros.
LIRAS
SOBRE
EL SONETO DE LOPE
"QUÉ TENGO YO QUE MI AMISTAD PROCURAS?"
EN
ESTOS DÍAS DE DOLOR Y SUFRIMIENTO
En
esta triste hora
de sufrir y penar tus criaturas,
resplandezca la Aurora,
borra las amarguras...
"¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?"
de sufrir y penar tus criaturas,
resplandezca la Aurora,
borra las amarguras...
"¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?"
Si
mi dolor es tuyo,
pero mi ingratitud, invierno frío,
aprisa de aquel huyo,
¡grande es mi desvarío!
"¿Qué interés se te sigue, Jesús mío?
pero mi ingratitud, invierno frío,
aprisa de aquel huyo,
¡grande es mi desvarío!
"¿Qué interés se te sigue, Jesús mío?
Yo
no merezco nada.
Solo, Señor, Tu perdón hoy ansío.
Llévame a tu majada,
Tú, en quien yo confío,
"que a mi puerta, cubierta de rocío,"
Solo, Señor, Tu perdón hoy ansío.
Llévame a tu majada,
Tú, en quien yo confío,
"que a mi puerta, cubierta de rocío,"
esperas
mi respuesta.
Tú siempre me perdonas, no censuras
mi casa tan modesta.
Y, en mis respuestas duras,
"pasas las noches del invierno oscuras?"
mi casa tan modesta.
Y, en mis respuestas duras,
"pasas las noches del invierno oscuras?"
¡Perdóname,
Señor!
¡Perdona a tus sufrientes criaturas!
Grande es nuestro dolor,
negras hoy las alburas.
"¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras! "
¡Perdona a tus sufrientes criaturas!
Grande es nuestro dolor,
negras hoy las alburas.
"¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras! "
De
esperar no te cansas,
sea gélido invierno o duro estío;
con tu sonrisa amansas,
Pastor, aún confío,
" ¡pues no te abrí! ¡Oh extraño desvarío!"
sea gélido invierno o duro estío;
con tu sonrisa amansas,
Pastor, aún confío,
" ¡pues no te abrí! ¡Oh extraño desvarío!"
Esperas
a mi puerta
y me espera el redil si me extravío
de tu senda tan cierta.
¡Cuánto olvido es el mío
" si mi ingratitud el hielo frío"
y me espera el redil si me extravío
de tu senda tan cierta.
¡Cuánto olvido es el mío
" si mi ingratitud el hielo frío"
fue
el pago a tus desvelos.
Hoy vamos hacia Ti en amarguras,
por sendas, negros duelos.
Mis esperas tan duras
"secó (secaron) las llagas de tus plantas puras."
Hoy vamos hacia Ti en amarguras,
por sendas, negros duelos.
Mis esperas tan duras
"secó (secaron) las llagas de tus plantas puras."
¡Cuánta
paciencia en Ti!
¡Cuánta espera a que vuelva el alma mía
a cuanto prometí!
Con silencio, te hería...
"¡Cuántas veces el ángel me decía"
¡Cuánta espera a que vuelva el alma mía
a cuanto prometí!
Con silencio, te hería...
"¡Cuántas veces el ángel me decía"
-
Abre al Señor que espera.
Nada, en ese actuar, tu alma gana.
Y a tu voz no cediera,
aunque clara la oyera.
"¡Alma, asómate ahora a la ventana!"
Nada, en ese actuar, tu alma gana.
Y a tu voz no cediera,
aunque clara la oyera.
"¡Alma, asómate ahora a la ventana!"
¡Qué
paciencia infinita
cuando muda y sorda el alma mía
rechazaba tu cita!
Y el ángel repetía:
"Verás con cuanto amor llamar porfía".
cuando muda y sorda el alma mía
rechazaba tu cita!
Y el ángel repetía:
"Verás con cuanto amor llamar porfía".
¡Perdona
a quien olvida
y olvida Tú tanta desidia vana!
¡Oh Tú, fuente de vida,
cuya palabra sana!
"Y cuántas, hermosura soberana",
y olvida Tú tanta desidia vana!
¡Oh Tú, fuente de vida,
cuya palabra sana!
"Y cuántas, hermosura soberana",
olvidamos
tu espera
paciente, en negra noche y claro día.
Y, con nuestra ceguera,
el alma infiel seguía...
"Mañana abriremos, respondía".
paciente, en negra noche y claro día.
Y, con nuestra ceguera,
el alma infiel seguía...
"Mañana abriremos, respondía".
¡Oh
mi Señor Paciente!
que el mal tu sacrosanta Bondad sana,
haz al mundo obediente
a tu palabra hermana
"para lo mismo responder mañana"
que el mal tu sacrosanta Bondad sana,
haz al mundo obediente
a tu palabra hermana
"para lo mismo responder mañana"
ANTONIO MONTERO SÁCHEZ
Maestro. Profesor de Filosofía
7 dromedarios Y FAISÁN
-
Egipto. Siglos y siglos asomando solo la chepa -monumental giba petrificada-. Cualquier día se levantan, se sacuden la arena del desierto y los dromedarios que hay debajo de cada pirámide se nos echan a andar Nilo arriba.
-
-
Cuando se levanten, ¿se llevarán la momia del faraón con ellos o la dejarán en el sitio que nadie sabe, ni siquiera ellos, su razón de ser?
-
Avanzando, harán por beberse el Nilo entero.
-
El faisán es el cuerpo diplomático de las aves nobles. Sabe inglés. Lo silba. Lo pronuncia en voz baja. Presume con las damas. Juega al croquet.
CUR
Todo lo que nosotros somos, nuestras emociones y nuestros sentimientos son inseparables de nuestro propio cuerpo. Los problemas motores o psicomotores están siempre íntimamente relacionados con los problemas psicológicos o psicoafectivos.

72
Modelos básicos de desarrollo
del trabajo psicomotriz
Estos modelos son tres, como ya fueron expuestos el mes anterior: psicopedagógico, científico y relacional.
El modelo psicopedagógico tiene en cuenta la acción simultánea sobre tres facetas: el yo corporal, el mundo de los objetos y el mundo de los demás. Cuando son favorables, el niño se desarrolla normalmente. La primera obra publicada por Picq y Vayer en 1969, “Educación psicomotriz y retraso mental”, presenta un enfoque rehabilitador, que después evolucionará hacia trabajos con intención exclusivamente educativa a través de las publicaciones de Pierre Vayer: “El niño frente al mundo”, en 1973, y otro más específico para niños de la etapa infantil: “Diálogo corporal”, en 1985.
En la acción educativa puede influirse sobre los únicos
datos de que disponemos, y son los concernientes al esquema corporal, que es la imagen que tenemos de nuestro cuerpo. Con su percepción se interviene en las sensaciones relativas al propio cuerpo relacionadas con los datos del mundo exterior.
datos de que disponemos, y son los concernientes al esquema corporal, que es la imagen que tenemos de nuestro cuerpo. Con su percepción se interviene en las sensaciones relativas al propio cuerpo relacionadas con los datos del mundo exterior.
El trabajo sobre el esquema corporal se basa en ejercicios para la percepción y control del propio cuerpo, en el equilibrio corporal, la lateralidad bien afianzada y en la independencia segmentaria de brazos y piernas.
Todo lo que nosotros somos, nuestras emociones y nuestros sentimientos son inseparables de nuestro propio cuerpo. Los problemas motores o psicomotores están siempre íntimamente relacionados con los problemas psicológicos o psicoafectivos.
El modelo científico se define como psicocinética. Es un método activo de educación por el movimiento que se propone actuar sobre las actitudes del hombre como ser social. A partir de una síntesis del conocimiento psicológico del niño y de su desarrollo, Le Boulch (1971) propone su método, adaptado al niño para mejorar sus capacidades generales. Los fundamentos en que se basa son el conocimiento y percepción del propio cuerpo para crear la estructura del esquema corporal, la percepción del tiempo y el espacio y las habilidades manuales y de coordinación.
El modelo relacional es un método, desarrollado por Lapierre y Aucouturier en 1977 y 1980, que tiene como objetivo mejorar las relaciones del niño con el adulto y con el grupo a través de la vivencia del niño y de su potencial de descubrimiento y de creatividad. Los planteamientos educativos propuestos ponen en situación de búsqueda del objeto, del espacio y del otro, a partir de su propio cuerpo.
Estos autores tienen en cuenta los aspectos emocionales y afectivos de ciertas situaciones de contraste, con todo el simbolismo que les es propio. La vivencia simbólica tiene sus raíces en el subconsciente, cuestión que les parece fundamental a los autores. Entran en la vía de las pulsiones y del subconsciente con toda su significación afectiva. El éxito de este método está más en la calidad de las relaciones y de la comunicación afectiva establecida en la dinámica de las sesiones que en las técnicas empleadas.
Se basa en la unión de las dos partes de la palabra «psicomotor», término dualista que pretende integrar la vertiente psíquica y la motriz. Algunos han concedido más importancia a lo «motor» como es el caso de Le Boulch, mientras que otros se la han prestado a lo «psico», como Vayer, Lapierre y Aucouturier. Pero dentro de este último término, se pueden establecer diferencias: mientras Pierre Vayer se encauza hacia la psicología racionalista de los «test» y las evaluaciones, Lapierre y Aucouturíer derivan hacia la psicología clínica, analítica y existencial. Estos autores, aunque a través de diferentes métodos, persiguen un único objetivo: el desarrollo armónico del niño.
Como podemos apreciar, los tres modelos son efectivos y perfectamente válidos. Ninguno de ellos está, por tanto, en contradicción con los otros; es más, se complementan. Una programación de educación psicomotora amplia y completa debería contemplar los aspectos fundamentales de cada uno de ellos. Siempre hay alumnos que por su conducta, por sus vivencias o por el grado de formación anterior necesitan más de un determinado modelo.
No obstante, en los educadores experimentados suele existir un principio de evolución pedagógica que les hace dirigirse de un método a otro a medida que descubren cual proporciona mejores resultados en sus alumnos. Esta evolución suele conducir hacia el modelo relacional, que es el que logra una auténtica educación y mejoramiento de la persona.
La estrategia de enseñanza en esta etapa deberá ser global. El niño afronta las tareas de movimiento con todo su ser; implica todo su cuerpo, aunque la acción analizada por el adulto de manera externa pudiera clasificarse como analítica o sintética. Los estilos de enseñanza de las sesiones –según el término acuñado por Muska Mosston en 1993 – deberán enfocarse hacia la enseñanza mediante la búsqueda; con trabajos que el niño haga por “propia iniciativa”; el maestro
propondrá tareas y estimulará a los alumnos a realizarlas. Así sus ansias de movimiento se verán encauzadas hacia donde pretende el docente para cumplir los objetivos propuestos sin encorsetamientos ni directividad.
propondrá tareas y estimulará a los alumnos a realizarlas. Así sus ansias de movimiento se verán encauzadas hacia donde pretende el docente para cumplir los objetivos propuestos sin encorsetamientos ni directividad.
No es preciso plantear las clases con enfoque lúdico. Las sesiones de ejercicio físico en estas edades ya son un juego en sí mismas para los niños. Y el juego es algo muy serio para ellos, según Chateau (1973).
Francisco Sáez
Universidad de Vigo