Abril,
2019
ÍNDICE
PRINCIPAL
Pregón:
En
la Escuela, la divina semilla de lo social
Ancianos
bíblicos (VI):
El ochentón Barcilay. Zereutes
Investigación:
El Archivo de Indias. Gestión innovadora...
Manuel Romero
Joyas
teológicas de arte (VII):
La Última Cena. Dalí. Eduardo
Malvido
Paso
a la Patria: En
defensa de nuestra nación y de sus símbolos.
Á. H.
Soneto
desde el sentimiento:
Paciente Justicia. Á.H.
Alta
política con estilo:
España una. R.
Duque de Aza
Efemérides:
Museo del Prado: doscientos años, miles de sensaciones. Teódulo
G.R.
Afderías:
Palabras. Escuela. CUR
Rincón
de Apuleyo:
La caza. Diálogo de pájaros
Educación
física:
Carácter de los ejercicios físicos. F.
Sáez
Encuentro
de Primavera, 2019. Cartel
A su aire “político” y “socialista”, nuestro Ramiro Duque de Aza nos pasa redactado un texto que hacemos pregón de AFDA, 79.
EN LA ESCUELA,
LA DIVINA SEMILLA DE LO SOCIAL
En
nuestra juventud se nos hacía distinguir entre la formación y la
información de los estudios en los que andábamos metidos. Se nos
decía con tesón que habríamos de anteponer la formación a la
información. La verdad es que, luego, llegados a los exámenes, se
nos exigían informaciones y se nos preguntaba, por ejemplo, por las
obras de Lope de Vega, de quien habríamos de citar los juicios
críticos que personas sabias habían emitido sobre el Fénix de los
Ingenios. Nunca se nos dijo: “Y usted ¿qué tiene pensado o piensa
sobre este poeta o punto concreto?”.
Afortunadamente,
en medio de aquel quiero una cosa y me aplico a otra en el enfoque de
los estudios, nuestros maestros estaban dotados de una saludable
filosofía de la vida, que nos transmitían por ósmosis en sus
clases y, desde luego, al margen de sus clases. Pidiéndonos
información, como era moda en aquella pedagogía, nos venían
afilando los ojos para ver por dentro -para “intuir”, nos decían
ellos- tanto los contenidos de las letras como los de las ciencias,
es decir el corazón palpitante de los programas escolares de aquella
época.
Nosotros,
por ello, no salimos de aquella nuestra lejana Escuela hechos unos
meros procesadores de datos. Nos había importado ya entonces el
conocimiento a fondo y verdadero de las cosas. Su meta final como
Escuela no era el encaje en un determinado mercado laboral futuro,
hacer maestros “profesionales” de por vida... Íbamos a ser
maestros sembradores de verdades que empezaban por ser muy nuestras.
Los de
letras nos zambullimos entonces en la Biblioteca de Autores Españoles de Rivadeneyra y leímos
lo que no se sabe de nuestra Literatura. Los de ciencias se
sorbían -nosotros también-, entre otras, las revistas científicas
que llegaban a la Escuela- como
aquella sabia titulada Science
et vie.
Quizá
el secreto de la fertilidad de aquella Escuela tenía su raíz en la
filosofía de la vida a cuya sombra crecíamos: el que el estudio
fuera en función de Dios y para bien de los demás, un, digamos,
“socialismo católico” de raíz. Llámelo el lector como guste,
pero en el fondo algo así como un “nacionalsocialismo” (respecto
a la Patria), un “familiarsocialismo” (respecto a la sociedad
familiar) y un “amicalsocialismo” (respecto a los centros y
grupos en los que nos integraríamos en el servicio de las más
nobles causas educativas).
Digamos
que el polo opuesto de lo que Azorín definía por aquellas fechas
por individualismo:
“Alguien que no siente el todo social, que no siente la tradición,
la historia, el arte y hasta el paisaje de su patria. Alguien incapaz
de abnegación y de sacrificio, en quien los apetitos propios y las
pasiones dominan; alguien que va recta y brutalmente a su objetivo,
sin importarle nada la solidaridad social ni sentirse ligado a su
patria”.
EL
ochentón barzilay
Perdido
en un rincón de la Biblia, en el segundo libro de Samuel, hay un
anciano entrado en años que nos fascina. En nuestra infancia no nos
hablaron de él. Para nuestra vejez es un espejo saludable. Conviene
que nos miremos en él. Se llama Barzilay. Es un personaje leal a
Yahvé y al rey David. Tiene ochenta años.
Absalón,
el hijo de David, se ha rebelado contra su padre. Acaba Absalón de
pasar el río Jordán. David huye. Barzilay, con otros leales al
monarca, está por el ungido de Yahvé en estos momentos difíciles.
Piensa en todo y es práctico y realizador:
“Trajeron
colchones, jarras y botijos; trigo, cebada, harina y grano tostado;
alubias, lentejas, miel, requesón de ovejas y quesos de vaca; se lo
ofrecieron a David y a la gente que lo acompañaba para que comieran,
diciendo: La gente estará cansada, hambrienta y sedienta de caminar
por el páramo. (2Sm 17,28-29)
Más
adelante, tras la derrota de Absalón, por segunda vez nos cita el
libro de Samuel a Barzilay.
“Por
su parte, Barzilay, el galadita, bajó desde Roguelín y siguió
hasta el Jordán para escoltar al rey en el río. Barzilay era muy
viejo. Tenía ochenta años”.
David
le ofrece un cargo en su corte. Barzilay prefiere la calma de su
pueblo al bullicio de la corte, renuncia a una pensión real que se
le ofrece. Berzilay juzga con lucidez. Es sensato. Razona su actitud:
¿Pero
cuántos años tengo yo para subir a Jerusalén?¡ Cumplo hoy ochenta
años! Cuando tu servidor come o bebe, ya no distingue lo bueno de la
malo, ni tampoco oye bien a los cantores. ¿Para qué voy a ser una
carga más para su Majestad?… Déjame volver a mi pueblo, y que al
morir me entierren en la sepultura de mis padres. Aquí tienes a mi
hijo Quimeán, que vaya él, y lo tratas como te parezca bien. (2Sm
19, 35-38)
La
lección de senectute que nos deja Barzilay en la Biblia es
magistral. Se retira a tiempo y se refugia en su espacio propio de
anciano:
El
rey abrazó a Barzilay, lo bendijo y Barzilay se volvió a su pueblo.
(2Sm 19,40)
Zereutes
Ancien élève de Évode Beaucamp
y de Francesco Spadafora
Uno
de los nuestros, preclaro, Manuel Romero Tallafigo, maestro, doctor
en Historia, catedrático emérito de la Universidad de Sevilla, hizo
llegar a S.M. nuestro rey Felipe VI el último de sus trabajos sobre
la historia del Archivo de Indias.
De
su puño y letra, el Monarca se lo ha agradecido. No era para menos,
dado el enorme interés de esta su última investigación al sacar a
la luz buena parte de
la verdad de la mejor Historia de España.
Eran
importantes estos gestos simbólicos que garantizaban una presencia
ubicua, majestuosa e imaginada del rey desde la inevitable y física
ausencia. Su presencia simbólica evitaba la mudanza y olvido, y
desde el alejamiento conseguir dulcemente ser amado y obedecido. En
caso de ausencia, la necesidad de cualquier clase de presencia, por
qué no la simbólica, la expresaba bellamente Jorge Manrique
(1440-1479) en sus coplas:
Quien no estuviere en presencia
EL
ARCHIVO DE INDIAS:
GESTIÓN
INNOVADORA EN UN MUNDO ATLÁNTICO
Manuel
Romero Tallafigo
El
Archivo de Indias es uno de los monumentos más explícito de la
potencialidad de la escritura. Monumento público y patente que como
tal nos avisa de la
autoridad que ejerció durante cuatro siglos uno de los ingenios
humanos más colosales y singulares de los tiempos pasados. La pluma
y la tinta plantearon un insistente pugilato para sojuzgar las
distancias y los espacios de las nuevas tierras descubiertas. Los
legajos de cartas fueron herramientas imprescindibles para cohesionar
territorios dispersos desde y
hacia un solo punto, el Rey, a quien se atribuyó con cierta razón
aunque ilegítimamente “el imperio y el señorío del orbe” que
regularmente se tomaba por toda la redondez del mundo (Francisco de
Vitoria).
La escritura era la pugna más monótona
e
incesante para prevalecer sobre la implacable gran distancia.
Información, mensajes, avisos, recados y testimonios escritos,
circularon y corrieron en tinta a través del innovador y
“extraordinario sistema de comunicaciones oceánicas capaz de unir
mediante convoyes anuales el Viejo y el Nuevo mundo y, utilizando
como plataforma intermedia el continente americano, enlazar Filipinas
con Sevilla” en palabras de Pérez Mallaina. Armazón de puertos,
bajeles, carabelas y galeones que funcionó perfectamente, con unos
resultados muy aceptables, durante más de tres siglos como han
demostrado los estudios sobre la carrera de Indias de Pierre Chaunu y
García Baquero. Por ese armazón pasó mucho oro y mucha plata,
muchos productos valiosos, pero también circuló y corrió la
comunicación escrita en unas dimensiones cuantitativas desconocidas
hasta entonces.
Juan
Luis Vives (1492-1540), al que oyó y leyó uno de los grandes
artífices de la colonización indiana, Felipe II, se refirió a la
admiración que produce el artificio de la escritura que con un
alfabeto de solo 25 signos, a pesar de la abundancia de lenguas y
sonidos, es un medio amigable de comunicación de sentimientos en la
distancia del espacio entre las Indias y España. En su diálogo
Escribir y redactar, el ficticio Manrique, uno de los nobles
que participaba en la tertulia lo exponía así:
Lo
primero que manifestó fue su admiración ante tanta variedad de
lenguas o voces articuladas con tan pocas letras y que por medio de
ellas se pueden comunicar los amigos ausentes. Añadió que a los
habitantes de aquellas islas... -no ha mucho conquistadas por
nuestros reyes, y de donde se trae el oro – les parece lo más
admirable que los hombres puedan comunicarse sus sentimientos a
través de una carta enviada de tan lejanas tierras (82).
El mismo
Vives expresaba concisamente el poder de comunicación del alma
humana a través de la palabra oral entre los presentes y el poder de
la palabra escrita en letras sobre los ausentes y separados por el
espacio. La escritura traslada la palabra en la distancia, convierte
en presencia a la ausencia, aproxima la comunicación entre lejanos:
En
Audiencias y Municipios transoceánicos, y en cualquier otra
institución lejana a la Corte real, se cultivó y fomentó la
relación social y comunión sentida entre los vasallos y el Rey
necesariamente ausente, haciéndolo ceremonialmente presente
en tierras firmes e islas del mar océano. Una, entre otras, de las
herramientas de presencia en la ausencia fue la ceremonia ritual de
lectura y pregón de los documentos y cartas Reales. Ante la carta
Real, gestos de cabeza y manos, posturas solemnes, formalidades
vistosas, y textos bien diseñados en el ritmo de átonas y tónicas
para la lectura pausada y en voz alta, repetidos una y otra vez,
durante tres siglos y en tan extenso territorio, como las leves y
continuas gotas de agua perforan una tozuda piedra, tuvieron durante
siglos un gran poder generador de imaginarios y mentalidades, útiles
para emocionalmente reforzar el señorío natural del Rey en las
ciudades de ultramar. La majestad, o el óptimo y el máximo
encarnados en la persona Real, debía ser conocida por todos. Con el
ceremonial de lectura no necesitaba mostrarse físicamente para ser
percatada. Las cartas leídas ritualmente (con besos al documento,
destocado de sombrero o bonete, reverencias, puesta del escrito sobre
la cabeza del receptor) bastaban porque entraban en un “estilo”,
el de manifestación del Rey “sin su presencia”, el “mito del
monarca distante, pero omnipresente”. Esta herramienta alrededor de
un pliego de papel es la aplicación del clásico horaciano miscuit
utile et dulci, o el mezcló y mezclar lo útil y lo
dulce, es decir, por vías suaves y dulces, no violentas y cruentas,
arrancar y conseguir la útil honra y veneración del Rey por el
pueblo, incluso lejano1.
Esta máxima puede ser citada para expresar el concepto según el
cual la serenidad se alcanza cuando se encuentran interesantes y
placenteras las cosas útiles (como el trabajo o el cumplimiento de
normas graves). El dulce asegura un ejercicio de poder útil, con el
mínimo desgaste. Es reservar la violencia elemental de la fuerza
bruta – “que se revista con la piel de león y que sus vasallos y
enemigos le vean con garras” - para en su lugar usar una menos
costosa y más sofisticada estrategia de normas y símbolos, bien
repartidos en momentos y lugares, o como decía Saavedra Fajardo,
“coronar al león con las sierpes, símbolo del imperio y de la
majestad prudente y vigilante” (Empresa 43).

Quien no estuviere en presencia
no
tenga fe en confianza;
pues
son olvido y mudanza
las
condiciones de ausencia.
Quien
quisiere ser amado,
trabaje
por ser presente;
que
cuan presto fuere ausente,
tan
presto será olvidado;
y
pierda toda esperanza
quien
no estuviere en presencia,
pues
son olvido y mudanza
las
condiciones de ausencia.
1
La locución latina Omne
tulit punctum, qui miscuit utile dulci
(Horacio,
Ars poetica,
verso 343) traducida literalmente significa "Ha obtenido un
consenso unánime quien ha integrado lo dulce y lo útil”. En
otras palabras: alcanza la perfección quien consigue unir lo útil
a lo divertido.
JOYAS
TEOLÓGICAS DEL ARTE (7)
LA ÚLTIMA CENA. SALVADOR DALÍ
La Última Cena es una pintura al óleo sobre lienzo realizada por
Salvador Dalí (1904-1989) en 1955.
Este cuadro, cuyas medidas son de
1,67 m de altura x 2,68 m de largo, se encuentra en la Galería
Nacional de Arte de Washington DC.
El
genio creativo de Salvador Dalí se expresó sobre todo en la
pintura, pero también en otras más artes: diseño, escultura,
grabación, escenografía, ilustración, literatura (“Soy mejor
escritor que pintor”) y, en compañía de Luis Buñuel, hasta en el
cine.
En
toda manifestación artística, por ejemplo en la pintura, es
determinante el modo como entiende el pintor la relación entre la
realidad objetiva y la vivencia subjetiva. Si en el pintor predomina
la importancia del “objeto” sobre el sentimiento “subjetivo”,
tendremos una pintura “realista”, una pintura “figurativa”,
más acorde con la visión del “objeto” que en general tiene el
ser humano. Si, en cambio, el pintor da prioridad a su modo
particular de sentir lo que ve, entonces hablamos de una pintura
“subjetiva”, una pintura “individualista”, que invade y
trastorna las “formas” habituales (líneas, color, ejes,
perspectivas, orden, proporción…) que perciben nuestros ojos en el
“objeto”. Los cuadros de Rembrandt y de Orozco que hemos
presentado anteriormente son un ejemplo claro de la pintura
subjetivista.
En
la relación “objeto”-“sujeto” este último alcanza su grado
extremo de protagonismo en el caso de Salvador Dalí. El yo
inconsciente del pintor de Cadaqués, que se expresa libremente en
los sueños y en los deseos, se erige en fuente creativa y en el
proyecto final de su obra pictórica. Era coherente que Dalí se
adhiriera a movimientos (como el dadaísmo, el cubismo, el
surrealismo…) que otorgaban al sujeto el protagonismo en la génesis
creativa. Tampoco resultó extraño que, habiendo comenzado a leer
las “Obras completas” de Sigmund Freud publicadas en español en
1922, el joven Salvador Dalí se declarara seguidor ferviente del
Gurú del mundo onírico:
“Me pareció uno de los descubrimientos capitales de mi vida y se
apoderó de mí un verdadero vicio de auto-interpretación, no solo
de los sueños, sino de todo lo que me sucedía, por más casual que
pareciese a primera vista”.
A
diferencia de los otros surrealistas, los impulsos eróticos de
Salvador Dalí, proyectados sin ningún recato en sus pinturas
juveniles (ejemplo: El gran masturbador), se subliman cuando Gala
aparece en su vida, a partir del año 1929. Gala no es para Salvador
Dalí un símbolo sexual más, sino la encarnación de la belleza con
la que el pintor se siente íntimamente unido y completamente lleno
con su amor. Dalí endiosa a Gala y, a pesar de las infidelidades de
su diosa, el artista seguirá siéndole fiel hasta la muerte. En la
entrevista “A fondo” que Joaquín Soler Serrano mantuvo con el
artista en 1977, el entrevistador pregunta a Dalí si es hombre de
muchos o pocos amigos. Salvador Dalí responde: “De ninguno amigo”.
Y a la siguiente pregunta: “¿Por qué?”. Nuestro pintor contesta
tajante: “Porque toda mi pasión está en el amor que siento por
Gala y no tengo sitio para más”.
Hay
otra característica del pintor catalán que lo separa mucho más que
la anterior de los artistas surrealistas: es su interés y sus
conocimientos de los avances científicos que estuvieron dándose en
su tiempo. Este dato es el que más me ha sorprendido en el
fascinante pintor de Figueras.
Se
podrían aportar datos de su ocupación y preocupación por los
nuevos descubrimientos científicos y tecnológicos desde su período
de formación hasta los últimos años de su vida, y cómo los fue
incorporando en su misma concepción de la pintura. Me limitaré a
citar el juicio negativo que el propio Salvador Dalí emite sobre el
desinterés de los artistas de su tiempo en relación con las
ciencias: “Los artistas se hallan muy retrasados respecto del
progreso de las ciencias” (“Manifiesto místico”, año 1951).
Antes
de pasar a analizar y comentar el cuadro de la Última Cena, vamos a
intentar poner de manifiesto por qué nuestro artista está
hondamente interesado en los progresos en el campo de la
física-átomo, de la biología-célula, de la genética-ADN, de la
neurología-hemisferios cerebrales… Sencilla y rotundamente porque
los descubrimientos de las diversas ciencias corroboraban el modo
como el Sujeto creativo llamado Salvador Dalí actuaba y moldeaba el
Objeto a la hora de pintarlo: con clara superioridad del espíritu
humano sobre la Materia u Objeto y con entera libertad. Salvador Dalí
tuvo que ver con agrado la teoría de la relatividad de Einstein,
según la cual el tiempo y el espacio no son realidades absolutas a
las que debamos someternos, sino que son realidades relativas que
dependen de las “vivencias” del hombre. Igualmente tuvo que
complacerle el principio de incertidumbre o de indeterminación
formulado por Heisenberg, principio que afirma que la posición de
una partícula en el ámbito microscópico es imposible ubicarla por
las leyes determinísticas de la física clásica, sino que depende
en definitiva de la arbitraria localización de quien observa la
partícula.
Pero
la coincidencia entre nuestro admirable pintor y los descubrimientos
de las nuevas ciencias se dio a un nivel más esencial, al nivel,
según el propio Dalí, de la “metafísica”. En efecto, Salvador
Dalí, gracias a su intuición de la belleza en el universo, tiene
una visión y una emoción unitarias de la realidad exterior y sobre
todo de la realidad de sí mismo. Las nuevas ciencias, por su parte,
están de acuerdo en afirmar que el inconmensurable espectro de seres
existentes —que va de la materia inerte al “homo sapiens”—
guarda estrecha relación entre sí al tener cuanto existe el mismo
origen evolutivo: la gran explosión de la energía inicial. Los
científicos saben muy bien que sus métodos experimentales no les
permiten ir más allá del “Big Bang”, pero es lógico que los
científicos, como seres humanos, se planteen al menos la pregunta
metafísica: ¿Qué había “antes” del “Big Bang”? Salvador
Dalí intuye que Dios tuvo que andar rondando por el principio ígneo
del universo, pero aceptarlo como Creador es ya ir más allá, y
confiesa que él no tiene esa fe en Dios Creador: “Por
las matemáticas y las ciencias particulares sé que es indiscutible
que Dios tiene que existir, pero no me lo creo”.
Abocado
a Dios por su impulso hacia la belleza absoluta y “obligado” a
recurrir a Dios como posible respuesta a las preguntas trascendentes
que las mentes preclaras de los científicos no son capaces de
resolver, Salvador Dalí lanza, en un lenguaje mal redactado, el
“Manifiesto místico” (el 15 de abril de 1951, a las 3 de la
madrugada):
“Ahora empieza la Nueva Era. Empieza conmigo la nueva era de la
Pintura Mística, la pintura del porvenir”.
Esa
“Pintura Mística” tiene el tono personal de Dalí. Dice que la
nueva era de la pintura mística comienza con él. Salvador Dalí ¿un
místico al estilo de los santos Teresa de Ávila y Juan de la Cruz?
Nuestro artista de Figueras, aunque se declare católico, carece de
auténtica experiencia religiosa; tiene un “ego” que roza la
idolatría; él mismo confiesa que no se fía del Dios Creador; de
hecho, el Cristo de san Juan de la Cruz (1951) no refleja al
Crucificado con quien mantenían unión mística el “medio fraile”
de Fontiveros y la santa abulense, con estigmas esta última. El
Crucificado de Dalí no tiene los símbolos tradicionales de la
pasión: salpicaduras de sangre, clavos punzantes, corona de espinas,
herida abierta en el costado, grupo de santas mujeres acompañando al
Cristo agonizante; el Crucificado pintado por Salvador Dalí, según
palabras suyas, “es bello como un Dios, que
Él en verdad era”.
También lo anunciaba en su “Manifiesto místico”: que su Cristo
sería “lo más radicalmente contrario del Cristo materialista,
salvaje y antimístico de Grünewald”. Otro tanto podríamos decir
de la “Crucifixión” o del “Corpus hipercubicus” del mismo
Dalí (1954), con el agravante de que Gala es la única mujer a los
pies del Crucificado en sustitución de la madre de Jesús y la
hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena (Jn
19,25)…
Pasemos,
por fin, a contemplar “la última Cena” del pintor catalán
(1955). La impresión primera y la más penetrante es la de un cuadro
bellísimo. Mis ojos se centran, dentro del cenáculo, en la figura
luminosa del rostro sin barba y blanquecino de Jesús. La luz que
emana del Nazareno se extiende por la superficie de la mesa donde
resalta el triángulo formado por el vaso con vino y por dos panes
delanteros. Las sombras del interior del cenáculo cubren el pecho y
la cabeza agachada de diez de los Apóstoles que circundan la figura
del Nazareno a izquierda y a derecha, mientras la misma oscuridad
alcanza la cabeza levemente inclinada y la espalda de los dos
Apóstoles que el espectador encuentra más cerca de su mirada.
Fuera
del cenáculo, se observa el torso desnudo sostenido en el aire y sus
dos brazos abiertos que abarcan el cielo y la tierra. Del centro del
pecho brota como un río de luz que cae en cascada o sube en escalera
desde la figura traslúcida del Jesús que se ve en el interior del
cenáculo. El color del cielo, del agua y de las rocas que rodean el
agua parece responder al amanecer del día.
¿Dónde
está la unión mística entre Dios y el hombre? Pienso que hay que
descartar a los doce Apóstoles presentes en la escena anónimamente.
Además con su clara postura de adoración nos están diciendo que es
en Jesús en quien debemos fijar nuestra atención.
Centrémonos,
pues, en quien preside la mesa. Enseguida nos percatamos de que no se
trata de la última cena en cuanto cena: los Apóstoles no están
sentados para comer, ni se observan sobre la mesa otros alimentos que
no sean pan y vino. Dalí ha cambiado la Última Cena directamente
por la institución de la Eucaristía. Dicho cambio realza
sobremanera el clima mistérico de la escena. Borra la variopinta
celebración de una comida de Jesús con el grupo dicharachero de
Apóstoles, los cuales ignoran la gravedad del momento, y, además,
uno de ellos alberga el firme propósito de entregar al Maestro a sus
enemigos dispuestos a condenarlo a muerte. El creativo pintor nos
introduce a cambio en la institución de la Eucaristía, esto es, en
el símbolo real de la entrega de Jesús hasta la muerte y muerte de
cruz. En realidad, el Jesús que preside toda la escena del interior
del cenáculo es un Jesús casi muerto, como resultado de su actitud
de entrega a la muerte por la salvación de la humanidad: su rostro
sin barba y el color blanquecino, casi pálido, de su cara lo
delatan; por otro lado, el habilidoso pintor catalán ha logrado
encajar la figura del Nazareno —mediante los marcos de los
pentágonos bajos y los superpuestos— como si estuviera dentro de
un ataúd.
Pero
la pintura del artista catalán no nos muestra solamente a un Jesús
a las puertas de su muerte. Si agudizamos un poco más la mirada,
descubriremos, en primer lugar, una leve paloma, símbolo tradicional
del Espíritu Santo, que Jesús sostiene en su mano izquierda;
después la mano derecha de Jesús se abre y sus dedos apuntan más
allá del cenáculo, al torso desnudo y a los dos brazos que lo
tienen en suspensión. Decía que el color que impregna fuera del
cenáculo es el del amanecer del día y que del pecho desnudo del
Nazareno brota como un río de luz. Todo esto nos hace pensar en la
resurrección del Jesús entregado a la muerte de la escena inferior.
Únicamente nos falta descifrar la presencia del Padre, de la Tercera
Persona de la Trinidad. Los que nos guiamos por la simbología
tradicional no somos capaces de seguir al genio de Dalí, imaginativo
y conocedor de los descubrimientos de las ciencias modernas, y dar
con Dios Padre. Pero tenemos la suerte de que el propio Salvador Dalí
lo aclarara más tarde, en 1963, cuando, con motivo del homenaje
rendido a Crick y Watson (descubridores de la famosa estructura de
doble hélice del modelo de ADN), dijo las siguientes palabras: “Sus
brazos repiten la estructura molecular del modelo de Crick y Watson y
levantan el cuerpo de Cristo muerto para resucitarlo en el cielo".
El
pintor de Cadaqués en “la Última Cena” es capaz de mostrarnos
la presencia trascendente de la Santísima Trinidad. Ni un pintor
surrealista ha logrado proyectar en su pintura una “suprarrealidad”,
que es la pretensión del surrealismo histórico, como la que
Salvador Dalí realiza en este cuadro, ni siquiera el Dalí de los
sueños y deseos de fantásticas realidades.
Pero
el cuadro de Dalí no me atrae a la unión con Dios, ni me conmueve
la entrega amorosa de Jesús por nuestra salvación, ni me emociona
la Santa Trinidad que se refleja en “la Última Cena” del
artista. Admiro la radiante belleza de la pintura. Nada más.
P. D. Las reseñas biográficas dicen lo siguiente:
“La etapa escolar del artista se inicia en la Escuela Pública de Párvulos de Figueras… Dos años más tarde su padre matricula a Dalí en el Colegio Hispano-Francés de la Inmaculada Concepción de Figueras, donde aprende francés. Sus estudios de enseñanza secundaria los desarrolla en el colegio de los hermanos maristas y en el Instituto de Figueras.”
EDUARDO MALVIDO
Maestro, catequista y teólogo
P. D. Las reseñas biográficas dicen lo siguiente:
“La etapa escolar del artista se inicia en la Escuela Pública de Párvulos de Figueras… Dos años más tarde su padre matricula a Dalí en el Colegio Hispano-Francés de la Inmaculada Concepción de Figueras, donde aprende francés. Sus estudios de enseñanza secundaria los desarrolla en el colegio de los hermanos maristas y en el Instituto de Figueras.”
Consulté sobre el particular al H. Lluís Diumenge, natural de Figueras, quien me contestó:
“COLEGIO HISPANO FRANCÉS DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN es el nombre primitivo de LA SALLE FIGUERES DE HOY. No creo que en Figueres haya habido nunca MARISTAS. ¡A LA SALLE LO QUE ES DE LA SALLE!”
“COLEGIO HISPANO FRANCÉS DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN es el nombre primitivo de LA SALLE FIGUERES DE HOY. No creo que en Figueres haya habido nunca MARISTAS. ¡A LA SALLE LO QUE ES DE LA SALLE!”
EN
DEFENSA DE NUESTRA NACIÓN Y
DE SUS SÍMBOLOS
En estos momentos, en que el
separatismo mal llamado ‘catalán’ por quienes pretenden
generalizar e imputar al todo lo que corresponde tan solo a una parte
se muestra especialmente virulento, conviene romper una lanza en
favor de España y de cuanto la representa.
Para quienes entendemos España
como una nación, enriquecida por la diversidad de sus pueblos, el
insulto a los catalanes es el insulto a los españoles y hace flaco
favor a España y a sus gentes. No procede extender la
descalificación al pueblo catalán, que merece todos los respetos;
tampoco a los independentistas que entienden Cataluña de manera
distinta y abogan por la segregación. Están en su derecho a
hacerlo. Sí, a los impresentables que, lejos de cualquier
reivindicación perseguida por cauces democráticos, desprecian las
instituciones, ignoran la Constitución, insultan a España, queman
su bandera, silban y patean al escuchar su himno y se creen con
derecho a pisotear los de quienes nos negamos a aplaudir su más que
reprochable actitud.
A quienes abuchean el himno
nacional, a quienes queman la bandera española, a quienes
menosprecian símbolos y tradiciones que a todos nos representan, el
mayor de los desprecios. Hay quienes no merecen el respeto de nadie,
porque nada respetan que no sea su propio ombligo. Nadie que no sea
ciego o que prefiera pasar por tal podrá olvidar las lamentables
imágenes de un himno reiteradamente vilipendiado, de una bandera
quemada en público ensañamiento.
Hay quien trata de justificar
la actitud de ciertos elementos separatistas ante los símbolos de
España, acusando a determinados partidos o sectores políticos de
haberse apropiado de ellos, o incluso llega a identificarlos con la
ideología fascista. Nada más lejos de la verdad. Para empezar, la
bandera roja y gualda es enseña de España desde el siglo XVIII,
durante el reinado de Carlos III. Sobre ella se han sucedido
distintos escudos, con los que uno puede o no identificarse. El que
la preside desde 1081, fue consensuado, en la ‘transición’ por
las distintas fuerzas políticas. En cualquier caso, es el símbolo
que nos representa como nación. Cualquier insulto o vejación que
reciba, ofende a cuantos nos sentimos españoles. También del XVIII
data nuestro Himno Nacional, antes llamado Marcha Real
y, en época más reciente, Marcha de Granaderos. Todo símbolo
digno de representar cualquier ideología merecerá nuestro respeto,
siempre que se haga respetar y no vaya más allá del ámbito que le
corresponde. Pero nadie puede arrogarse el privilegio de monopolizar
el himno de España o su bandera.
En honor de España, de sus
gentes, de su unidad y pluralidad, de la riqueza que representan,
estos versos que hace algún tiempo compuse para nuestro himno, y que
mentalmente reproduzco siempre que escucho sus acordes:
Es España la tierra más
hermosa, que nos vio nacer y ver la luz del sol;
Madre orgullosa de historia
y valor, que siempre generosa a todos acogió (bis).
En sus costas, sus valles y
montañas mil culturas hay y un solo corazón.
Lenguas distintas hoy unen
su voz para ensalzar la patria y defender su honor (bis).
ÁNGEL
HERNÁNDEZ EXPÓSITO
Maestro.
Doctor en Ciencias de la Educación. Emérito UCJC
ESPAÑA
UNA
Las
naciones son como los individuos, las patrias como las personas. Unas
y otros son y necesitan ser singulares, ellos mismos, únicos.
Bien
está el pluralismo y la diversidad, que nos enriquecen y
multiplican. El individuo es múltiple por su cerebro, su corazón,
los brazos con los que abrazar y los pies para los mil caminos de su
destino... Pero, múltiple en órganos, es uno, él mismo, fulano de
tal y de tal.
Que
España sea Andalucía, Castilla, Extremadura… y hasta Galicia,
Vascongadas y Cataluña es una riqueza. Que sea diversa la pone en
condiciones óptimas sobre muchos otros pueblos de la tierra. Siempre
que siga siendo una, ella, España, singular, unidad de destino
hispano.
Hoy
amenaza al mundo -también a los españoles nos presiona- un
gravísimo problema: la nueva cultura henchida e hinchada de
pluralismo y de diversidad, escasamente convergente a ratos y que con
frecuencia se presenta en interna lucha frontal de sus elementos.
Este pluralismo no parte de fundamentos comunes y no aspira a logros
felices de unidad. De ahí su fracaso.
¿Qué
unirá a los españoles en su convivencia: pensamiento, trabajo y
vida? Si nos quedamos en ser una mera superposición de opiniones, de
individuos, de culturas, de lenguas, de religiones, de partidos…
cerrados todos sobre nuestros intereses egoístas y particulares –
y a eso se nos lleva- nos podrá preocupar, por ejemplo, el derecho
de expresión individual pero no la verdad que fundamenta cada una de
las realidades y que no puede ser, en cada caso, más que la verdad
que es.
No
nos basta con opiniones que reclaman derechos particulares ni con una
democracia formal de relaciones, que nada atan con fuerza. Buena
puede ser la democracia, pero sobre una España una en la sabiduría
(en su rica cultura), en su moral (su viejo pundonor y lealtad) y en
su religión (respuesta sincera a la Divinidad).
En
otros tiempos hablábamos de la España una, grande y libre. Para ser
libre y grande ha de empezar por ser una.
RAMIRO
DUQUE DE AZA
Maestro. Profesor de Teoría del conocimiento
Bachillerato Internacional
Maestro. Profesor de Teoría del conocimiento
Bachillerato Internacional
EFEMÉRIDES
El
Museo del Prado: doscientos años; miles de
sensaciones
Aún
recuerdo la primera vez que pisé el Museo del Prado. Era yo un joven
aficionado a la pintura, pero de cierta inexperiencia ante las cosas
del mundo y de la cultura. Antonio Urías, mi introductor en el Museo
y mi cuñado, madrileño de corazón y orgulloso de poder mostrar las
glorias de España y los tesoros de su ciudad, preocupado por lo que
yo, joven religioso, pudiera ver de inconveniente,
me decía: “tú tienes que mirar todo desde el punto de vista
artístico”.
He vuelto otras veces, menos
de las debidas quizás, a este templo de la pintura, a esta
pinacoteca que, desde sus comienzos hace este año dos siglos, había
escalado ya las cumbres de la excelencia y los cielos de la gloria. Y
al volver hoy siento como una emoción nueva y una cierta pasión que
me lleva a entrar con ansia desbordante y a mirar con fruición ese
mundo fascinante. Lo miraré desde la perspectiva del arte, que es
ejercicio de los sentidos, de la sensibilidad, del corazón.
Antes
de acceder al Prado
siente uno el peso de la riqueza que atesora este museo, y se siente
abrumado al saber que entra en una de las primeras pinacotecas del
mundo, -parecida a las demás, pero diferente- y “en el museo más
importante del mundo en pintura europea” (J. Brawn). Y más
abrumado aún al saber que dentro de esa equilibrada arquitectura
neoclásica (pensada en su origen para otro destino no pictórico)
está viva la pintura –creación y espíritu-de los más grandes
genios de los siglos XVI, XVII, XVIII... Y de abrumado, pasa uno a
estremecido de gozo al saber que va a sumergirse y a respirar esa
atmósfera que, según no pocos críticos, representa “lo más
significativo de nuestra cultura española”. Pero abrumado,
estremecido o fascinado, me decidí a dar el paso que me introdujera
en este sacrosanto
templo del arte. Y,
después de la “contemplación”, deseo describir no sus aspectos
técnicos o históricos, sino las sensaciones
que experimente ante cada una de las grandes o pequeñas obras de
arte.
Un mar de sensaciones
Una primera sensación es su
riqueza,
su abundancia. El museo es como un enorme fresco en el que está
representada la historia viva de un arte deslumbrante. Todo aquí
parece vivo y elocuente: me he encontrado con un mundo variado, con
una iconografía que se presenta ante mis ojos como la síntesis de
la vida humana: esa vida plural, insólita, alejada de la realidad o
sumergida en ella, asomándose en cada rostro, en cada mirada, en
cada gesto, en cada rasgo. La vida diferente, pero única, de los
países europeos desgranada a través de varios siglos de su
historia.
Sobre todo he quedado
prendado de todo lo que ha impresionado mis sentidos: las miradas
de los personajes (ojos serenos, ojos doloridos y llorosos, ojos
radiantes o deslumbrados por el resplandor de otra belleza o de otra
presencia superior...), voces
adivinadas o presentidas (susurros, gritos, voces confusas de la
calle o alaridos lejanos de las batallas...), manos
de inverosímil belleza, de expresión amistosa, de saludo
entrañable, de acogida, de apoyo; manos de una delicadeza sublime o
manos rudas deformadas por la lucha del trabajo. Y luego, el
movimiento, la atmósfera de cada cuadro, el espíritu sublime que
transforma y eleva las sensaciones o el realismo de las cosas
sencillas en su desnuda sencillez.

No quería, en los párrafos
anteriores, ofrecer nombres, para no ser injusto en la omisión o el
olvido; pero es imposible estar en El Prado y no destacar, por
ejemplo, la desbordante imaginación de El Bosco, la fuerza expresiva
de Goya, la delicada espiritualidad de Fray Angélico, la belleza
celeste-terrena de Murillo, la desbordante vitalidad de Rubens, la
serena espiritualidad de Zurbarán, el realismo español de Ribera o
la pasión religiosa encendida en los colores llameantes de El
Greco...
No me preguntéis si me gusta
más la pintura colorista de la escuela italiana o la maravilla
pictórica de la escuela española; no me obliguéis a elegir entre
los tres mejores cuadros... porque elegiría trescientos;
no me pidáis hacer una síntesis personal de la historia humana que
aquí está contenida, porque sería interminable; no me pongáis en
el aprieto de tener que optar entre las geniales expresiones de un
estilo o de otro; no me invitéis a descubrir quién ha captado el
mejor momento de luz o quién ha dejado constancia de una atmósfera
más auténtica: me quedaría sin respuesta. Ni me preguntéis quién
ha pintado mejor el dolor o el gozo de Jesús el Cristo o de su madre
María; o quien ha expresado con más autenticidad la fuerza
expresiva de fe en los santos, o su intimidad, o el gozo de su unión
con Dios en su experiencia mística. También el Prado es ocasión
para sumergirse en el mundo de la fe.
Pero en este teatro variado o
panorama inmenso que es el Prado, y mirando no por escuelas sino de
manera aleatoria, uno siente -como en la vida misma- un mundo de
contradicciones
palpitantes: hay cuadros que son pura exaltación (de la vida)
frente a otros que expresan el más hondo abatimiento; el dolor de
la pérdida y el gozo compartido del encuentro; los paraísos
poblados de ángeles y hombres y los infiernos abrasados por el
fuego diabólico; la esplendorosa luminosidad o esa luz apagada en
medio del claroscuro tenebrista; la magnificencia y robustez de la
figura humana o la discreta y graciosa presencia de los animales
que acompañan la escena familiar; la abundancia y la escasez; el
recato y la voluptuosidad; los ángeles y los demonios; los reyes y
los esclavos, los héroes y los villanos... Y también, a través de
los rostros, la belleza ideal del amor o la dura realidad de la
muerte; las pasiones y los excesos humanos o la moderada vida de
los santos.
Rendido homenaje
A la salida,
un tanto decepcionado por no haber encontrado “La Anunciación”
de Fray Angélico –está en restauración- me encuentro, en cambio,
con la maravilla de la Virgen de la granada: una joya también del
Beato Angélico. Luego, me dirijo hacia la pintura flamenca de los
siglos XV-XVI. Un poco cansado, me siento en frente de “El
jardín de las delicias,
de El Bosco. La vista –y el espíritu- se extiende por la
abigarrada variedad, por la multitud de expresiones de la vida humana
que representa este fresco. Es un gozo y un privilegio que El Prado
posea esta joya, y es una delicia
llevarse estas imágenes –fantasía creadora y multicolor- al salir
del museo. Pero me llevo también, mucho más que esto: una parábola
de la vida humana. Alguien escribió con ocasión de la exposición
no muy lejana de El Bosco en este mismo museo,
“el jardín de las delicias incluye un conmovedor retrato de la
condición humana que, de raíz –de manera radical en el sentido
orteguiano del término- siempre se debate entre el bien y el mal,
siempre se encuentra ante la disyuntiva de ‘un manzano y una
serpiente’. Es el bello drama de los seres humanos desde siempre e
irremediablemente para siempre”.
(D. Sam Abrams). Es bueno volver a El Prado y encontrarse con la
parábola de la vida humana contada de mil formas y expresada en mil
lenguajes y matices. Este segundo centenario es una magnífica
ocasión para ello.
TEÓDULO
GARCÍA REGIDOR
Profesor
del Centro Universitario La Salle
PALABRAS
- Colegio.
Antiguamente,
escuela, ocio (sjole): hoy, patio de recreo con ordenador en clase, evaluaciones y tareas
que llevar para casa.
- Evaluaciones. Invento más o menos moderno de tortura de estudiantes y de profesores: anual, trimestral, bimestral, mensual, bimensual, semanal y, también, continuo, evaluación continua.
- Dos clases de profesores extremos: los que reniegan de sus alumnos y aquellos que siguen escuchando a La Salle, que les dice: “No esperéis otra recompensa...” (Méditations pour les Dimanches, 175,3).
-
Libro de texto. No lo heredará mi hermano. Está lleno de subrayados y notas mías, que me han de servir de mayor. ¡Al cajón de mis cincuenta años con él!
-
Pizarra digital o encerado digital. ¿Qué tiene esta pantalla de piedra de pizarra o de cera, que aun la llaman así?
-
Puertas del colegio: “Dejad, los que aquí entráis, toda esperanza” (Divina Comedia. Dante Alighieri).
-
Si la clase de Matemáticas es el Coco (también el Descanso por lo que tiene de costumbre y de norma), la de Sociales, el Lío Padre de fechas y lugares (aunque también pie para el Turismo viajero y un extraño paseo por el Ministerio del Tiempo).
-
El tutor, copia algo parecida al original que es la madre que se quedó en casa.
-
Motes de los profesores. Como los refranes, del pueblo, nadie sabe quién o quiénes fueron los autores, pero muchos mojan en su caldo.
Compañeros de clase. Si repito, distintos.
Repetidor. Un respeto. ¿Quién sabe? Quizá es el próximo Nobel, por más que hoy no se sepa todavía de qué.
Chuleta: salva-vidas y salva-algo más.
- Ordenador:
en
esto le paso a mi padre y leguas a mi abuelo.
Profesor, Aquiles: cuenta los kilómetros por miles. Alumno, tortuga: cuenta metro a metro. Pasa el tiempo, los años, y la tortuga puede adelantar al Aquiles, ocus podas, el de los pies ligeros, y mejorar su kilometraje.
Lo aburrido de los profesores es que nos preguntan por preguntar, no por curiosidad, pues se saben la respuesta de antemano.
CUR
LA
CAZA
iba
San Juan de la Cruz,
el
poeta a lo divino
que
adoraba al buen Jesús,
y
allá en el Monte Carmelo
de
Segovia al cielo azul
paseaba
entre las aves
nimbado
de amor y luz.
Siempre
tiraba a la diana.
Nunca
flechaba al albur.
Era
sin duda en los versos
el
más versado tahúr.
Era
un terrestre liróforo
rimando
a cara y a cruz.
Ahora
prohíben la caza
de
Miguel Delibes. ¡Uff!
Ojalá
que eso no hicieran
y
que no lo vieras tú
que
te afanas en gozar
del
gatillo pin pan pun.
A
cazar hemos de ir
contigo
del Norte al Sur
todos
los que suponemos
que
cazar es dar más luz
al
bosque empequeñecido
del
roble y del abedul.
Para
todos los fautores,
dinero,
amor y salud.
¡Licencias
para la caza!
Y
adiós, que os digo agur.
DIÁLOGO
DE PÁJAROS
Dos
pájaros sobrevuelan
en
el aire sostenidos
y
uno a otro se consuelan
dándole
quehacer al pico:
—¿Qué
te pasa, ave de plumas?
—Lo
que a ti y no más te digo.
—O
sea, que vas de paso,
tras
abandonar el nido
y
no quieres deleitarme
con
tus píos, píos, píos.
—En
efecto, compañero,
volar
callado es mi oficio.
y
yo silencioso al mío.
Esto
nos hace pensar
que
el obrar más que el hablar
es
productivo.
CARÁCTER DE LOS
EJERCICIOS FÍSICOS
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Ejercicios naturales |
El carácter de los ejercicios
físicos se refiere su naturaleza; esto es, si tienen su origen en
movimientos realizados espontáneamente sin un periodo previo de
aprendizaje o, por el contrario, si para su adecuada ejecución ha
sido necesaria una previa elaboración. Son: naturales
y construidos.
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Ejercicios naturales |
Los
ejercicios naturales
están basados con los
movimientos propios, espontáneos y elementales del hombre.
Relacionados con la herencia filogenética del ser humano, como los
establecidos por el francés George Hebert (1913)
en sus planteamientos de la gimnasia
natural,
elaborada después de
visitar como marino en sus viajes por Oceanía a tribus que vivían
de manera primitiva.
Observó
Hebert que esas gentes tenían una buena condición física y un
físico bien construido como consecuencia de su actividad física de
desenvolvimiento en la naturaleza. Desarrolló así su método de
gimnasia natural, de
gran impacto en aquellos años. Dicho método constaba de estos diez
grupos básicos de ejercicios:
marchar, correr, saltar, nadar, cuadrupedia, lanzar, trepar,
equilibrio, transportar pesos y luchar.
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Ejercicios naturales |
También
podrían considerarse como naturales aquellos gestos
o habilidades de la vida cotidiana que han sido asimilados de manera
completa.
Los
ejercicios construidos son
movimientos artificiales, con un aprendizaje
previo, y con un fin
determinado. Suelen apartarse de los que el hombre realiza
habitualmente de manera espontánea.
Según
Alberto Langlade
(1970) los ejercicios construidos son aquellos “elaborados de
manera consciente en su forma, ritmo e intensidad, con la intención
de obtener de manera rápida un fin preciso”. Los ejercicios
construidos son, pues, movimientos especialmente diseñados para
provocar efectos desde el punto de vista del entrenamiento o del
aprendizaje motor: las técnicas.
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Ejercicios globales |
Podemos
encontrar una relación entre la estructura y el carácter de los
ejercicios físicos. Los ejercicios de estructura global, pueden ser
tanto naturales como construidos, mientras que los ejercicios que
responden a una estructura analítica y sintética son,
eminentemente, construidos.
En
una determinada sesión de Educación Física pueden combinarse ambas
divisiones. En una primera parte se podrían realizar carreras para
la mejora de la resistencia (naturales), y en una segunda parte se
podrían trabajar ejercicios de control postural y técnicas
deportivas (construidos). No
obstante, la división entre una y otra característica no está
absolutamente definida. Por tanto, su análisis no deberá afrontarse
con dogmatismo.
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Equilibrio |
Para
Burger y
Groll (citados por Hernández
Vázquez y Manchón,
1980) los ejercicios naturales
también son aquellos realizados con un estilo natural. Para ellos
existirían, pues, los ejercicios “naturales adquiridos y
secundarios”.
Por
tanto, todo movimiento adquirido y habitual podría convertirse en
natural si los gestos que adopta el hombre en su vida diaria son
básicamente construidos pero realizados de manera habitual,
inconsciente y repetitiva.
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Movimiento corporal |
En
el punto opuesto tendríamos ejercicios o movimientos eminentemente
naturales como es la carrera, que se trabajan de manera analítica
para obtener la máxima eficacia de la misma; es el caso de las
carreras de competición en pista. Los atletas de 100 m efectúan
largos y analíticos entrenamientos para obtener las mayores
posibilidades de una acción tan natural como es correr.
Curiosamente,
los niños de unas edades comprendidas entre los 8 y los 10 años,
aproximadamente, si poseen una buena condición física –que a esas
edades es bastante frecuente–, suelen correr de una manera cercana
al óptimo ideal biomecánico de manera espontánea e inconsciente.
Francisco Sáez Pastor