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CABALLEROS DE CRISTO





"En la casa de mi Padre hay diversas moradas” (Jn 14,2). 

También las hay en el Reino de los Cielos iniciado ya en la Tierra. Sabemos que los estilos que los cristianos y no bautizados empleamos en el servicio de Dios son tan diversos como distintos nosotros.


Syntossomai soi, Christe!
En nuestra juventud, mientras cursábamos magisterio, nos encantaba el estilo que nos hacía sentirnos caballeros de Cristo y el saber que nos poníamos a su servicio por la Escuela. Hasta nos veíamos más o menos a caballo, con armas y vestidos militares, puestos a las órdenes de Cristo Rey y con la mente llena de ardientes ideales. 

Nuestro corazón no ha envejecido. Está tan ágil y fresco como hace sesenta o setenta años, porque no ha envejecido el divino Caudillo al que seguimos: “Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos” (Heb 13,8). Estas palabras siguen grabadas a fuego sobre el pecho acorazado de nuestra persona. Sobre nuestra frente se sigue leyendo un letrero que dice: “Cristiano”, supremo timbre de gloria.

Si entonces aquel título glorioso era magno, lo sigue siendo hoy. Y era grande porque las cosas magnas toman su grandeza de doblegarse ante algo supremo, ante una tarea ideal o una hermosa misión en el mundo. Dicho de otra manera, cuando, en expresión de San León Magno uno “ama lo que ha sido mandado” por quien creó y gobierna los astros. Y lo mandado en nuestro caso fue y es camino y misión que termina en la vía Láctea de la Gloria de Dios Padre. 

Seguimos subiendo y alegres, como en las misas en latín de entonces, ad altare Dei, caballeros al servicio de quien ilumina nuestra perenne juventud.

Clemente de Alejandría,
 padre de la Iglesia

No parece sino que pensando en nosotros escribió Clemente de Alejandría, un entusiasta de Cristo: “Nosotros, los cristianos, poseemos una juventud que nunca envejece; quienes tienen parte en el nuevo Logos son jóvenes, porque la verdad es eternamente joven y la sabiduría no envejece nunca”.

Perennes caballeros, a pie o cabalgando, al servicio de nuestro Señor Jesucristo, en estos añejos años nuestros, felices y juveniles, y a nuestra manera y estilo.




EL CANTO DEL CISNE DE COHELET


El atardecer de la vida en el Cohelet

Cohelet es un espíritu libre, fuerte y sano. Para él todo está vacío, todo es vacío sobre vacío, “vanidad de vanidades”, un soplo de viento, un “hebel”. Formidable metáfora, que no le aleja de las creencias judías de su tiempo. Coincidía en esto con el filósofo cínico Mónimo, de cultura griega, su contemporáneo, que también afirmaba que “todo es humo”.


Pero Cohelet no es un pesimista. La vida para él es un don de Dios, que se compone de instantes. Para Beaucamp el vivir el “instante presente” es capital en el Cohelet. Hay que vivir la vida como don del Cielo. Termina la vida con la muerte. Pero en vida lo sensato es saber y contar con que “Dios está en el Cielo y tú en la Tierra”. (5,1)
Al final del libro, se aplica al arpa de la lírica para entonarnos un canto de cisne al atardecer de la vida. Le fluyen las imágenes. No se entrega a elogios retóricos. Sigue siendo él, recio realista. Y la vida y sus peripecias continúan siendo don de Dios, que disfrutar.

Es cierto que en el atardecer de la vida ya no se oye el rumor del molino, que las fuerzas físicas van abandonando al hombre, que el hombre se encamina hacia su morada eterna. Por eso:
Acuérdate de tu Hacedor durante tu juventud, antes de que lleguen los días aciagos y alcances los años en los que dirás `no le saco gusto´. Antes de que se oscurezca la luz del sol, la luna y las estrellas, y a la lluvia siga el nublado. Ese día temblarán los guardianes de la casa y los guerreros se encorvarán, las que muelen serán pocas, las que miran por las ventanas se ofuscarán, las puertas de la calle se cerrarán y el ruido del molino se apagará, se extinguirá el canto de los pájaros, las canciones se irán callando, darán miedo las alturas y nos rondarán los terrores. Cuando florezca el almendro y se arrastre la langosta y no dé su gusto la alcaparra porque el hombre marcha a la morada eterna y el cortejo fúnebre ya recorre las calles” (12,1-6).

Por si las imágenes que nos acaba de presentar no nos bastan, añade otras nuevas:  

Antes de que se rompa el hilo de plata, y se quiebre la lámpara de oro, y se haga añicos el cántaro en la fuente, y se raje la polea del pozo y el polvo vuelva a la tierra que fue, y el hálito vuelva a Dios, que lo exaló” (12,6-7).

 
El Cohelet vuelve al cerrar su libro a su leitmotiv: Vanidad de vanidades, todo es humo. Y lo firma: Yo, Cohelet.



Vanidad de vanidades -dice el Predicador-, todo es vanidad”. (12,8).

Zereutes
Ancien élève de Évode Beaucamp 
y de Francesco Spadafora


  

José Clemente Orozco (1883-1949) pintó en 1943 el cuadro de título intrigante “Cristo destruyendo su cruz”, óleo sobre tela con 93 cm de alto y 130 cm de ancho. El cuadro pertenece a la colección del Museo de Arte Carrillo Gil, ubicado en el sur de la Ciudad de México.

No entendería que alguno de nosotros, cristianos bautizados y creyentes, quedara impasible, indiferente ante el presente cuadro del pintor mejicano Orozco. A mis ojos, nada más verlo, les afectó también el hacha blandiendo en las manos enardecidas del Nazareno. Algo recuperado de la impresión brutal de la escena, me pregunté después: ¿Qué querrá decirnos Orozco con un Jesús tan destructivo? ¿Qué experiencias habrá tenido el artista para llegar a plasmar este cuadro tan apocalíptico?

Hay pintores cuyas obras son solicitadas por otros (mecenas, patrocinadores…), obras que apenas tienen algo que ver con su biografía personal. Este sería el caso de Andrei Rublev con el cuadro “La Trinidad”, o el de Miguel Ángel con el fresco “La creación del hombre”. En cambio, el lienzo al óleo de Rembrandt “La parábola del hijo perdido” refleja, más que la parábola del evangelista Lucas, la vuelta definitiva, al final de la andadura existencial del propio pintor holandés, al regazo siempre acogedor de Dios Padre. Como vamos a ver a continuación, otro tanto sucede con el “Cristo destruyendo su cruz” de José Clemente Orozco.

La vida del pintor mexicano (Zapotlán 1883 – México 1949) transcurrió en el contexto nacional de la Revolución mexicana (1910-1921) y en el contexto más amplio de la 1ª Guerra mundial (1914-1918), de la gran depresión económica originada en Estados Unidos (1929) y de la 2ª Guerra mundial (1939-1945).

Fue en 1921 cuando se inició formalmente el muralismo mexicano que, además de ser un movimiento artístico, llevaba consigo preocupaciones políticas y sociales de inspiración marxista. Las tres grandes figuras de dicho movimiento fueron: Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros. Cada uno de ellos, sin embargo, asumió y expresó la historia violenta y fratricida del pueblo mexicano de manera muy diferente. Por lo que se refiere a nuestro artista, a él le dolía sobre todo el sufrimiento que se cebaba siempre en el pueblo sencillo y pobre a manos de los compatriotas poderosos y de los gobernantes. Sentía hondamente la contradicción existente entre sus utópicos ideales de una sociedad justa e igualitaria y la realidad de desigualdades sangrantes de las clases sociales.

José Clemente Orozco interpreta la historia de la revolución mexicana desde ese espíritu suyo de profunda frustración, pero a la hora de pintarla sabe hacerlo de manera genial, “encarnando” como nadie su mensaje en las diversas formas materiales de la pintura. Cada obra de Orozco es una obra compacta, unitaria, perfecta. Según palabras del propio artista de Zapotlán: “Una pintura es un poema y nada más. Un poema hecho de relaciones entre formas… Esta palabra “formas” incluyen color, tono, proporción, línea, etcétera”. Así, la escena (“La trinchera”) expresa, con todas sus “formas” bien relacionadas, el sinsentido de las guerras; aquella otra (“Sacrificio humano”) transpira crueldad; y la otra de más allá (“Katharsis”) rezuma depravación. Pero el prolífico pintor-poeta no siempre descubre la identidad de sus criaturas. Algunas de ellas continúan sumergidas en el misterio: criaturas como “Omnisciencia”, “El hombre de fuego”, “Mujer sentada”… (Todas estas obras pueden ser vistas en Google)

  
Fijémonos ahora en el cuadro “Cristo destruyendo su cruz”. Todas las “formas” de la pintura arrancan y vuelven a concentrarse en la furia aniquiladora de Jesús de Nazaret. El pequeño “gran hombre”, gracias a la toma en contrapicado, arremete finalmente contra la enorme cruz, después de haber hecho pedazos los edificios sagrados y civiles que se aprecian a sus espaldas, y después de haber pegado fuego a librotes y a legajos que en todo tiempo, revolucionario y no revolucionario, han favorecido solamente a los mandamases… ¿Quiénes son los atacados por el Jesús furibundo y airado? Para el pintor mexicano no puede ser el propio Jesús que, a pesar de ser el artífice implacable de la destrucción, aparece disculpado por la aureola “sagrada” que rodea su cabeza. Si comparece en la escena es como la gran víctima que ha sufrido la humillación de una muerte por crucifixión. ¿Quiénes son entonces los verdaderos victimarios, los responsables de semejante muerte que representa la muerte de millones de personas del reverso de la historia, de los perdedores de la historia local y de la historia universal? No hace falta mucha investigación para responder que el “Cristo destruyendo su cruz” está acusando a los jefes y gobernantes de la nación mexicana y más en concreto a la jerarquía eclesiástica católica que ha traicionado, ya sea directamente, ya sea indirectamente apoyando a los gobiernos políticos o militares de turno, los ideales de una sociedad más igualitaria y fraterna predicados y vividos por el Primero de los cristianos de la historia, es decir, por Jesús.

José Clemente Orozco no repudia, por tanto, del Jesús de Nazaret muerto y crucificado como tantas otras víctimas de los dominadores tiranos y déspotas de la historia, sino que el pintor nacido en Zapotlán de quien reniega es del Jesús clericalizado por las autoridades eclesiásticas mexicanas.

No es posible trazar una básica jesusología de nuestro pintor a partir de sus pinturas de caballete o de murales, puesto que solo pinta a Jesús en dos obras: en el cuadro de 1943 y en uno de los murales del Dartmonth College , en Hanover, EEUU, en el año 1933. Estas dos apariciones de Jesús de Nazaret en la obra artística de Orozco no responden a un interés cristiano suyo, sino a su concepción utópica de una sociedad más humanizada y solidaria. Ahora bien, ¿qué papel asigna Orozco a Jesús de Nazaret en su concepción del hombre en el panorama de la historia?

Presentamos en primer lugar este mural tan ilustrativo del estilo expresionista de José Clemente Orozco:





La muerte está presente en el propio Jesús, en la religión cristiana católica simbolizada por la cruz derribada, en la imagen mutilada de Buda que nos recuerda a Oriente, en la columna jónica que nos evoca la cultura de Occidente, y en las armas silenciadas de la parte superior del mural…

En esta realidad de muerte hiriente a los ojos, el talentoso pintor mexicano nos muestra a un Jesús con rostro bizantino que está volviendo de nuevo a esta vida. La piel muerta va desprendiéndose del cuerpo del Nazareno y vemos que está saliendo del difunto un Jesús redivivo dispuesto a cambiar el curso apocalíptico de la historia. En el imaginario utópico de Orozco Jesús viene a simbolizar, en contra de su radical pesimismo histórico, el tipo de hombre que ansía una humanidad liberada de toda opresión y que viva y conviva en paz, en justicia y en libertad…

Eduardo Malvido

Maestro, catequista y teólogo

 











            EFEMÉRIDES


OTRO TRICENTENARIO LASALIANO:
300 AÑOS DE LA MUERTE DE SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE
 
Al redactar la Historia de Griñón, en su reciente centenario, me encontré con una fecha señaladísima en la trayectoria lasaliana: el tricentenario del nacimiento de San Juan Bautista de la Salle, Reims, 1651. Pude repasar, en el reposo y la paz que brinda el archivo, lo que supuso aquella efeméride, dadas las características de aquel tiempo; entre ellas, la expansión del nacionalcatolicismo en España y el esplendor de la Congregación de La Salle en España y en el mundo. Fue aquella una celebración entusiasta y casi gloriosa, toda ella dedicada a exaltar la figura y la obra de aquel cuyo nacimiento celebrábamos sus hijos tres siglos después. Este año celebramos el tricentenario de su muerte (Rouen, 1719) y, ciertamente, las circunstancias son muy diferentes a las de 1951. Y también es diferente la evocación y la celebración del evento. No obstante el mundo lasaliano se vuelca en este curso escolar en hacer viva la presencia de San Juan de La Salle, en revivir su itinerario y su carisma y en seguir redescubriendo su herencia. Y es de eso justamente de lo que deseo escribir en esta ocasión: la herencia de San Juan Bautista de La Salle, su legado, lo que “al irse nos deja”. Lo que permanece vivo después de su muerte.
Su vida admirable
Cuando murió el fundador de la Institución Libre de Enseñanza, alguien escribió, entre admirado y agradecido, un artículo con el título “Lo que nos deja”. Esto mismo es aplicable a todo gran hombre, a quien ha vivido una vida plena y ha dejado una obra decisiva. Pues bien, no hay duda de que quien lee la vida del Señor de La Salle descubre ese señorío propio de las personas grandes: una admirable grandeza de espíritu, una mirada que iba más allá de lo inmediato, una constancia a toda prueba y un itinerario complejo pero al mismo tiempo “sencillo”, con la sencillez de quien vive una grande e intensa fe en Dios. Pero también quien lee sus obras, se dará cuenta de lo enraizado que estaba en la realidad de su tiempo, de un compromiso que superó cuantos obstáculos encontró en su camino, de una palabra a la vez humana y trascendente, práctica y espiritual, sobre todo en su campo propio y más querido: la educación cristiana.
Su itinerario

Quizás lo que más impresiona –a mí, al menos, sí- es el recorrido de su itinerario humano y espiritual, trazado desde una fidelidad a Dios a través de los claroscuros de su existencia. Una fidelidad a Dios encontrada no desde una experiencia subjetiva, sino desde lo que él intuía como “voluntad de Dios” y lo que le decían tanto la realidad de los hechos como la palabra de aquellos a quienes, desde una inmensa confianza, consultaba.




Nos ha dejado un itinerario cuyas etapas no fueron ni uniformes ni sencillas. El Señor de La Salle encontró una gran y entusiasta acogida de sus obras, ciertamente, pero también luego una oposición obstinada a lo que era visto como trabajo impropio de la “carrera” de un eclesiástico –canónigo de una catedral de prestigio-, como una usurpación del trabajo de otros, como la creación de un estilo de vida difícil de aceptar y comprender, y como un ejercicio de obstinación personal incluso frente a los altos cargos eclesiásticos. No fue fácil su vida porque a la obra que él creía firmemente inspirada por Dios se oponían incluso algunos miembros de la Iglesia, representantes de ese mismo Dios. Y hasta los suyos llegaban a ponerlo en duda... Por eso su itinerario personal, rumiado en el fondo de su conciencia, pasó por “sendas oscuras”, y atravesó caminos cuyo trazado creía ahora equivocado. Y dejó de creer en su valía, se retiró por considerar que era un estorbo... y huyó de la realidad para la que, según él, antes Dios le había llamado.
 
Su obra 
Es la herencia más conocida, más concreta, más visible: las Escuelas Cristianas y el Instituto de los Hermanos, que regían y animaban dichas escuelas. Conocemos de sobra el carácter social de las Escuelas Cristianas, su dimensión teologal, su misión única e integradora de la fe y la cultura, su carácter realista y práctico -como su fundador-, su preocupación por el seguimiento individualizado... y las abundancias de una pedagogía nueva que unas veces creó o que intuyó, que asumió de otros y que perfeccionó y llevó a la práctica con éxito.

Y volviendo al Instituto –esa Sociedad a la que animó e iluminó durante toda su vida-, esta su herencia histórica fue una novedad en la Iglesia (religiosos laicales) y el germen de nuevas familias religiosas que seguirían el paradigma lasaliano. Y no fue fácil para los eclesiásticos de su tiempo, sobre todo, aceptar que aquellos maestros, sin recibir ninguna orden sagrada y sin ser sacerdotes fueran considerados como religiosos y realizando una obra ministerial dentro de la Iglesia. 

Su carisma 
Nos dejó la reliquia de su carisma, que no descubrió de golpe, a través de un fogonazo de luz, sino que fue vislumbrando poco a poco, paso a paso, “de un acontecimiento a otro”, como conducido por alguien que le guiaba y le llevó al final a un compromiso total. Al hablar de carisma es difícil separarlo de otros elementos sustanciales en el legado de la Salle, como la espiritualidad, la misión.
Dentro del carisma lasaliano hemos de mencionar el meollo, lo mollar: la misión; el ministerio de la educación cristiana, tan esencial para él y sus Maestros-Hermanos, tan necesaria en la Iglesia. Esta “obra de Dios” –el Espíritu como el verdadero Fundador de las escuelas- se presentó en la Iglesia del siglo XVII con aires de novedad, de cierta ruptura (religiosos no sacerdotes), con un aroma evangélico que le llevó a “evangelizar a los pobres”. Y es que “el carisma es una fuerza, es una manera de mirar la vida, es una sensibilidad especial ante determinadas necesidades, que en nuestro caso son las necesidades educativas de los pobres, de los niños y jóvenes; es un sentimiento de responsabilidad que se despierta en nosotros para dar solución a esas necesidades, y es la creatividad que se genera para que las respuestas sean las mejores posibles, y es la capacidad de discernir entre las posibles opciones que se nos presentan y los criterios con los que hemos de actuar y dar respuesta” (A. Botana, fsc).

Su espiritualidad

Educado en una gran Escuela de Espiritualidad y heredero de la misma, Juan Bautista legó a sus Hermanos una rica espiritualidad, de contornos definidos y concretos al par que hondamente teologal. Una espiritualidad arraigada en la fe en Dios (espíritu de fe), encarnada en la realidad humana (espíritu de celo), descubridora de la trascendencia en y de la realidad (presencia de Dios)... aunque también fuera permeable a otros elementos menos trascendentes y más históricos, como la huida del mundo, la visión negativa del cuerpo, entre otros rasgos. Pero esto último puede desprenderse del tronco de su doctrina espiritual sin que merme para nada su verdad y su valor. Son árboles, dentro del gran bosque tricentenario de los escritos espirituales de La Salle, que han perdido su vigor; son ramas sin vida que han caído al suelo de la historia y son hojas que no provocan ningún recelo al ser pisadas...

Dentro de la espiritualidad es obligado mencionar una de las fuentes principales de la misma: la Palabra de Dios, la Sagrada Escritura. Palabra no solo vivida en su realidad material, -hay que llevarla siempre consigo- , sino grabada en el corazón y luego amorosamente escapada de los labios (máximas evangélicas), siempre a punto para iluminar tanto las acciones concretas diarias como el fondo de la existencia.

 
Sus escritos

Podíamos destacar tres dimensiones de sus escritos: la dimensión de la pedagogía de la fe (Deberes del Cristiano, Catecismos...), la Teología de la Vida religiosa -entonces no llamada así, por supuesto- (Reglas, Colección, Meditaciones para domingos y fiestas) y los escritos pedagógicos, con la Guía de las Escuelas como obra cumbre. A caballo entre los tres... las “Meditaciones para el tiempo de Retiro”, que iluminan la identidad del educador y el ministerio de la educación cristiana dentro de la Iglesia. 

Salvando lo que es deudor de una cultura situada en un tiempo y en una historia, superando un lenguaje hoy alejado de nuestra sensibilidad y desacostumbrado a nuestros oídos, los escritos de La Salle siguen vivos después de trescientos años porque los teológicos están entreverados de Biblia, los pedagógicos conservan su verdad profunda por debajo de lo anecdótico y los morales o ascéticos tienen la posibilidad de remitir a algo que supera la circunstancia de las palabras culturalmente situadas.
Su impronta
Ha sido grande la huella dejada entre los suyos, la impronta grabada en el alma y en el espíritu de tantos seguidores. Decimos que “Hoy, La Salle somos nosotros”, que su presencia vive y que su obra prendió en los corazones de los hombres y en el espíritu de las instituciones. En estos trescientos años ha cambiado profundamente su obra: los hijos de su Instituto, la sociedad a la que dicha obra servía, la educación llamada cristiana, el espíritu y la práctica de una pedagogía nueva, casi desconocida para un pedagogo del siglo XVII. Pero todo gran hombre –profeta, maestro, pionero...- ha sabido encender en el momento oportuno una llama que él mantuvo siempre encendida y que sus continuadores han querido conservar y acrecentar a través del tiempo. Una llama –un fuego- que es capaz de prender en los corazones, de quemar la hojarasca de lo anecdótico o “histórico”, de renovar y de prolongar la obra primera, lo nacido de la intuición, de la inspiración, de la creatividad.
 
Y en eso estamos nosotros. A pesar de los vaivenes del Instituto, de la disminución de muchos de sus miembros, de la pérdida para no pocos del sentido de una función asumida en gran parte por la sociedad o el Estado... lo que nos deja –aquello que nos dejó- sigue teniendo virtualidad y energía propias para renovarse, sigue impulsando con su espíritu la creación de brotes nuevos y continúa impulsando la vida... Por eso nos sentimos cautivados por la paradoja anunciada muchos siglos antes por el Maestro primero: si celebramos la muerte es porque de ella surge la vida. La vida de San Juan de La Salle no sólo transcurrió desde 1651 a 1719. No. Continúa, se acrecienta, se renueva. Testigos de ello somos nosotros.


TEÓDULO GARCÍA REGIDOR
Profesor del Centro Universitario La Salle






Diccionario de expresiones en Miguel Delibes URDIALES YUSTE, Jorge

Ed. Cinca, Madrid, 2019
 
Una década más tarde

 
Cien, doscientas, trescientas, quinientas, ochocientas, ¡mil! Más de 1.100 expresiones encontré en los libros de Miguel Delibes. Publiqué un diccionario con todas ellas y en pocos meses se agotó. Después no hubo nadie que se arriesgara a publicarlo de nuevo. Pasaron los años. Una década más tarde vuelve a ver la luz este diccionario mejorado y ampliado, con un título más corto: Diccionario de expresiones en Miguel Delibes.
Publicado por Ediciones Cinca y patrocinado por la Fundación Felipe Segovia (Institución Educativa SEK), se puede adquirir en www.edicionescinca.com y lo envían a casa por 10 euros.
En la cubierta del libro se puede leer lo siguiente:
Expresiones, refranes, dichos, sentencias… Son más de mil los que aparecen en la narrativa del escritor Miguel Delibes y que he recogido en este diccionario. Ofrezco unas y otros con su definición y también con la cita del libro y de la página en la que los escribió. Y habitualmente, también, aporto el contexto que los acompaña.
Con este diccionario quiero salvar del olvido toda esta riqueza del español, estas más de mil expresiones que dan vigor a nuestro idioma. Unas más que otras están en trance de desaparecer por falta de uso.
Con este diccionario quiero abrir un buen camino para el conocimiento del lenguaje rural castellano, el que empleó Delibes.
No solo de palabras vive el hombre. También de expresiones como las que ofrece este diccionario. Expresiones que muchas veces empleamos sin saber realmente su significado.
Si nosotros somos lo que decimos y hablamos, las expresiones son parte esencial de esa manera de expresarnos. Aquí recojo estas más de mil expresiones que empleó Miguel Delibes en su narrativa.
Es el quinto libro (¿y el último?) que publico. Delibes, en este diccionario y en el resto de mis libros, no deja de ser un buen camino para difundir la riqueza de nuestro idioma universal, el español.
JORGE URDIALES YUSTE
Doctor en periodismo. Profesor
Especialista en Miguel Delibes



MADRID, VIEJO MADRID

Puede que sea fruto de la nostalgia a la que invita el paso de los años, pero no te conozco. Para bien y para mal, mi querido Madrid, has crecido, te has hecho mayor. Y has perdido inocencia.

Te recuerdo en mis años de infancia y adolescencia, y no puedo por menos de añorarte. No eras entonces  tan apuesta y elegante; no te alzabas arrogante hacia el cielo ni pisaban tu suelo gentes tan diversas.  Pero estabas tranquila, limpia, sosegada. Tus arbolados bulevares invitaban al paseo, y los vecinos organizaban sus tertulias vespertinas junto al zaguán de sus viviendas.

Hoy te siento herida, agobiada por las prisas, las urgencias, el ajetreo del viandante que, más que caminar,  avanza al trote y sortea con aprendida habilidad transeúntes y vehículos. Marchan sin saludarse, dirigidos en tus aceras, calzadas y bordillos por líneas de color y golpes de semáforo.

¿Cómo puedes resistir tanta agresión? Tus pulmones deben de estar negros, infectados de humos y cenizas; tu corazón, en sobresalto permanente por el rugir de los motores, la estridencia de los cláxones y el grito agudo de impacientes sirenas. Vas siendo menos solaz y más prisión, pues tu cielo es menor y tus muros más altos.

¿Qué ha sido de los niños jugando en el sosiego de tus calles, saltando y correteando sin peligro? ¿qué fue de las verbenas en tus barrios?  ¡Cuántas cosas perdiste, que alegraban tu rostro y el rostro de tus gentes! Ahora eres ‘gran ciudad’, y ese es el precio.

Y como capital, nuevos suplicios: ‘manifestódromo’ oficial. Miles de ciudadanos, propios y foráneos,   agreden cada día tu paz y tu silencio y esgrimen sus derechos sin pensar en los tuyos. Entiendo que es bueno hacerse oír, y necesario. Pero no estamos en el siglo XIX. ¿Por qué no evolucionar también  en esto? Las redes sociales y los ‘media’ permiten expresar el descontento, urgir transformaciones, apelar a todas las instancias, movilizar el voto, donde en definitiva se sustancian deseos y exigencias. Los clamores de calle se quedan en eso. La alerta en las conciencias, la apelación al cambio tiene hoy otros cauces más efectivos. Y, en definitiva, alterando la vida ciudadana sólo conseguimos perjudicarnos, hacer daño al ‘currito’ de a pie, que ni es el responsable de injusticias administrativas o desmanes políticos, ni tiene por qué sufrir sobre sus carnes el comprensible enfado, la natural indignación.
Madrid, viejo Madrid, en ti viví y seguiré contigo. Lamento no poderte felicitar ni tampoco felicitarme. Pero te debo mucho, y te ofrezco estas sextinas de pie quebrado, al modo de las de Manrique; en este caso no pretenden ser elegía, sino sentido homenaje. 



        Madrid, te siento sufrir


Quienes quisiste albergar,
¿qué hemos hecho?
Pensamos solo en vivir,
disfrutar y acrecentar
el provecho.

Menospreciamos tu gesto
cosmopolita y sincero;
la acogida,
el abrazo manifiesto
que le brindas al viajero
en su venida.

De gris asfalto cubrimos
tu semblante, y horadamos
tus entrañas.
Tu sonrisa destruimos,
cual animales salvajes
o alimañas.
Hoy tu cielo es más pequeño,

tras los altos rascacielos
que elevamos.
Ya no está allí nuestro sueño,
que tan sólo por los suelos
lo buscamos.

Bulevares arbolados,
que invitaban al paseo,
son historia;
recuerdos nunca olvidados,
que añora, junto al deseo,
la memoria.

Tu silencio se ha quebrado,
y tu cielo luminoso
es hoy menor,
pues los humos lo han velado,
aunque sigue siendo hermoso
su color.

Recuerdo cuando, chiquillos,
en tus calles retozamos,
animados.
Tus aceras, sus bordillos,
tus calzadas sorteamos,
confiados.
Ya los niños no te llenan
con sus canciones serenas
y sus risas.
Son motores los que suenan,
los cláxones, las sirenas
y sus prisas.

Ya no pasean amantes
que a tu sombra se prometen
y enamoran;
sólo personas distantes
que silentes se acometen
o se ignoran.

En ocasiones, te enerva
una ingente multitud
exaltada;
enardecida caterva,
que destruye tu quietud
sin dar nada.

Pagas, por ser capital,
lo que tu hospitalidad
no merece.
Que pueblo más radical
tanta generosidad
nunca ofrece.
No importa si desesperas,
pues conocen tu quietud,
y tu aguante;
gritan, agitan banderas,
y desprecian tu actitud

tolerante.

Es de esperar que algún día
otro cauce a la protesta
le sea dada,
pueda volver tu alegría,
y ver tu cara de fiesta
renovada.

Has crecido, y bien mereces
ser honrada y bendecida.
Villa y corte,
al mundo entero te ofreces,
sea del este, el oeste,
sur o norte.

                          

Viejo Madrid, hoy recibe
estas sencillas sextinas;
las ofrece.
un madrileño, que escribe
honras, a quien más divinas
las merece.                       
ÁNGEL HERNÁNDEZ EXPÓSITO

Maestro. Doctor en Ciencias de la Educación
Emérito UCJC




VUELTA AL NERVIO DE LA HISTORIA



España es la piel de toro de su Península más las islas Canarias, Ceuta y Melilla. España es Geografía, un espacio geográfico con un suelo, con un aire y un cielo.
Pero España es también un tiempo que ha ido cumpliendo su Historia.
España es espacio y tiempo.
Y, a decir verdad, más que un espacio simultáneo y permanente es una especie de todo sucesivo formado por la suma de siglos vividos y puestos en marcha por generaciones de españoles a los que alentó un mismo espíritu.
Con razón en 1933, en el teatro de la Comedia de Madrid, se tildó a Juan Jacobo Rousseau de hombre nefasto ya que en su “Contrato social” venía a firmar que las patrias son meros productos de un pacto, decisiones de la voluntad de sus integrantes.
La Patria, España, es una sociedad, un organismo vivo, cuya sangre es su Historia y el nervio su Tradición. De ser un pacto no pasaría de ser un aislado hecho actual.
No puede renunciar España a su Tradición y a su Historia sin dejar de ser España, como no puede el cuerpo humano del individuo romper con su vida anterior creadora y desarrolladora de sus órganos, músculos y nervios. La vida de siglos de España está incorporada y unida a la vida de la España presente y futura. Su rompimiento sería el suicidio.

RAMIRO DUQUE DE AZA
Profesor de Teoría del conocimiento. Bachillerato Internacional


¡ POR … AFDA 78!


  •  Comenzó el trajín de la mañana: lo despierta e inicia el aroma del café del desayuno.
  • Piénsate lento, me digo. Compruébate vivo en el espejo del nuevo día. Alarga que crujan tus brazos entumecidos, desperézate. Dite, a poquitos, que eres precisamente tú el que amanece de nuevo.  

Vete al ordenador y teclea tu nombre. Lo escribiste. No escribas más de esas seis letras, deja el ordenador y desayuna. Tostas de pan y leche “semi” con café, lo que sueles.


  • No hiciste aun la señal de la cruz. Trázala ancha, sobre tu cuerpo seguro servidor del espíritu que ya prende y empieza a llamear. Sea en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu… y de su Gloriosa… la nueva jornada. 
  • ¡Dios nos dé buenos días a sus ángeles y a nosotros! Y a ti, mi Aurora (aquí cada lector que ponga en este punto el nombre que deba) y a vosotros, los Urdiales y los Recio (en este lugar, el amigo de turno que mencione el apellido o los apellidos que le tocó en suerte y fortuna) y a vosotros mis amigos, los míos y los tuyos míos, mis ¡buenos días!
    Abro la ventana y veo que una gran formación de pájaros emigrantes cruza mi cielo malagueño y se me pierde en uve en el horizonte. Sin duda, para orientarse, buscan el sol a punto ya de incorporarse de su noche. Solemne, una gaviota araña con su pico de aguja el azul del cielo, saluda y deja en estela trazados sus ¡buenos días!, mientras alaba con su vuelo silencioso al Dios que la hizo grave, ligera y patinadora.
    … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … …
  • Y de repente, al pie de la calle, irrumpe ruidoso un tronco de caballos briosos que vienen de lejos, de los campos de batalla de los cantares de gesta, del Medievo, de vuelta de la primera Cruzada, de la Conquista de América, del Griñón de mi Campeador y Cid Orizana, de mi Cádiz de sal y de mi Almería de oro, de mi Roma del Iesus, del Magisterio glorioso del Escolasticado, del vibrante Colegio Mayor, de los 150 volúmenes míos que guarda la Biblioteca Nacional, del formidable SEK y de su internacional BI, de mis inefables talitas de la Cela… Un polvo de estilo levantan con su pujanza de siglos estos caballos de acero…

  • No queda otra: ¡¡¡Al ordenador, ya número 78 del blog AFDA!!!
                            

        • Sigue tú, lector, copia y remplaza…: tu día es tan hermoso o mejor que el mío. Aplícate a lo que te debes.


    CUR












    CASA DE CAMPO 2019



                                  
                                  
                                          
                            ¡Oh río paseante

    ¡Oh mañana mansa!
    Los árboles alzando
    al cielo alto las ramas
    y mis ojos mirando
    su belleza callada.


    En este valle umbroso
    levanté mi casa,
    la doté de balcones
    y de terrazas.


    El aire se detiene
    en torno de la valla
    y mi alma inconsútil
    se sube a las montañas
    trepando como un gamo
    de cresta coronada.
    ¡Oh torrentes vibrantes!
    ¡Oh cumbres solitarias!
    ¿En qué estarán las piedras
    pensando ensimismadas?

    Jamás me iré de aquí
    por donde corre el agua,
    orea el jaramago,
    vuela la alondra y canta.
    Jamás saldré al tumulto
    de la ciudad blindada.
    Jamás aspiraré
    ni al oro ni a la fama.
    Estoy lleno de libros
    y estoy lleno de gracia.
    Ya lo he ganado todo
    y no he perdido nada.


    El viajero que fui
    lee, evoca, descansa…
    con las puertas abiertas.
    ¡Mi casa, ah, mi casa!


    NB. Para ver más de cerca al poeta Apuleyo, léasele en adenda "El poeta 2019" de este mismo blog AFDA 78.


    
    
    ESTRUCTURA DE LOS EJERCICIOS FÍSICOS


    Ejercicios analíticos
    Denominamos “estructura” a las características biomecánicas del ejercicio desde el punto de vista de la división segmentaria del cuerpo. Nos referimos a la participación del número de articulaciones en el movimiento.
    Si tenemos en cuenta dicha división segmentaria del cuerpo humano y su participación en el movimiento, consideraremos que puede desplazarse cada una de sus partes aisladamente o ponerse en movimiento en su totalidad. Se establecerán, por tanto, tres tipos de estructuras según sea su participación articular: analíticas, sintéticas y globales.
    Ejercicios analíticos

    
    Los ejercicios de estructura analítica suelen quedar reducidos a una o dos articulaciones de un segmento o región corporal; el movimiento es consciente y controlado. Suele realizarse en un plano; o a lo sumo, en dos. Son aquellos ejercicios en los que el cuerpo se moviliza segmento por segmento, aislando la acción de cada uno de sus miembros. Se fundamenta exclusivamente en un concepto mecanicista, encaminado a localizar los efectos de manera precisa y a alcanzar rápidamente los objetivos.
    Ejercicios analíticos
    
     Como características principales se encuentran:
    
    Ejercicios analíticos
    a) Que el cuerpo se ejercita parte por parte, actuando sólo un determinado núcleo de movimiento;
    b) se ajustan a un recorrido determinado, por lo que su trayectoria es definida con anterioridad, con un origen y un final, que suele ser el mismo;
    c) tienen predomino por las posiciones, con una localización muy pronunciada, pobreza de contenido rítmico y baja expresividad.


    Pero tienen como ventajas la facilidad de localizar el esfuerzo, lo cual permite alcanzar rápidamente los objetivos. Éstos suelen ser de tipo postural, de rehabilitación, de fortalecimiento y de flexibilidad.



    Ejercicios sintéticos
    El ejercicio de estructura analítica es, sin duda alguna, el más claro exponente de la preocupación morfogenética que tenían los creadores de la Escuela sueca –P.H. Ling y H. Ling–. Pero la primitiva concepción de este tipo de estructuras fue evolucionando y se le dio una interpretación más dinámica con la incorporación de nuevas técnicas que le proporcionaron mayor continuidad y expresividad. Todo ello desembocaría en concebir el ejercicio con una estructura sintética, propia de la gimnasia Neosueca.  


    Los ejercicios de estructura sintética son más amplios, y el grado de implicación articular es sobre dos o más articulaciones y de dos o más planos o regiones corporales. El movimiento es consciente y controlado pero de una ejecución de mayor complejidad.
     

    El movimiento analítico, en su proceso evolutivo, adquiere en principio, un carácter analítico-sintético para ser posteriormente sólo sintético.

    Los ejercicios sintéticos ponen en acción varias articulaciones; incluso, pueden poner en acción todo el cuerpo sin perjuicio de poder localizar las acciones. Requieren un proceso más costoso que los analíticos, de progresiva elaboración, y sólo al final de ella se consigue alcanzar con plenitud el objetivo.


    Ejercicios sintéticos

    Como principales características permiten mayor participación del cuerpo y poseen mayor continuidad, ganando en estética, fluidez, ritmo y expresividad. Admiten mayor variedad y matices del movimiento. También requieren un largo proceso de elaboración para obtener los efectos pretendidos.
    Los ejercicios de estructura global no tienen en cuenta el número de articulaciones ni los planos en los que se produce la acción. El ejercicio puede ampliarse a la movilidad de la mayoría de las articulaciones, a la totalidad de las mismas o a una sola. Según Alberto Langlade, son la “expresión de la motilidad de todo el cuerpo”.
    Ejercicios globales
    La estructura global del movimiento permite una mayor participación del área de la mente y del mundo exterior junto a la del cuerpo. Se tiene más en cuenta el fin del movimiento que el proceso.
    Tienen como características el disponer de absoluta libertad de movimiento, sin necesidad de sujetarse a ningún plano ni dirección determinada. Les acompaña una fluidez y ritmo naturales, y les hace ganar en expresividad y creatividad al desprenderse de las técnicas empleadas. Se tiene en cuenta, sobre todo, la consecución de los objetivos de movimiento propuestos.
    Las denominaciones de analítico, sintético y global no son absolutas, indican el grado de análisis, síntesis o globalidad en la ejecución del ejercicio. Debe tenerse en cuenta que ningún ejercicio es analítico puro, ya que es imposible aislar totalmente la acción de un segmento. Por otro lado, cuando un ejercicio sintético alcanza su mayor cuota expresiva, cuando su síntesis es perfecta, se acercará o transformará en global.

    La aplicación de los ejercicios de una u otra estructura, estará siempre fundamentada en los objetivos que se deseen cubrir, la rapidez con la que se quieren alcanzar, y la edad de las personas a quienes van a ser aplicados.
    La tendencia del trabajo con niños será la de hacerlo predominantemente con ejercicios de estructura global. Para los niños en sus primeras etapas evolutivas todo tipo de movimiento es global, al no tener conciencia aún de movimientos analíticos. Es un error, por tanto, utilizar estructuras analíticas en sus sesiones de educación física, algo bastante habitual en la docencia actual.
    Francisco Sáez Pastor
    Universidad de Vigo

    
    Ejercicios globales










    3 comentarios:

    1. Auxencio dixit:Te reitero mi más cordial Enhorabuena. Cada mes un peldaño más que nos eleva sobre la tierra hacia el cielo. Un abrazo.

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    2. Magistral AFDA 78. Tu esfuerzo mensual merece todos los aplausos. Y transpiras, además, una espiritualidad insobornable. Gracias. Y es que te ilumina la femenina Aurora. Todos los artículos los considero sentidos y cuajados.

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    3. El nº 78 de AFDA sigue la estela clara y esplendorosa de los números anteriores de este año. En cuanto al estilo, tan excelso como siempre. Lo que sí me ha asombrado esta vez ha sido la gama amplia y rica de sentimientos que aflora en su contenido.

      Tus artículos, Carlos, rezuman a borbotones espiritualidad sincera y vigoroso fervor patrio. Cómo contrasta tu pregón entusiasta con el alma herida de muerte del Sirácida. Los "buenos días" de tus afderías hablan de tu amor presente y del largo recuerdo amoroso de tus años pasados. Hasta resulta fácil desear los "buenos días" cuando uno está tan poblado de amor.

      A Teo le gana el cariño que profesa al señor de La Salle y se queda boquiabierto ante el tropel de educadores seglares que viven del carisma del Fundador de los HH. de las Escuelas Cristianas, tan escasos hoy día.

      A Ángel lo veo muy nostálgico del viejo Madrid. Las sextinas que dedica a su ciudad son en realidad elegías por aquel Madrid succionado por el Madrid actual. Su soneto desde el sentimiento de la muerte que se aproxima me ha hecho ahondar en mi propia fugacidad, con la gran diferencia de que a su árbol le brotan retoños llenos de vida, mientras que a mi árbol solo le queda su leve sombra.

      El verso mágico de Apuleyo transforma todo cuanto toca en puro sueño, en alada fantasía. Yo también quisiera habitar en esa casa de campo que él se ha construido al rumor de un arroyuelo que desciende descalzo ladera abajo.

      Me habría gustado tener a mano ese Diccionario con más de 1.000 expresiones que aparecen en los libros de Delibes y que tu hijo Jorge ha sabido recogerlas.

      Como ves, Carlos, estas y otras vivencias me las ha despertado el nº 78 de AFDA.

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